“La jeune bergère” (1885), óleo de William-Adolphe Bouguereau.
Mis padres trabajaban en una fábrica de tapones cerca de Coñac. A mí, desde muy pequeña me pusieron a servir en casa de un médico. Yo odiaba ese trabajo. Sí, señora; sí, señor; lo que diga la señora, lo que diga el señor… Pero no había más remedio que llevar un jornal a casa. Mis padres, sin embargo, estaban contentos, para ellos era una buena ocupación. Decían de él, del médico, que era un cirujano de primera y lo llamaban de todas partes. Vivía a cuerpo de rey, pero era un tipo despreciable, ruin. Un día, tendría yo unos catorce años, llegó un pobre trabajador; su hijo, de unos diez años, estaba muy mal. Ya lo vi ayer y te dije que no se podía hacer nada por él, ¿qué quieres que haga?, Dios tendrá sus razones para llevárselo, le espetó. Aquel hombre, que no dudaba en arrastrarse ante él para salvar al pequeño, le recordó que también le había dicho que posiblemente una intervención quirúrgica le permitiría seguir con vida. Padecía de algo de los nervios, no recuerdo qué. Sí, te lo dije, pero también te dije que para ello habría que desplazarse a París y que eso cuesta mucho dinero. ¿Lo tienes? Aunque yo, sentando un mal precedente, renunciara a mis honorarios, ¿qué pasaría con mis colegas? ¿Tú acaso trabajas gratis? Y por mucho que el pobre hombre suplicó no hubo nada que hacer. El chico falleció al poco, tres o cuatro días después a lo sumo. Aquello me sublevó. ¿Cómo se puede ser tan canalla? Pero, sobre todo, pensé, ¿qué clase de sociedad es esta que permite que alguien que puede salvar una vida no lo haga por dinero?, ¿cómo es que ni siquiera su prestigio se vio afectado por una acción tan indigna de quien dice ser hombre? Al día siguiente, el muy miserable partía para Javezac. No me esperes a comer, querida, escuché que le decía a su esposa, he de ir a la finca de madame Duval, una asquerosa ricachona, no tiene nada pero ya sabes cuánto le gusta que los demás se compadezcan de su imaginaria mala salud. Empecé entonces a interesarme por las ideas revolucionarias que muchos pregonaban. Los jóvenes solíamos pasear por el Charente, tonteábamos, pero no todos, también había quien tenía conciencia de la situación y se rebelaba contra ese estado de cosas, abusivo, egoísta, despiadado. Desde entonces, todo cuanto ganaba me lo gastaba en comprar libros y periódicos anarquistas. Algunas veces, como no entregaba dinero a mi padre, al llegar a casa me encontraba con que todos estaban comiendo y yo tenía en la mesa el plato puesto al revés. Al final me marché, no aguantaba más. Un joven, Pierre se llamaba, me acuerdo perfectamente de él, tenía contactos en París con el círculo próximo a Ravachol y me vine para acá dispuesta a batallar contra tanta injusticia.
Portada de “Le Petit Journal” (16 de abril de 1892) que recrea la detención de Ravachol.
Eso era en 1892, tenía yo diecisiete años. Nada más llegar, me enteré que a Ravachol lo acababan de detener por haber atentado contra el juez Benoît y el fiscal Bulot. En ninguno caso hubo muertos. Un camarero, al que la actitud de Ravachol hizo sospechar, avisó a la policía y lo detuvieron. Fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad, pero a los burgueses les pareció poco castigo y volvieron a juzgarle por otras acciones anteriores a los hechos. Se le acusó entonces del asesinato de cinco personas y la violación de una sepultura. Él negó la mayoría de los cargos, pero daba igual, la decisión estaba tomada de antemano, el juicio tenía por única finalidad poder dictar una sentencia que satisficiera a los asustados burgueses, así que lo condenaron a muerte. La guillotina acabó con él en Montbrison. Murió gritando ¡Viva la anarquía!
El origen del mundo (1866), óleo de Gustave Courbet.
Junto al velódromo de Vincennes, que ahora se acondicionaba para la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de verano de 1900, se levantaba un blanco caserón de tres plantas un tanto descuidado cuya fachada principal se hallaba prácticamente cubierta de madreselva que trepaba a su antojo.
―¿Ahí está el cuadro? ─preguntó el príncipe al ver el destartalado edificio.
―Ya ve, ¿quién iba a imaginarlo? ─dijo Frossard─. Como le comenté, su dueño es un viejo chocho.
