Ante el Comité de Actividades Antiamericanas

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Harold Himmel Velde (izquierda) interroga al actor Lionel Stander durante una de las sesiones del Comité de Actividades Antiamericanas (1948). / Jump Cut: A Review of Contemporary Media

A las diez de la mañana empezó la sesión de comparecencia de Sam ante el Comité. Fue declarada pública, como la mayoría. La publicidad era importante, para el ego de McCarthy y los miembros de la Comisión y para seguir manteniendo, e incrementando a ser posible, el miedo. Era un espectáculo, con un majestuoso y solemne decorado, un estudiado guión y una representación cuya trama prometía suspense e historias de espías y traidores. La sala solía llenarse, entre otros, por amigos y grupos de apoyo al compareciente. (…) Nunca faltaban las cámaras y los periodistas. Unas veces más, otras menos, según la popularidad del protagonista. En esta ocasión, obviamente no había tantos como cuando comparecían las estrellas de Hollywood.

Presidía la sesión Harold Himmel Velde, a la vez presidente del Comité, congresista republicano por Illinois, un tipo áspero y desabrido. Con él, en la mesa, cuatro senadores más, dos republicanos y dos demócratas. También estaban Roy Cohn, jefe de los abogados del Comité ─que un año antes había interrogado a Hammett─ y otros asesores.

El senador Velde declaró abierta la sesión.

―Señor Sutherland ─preguntó Velde─ ¿jura solemnemente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad con la ayuda de Dios?

Sam permaneció en silencio. La noche anterior había hablado con Margolis [su abogado] acerca de la necesidad de tener que jurar para comprometerse a decir la verdad. Soy ateo, adujo. Margolis insistió en que se dejara de escrúpulos. En este país todos creemos en Dios, ¿no lo sabías aún?, le dijo. Entenderían su postura como una provocación; no era la mejor manera de empezar. Margolis movía la cabeza en señal de disentimiento ante la actitud de Sam, temeroso de que cometiera una imprudencia.

―Lo juro ─pronunció instantes después.

―Siéntese. Señor Cohn, tiene la palabra.

―¿Puede identificarse, por favor? ─intervino Cohn.

―Me llamo Samuel Sutherland.

―¿A qué se dedica, señor Sutherland?

―Soy escritor.

Siguieron varias preguntas sobre su actividad profesional, el número de novelas que había escrito, sus cuentos, cómo calificaba los artículos que escribía, si como periodismo o como literatura, y otras cuestiones aparentemente menores, si no irrelevantes.

―¿Es usted miembro del Partido Comunista? ─preguntó de repente Cohn.

―No.

―¿Lo ha sido alguna vez?

―No.

―¿Simpatiza con el comunismo, o ha simpatizado con esa ideología alguna vez?

―Si se refiere a la Unión Soviética, no simpatizo con su régimen.

―Bien. Se lo preguntaré de otro modo. ¿Ha asistido alguna vez a alguna reunión en la que hubiera presencia de elementos comunistas?

―Es muy probable. Y supongo que usted también, ¿o no hay comunistas por todas partes? Lo dicen ustedes.

―Debería tomarse en serio su comparecencia ante esta comisión y no faltar al respeto a sus miembros ─interrumpió Velde.

Margolis volvía a mostrarse inquieto y hablaba con Lary en voz baja.

―No era esa mi intención. Lo único que trato de decir es que si hay tantos comunistas infiltrados como ustedes afirman es difícil no haber coincidido con al menos con uno de ellos en alguna ocasión.

―¿Alguien le pidió alguna vez que se uniera al Partido Comunista? ─prosiguió Cohn.

―No, nunca.

―Pero tiene amigos comunistas.

―Yo a mis amigos no les pido que me muestren su filiación política. Me gusta que se expresen libremente.

―¿Colaboró usted con alguno de ellos a sabiendas de que pertenecían al Partido Comunista o simpatizaban con el comunismo?

―Rehúso contestar. Podría incriminarme a mí o a otros. Me acojo a los derechos de la Quinta Enmienda.

