El origen del mundo

Junto al velódromo de Vincennes, que ahora se acondicionaba para la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de verano de 1900, se levantaba un blanco caserón de tres plantas un tanto descuidado cuya fachada principal se hallaba prácticamente cubierta de madreselva que trepaba a su antojo.

―¿Ahí está el cuadro? ─preguntó el príncipe al ver el destartalado edificio.

―Ya ve, ¿quién iba a imaginarlo? ─dijo Frossard─. Como le comenté, su dueño es un viejo chocho.

Les recibió un criado con librea que les condujo a un salón en el que se hallaba Bonheur. La primera impresión del príncipe al verlo, como confesaría después, durante el viaje de vuelta, fue que, en realidad, era mucho más extravagante y raro de lo que Frossard le dijo cuando le anunció que había dado con el paradero del Courbet y que aquel era su dueño, un trasnochado que vestía levita larga de terciopelo de color azul oscuro, lustrosa por el paso de los años, y pantalones amarillos, color que compartía también el pañuelo de seda que, envuelto en el cuello, se cerraba con un enorme lazo. Era un tipo rollizo y la levita le venía algo pequeña; también el adamascado chaleco, del color de la levita, aunque más claro, se notaba que no podía abrochárselo. Debía haber engordado desde que se retiró a Vincennes, tras haber heredado una cuantiosa suma de dinero a la muerte de sus suegros. Un bon vivant que, sin duda, decidió ejercer de ello tras la inesperada herencia, concluyó el príncipe, alguien que miraba por sí mismo, apartado del mundo y sus gentes. Aun así, y a pesar de su estrambótica vestimenta, ofrecía un cuidado aspecto, su blanca barba estaba perfectamente recortada e incluso se había perfumado, lo que pocos hombres hacían.

A pesar de ser mitad mañana Bonheur llamó a una de sus criadas ─por supuesto, con cofia─ y le pidió que dispusiese el tentempié preparado. Mejor hablaremos acompañados de un piscolabis, dijo. Otras dos criadas, también con su correspondiente cofia, aparecieron al poco con sendas bandejas: una, enorme, de ostras de Arcachon y otra de pepinillos en vinagre. Bonheur pellizcó en el culo a la más joven y rió groseramente, para estupor del príncipe. Nada mejor para acompañar un buen champán, dijo mientras un pequeño cohombro crujía entre sus dientes y abría torpemente una botella, derramándose buena parte del champán en el suelo y manchando los zapatos del príncipe. ¡Oh! Cuánto lo siento, le ruego disculpe mi torpeza. Al príncipe no le apetecía champán a esas horas. ¿No le gusta? Mire, aquí tengo un coñac que espero haga sus delicias. El príncipe, que tampoco quería coñac ─no quería otra cosa que no fuera ver el cuadro─ comenzaba a impacientarse. Frossard sugirió entonces a Bonheur que les mostrase el Courbet.

―¡Ah! sí, el Courbet, ya me había olvidado. ¡Ay esta memoria!, que mala es la edad. Vamos, vamos a verlo, lo tengo aquí mismo.

Se dirigió a una caja fuerte que había en un extremo de la habitación, giró varias veces la rueda de acuerdo con la clave numérica que, dijo, solo él conocía e introdujo una llave a continuación. La caja se abrió y Bonheur comenzó a sacar viejos papeles amarillentos que dejaba de cualquier manera en el suelo sin importarle que se desordenaran.

―Aquí está ─exclamó mostrando un envoltorio de papel de periódico de poco más de medio metro de largo, sobre el que se le cayó la ceniza de un enorme cigarro que fumaba.

El príncipe, que seguía sin dar crédito a lo que estaba viendo, no pudo menos que exclamar:

―¡Por Dios, vaya con cuidado!

―Es mala la edad, muy mala, alteza, cada día estoy más torpe. Tenga, ábralo usted mismo.

El príncipe no conseguía desatar el nudo que formaban los cordeles con que estaba atado el paquete.

―Deben haberse pegado las cuerdas, hace tiempo que no sale de la caja. A ver, déjeme que pruebe.