Les recibió un criado con librea que les condujo a un salón en el que se hallaba Bonheur. La primera impresión del príncipe al verlo, como confesaría después, durante el viaje de vuelta, fue que, en realidad, era mucho más extravagante y raro de lo que Frossard le dijo cuando le anunció que había dado con el paradero del Courbet y que aquel era su dueño, un trasnochado que vestía levita larga de terciopelo de color azul oscuro, lustrosa por el paso de los años, y pantalones amarillos, color que compartía también el pañuelo de seda que, envuelto en el cuello, se cerraba con un enorme lazo. Era un tipo rollizo y la levita le venía algo pequeña; también el adamascado chaleco, del color de la levita aunque más claro, se notaba que no podía abrochárselo. Debía haber engordado desde que se retiró a Vincennes, tras haber heredado una cuantiosa suma de dinero a la muerte de sus suegros. Un bon vivant que, sin duda, decidió ejercer de ello tras la inesperada herencia, concluyó el príncipe, alguien que miraba por sí mismo, apartado del mundo y sus gentes. Aún así, y a pesar de su estrambótica vestimenta, ofrecía un cuidado aspecto, su blanca barba estaba perfectamente recortada e incluso se había perfumado, lo que pocos hombres hacían.
A pesar de ser mitad mañana Bonheur llamó a una de sus criadas ─por supuesto, con cofia─ y le pidió que dispusiese el tentempié preparado. Mejor hablaremos acompañados de un piscolabis, dijo. Otras dos criadas, también con su correspondiente cofia, aparecieron al poco con sendas bandejas: una, enorme, de ostras de Arcachon y otra de pepinillos en vinagre. Bonheur pellizcó en el culo a la más joven y rió groseramente, para estupor del príncipe. Nada mejor para acompañar un buen champán, dijo mientras un pequeño cohombro crujía entre sus dientes y abría torpemente una botella, derramándose buena parte del champán en el suelo y manchando los zapatos del príncipe. ¡Oh! Cuánto lo siento, le ruego disculpe mi torpeza. Al príncipe no le apetecía champán a esas horas. ¿No le gusta? Mire, aquí tengo un coñac que espero haga sus delicias. El príncipe, que tampoco quería coñac ─no quería otra cosa que no fuera ver el cuadro─ comenzaba a impacientarse. Frossard sugirió entonces a Bonheur que les mostrase el Courbet.
―¡Ah! sí, el Courbet, ya me había olvidado. ¡Ay esta memoria!, que mala es la edad. Vamos, vamos a verlo, lo tengo aquí mismo.
Se dirigió a una caja fuerte que había en un extremo de la habitación (…)
―Aquí está ─exclamó mostrando un envoltorio de papel de periódico de poco más de medio metro de largo, sobre el que se le cayó la ceniza de un enorme cigarro que fumaba.
El príncipe, que seguía sin dar crédito a lo que estaba viendo, no pudo menos que exclamar:
―¡Por Dios, vaya con cuidado!
―Es mala la edad, muy mala, alteza, cada día estoy más torpe. Tenga, ábralo usted mismo.
El príncipe no conseguía desatar el nudo que formaban los cordeles con que estaba atado el paquete.
―Deben haberse pegado las cuerdas, hace tiempo que no sale de la caja. A ver, déjeme que pruebe.
Bonheur alargó la mano para coger el bulto, pero el príncipe apartó el cuadro de su alcance.
―No se preocupe, ya lo hago yo.
El tono de la voz del príncipe evidenciaba la exasperación que sentía ante la torpeza y la dejadez del anfitrión. Poco a poco consiguió deshacer el nudo. Un triste marco de madera de pino, delgado, pintado de negro, un tanto resquebrajado, con alguna que otra raspadura, encerraba su superficie de manera indigna a juicio del príncipe, que más tarde compararía aquello con una bella mujer que, bien vestida y perfumada, engalanada con sus mejores joyas, se cubriese con un viejo sombrero de esparto. Maravillado a pesar de todo por tenerlo entre sus manos permaneció un rato en silencio contemplándolo, admirándolo, y posiblemente también discurriendo acerca de la manera de convencer al cazurro de Bonheur para que se lo vendiera. Ya le había avisado Frossard que iba a resultar imposible, pero el príncipe se resistía a aceptar tal eventualidad. Para su desgracia, y su indignación, Frossard no se había equivocado lo más mínimo. Bonheur se resistía a desprenderse de él.