―De acuerdo, prosigamos ─dijo Velde.

―¿Firmó usted proclamas y manifiestos a favor del derecho de voto para los negros, de apoyo a la International Workers Order, a favor de quienes se han negado a colaborar con este Comité, firmó manifiestos en los que se acusaba al Comité que presidía el congresista Martin Dies de ser demasiado tolerante con el Ku Klux Klan, a favor de los signatarios de peticiones de candidaturas para el Partido Comunista, en contra de la intervención en Corea?

―Sabe que sí, esos documentos son públicos.

―¿Estuvo usted detrás la redacción de alguno de ellos?

―Rehúso a contestar, me acojo a la Quinta Enmienda.

―¿Sabe quiénes fueron sus autores?

―Rehúso a contestar, me acojo a la Quinta Enmienda.

(…)

―¿No es cierto que cuando estuvo en Marsella colaborando con el comité de rescate que dirigía el señor Varian Fry traspasó los límites de la legalidad proporcionando pasaportes y visados falsos a individuos radicales y comunistas para que entrasen en Estados Unidos? ¿Y que para ello trabajó junto a falsificadores de documentos, contrabandistas, comunistas, anarquistas…?

―Sí, es cierto. Pero ayudamos a quienes huían del terror, del totalitarismo nacionalsocialista y sus colaboradores franceses, hombres, mujeres y niños, sin preocuparnos por las ideas, las creencias o la raza de cada uno.

(…)

―¿Reconoce, pues, haberse saltado la legalidad?

―Reconozco que hice lo que cualquier hombre de bien hubiera hecho en mi lugar: salvar el mayor número posible de vidas de los nazis, librarles de una muerte segura y atroz. Y vistas las crueldades que cometieron volvería a hacer lo mismo.

―¿Por qué que fue detenido en España a finales de 1941?

―Por cruzar ilegalmente la frontera entre Francia y España.

―¿Qué pretendía al cruzar ilegalmente la frontera?

―Quería conocer de primera mano las penalidades que debían padecer en su huida aquellos hombres, mujeres y niños cuyo único delito era ser diferentes a los nazis y su ideología, fuera por ser judíos o por pensar de otro modo. También, el sacrificio de los denominados “pasadores”, que arriesgaban su vida a cambio simplemente de salvar las de otros.

―O a cambio de dinero. Colaboró asimismo con contrabandistas, lo ha confirmado usted antes.

―Por desgracia, también. Algunos se aprovechaban de la situación. Siempre hay gente dispuesta a lucrase con las desgracias ajenas. De todos modos, en aquellos tiempos eran los menos.

―¿Y cuál era la finalidad de todo ello?

―Escribir sobre el drama que tuvo que vivir aquella pobre gente. Dar a conocer lo que estaba sucediendo, que no cayera en el olvido para que situaciones así nunca se repitieran.

Siguieron una serie de preguntas más acerca de su regreso a Estados Unidos tras ser puesto en libertad por el Gobierno español y su posterior trayectoria política hasta la creación del Congreso por los Derechos Civiles. (…)

―¿Es cierto que ha donado cuadros de famosos pintores de su colección particular para obtener fondos para esas causas que usted llama “de defensa de los derechos civiles” pero que son tapaderas de los comunistas?

―Rehúso a contestar, me acojo a la Quinta Enmienda.

―Rehúsa a contestar a muchas preguntas apoyándose en la Quinta Enmienda ─intervino Velde─. Está en su derecho. Este es un país democrático que respeta su Constitución. Pero déjeme que le diga una cosa: ¿no cree que negándose a responder se está autoincriminando, como ya hicieron otros amigos suyos?

―No, señor. Pero no voy a decir nada que pueda perjudicar a terceros.

―Luego reconoce ─prosiguió Velde─ que sabe cosas que no nos quiere contar. Se niega, pues, a colaborar.

―Si me negara a colaborar no estaría aquí.

