Los piratas en la historia

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Pirata: “Persona que, junto con otras de igual condición, se dedica al abordaje de barcos en el mar para robar”, “Persona cruel y despiadada”. Definiciones del Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española). Definiciones poco afables, que inciden en el aspecto brutal, feroz, casi inhumano, de unos hombres que, aun así, han despertado la curiosidad, cuanto menos, de generaciones y generaciones, han dado lugar a páginas brillantes de la literatura, han inspirado a poetas, han protagonizado notables películas y han hecho soñar a más de un joven –y no tan joven– con aventuras de toda clase con guapas mujeres, ron a tutiplén y paisajes de ensueño, y en las que los “malos” son habitualmente la supuesta “gente de orden”, la autoridad, los poderosos. El pirata es una figura, pues, que disfruta de gran popularidad, de simpatía e, incluso, de admiración.

Piratas normandos del siglo IX, por Évariste Vital Luminais (1821-1896).

Piratas normandos del siglo IX, por Évariste Vital Luminais (1821-1896).

Aruj, también conocido como Baba Aruj o Barbarroja.

Aruj, también conocido como Baba Aruj o Barbarroja.

El fenómeno de la piratería viene de lejos. ¿Quién no recuerda los vikingos, aunque sea en la espléndida película de Richard Fleischer que protagonizaron Kirk Douglas, Tony Curtis y Janet Leigh, Los vikingos (1958)?

Los vikingos («ladrones de mar») son, posiblemente, los piratas más antiguos de la historia, y de los más atrevidos. A mediados del siglo IX eran los amos de Normandía y en el siglo XI conquistaban Inglaterra. De esta época data la figura de la primera mujer pirata: Jeanne de Bonneville, La Dama de Clisson, quien –para vengarse de los franceses, que habían matado a su esposo– vendió todo lo que tenía y recorrió, capitaneando tres naves, toda la costa del país vecino abordando barcos y saqueando poblaciones marineras. Poco después, el fin de la conquista cristiana de las tierras musulmanas de la península ibérica (1492) supuso la expulsión de los hasta entonces sus habitantes, muchos de los cuales encabezarían una nueva forma de piratería: la de los piratas berberiscos. El 1504 las dos principales embarcaciones del papa Julio II fueron atacadas por el primero de una larga y famosa dinastía de piratas: Aruj Barbarroja.

Sir Francis Drake (1590) retratado por Marcus Gheeraerts el Joven.

Sir Francis Drake (1590) retratado por Marcus Gheeraerts el Joven.

Es en el Caribe, sin embargo, donde –y desde donde– la piratería protagonizará sus gestas más espectaculares y, con ellas, logrará una gran popularidad, hasta el punto que la imagen que hoy tenemos de los piratas no es la de aquellos que hemos descrito anteriormente, sino la de los caribeños. El desarrollo de la piratería en el Caribe está estrechamente relacionada también con la presencia española a aquellas tierras.

Una bula del papa Alejandro VI en 1493 otorgó en España y Portugal el derecho de apoderarse de las tierras que iban descubriendo, dejando de lado otras potencias como Francia o Inglaterra, las cuales no querían permanecer al margen del reparto de las riquezas de las nuevas tierras. Y si esto no era posible a buenas, lo sería a las malas.

A mediados del siglo XVI los piratas franceses e ingleses Bartholomew Roberts en una ilustración del libro de Charles Johnson “A General History of the Robberies and Murders of the most notorious Pyrates” (1724).dominaban aquellas aguas, contando con el apoyo de sus respectivas monarquías. Hasta tal punto existía esta complicidad que cuando el embajador español pidió a la reina de Inglaterra que el famoso pirata Drake fuera ajusticiado, aquella lo esperó junto al río Támesis para nombrarle allí mismo caballero. Ser pirata se convertía cada vez más en una forma de vida: “En un trabajo honrado –decía otro famoso pirata: Bartholomew Roberts (1682-1722) – lo habitual es trabajar muy y ganar poco; la vida del pirata, aun así, es plenitud y saciedad, placer y fortuna, libertad y, además, poder”.