―Le ofrezco lo que usted quiera. Un cuarto de millón de francos. Creo ─dijo mirando a Frossard─ que nadie ha pagado aún tal cantidad por un cuadro.
―No se trata de eso, excelencia.
―¿Ni por medio millón de francos me lo vendería? ─insistió el príncipe.
―Ni por uno tampoco. Ni por dos. No es cuestión de dinero, alteza, este cuadro tiene otro tipo de valor para mí. Verán, conocí a la modelo, ella fue quien me lo hizo llegar. No quería que su entonces poseedor pudiese contemplar una parte tan significativa de su anatomía, odiaba a aquel tipo, un anticuario demasiado aficionado al onanismo que luego le contaba cuánto había disfrutado a solas con su imagen. Desconozco cómo lo consiguió, pero un buen día vino y me lo dejó. Yo le prometí que lo mantendría a buen recaudo.
―¿Y qué ha sido de ella? ─preguntó Samuel.
―Ni idea. Hace tiempo que perdí el contacto.
―En fin, qué se le va a hacer ─exteriorizó el príncipe al cabo de un rato de iniciado el camino de regreso a París en uno de esos automóviles que tanto odiaba Samuel; capricho de ricos, sin futuro, decía.
―No sabe su alteza como lo siento ─dijo Frossard─, pero ya le hablé de lo intrincado de la operación dada la rareza de carácter de Bonheur.
―¿Rareza de carácter? Este caballero, si se le puede llamar así, es un completo mentecato, un cretino total. De todos modos usted ha hecho todo lo posible y yo, al menos, he tenido la obra unos momentos en mis manos. Por supuesto, sabré recompensar debidamente su empeño.
Parecía que el príncipe se resignaba a marchar a San Petersburgo sin el Courbet.
―Por eso no se preocupe, alteza. Lo cierto es que irrita que un tipo así posea una obra como esa. No es justo que permanezca arrumbada en aquella cochambrosa caja fuerte. ¿Sabe qué me dijo cuando le visité la primera vez para concertar la cita con usted? ¿El Courbet? ¿De qué Courbet me habla? Yo pensé que se hacía el loco y que a continuación me negaría que él tuviese el cuadro. Pero no, ¡qué va! Ni se acordaba. Le expliqué cómo era el cuadro y entonces exclamó: ¡Ah!, sí, el del coño. Tal cual se lo cuento.
―Siempre disfruta de las cosas quien menos se lo merece ─dijo Samuel.
―Si al menos lo disfrutara ─añadió Brigitte─. La verdad es que dan ganas de quitárselo, debería haber una ley que impidiese comportamientos como el de este hombre con una obra de tanta categoría.
―Bueno, robarlo sería una posibilidad ─apuntó Frossard entre risas─. Igual no se daba ni cuenta.
―Puede que hasta fuera divertido ─comentó Samuel, que también reía, como Brigitte.
―Pues hagámoslo ─sugirió esta última soltando una carcajada y sumándose al aparentemente disparatado diálogo.
El príncipe permanecía en silencio, si bien de su semblante se deducía que no era ajeno a cuanto decían. Puede que fantaseara otra vez con la idea de hacerse con la obra. Los demás seguían con la broma y el despropósito.
En El corto tiempo de las cerezas la música tiene una especial relevancia. Es, si me permiten la expresión, una novela con banda sonora. Me hubiese gustado que cada ejemplar contara con un CD que recogiera los temas que en ella se mencionan. Obviamente es imposible. Bueno, no. Pero lo que debería pagar en concepto de derechos de autor supera con creces las ganancias que pueda obtener de las ventas de la misma.
Música de Comedia y Cabaret –una de las dos secciones de que consta este blog (en principio la única y su título hasta que decidí incorporar otras cosas mías)– tiene su origen en El corto tiempo de las cerezas. Todo empezó cuando un buen día me propuse reescribir el primer libro que publiqué en solitario, en 1980. Se titula este Lucha de clases e industrialización y se centra en el proceso mediante el cual la clase trabajadora alcoyana llegó a tomar conciencia de lo común de sus intereses, proceso que culminó en la huelga general revolucionaria de 1873, conocida como El Petrolio (acepción local de la palabra petroli, petróleo en español) por haberse producido el incendio del ayuntamiento y algunas casas colindantes donde se ofrecía resistencia a los amotinados con este líquido. En pleno proceso de redacción resolví novelar aquellos hechos. Inventé un personaje, Samuel Valls, a través del cual articular el argumento. Mas Samuel me pedía que siguiera, que su vida –me decía– no terminaba con el fracaso de la revolución de El Petrolio. Y seguí, y me transportó a un mundo que desconocía y para el que tuve que documentarme exhaustivamente. Su hija se convirtió en soprano. ¿Por qué? ¡Vete a saber! Y nació en mí la afición por la opereta. Y como quiera que El corto tiempo… tiene una secuela que se titulará Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), parte de cuya acción se sitúa en el Berlín de la República de Weimar, descubrí la música de cabaret en la Alemania de aquellos años. De ahí nació Música de Comedia y Cabaret.