―Es todo por hoy, señor Sutherland. Mañana reprendemos la sesión, también en audiencia pública y a la misma hora que hoy, a las diez. Puede retirarse.

****

Tan puntual como el día anterior, a las diez de la mañana Himmel Velde declaró abierta de nuevo la sesión. Los mismos rostros, el mismo ambiente. Preguntas sin trascendencia alguna, aparente al menos. Al principio, hasta entrar directamente en el tema que iba a protagonizar la segunda sesión: la obra literaria de Sam.

―¿Niega usted que sus obras reflejen posiciones comunistas? ¿O bien tratan temas sociales desde postulados que podrían suscribir los comunistas?

―Mis obras reflejan mis inquietudes, mis vivencias. Tratan temas sociales, sí, pero la literatura, el arte en general, no puede hacer abstracción de la realidad que le circunda, no son entes metafísicos que tienen sus propias reglas fuera de este mundo.

(…)

―¿Y por qué no denuncia también la aplicación de dicha pena en la Unión Soviética y las terribles coacciones que viven sus ciudadanos?

―Siempre me he mostrado contrario a cualquier totalitarismo. Repito: me opongo a la pena de muerte en todos los casos.

―¿Cree usted, pues, que los países que, de acuerdo con sus leyes, aplican la pena de muerte a contumaces asesinos o enemigos de la patria son totalitarios?

―Creo que la aplicación pena de muerte es una de las características que se dan en los regímenes totalitarios, sean capitalistas o comunistas.

―¿Cree en la democracia, señor Sutherland?

―Creo en la democracia.

―Si así es, ¿por qué ataca este país?

―Yo no ataco este país, es el mío y formo parte de él. Pero no es perfecto, entre otras cosas porque la perfección no existe. Yo solo critico las medidas que, a mi juicio, acarrean un retroceso en las libertades y derechos de sus ciudadanos. Y lo hago desde la voluntad de construir un futuro mejor y, por supuesto, sin considerarme poseedor de la verdad absoluta, dispuesto siempre a discutir con quien sea mis puntos de vista.

(…)

―Sus circunloquios me dan a entender que no quiere entrar en el fondo del asunto. Está bien. Supongo que no negará que de su pluma han salido afirmaciones como la siguiente: Creía que había dejado atrás la incomprensión y la persecución hacia quien piensa de manera diferente tras abandonar Berlín. No fue así. Aquí me esperaba más de lo mismo. Por supuesto, sin la brutalidad que caracterizó a los nazis, pero con la misma virulencia. Esto apareció hace poco en Monthly Review, una revista cuyas ideas todos sabemos que son procomunistas y antiamericanas.

―No, no lo niego. Yo escribí eso. Pero no alcanzo a entender qué tiene que ver con el comunismo.

―Y unos meses antes, con motivo de la ejecución de los Rosenberg, usted escribió otro artículo de título poco afortunado en el que calificaba esta de asesinato. ¿Llama usted asesino al presidente de este país?

―Lo que yo sostengo es que matar a un ser humano de forma premeditada se llama asesinato. Me declaro una vez más contrario a la pena de muerte, aquí y en todos los lugares en que se aplica.

―En ese mismo artículo compara nuestra nación con el régimen nazi de Hitler, habla de que aquí se trata a los negros como los nazis a los judíos y que América es intolerante y va camino del totalitarismo. ¿Es así?

―A grandes rasgos podría decirse que sí. Es una apreciación de quien cree que en este país se está cercenando la libertad de expresión.

―¿Libertad de expresión llama usted a insultar y calumniar?

―Yo no insulto ni calumnio a nadie. Me limito a escribir, como sé y en conciencia con lo que creo, que no es otra cosa que el derecho de toda persona a expresarse libremente y tratar de mejorar el mundo en que vivimos.

―Desprestigia a la nación con afirmaciones como esas, sin fundamento alguno. Eso es hacer el juego a los soviéticos. Usted ya lo sabe, no haga que me extienda innecesariamente.

