¿Qué novelas regalar, o leer, estas Navidades?

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¿Por qué elegir una de estas dos novelas para regalar por Navidades o Reyes, o simplemente para leerla? Una, o las dos. Sí, ambas son mías. Su calidad literaria no es mejor ni peor que la de otras novelas (ni las que se venden como rosquilletas ni las que pasan desapercibidas). Ahora bien, no han sido editadas por ninguna conocida editorial –o grupo editorial, pues cada vez las editoriales están más concentradas en unas pocas manos que apuestan por lo que ya saben que van a vender miles de ejemplares y no arriesgan en absoluto– y, lógicamente, carecen de una adecuada promoción.

Una y otra pueden leerse de forma independiente. Para quien haya leído El corto tiempo de las cerezas, Adiós, mirlo, adiós será su continuación; para quien no, una novela cerrada en sí misma. Ambas –a través de sus respectivas tramas– reflejan mi mirada sobre la sociedad, la nuestra, una sociedad que está cambiando a ritmo de vértigo y se muestra cada vez más uniforme, apática, indolente, que ha dejado de creer que otro mundo es posible y parece dar la razón a Fukuyama y su tesis del fin de la historia. Aunque lo cierto es que todos sabemos que la historia no se detiene jamás y que el mundo tal como lo conocemos tiene los días contados.

El argumento de El corto tiempo de las cerezas (2015) se sitúa en el periodo que va desde los inicios de la industrialización a vísperas del estallido de la Primera Guerra Mundial. Su protagonista principal, Samuel Valls, toma un buen día una decisión que cambiará su vida para siempre: no volver a trabajar jamás en una fábrica ni a las órdenes de nadie. Tenía entonces entones trece años y vivía en la industriosa ciudad de Alcoi desde pocas semanas después de venir al mundo en 1849, al tener sus padres que abandonar el pequeño pueblo de Muro en busca de trabajo. No podía imaginar entonces que su decisión le llevaría a verse involucrado en los turbulentos conflictos políticos y sociales que desembocaron en la proclamación de la Primera República Española; a vivir la Revolución del Petróleo que tuvo lugar en Alcoi en julio de 1873; a sacar provecho de los negocios financiero-especulativos en la Barcelona del Ensanche mediante toda clase de estratagemas; a conocer los ambientes de las principales ciudades occidentales –Barcelona, París, Londres, Viena, Nueva York–, sus lujos y miserias, sus cafés y teatros; a montar su propio cabaret; a establecerse en el bohemio Montmartre; a entregarse en cuerpo y alma a la carrera artística de su hija Camila, soprano; a timar a un príncipe ruso con la complicidad de su gran amiga La China; a enamorarse de una anarquista y de una grisette; a vivir, en definitiva, innumerables experiencias y vicisitudes en un mundo que se creía indemne pero tuvo un final trágico con la Primera Guerra Mundial, un mundo que, no obstante, parecía vivir siempre siguiendo la máxima que le profiriera un día el dueño de aquel cerezo bajo el cual tan a gusto se sentía Samuel: “aprovecha, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto”.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016) se centra en el periodo comprendido desde el fin de la Primera Guerra Mundial a la caída del Muro de Berlín, cuando desaparece cualquier referencia a otro sistema que no sea el capitalista, al menos entre los países más industrializados, y el rostro más desagradable del capitalismo, el verdadero, ya no necesita careta. Su principal protagonista es Sam Sutherland, un joven escritor neoyorkino, nieto de Samuel Valls. Este visita en Berlín a sus padres, músicos, que actúan en uno de sus clubs nocturnos más famosos con su propia big band (William Sutherland y Camila Valls, reconvertida ahora en cantante de jazz). Es noviembre de 1929, el nazismo está en pleno ascenso y la crisis económica comienza a hacer estragos. Allí conocerá a Helmut, joven también músico, y a Martha, hija de un artista de cabaret que hace de travestido, con la que se casará y tendrá tres hijos. Menos Helmut, todos marcharán a Nueva York, donde Sam y Martha se implicarán en el movimiento de defensa de los derechos civiles. El primero acaba ante el Comité de Actividades Antiamericanas y migran a París. Allí, las cosas tampoco serán como creían y la abandonarán tras los hechos de Mayo del 68.

A lo largo de sus 520 páginas –las mimas que, casualmente, tiene también El corto tiempo… Sam y los otros protagonistas –a los que hay que añadir a Lary, alto funcionario de la Administración estadounidense, y a Greg, director internacional de la Fundación Fairfield– se verán envueltos en una trama que incluye, además un misterioso asesinato, a simpatizantes y defensores de la República española, refugiados del nazismo, pasadores que les ayudaban a cruzar la frontera de los Pirineos, prisioneros de los campos de concentración españoles y de exterminio alemanes, nazis reciclados por el Gobierno norteamericano, agentes de la CIA, dirigentes e impulsores del Congreso por la Libertad de la Cultura… El lector advertirá en muchas situaciones algunas de las circunstancias que nos han conducido a esta sociedad del pensamiento único.

