Rosaura

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Me enamoré por primera vez a los trece años. Ella, Rosaura, tenía doce. Nunca había oído ese nombre, que entonces me pareció muy bonito, sobre todo cuando me dijo que significaba rosa de oro. Rosaura. Lo repetía varias veces seguidas antes de dormirme. Primero rezaba, aunque con poca convicción. Pronto dejaría de hacerlo, la ansiedad que me causaba tener que repetir todos los días lo mismo pudo con el peso de aquel inútil ritual que desviaba mi atención obligándome a estar pendiente de lo que decía. Mis pensamientos marchaban por otros derroteros y aquellos malditos rezos hacían que me sintiera culpable al estar pensando en otra cosa al mismo tiempo. […]

Su padre era guardabarrera y eso a mí me parecía un trabajo muy importante, de mucha responsabilidad, siempre atento a poner las barreras, aquellas pesadas y largas cadenas, para impedir que hubiese algún accidente. […] Era, pues, un hombre importante, gracias a él el tren nunca mató a nadie. Lo veía yo sereno, tranquilo, seguro de lo que hacía, a pesar de la gran responsabilidad que su trabajo conllevaba, y había tenido la suerte, la inmensa suerte, de que su hija se fijara en mí. […]

Tenía una fotografía de Rosaura, en la que estaba sumamente bella, con su dorada melena y una sonrisa como las que veía en el cine a través de sus cabellos. La contemplaba una y otra vez, todas las noches, antes de dormirme, cada vez más plácidamente desde que había abandonado los rezos y podía dirigir toda mi atención hacia algo en lo que realmente creía, y quería. Mis convicciones religiosas se habían debilitado notablemente. […]

Rosaura era mi religión. […]

Los días, no obstante, trascurrían al mismo ritmo y llegaba de nuevo el fin de semana. Y regresaba el guateque. Volveríamos a bailar juntos, más juntos todavía, rozando nuestras mejillas e incluso nuestros labios. Entonces era suficiente para mí. Todo era muy poético, allí bajo el cenador. O patético, no sé.  Y como suele suceder siempre, cuando aquel adolescente pusilánime empezó a sentirse fuerte abrazando a Rosaura y sintiendo la cercanía de sus labios, cuando ya empezaba a construirse un mundo más próximo al real, en el que ya no estaba solo ─o eso creía─, el futuro, ese tiempo que no existe pero que los hombres inventan para que cobren sentido sus decisiones, se impuso entre nosotros. La irrealidad, pues. Algún buen profesional, al que sin duda mi madre tendría en gran estima si hubiera llegado a conocer, decidió que don Leandro debía marchar, que no era rentable seguir manteniendo aquella línea de tren. Me lo dijo Rosaura el domingo siguiente, que se iba a marchar a otra población porque trasladaban a su padre. Era cuestión de semanas. Trascurrieron estas ─dos, tres, cuatro, no recuerdo─ como las anteriores, así de bobos éramos, digo éramos, en plural, y deseo pensar que así fue, en plural. […]

Era el último domingo que pasábamos juntos. Ella se iba, el lunes, por la mañana. A otro sitio, donde su padre podría seguir con la importante tarea de vigilar que nada malo sucediera cuando pasara el tren, pues al parecer había lugares donde el tren seguía siendo necesario; yo no entendía aquello de rentable. De hecho, no sé si lo entiendo todavía. […]

La acompañé a casa, sin decir nada, sin pedir permiso (mi madre me lo habría denegado). Salí con todos al finalizar el guateque, como el que intenta colarse en algún sitio, tratando de pasar desapercibido, furtivamente, me daba igual lo que ocurriera después, llegar tarde y aguantar más reproches y silencios, ya estaba acostumbrado. Sorprendentemente no pasó nada […].

El camino que llevaba a la estación era tranquilo, apenas había unas pocas farolas que emitían una tenue luz. Tranquilo como la oscuridad, como el silencio. La cogí de la mano, ella apretó, con fuerza, la mía. Me paré de repente, nos paramos, sin saber por qué, posiblemente para que el camino no acabase nunca y estuviéramos siempre vagando, sin rumbo, sin destino, solos los dos, siempre caminando en una aparente oscuridad que no era falta de luz excepto para los demás, pues solamente podía apreciarse con los ojos del alma. Una alianza de los astros que nos protegían de todo mal. Para nosotros todo resplandecía, o así me lo pareció. Fue verdad, entonces.

Yo nunca había visto a Rosaura tan hermosa, tan radiante. Sin soltarnos de la mano nos alejamos de las pocas farolas que había a ambos lados del camino, evitando así que algún despistado se diera cuenta de que allí había vida y pretendiera adentrarse en un mundo en el que nadie más podía tener cabida. Nos detuvimos de nuevo, nos miramos y comprendimos que debíamos juntar nuestros labios. Nada de roces. Y nos besamos durante toda la vida, hasta que ella tuvo que volver a casa. La vi entrar, la puerta se cerró y yo marché con una extraña y confusa mezcla de sentimientos que resultaba completamente nueva para mí. Rosaura se iba y puede que no volviera a verla. Eso me entristecía. Rosaura y yo nos habíamos besado.  Eso me alegraba.  No habría más.

Fragmentos de mi novela El viaje (2014, nueva edición 2019).

10 comentarios en “Rosaura

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