Bonheur alargó la mano para coger el bulto, pero el príncipe apartó el cuadro de su alcance.

―No se preocupe, ya lo hago yo.

El tono de la voz del príncipe evidenciaba la exasperación que sentía ante la torpeza y la dejadez del anfitrión. Poco a poco consiguió deshacer el nudo. Un triste marco de madera de pino, delgado, pintado de negro, un tanto resquebrajado, con alguna que otra raspadura, encerraba su superficie de manera indigna a juicio del príncipe, que más tarde compararía aquello con una bella mujer que, bien vestida y perfumada, engalanada con sus mejores joyas, se cubriese con un viejo sombrero de esparto. Maravillado a pesar de todo por tenerlo entre sus manos permaneció un rato en silencio contemplándolo, admirándolo, y posiblemente también discurriendo acerca de la manera de convencer al cazurro de Bonheur para que se lo vendiera. Ya le había avisado Frossard que iba a resultar imposible, pero el príncipe se resistía a aceptar tal eventualidad. Para su desgracia, y su indignación, Frossard no se había equivocado lo más mínimo. Bonheur se resistía a desprenderse de él.

―Le ofrezco lo que usted quiera. Un cuarto de millón de francos. Creo que nadie ha pagado aún tal cantidad por un cuadro.

―No se trata de eso, excelencia.

―¿Ni por medio millón de francos me lo vendería? ─insistió el príncipe.

―Ni por uno tampoco. Ni por dos. No es cuestión de dinero, alteza, este cuadro tiene otro tipo de valor para mí. Verán, conocí a la modelo, ella fue quien me lo hizo llegar. No quería que su entonces poseedor pudiese contemplar una parte tan significativa de su anatomía, odiaba a aquel tipo, un anticuario demasiado aficionado al onanismo que luego le contaba cuánto había disfrutado a solas con su imagen. Desconozco cómo lo consiguió, pero un buen día vino y me lo dejó. Yo le prometí que lo mantendría a buen recaudo.

―¿Y qué ha sido de ella? ─preguntó Samuel.

―Ni idea. Hace tiempo que perdí el contacto.

[…]

―En fin, qué se le va a hacer ─exteriorizó el príncipe al cabo de un rato, ya de regreso a París en uno de esos automóviles que tanto odiaba Samuel.

―No sabe su alteza como lo siento ─dijo Frossard─, pero ya le hablé de lo intrincado de la operación dada la rareza de carácter de Bonheur.

―¿Rareza de carácter? Este caballero, si se le puede llamar así, es un completo mentecato, un cretino total. De todos modos, usted ha hecho todo lo posible y yo, al menos, he tenido la obra unos momentos en mis manos. Por supuesto, sabré recompensar debidamente su empeño.

Parecía que el príncipe se resignaba a marchar sin el Courbet.

―Por eso no se preocupe, alteza. Lo cierto es que irrita que un tipo así posea una obra como esa. No es justo que permanezca arrumbada en aquella cochambrosa caja fuerte. ¿Sabe qué me dijo cuando le visité la primera vez para concertar la cita con usted? ¿El Courbet? ¿De qué Courbet me habla? Yo pensé que se hacía el loco y que a continuación me negaría que él tuviese el cuadro. Pero no, ¡qué va! Ni se acordaba. Le expliqué cómo era el cuadro y entonces exclamó: ¡Ah!, sí, el del coño. Tal cual se lo cuento.

―Siempre disfruta de las cosas quien menos se lo merece ─dijo Samuel.

―Si al menos lo disfrutara ─añadió Brigitte─. La verdad es que dan ganas de quitárselo, debería haber una ley que impidiese comportamientos como el de este hombre con una obra de tanta categoría.

―Bueno, robarlo sería una posibilidad ─apuntó Frossard entre risas─. Igual no se daba ni cuenta.

―Puede que hasta fuera divertido ─comentó Samuel, que también reía, como Brigitte.

―Pues hagámoslo ─sugirió esta última soltando una carcajada y sumándose al aparentemente disparatado diálogo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2014, nueva edición 2019).