Puede adquirirlas a través de Amazon, clicando sobre los respectivos títulos (El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós) y tiene también la opción de que se la, o las, entreguen en su domicilio a la persona que quiera, envueltas para regalo y con una tarjeta personalizada con el texto que desee.

Entre arroces y novelas

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Suelo usar muchas veces el símil de que hacer una novela es muy parecido a hacer un arroz. Sin los ingredientes adecuados –el arròs de senyoret de la fotografía lleva un buen fondo de pescado de roca y marisco y producto fresco– y la técnica que permita controlar los tiempos de cocción, poco conseguiremos. Para escribir una novela también necesitamos una serie de ingredientes (personajes, historia, argumento…) con los que armar la estructura y desarrollar la trama y, por supuesto, usar la técnica pertinente con la que controlar el tiempo (el tempo) y el ritmo.
¿Cómo se aprende esto? En uno y otro caso, a base de práctica. En los arroces hay que hacer muchos hasta controlar la técnica. Hoy, si tuviera que darles la receta de cualquiera de los arroces que hago, lo que más me costaría es explicitar las cantidades de los ingredientes y el ritmo. Son muchos los arroces que uno ha cocinado en esta vida y los hago a ojo. Con una novela pasa algo parecido: hay que escribir mucho, muchas veces la misma historia, infinidad de versiones si es necesario, hasta que la técnica llegue a ser algo rutinario.
Esto no significa que nos vaya a salir un buen arroz o una buena novela. Con los mismos ingredientes a todo el mundo no le sale igual, ni el arroz ni la novela, por mucho que haya leído y se haya informado acerca de la técnica. Y es que, en ambos casos –y aquí no hay receta que valga– resulta indispensable algo imposible de cuantificar: el genio (la capacidad para crear o inventar cosas) y el ingenio (la facultad para discurrir o inventar).
Una buena presentación resulta imprescindible en uno y otro extremo. Si al arroz de la fotografía no le hubiese puesto colorante –ya no azafrán, colorante, insípido del todo– seguro que a los comensales se les habría ido el apetito solo de verlo. Un mal diseño y/o una deficiente maquetación pueden arruinar una novela por logrado que esté su contenido.
Ahora bien, una particularidad –aparte de poner el máximo cariño– es común a ambos, a arroces y novelas: hay que dejar que reposen. Por lo que a los arroces respecta, entre cinco y diez minutos según el que sea. En cuanto a una novela, algo más, mucho más. La premura es lógica pero del todo desaconsejable. Claro que tenemos ganas de publicar (más si es la primera vez), de mostrar nuestra obra. Pero calma, que repose. Yo, en cuanto termino una novela, la dejo –que no la olvido– alrededor de un año. Pasado este vuelvo con ella y me sorprendo de los errores, y también de los aciertos, que encuentro.
Y todo esto que les cuento ya casi se me olvidaba a qué venía. Sí, es simplemente una aclaración personal de por qué tengo descuidado el blog en los últimos días. Este agosto está siendo un mes entre fogones. Nada nuevo por otra parte en lo que a los arroces respecta (podría decirse que soy un cocinillas), ocasional en cuanto a confeccionar una novela. Pero ya queda poco, las últimas correcciones de mi última novela –Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird)– están casi listas. Y el arroz también. Así que les dejo. Eso sí, deseándoles lo mejor.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/08/22/entre-arroces-y-novelas/

Primeros besos

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“Beso en la cama”, óleo de Toulouse-Lautrec (1892).

Hay quien ve los besos como una fase del proceso de enamoramiento, cuando en realidad es el inicio de su fin. Luego comienza un proceso distinto cuyo final suele ser bien diferente. Pueden haber muchos primeros besos, pues no hay dos besos iguales, incluso con la misma persona pueden haber primeros besos largo tiempo. Muchos, no obstante, se confunden. No alcanzan a ver la diferencia. Creen que todo será a partir de entonces como los primeros besos, pero lo único que puede ser igual a los primeros besos son los propios primeros besos, aunque sean con la misma persona. Lo creen, creen tener la certeza de que así será, cuando los hechos demuestran de forma empírica que la verdadera certeza es que a partir de ese momento se inicia otro indisoluble, duradero y estable, cuando no imperecedero, que casi siempre tiene el mismo destino: el hastío.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/15/primeros-besos/