Hecha esta larga introducción –puede que innecesaria, pero deseaba contar como surgió todo esto– vamos con la música de El corto tiempo de las cerezas en el orden en que cada uno de los temas se suceden en la novela (con la excepción que sigue). El primero es la famosa aria de la ópera de Verdi Rigoletto “Caro nome”, que Samuel (nacido en 1849) escuchó por primera vez en un concierto que tuvo lugar en Alcoi en 1863 durante la feria que acompañaba a las fiestas de Moros y Cristianos. La versión que más se aproxima a lo que imagino y relato –pauta por la que me he guiado, siempre que ha sido posible, en todas las melodías que figuran en la novela– es esta que interpreta la Grande Banda Città di Chieti (Italia) en una grabación de 1932.
Años más tarde –esta es la excepción a que me refería–, en 1902, en Londres, Samuel escuchó por segunda vez en su vida “Caro nome” y “se sintió transportado de repente a su niñez, cuando con su amigo Esclafit escuchó dicha canción mientras esperaban los restos de la pantagruélica cena que Blanes ofreció a un selecto número de invitados. Era la misma música, la que sonaba en esos momentos en el Covent Garden, no había duda. No la había escuchado desde entonces, pero hay sensaciones que nunca se olvidan por muchas huellas que el pasado deje en el ánimo.”, escribo en la novela. La voz que suena acto seguido es la de María Callas en una grabación de 1956.
Volvemos a 1863. “Los invitados de Blanes abandonaban la casa. Elegantemente vestidos –traspasando muchos la frontera del ridículo–, eran presa fácil de burlas y trastadas. Unos jóvenes festeros con acompañamiento de guitarras se pusieron a entonar ─es un decir─ canciones ofensivas a su moral y costumbres: A ta mare l’han vista en el barranc de l’Assut, amb les cames obertes ensenyant el parrús… (A tu madre la han visto en el barranco del Azud, con las piernas abiertas enseñando el chumino…)”. Esta popular y tradicional canción –que, a fuer de ser sinceros, no sé si ya se conocía entonces– ha ido ‘suavizando’ poco a poco su letra, como muestra esta versión del grupo valenciano Els Pavesos. Yo siempre he cantado amb les cames obertes ensenyant el parrús, no que es menjaba una coca que li xorraba el suc.
Seis años más tarde, en 1869, Samuel se enamora locamente de Ana Garrigós, Anita. “Cuando de los instrumentos de los músicos de La Primitiva salieron las primeras notas de la Anade Strauss, unos cuantos jóvenes formaron círculo alrededor de una hermosa muchacha que evolucionaba en el centro sintiéndose el foco de atención de todas las miradas, aunque puede que ninguna tan penetrante como la de Samuel, ensimismado desde que la joven dio los primeros pasos. Se trataba de Anita Garrigós, hija de don Armando. Lucía un vaporoso vestido azul de glasé con bordados en seda e hilos dorados que se movía con la inexplicable gracia de su meneo a una y otra parte. Su sedoso pelo moreno resaltaba una tez blanca, casi nacarada, como correspondía a las señoritas de buena sociedad; sus rasgados y grandes ojos negros se mostraban alegres y despiertos, y la mirada y la media sonrisa de su carnosa boca rebosaban sensualidad. Al menos así la veía el abstraído Samuel”. Vamos con la Annen Polka de Strauss por la Orquesta Filarmónica de Viena, dirigida por Daniel Barenboim, durante el tradicional Concierto de Año Nuevo de la capital austriaca de 2009.
“El 27 de noviembre de 1897, sábado, la Opéra-Comique de París estrenaba Sapho, una ópera en cinco actos de Jules Massenet. La representación tenía lugar en el Théâtre des Nations, el edificio del teatro de la Opéra-Comique estaba aún en obras tras un pavoroso incendio sufrido diez años antes. (…) El gran escenario se iluminó de pronto y se llenó de color a los acordes de un breve, solemne y apasionado preludio. Una extraordinaria animación se apoderó enseguida de la escena, grupos de máscaras alegres y revoltosas, graciosas y pícaras, voceaban y brincaban al son de música gitana, una fiesta fabulosa tenía lugar en el taller del escultor Caoudal para quien Fanny trabajaba de modelo para su obra Safo, en mármol. [Poco después] entró ella, Fanny Legrand: Allez, jolis farceurs, vrai!”. De Sapho escuchamos la aria “Pendant un an je fus ta femme”, por Francoise Pollet.