Pintura de Jean Leon Gerome Ferris (1863-1930) que interpreta la batalla entre Barbanegra y el teniente Robert Maynard.

“Captura del pirata Barbanegra” (1920), lienzo de Jean Leon Gerome Ferris.

Anne Bonny en una ilustración del libro de Charles Johnson.

Anne Bonny en una ilustración del libro de Charles Johnson.

Estos piratas no eran gente desesperada a quien la vida les hubiera negado oportunidades para progresar. Más bien al contrario. Muchos de ellos provenían de buenas familias y habían disfrutado de una excelente educación. Roberts era alto, bien parecido, vestía elegantemente y tenía unas exquisitas maneras. Henry Morgan (1635-1688) pertenecía a una familia de larga tradición militar; posteriormente, fue nombrado caballero y pasó los últimos años de su vida en Jamaica, donde poseía una enorme plantación y se codeaba con la más alta sociedad. Otros no tuvieron tanta suerte. Jean David Nave (1630-1699), quien era temido por los que hacía prisioneros por su extrema crueldad, acabó devorado por los caníbales. Al famoso Barbanegra –Edward Teach (1680-1718)– le cortaron la cabeza y lo colgaron en el palo mayor del barco que él había capturado. Su barba negra que adornaba con cintas de colores se paseaba de esta manera por los mares que habían sido testigo de sus hitos por última vez.

También había mujeres en este azaroso mundo, además de la ya mencionada Jeanne de Bonneville. Anne Bonny (1697-d. 1720), hija ilegítima de un afamado abogado irlandés y de la criada de la familia, se casó con James Bonny, un cazador sin fortuna con quien se trasladó a las Bahamas para dedicarse a la piratería. Vestía como los hombres, disparaba mejor que la mayoría de ellos y era tan temida como el peor de sus colegas masculinos. Mary Read (1684-1721) también era hija ilegítima y su madre la vistió con ropas de hombre para que pudiera ser su heredera. Entró al servicio del rey como grumete y después fue dragoon en la Guerra de Sucesión española antes de dedicarse a la piratería. Se sabe que fue capturada y condenada a muerte, pero no hay constancia de que esta se ejecutara la sentencia. Se dice que su padre, un rico hombre, compró su libertad y que Mary se casó y se estableció en Virginia.

Isla Tortuga ─también conocida como Isla de los Piratas, el Infierno del Mar o la Zona Libre, entre otras denominaciones─ fue el centro de operaciones de todos estos piratas. Situada al norte de la isla de Santo Domingo, es de reducidas dimensiones: sólo treinta y dos kilómetros de largo por doce de ancho. Hacia 1640 los habitantes de Isla Tortuga que practicaban la piratería crearon la Hermandad de la Costa con unas normas que patentizan un código de conducta alejado de convenciones sociales y próximo al que después sería el ideario anarquista: ni nacionalidad ni religión eran impedimentos para que uno formara parte de la Hermandad; no existía la propiedad privada: cada cual era amo absoluto del botín que conseguía, pero la tierra y los barcos eran de todos; no había trabajos gratuitos ni obligatorios, ni impuestos ni código penal; no debían obediencia a ningún estado; la Hermandad ayudaba económicamente a los piratas heridos y era un Consejo de ancianos quien garantizaba que se cumplieran las normas.

Isla Tortuga en la actualidad.

Isla Tortuga en la actualidad.

A finales del siglo XVII –y durante todo el XVIII– el centro de actuación se desplazó a Norteamérica y al continente asiático, a la isla de Madagascar, de acuerdo con la nueva correlación de fuerzas que imperaba en el panorama mundial, con el Imperio Británico como principal potencia. Piratas ingleses, holandeses y portugueses desplegarán ahora sus actividades por los mares de India, China, Japón, Malasia y Borneo. Ya a mediados del siglo XIX, cuando la nueva sociedad burguesa nacida de la industrialización y de la Revolución Francesa comenzó a consolidarse, los piratas fueron combatidos con más ahínco y con más medios que nunca. No olvidemos que esta nueva sociedad se estaba articulando sobre la base de un gran mercado mundial. La piratería empezaba su declive, pero la leyenda alrededor de sus gestas tomaba cada vez más fuerza.

