Preparando el viaje

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Kyle Thompson ©

Pensé, al poco de dar por concluida la conversación con mi hermano ─lo que no significaba que ya hubiésemos colgado el teléfono─, con un pragmatismo más propio de él que de mí: igual ahora vendemos la casa, lo que quede de ella, el solar ─mi hermano era propietario de las dos terceras partes y se encargaba, en consecuencia, de su mantenimiento y de los gravámenes correspondientes─, y si la vendemos conseguiré más tiempo, un bien preciado ya, para disfrutarlo en otro lugar. Pienso, a veces pienso así, solo a veces, que tengo muchas cosas que hacer todavía antes de que la vida decida prescindir de mí, o yo de ella si su congénere, la muerte, avisa con suficiente antelación de sus pretensiones, es decir, si hay desahucio, extrema necesidad.

El whisky trajo algo de lucidez a mi mente. ¿Vender la casa? ¿El solar? ¿A quién? ¿Ahora? ¿Para qué? (…) Le pregunté [a mi hermano] por sus intenciones. Por supuesto que nadie va a querer comprar el solar, tal como están las cosas no vale nada, la crisis… ¿Entonces? Y me explicó que pensaba donar el terreno que ocupaba el inmueble y su amplio huerto/jardín, más de tres fanegadas, al ayuntamiento para levantar un parque que llevaría el nombre de mi abuelo, prócer local que hizo construir la casona nada más conseguir formar parte de la élite municipal gracias al negocio del vino cuando pocos años antes era un simple agricultor que nada tenía. Para honor y gloria suya, de mi hermano. Eso sí, no debía yo preocuparme, él me daría mi parte ─según estimación de su valor en el mercado─ si mis necesidades eran de índole crematístico. De acuerdo, para ti el honor ─tu honor─ y el prestigio ─tu prestigio─, me conformo con las sobras de tu orgullo. ¿Y yo qué he de hacer? Tú no te preocupes, Pedro lo tendrá todo preparado, me dijo. Pedro era el hijo de quien fuera casero durante mucho tiempo de la casa, que también se llamaba Pedro, y mi hermano le había encargado que continuara su cuidado a la muerte de su padre.

Me obligué, así, a realizar el viaje, como simple testaferro de mi hermano, por la mísera necesidad de subsistir. Me obligué, sí. Mi ánimo no abrigaba el más mínimo interés por ese viaje, por ninguno que no fuera una huida definitiva hacia donde disponga la fatalidad. No sentía siquiera curiosidad por ver la casa medio en ruinas, o en ruina total. Podía haberle dicho a mi hermano que no, que no iba, que me había salido un trabajo de repartidor de pizzas en Nueva Zelanda y debía partir urgentemente. No lo hice, me vendrían muy bien los cuartos con que mi hermano compraba la respetabilidad.

Comencé a preparar el viaje. Con detenimiento, todo debía estar calculado hasta el más mínimo detalle, sin imprevistos de ningún tipo, se trataba de ir y regresar cuanto antes. Pero nunca se sabe. (…)

Fui tan meticuloso con los preparativos que incluso tuve en cuenta la posibilidad de que no volviera, podía suceder cualquier cosa, perderme para siempre, por ejemplo, y recogí todo cuanto pude de lo que mi memoria había ido dejando esparcido por cualquier lugar, lo que me obligó a una exhaustiva y minuciosa búsqueda que, por otra parte, me sirvió para hacer limpieza, pues no había orden alguno y se podía encontrar recuerdos, pedazos de recuerdos a veces únicamente, debajo del sofá o de la cama, entre las telarañas del llamado cuarto de estar ─lleno de ellas por eso, por ser de estar─, en el bidé o incluso en la nevera, y en el techo sobre todo.

Todo lo recogí, por si no volvía, todo lo necesario, pues dejé muchas cosas que sin duda sería fácil encontrar en cualquier sitio, como los pensamientos, los proyectos o las intenciones.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/07/preparando-el-viaje/

Yo, yo, yo… ¿Y nosotros?

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Natasum Photography ©

Las penas son menores con la edad, aunque los placeres también. Envejecer es cada vez más parecido a morir en vida. Somos como muebles, trastos viejos que ya no sirven y como tales se nos arrincona en los desvanes de la memoria. Aunque eso nunca les sucederá a nuestros hijos, al menos a Hannah y Bill. Nacieron viejos, ya lo eran en 1968, ellos y la mayoría de cuantos protestaban por un mundo que tachaban de injusto, banal, vacío, pero al que, a pesar de todo, se han acomodado perfectamente. Tanta hostia para descubrir que solo se trataba de una rebelión del yo frente al nosotros. ¿No te has dado cuenta que siempre empiezan las frases con “yo”? Yo pienso, yo creo, yo opino… Yo, yo, yo. Nosotros utilizábamos el plural. Después de lo que ha pasado en este tiempo ya nada será igual, dijo Cohn-Bendit en junio de 1968. Es verdad, nada ha sido igual, el individualismo es hoy uno de los principales rasgos de nuestra sociedad, otro la fragmentación del conocimiento y, un tercero más, la división de la vida en esferas concéntricas que nunca se encontrarán.

Sam Sutherland, protagonista de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Puede adquirirla en edición en papel o electrónica.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/05/yo-yo-yo-y-nosotros/

Sentir / consentir

Michael Bilotta Conceptual fine art Photographer

Michael Bilotta / Tutt’Art ©

Siendo el hombre el ser más imperfecto de cuantos hay en la naturaleza, dice que siente cuando en realidad consiente. Cree en normas, reglas, dictámenes, leyes, constituciones, sin cuestionarse el porqué de su germen, ni el sentido de sus disposiciones, ni a quién sirven y para qué. La inmutabilidad del dogma. Así todo es más fácil. Los dogmas carecen de significado intelectual. Cuestión de fe. No hay que ejercitar la razón. Normas, leyes, preceptos. División entre los que se benefician de ellas, los que creen beneficiarse y los que aspiran a tal beneficio, excluyendo a quienes se resisten a aceptar sin más. La vida en sociedad, lejos de hacernos más libres, nos ha esclavizado cada vez más. Día a día aumenta la infelicidad, es el infortunio de un existir vacuo, ajeno y extraño a las voluntades, disfrazado de metáforas y alegorías, un mundo de ilusión, que no ilusionante, de imágenes perfectamente encuadradas sobre selección previa de sus distintas maneras de ser representado. Aceptación de la negación, no somos por nosotros mismos, no existimos más allá de la consideración de los demás. Es en el desorden y la desigualdad que sentimos reconocer otros semejantes a nosotros mismos. Y, lo más importante, el ánimo se reconforta al ver que la situación de muchos es peor que la nuestra.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/11/29/sentir-consentir/