«A Samuel le encantaba la Guilbert y el Divan Japonais, en la calle Des Martyrs, antes Café de la Chanson, un café-concert que desde 1883 frecuentaba la bohemia parisina. La moda por lo exótico, y concretamente por lo oriental, estaba perfectamente representada en el Divan. Su interior lucía farolillos y pinturas sobre seda con muebles de bambú y de madera esmaltada de rojo y negro, los camareros iban disfrazados de mousmés. (…) La Guilbert cantó algunos de sus más famosos temas, la gente la acompañaba: Je suis pochard’ / J’dis des bêtises / J’suis grise / Mais ça m’regarde / Qu’est-ce c’que vous voulez que j’vous dise / Je suis grise”. Esta canción de 1895, Je suis pocharde (Estoy borracha), con letra y música de Louis Byrec, fue un gran éxito de Yvette Guilbert. La grabación que recoge el vídeo es de 1907.
De acuerdo con el orden que hemos establecido corresponderían ahora aquellos temas que conformaron el espectáculo con el que Samuel inauguró en Barcelona, el 5 de mayo de 1877, su cabaret, L’Empire Parisien. Como quiera que su inclusión alargaría en exceso la entrada –ya extensa de por sí–, lo dejamos para una próxima.
Nos trasladamos ahora a 19oo, año en que “el coqueto Théâtre des Variétés del boulevard de Montmartre, a pesar de no ser un sitio barato, llenó sus mil doscientas butacas de terciopelo granate a diario en las más de doscientas representaciones que se ofrecieron de La belle Hélène” (La bella Elena), un gran éxito de Camila”, en la novela. Sobre esta genial opereta de Offenbach hemos intentado publicar una entrada varias veces y la hemos tenido que eliminar a los pocos días, ya que los vídeos de los números musicales enseguida eran borrados por cuestiones de copyright o bien por haber sido desactivada su inserción. Como quiera que completa sí está disponible, pues ahí va en la producción del año 2000 del Théâtre Musical de Paris-Châtelet con dirección musical de Marc Minkowski.
En 1902, “en el Mirliton, Camila cantaba Frou-frou. Sugerente, pícara, desenvuelta, cautivaba a todos los presentes. William Sutherland la acompañaba al piano. La gente se balanceaba a ritmo de vals y coreaba el frou-frou del estribillo.” Frou-frou es una canción de 1897 con letra de Monréal et Blondeau y música de Henri Chatau, que escuchamos en la versión de Berthe Sylva de 1930 en el vídeo que en su día realizamos para Música de Comedia y Cabaret.
El mismo día Camila abordó después La sérénade du pavé –‘La serenata del pavimento’, canción de 1894 con letra y música de Jean Varney–, cuyo estribillo conocían casi todos y cantaban con ella. La interpreta Eugénie Buffet en el vídeo que sigue –con imágenes de la cantante y del Montmartre de la época– en una grabación de 1933.
“El debut de Camila en Viena tuvo lugar el 11 de noviembre de 1903, día en que en el teatro de la Ópera de la Corte se representó la primera de las ciento ocho funciones que esa temporada se llevarían a cabo de Los cuentos de Hoffmann, la obra más ambiciosa de Offenbach, una ópera basada ─de ahí el título─ en cuentos del alemán E.T.A. Hoffmann, que desgraciadamente hubo de concluir Giraud al sorprender la muerte a su autor cuando ya casi la tenía terminada. Se había estrenado en 1881, un año después del fallecimiento de Offenbach, en el teatro de la Opéra-Comique de París y también en Viena a finales de ese mismo año. Ahora regresaba a la capital del imperio austrohúngaro con honores de estreno. El propio director del teatro, Gustav Mahler, dirigía ese día la orquesta”. Uno de los números más conocidos es «Barcarolle» (Barcarola). Lo escuchamos en un vídeo promocional de Deutsche Grammophon del álbum de Anna Netrebko Souvenirs (2008), en el que colaboró Elina Garanča.