Vacaciones

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A muchos se les acabaron las vacaciones con el mes de julio, otros las empezarán ahora en agosto y habrá a quienes –la quinta parte de los españoles vive bajo el umbral de la pobreza, por ejemplo– preguntarles acerca de las vacaciones resulta poco menos que obsceno.

Yo me voy de “vacaciones”, unas vacaciones un tanto particulares (por eso las entrecomillo), pues las pasaré en compañía de Prudencio y de tres muchachos de 17-18 años que se llaman Robin, Johnny y Tomate, tres jóvenes amigos de un barrio cualquiera de las afueras de una ciudad cualquiera.

¿Quién es Prudencio? Un genio. Sí, un genio de esos que aparecen como un ser fabuloso con figura humana en cuentos y leyendas, de los que conceden deseos. ¿No se lo creen? Yo tampoco, pero ya me ven, dentro de la botella de donde él salió, atrapado. Aun así, tengo mis dudas de que realmente sea un genio y no otra cosa

Tampoco se lo creían los tres amigos cuando se les apareció mientras se fumaban un cigarrillo de marihuana en el espigón del puerto. Al principio. Luego, al hacer gala de sus poderes, se disiparon todas sus sospechas. Emprendieron entonces una aventura con él de doce horas en la que necesariamente he de ser partícipe para poderla contar. ¿Que pasará? Déjenme que viaje con él y lo averigüe. Es un viaje que he de hacer a su universo paralelo, el del genio, o lo que de verdad sea.

Este viaje calculo que durará todo el mes de agosto, por lo que difícilmente podré publicar en el blog durante dicho tiempo (aparte de rebloguear las entradas de mi otro blog, El corto tiempo de las cerezas, y poco más). Ya les contaré cómo ha ido, quién es realidad Prudencio, qué les sucede a los tres muchachos y en qué líos se meten. Y más cosas, cuando termine el viaje. Ahora no es que no quiera, es que –como comprenderán– me es imposible.

¿Cómo se lo contaré? En forma de novela, si es que la tengo terminada en septiembre como es mi propósito. Claro que vete a saber. Prudencio me asegura que sí, que no habrá problema, pero viendo cómo actúa y al haberle puesto los chicos el mote de Calamidad, mis recelos se acrecientan. Sea como sea, de lo que estoy seguro es de que va a ser un viaje alucinante y lo voy a disfrutar. Al fin y al cabo, como dice Sam, el personaje central de mi novela Adiós. Mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), “escribir es como respirar. En según qué circunstancias el aire viciado te lo impide, pero hay que seguir respirando, si no te mueres. Aun así, acabamos contaminados por la atmósfera que nos rodea sin siquiera darnos cuenta y conformamos la realidad a través de nuestro ánimo adulterado. Solamente en la ficción somos capaces de soportar nuestras renuncias y asentimientos, evadirnos y ser otro. Aunque ¿qué otro? El que la existencia, nuestra existencia, demanda. Siempre somos otro. ¿Qué es ficción, qué no? ¿Qué hemos vivido en verdad fuera de nuestra imaginación?”.

La ficción en estos momentos es para mí tan real como las guerras, o los sueños. Voy a vivir este mes a caballo entre este nuestro mundo, el único real, y el universo paralelo en que se mueve Prudencio. Espero no quedarme allí, aunque bien pensado igual es lo mejor que podría hacer. Pero no, regresaré. Entre otras cosas, para poder presentarles mi nueva novela: Prudencio Calamidad. De ella, en definitiva, estoy hablando todo este rato.

En el ínterin, deseo que les vaya bien, o lo mejor posible. Prudencio, Robin, Johnny, Tomate y yo, intentaremos que así sea. Se lo prometo. Es más, ya lo comprobarán.