Todas las ciudades son igua-les. No tiene sentido huir.

Atravesar la ciudad sin sentir desasosiego me resultaba impúdico, me indigna tanta presunción. También la resignación, la sumisión aceptada de los ahora trashumantes urbanos, su indiferencia. Pero tengo que atravesarla de punta a punta. No hay otro modo de cruzar la ciudad: en el extremo opuesto al barrio en que hace veinte años alquilé un pequeño piso se encuentra la salida a la autopista que conduce al pueblo en que tanto mi hermano como yo nacimos (yo primero, él después). Cruzar la ciudad, de sur a norte, recorrer de nuevo lugares que la memoria ha consolidado en forma de recuerdos de un tiempo en que todavía el enojo y el desánimo no superaban las esperanzas y el apasionamiento… ¿Cómo hacerlo sin que nuestro ánimo se llene de rabia, impotencia, desánimo y, finalmente, repugnancia?

 Más de una vez he pensado marcharme de aquí. Pero ¿adónde? Todas las ciudades son iguales y solo se distinguen por el olor de sus cloacas. E incluso así son iguales, con calles que tienen los mismos nombres: Desesperación, Angustia, Tristeza, Meapilas, Indiferencia, Desdén…, con profundos hoyos cubiertos de alfombras negras donde cae la gente cuando el encargado de regular la circulación recibe la orden del experto de apretar el botón llamado de higiene colectiva ─solo se salvan los que tienen el correspondiente pase de la autoridad, que unos sensores detectan─, con autobuses llenos de gente de camino al cementerio que siempre vuelven vacíos, con brigadas de obreros que se encargan de pintar de gris el cielo,  con elegantes casas  donde  vive una persona con su concubina y sus bastardos que han obtenido el certificado de familia y otras de dieciséis moradores a cuyos varones se les ha castrado  para  conseguir una  habitabilidad  sostenible que  permita seguir progresando, con luces que deslumbran y ciegan a los que en los hospitales ─siguiendo los planes dictados por el gobierno sobre comportamiento en las vías públicas─ se les han extirpado los ojos y sustituido por microcámaras, con cabinas ─a las que para poder entrar hay que tener el mismo pase que libra a sus poseedores de los hoyos─ en las que estos pueden respirar aromas de toda clase para poder seguir soportando el hedor que desprenden parados, emigrantes, putas y travestis, con teatros en los que gordas sopranos cantan arias por el agujero del culo para unos cuantos elegidos.

Sí, todas las ciudades son iguales. No tiene sentido huir, aunque a veces lo deseo, pues igual los boñigos tienen otros diseños, las sopranos cantan con el coño en vez de con el culo o los hoyos son cuadrados en vez de redondos, qué sé yo. Seguirán siendo, de todos modos, boñigos, sopranos, coños y hoyos. La misma mierda disfrazada de crisis.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

Rosaura

Me enamoré por primera vez a los trece años. Ella, Rosaura, tenía doce. Nunca había oído ese nombre, que entonces me pareció muy bonito, sobre todo cuando me dijo que significaba rosa de oro. Rosaura. Lo repetía varias veces seguidas antes de dormirme. Primero rezaba, aunque con poca convicción. Pronto dejaría de hacerlo, la ansiedad que me causaba tener que repetir todos los días lo mismo pudo con el peso de aquel inútil ritual que desviaba mi atención obligándome a estar pendiente de lo que decía. Mis pensamientos marchaban por otros derroteros y aquellos malditos rezos hacían que me sintiera culpable al estar pensando en otra cosa al mismo tiempo. […]

Su padre era guardabarrera y eso a mí me parecía un trabajo muy importante, de mucha responsabilidad, siempre atento a poner las barreras, aquellas pesadas y largas cadenas, para impedir que hubiese algún accidente. […] Era, pues, un hombre importante, gracias a él el tren nunca mató a nadie. Lo veía yo sereno, tranquilo, seguro de lo que hacía, a pesar de la gran responsabilidad que su trabajo conllevaba, y había tenido la suerte, la inmensa suerte, de que su hija se fijara en mí. […]