“Un buen día, cuando Camila ya era alumna del maestro Sempere, este alabó sus dotes en presencia de Samuel: Escuche a su hija, escuche, le dijo, y la niña se puso a cantar una canción que a su padre le llegó al alma. Resultó ser una de las más bellas melodías que nunca había oído. La letra le pareció un tanto estrambótica, pero en la voz de su Camila era de una lógica aplastante. La había compuesto ─le explicó Sempere─ un amigo suyo, compositor, llamado Sebastián Iradier, que poco antes de morir, hacía ya casi veinte años, le mandó la partitura de tan hermosa y popular canción. Créame, en todo este tiempo no había visto a nadie que la interpretase con tanto sentimiento. Se titulaba La Paloma y, desde entonces, la había escuchado infinidad de veces y efectuado varias grabaciones en su gramófono, por supuesto cantada por Camila. Canta La Paloma, le pedía a su hija. ¡Cuántas veladas y sobremesas! Y todos acababan cantando con ella”. La interpreta la excelente soprano Victoria de los Ángeles en una grabación de 1965.
“La presentación de Camila en Nueva York tuvo lugar el 16 de febrero de 1905 representando el papel de Adèle en la opereta Die Fledermaus, de Johan Strauss, en el Metropolitan Opera House (…) La crítica alabó a Camila y su Mein Herr Marquis fue el momento más aplaudido de la función”. Escuchamos –y vemos– “Mein Herr Marquis” (Mi señor marqués) por la soprano de coloratura eslovaca Edita Gruberová en la producción que de Die Fledermaus llevó a cabo la Ópera Estatal de Viena en 1990.
“Camila había cantado alguna vez en el Marshall, pero no con este abierto al público. (…) Nunca había estado tan nerviosa como cuando King Taylor anunció que iba a interpretar una canción y se hizo el silencio, más acusado dado el jolgorio que siempre imperaba en el Marshall. Su campechanía la llevaba a no rechazar las peticiones de que se subiera al escenario cuando era reconocida, pero en esta ocasión se arrepentía de haber sido tan alegre. William la acompañaba al piano, dudaba hasta el último momento qué cantar ante aquella audiencia tan diferente de la del Mirliton de París. Finalmente, pareció cambiar de opinión con respecto al tema elegido, un ragtime de su esposo, pues le dijo algo al oído y este cambió los papeles de la partitura. William tecleó unas notas introductorias y la voz de Camila entonó los versos de una bella canción: Quand nous chanterons le temps des cerises…”. La interpretación más ajustada al momento en nuestra imaginación de Le temps des cerises –solo voz y piano– es esta de la cantante, compositora y actriz japonesa Kato Tokiko de 1992.
En 1907 tuvo lugar en Nueva York “un nuevo triunfo de Camila en el suntuoso New Amsterdam Theatre: el estreno de The Merry Widow, como se tituló en inglés la famosa opereta de Léhar La viuda alegre”. Escuchamos de la misma la “Canción de Vilja” por la célebre Renata Tebaldi.
En 1910, “el atardecer del 14 de julio, fiesta nacional de Francia, Samuel escuchaba en su gramófono un disco que le había mandado Camila con su versión de “Ah! Sweet Mystery of Life”, hermosa canción de Naughty Marietta que en su voz sonaba aún más bella. Dulce misterio de la vida, al fin te he encontrado. Por fin conozco el secreto de todo…”. Es la actriz y cantante Jeanette MacDonald quien interpreta “Ah! Sweet Mystery of Life” en una grabación de 1950.
“La orquesta paró de pronto y subió al escenario un acordeonista que se puso a tocar el “Valse des rayons”, del ballet de Offenbach Le Papillon. La gente formó un corro y una pareja ─él ataviado con el típico atuendo que identificaba a los hampones parisinos, ella con una blusa roja y una falda de campana negra a la altura de las canillas─ iniciaron un lascivo baile que Samuel advirtió por la brusquedad de los movimientos que se trataba de un baile apache, la última originalidad de París”. Vamos con el “Valse des rayons” en esta filmación de 1934 realizada, probablemente, en los estudios Pathé de Londres.
“Sonaban algunos de los éxitos del momento, que todo el mundo conocía: La Matchiche, Reviens o Fascination, el bello vals que había escuchado más de una vez en la dulce voz de Camila”. Con este bello vals, Fascination –composición de 1905, con letra de Maurice de Féraudy y música de Fermo Marchetti–, finalizamos. La novela ya va por sus últimas páginas. Lo interpreta la actriz y cantante francesa Florelle en una grabación de 1931.