Tenía una fotografía de Rosaura, en la que estaba sumamente bella, con su dorada melena y una sonrisa como las que veía en el cine a través de sus cabellos. La contemplaba una y otra vez, todas las noches, antes de dormirme, cada vez más plácidamente desde que había abandonado los rezos y podía dirigir toda mi atención hacia algo en lo que realmente creía, y quería. Mis convicciones religiosas se habían debilitado notablemente. […]

Rosaura era mi religión. […]

Los días, no obstante, trascurrían al mismo ritmo y llegaba de nuevo el fin de semana. Y regresaba el guateque. Volveríamos a bailar juntos, más juntos todavía, rozando nuestras mejillas e incluso nuestros labios. Entonces era suficiente para mí. Todo era muy poético, allí bajo el cenador. O patético, no sé.  Y como suele suceder siempre, cuando aquel adolescente pusilánime empezó a sentirse fuerte abrazando a Rosaura y sintiendo la cercanía de sus labios, cuando ya empezaba a construirse un mundo más próximo al real, en el que ya no estaba solo ─o eso creía─, el futuro, ese tiempo que no existe pero que los hombres inventan para que cobren sentido sus decisiones, se impuso entre nosotros. La irrealidad, pues. Algún buen profesional, al que sin duda mi madre tendría en gran estima si hubiera llegado a conocer, decidió que don Leandro debía marchar, que no era rentable seguir manteniendo aquella línea de tren. Me lo dijo Rosaura el domingo siguiente, que se iba a marchar a otra población porque trasladaban a su padre. Era cuestión de semanas. Trascurrieron estas ─dos, tres, cuatro, no recuerdo─ como las anteriores, así de bobos éramos, digo éramos, en plural, y deseo pensar que así fue, en plural. […]

Era el último domingo que pasábamos juntos. Ella se iba, el lunes, por la mañana. A otro sitio, donde su padre podría seguir con la importante tarea de vigilar que nada malo sucediera cuando pasara el tren, pues al parecer había lugares donde el tren seguía siendo necesario; yo no entendía aquello de rentable. De hecho, no sé si lo entiendo todavía. […]

La acompañé a casa, sin decir nada, sin pedir permiso (mi madre me lo habría denegado). Salí con todos al finalizar el guateque, como el que intenta colarse en algún sitio, tratando de pasar desapercibido, furtivamente, me daba igual lo que ocurriera después, llegar tarde y aguantar más reproches y silencios, ya estaba acostumbrado. Sorprendentemente no pasó nada […].

El camino que llevaba a la estación era tranquilo, apenas había unas pocas farolas que emitían una tenue luz. Tranquilo como la oscuridad, como el silencio. La cogí de la mano, ella apretó, con fuerza, la mía. Me paré de repente, nos paramos, sin saber por qué, posiblemente para que el camino no acabase nunca y estuviéramos siempre vagando, sin rumbo, sin destino, solos los dos, siempre caminando en una aparente oscuridad que no era falta de luz excepto para los demás, pues solamente podía apreciarse con los ojos del alma. Una alianza de los astros que nos protegían de todo mal. Para nosotros todo resplandecía, o así me lo pareció. Fue verdad, entonces.

Yo nunca había visto a Rosaura tan hermosa, tan radiante. Sin soltarnos de la mano nos alejamos de las pocas farolas que había a ambos lados del camino, evitando así que algún despistado se diera cuenta de que allí había vida y pretendiera adentrarse en un mundo en el que nadie más podía tener cabida. Nos detuvimos de nuevo, nos miramos y comprendimos que debíamos juntar nuestros labios. Nada de roces. Y nos besamos durante toda la vida, hasta que ella tuvo que volver a casa. La vi entrar, la puerta se cerró y yo marché con una extraña y confusa mezcla de sentimientos que resultaba completamente nueva para mí. Rosaura se iba y puede que no volviera a verla. Eso me entristecía. Rosaura y yo nos habíamos besado.  Eso me alegraba.  No habría más.

Fragmentos de mi novela El viaje (2014, nueva edición 2019).