―Pues no, no lo sé. Claro que si usted confunde la libertad de expresión, el derecho de todo el mundo a ser crítico con el sistema social en que vive para tratar de mejorarlo y contribuir a la consecución de una sociedad más justa, con el comunismo, es otro asunto.

―No voy a entrar en su provocación. Olvidaré su impertinente proceder y le agradeceré que sus respuestas se ciñan más a lo que se le ha preguntado.

―De acuerdo.

―Habrá ganado dinero con sus libros y relatos ¿no?

―Vivo de eso.

―¿Y de esos beneficios que usted obtiene ha dedicado parte de ellos a financiar actividades que esta comisión pudiera calificar de subversivas?

―Me acojo de nuevo a los derechos la Quinta Enmienda.

―¿Conoce a la señora Elizabeth Gurley Flynn?

―Sí.

―¿Qué relación mantiene con ella?

―De amistad. Los dos somos miembros del Congreso por los Derechos Civiles de Nueva York.

―¿Por eso quiso visitarla en la cárcel?

―Sí.

―¿No por cuestiones políticas?

―No.

―Imagino que no sabrá si es o no comunista.

―Me acojo una vez más a los derechos de la Quinta Enmienda.

―Ella también se negó a contestar, a pesar de las innumerables pruebas que demostraban su filiación comunista.

―Ya le he dicho que mi propósito de visitarla era absolutamente de índole personal. De todos modos, ustedes me permitieron que lo hiciera durante la condena de dos años a que hubo de enfrentarse.

―¡Por colaborar con los enemigos de este país! ¿De verdad que no sabe que forma parte del comité nacional del Partido Comunista? Pues si no lo sabe, ya se lo digo yo.

―Ya le he dicho que no pregunto a mis amigos su filiación política.

―Sí, ya nos lo ha dicho.

En ese momento Velde dio por finalizada la comparecencia. Agradeció a Sam que se hubiera presentado ante la Comisión y cerró la sesión.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Puede adquirir la novela en edición en papel o electrónica.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/18/ante-el-comite-de-actividades-antiamericanas/

El baile

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‘Baile en la ciudad’ (1883), óleo de Pierre-Auguste Renoir.

Transcurrió la cena entre chácharas, risas y bromas. El ambiente era jovial, como correspondía a un grupo de gente que disfrutaba del recreo sin preocupaciones aparentes. El vino y los músicos contribuían en gran medida al desahogo de los presentes, de quienes Samuel pensaba en esos momentos que poseían un insaciable apetito. Parecía que nunca acabarían de comer. Y es que no veía que llegase el momento de los bailables. Todos seguían de cara a la mesa, comiendo a dos carrillos y bebiendo como si fuesen camellos a punto de deshidratarse. Entretanto, ponía cara de seguir con atención cualquier cosa que dijese Anita o cualquier conversación en la que participara, aunque desde su asiento no alcanzaba a escuchar con claridad los comentarios. Seguían intercambiándose miradas y Samuel se ahogaba en un mar de ilusiones y miedos. Por fin un vals. Se levantó y se acercó a Anita.

―Sería una gran satisfacción disfrutar con usted el baile que antes me prometió.

La joven (…) hizo un gesto de agrado moviendo la cabeza hacia un entarimado levantado sobre el suelo en el que danzaban varias parejas y se dirigió al centro del mismo seguida de Samuel.

―No recuerdo haberle prometido baile alguno.

―Disculpe el atrevimiento, pero pensé que si decía eso delante de los demás no me rechazaría.

―Sí, ha sido un atrevimiento, pero le disculpo ─dijo Anita al tiempo que le cogía de la mano.

A Samuel no se le daba demasiado bien el baile y no sabía qué decir, había preparado meticulosamente el encuentro con ella pero olvidado los preliminares, y no era cuestión, evidentemente, de adentrarse tan pronto en el complejo mundo de los sentimientos. Afortunadamente para él, Anita llevaba el peso de la conversación, hablaba de cosas intrascendentes de las que, cada vez más aturullado, apenas se enteraba, limitándose prácticamente a asentir en todo con la sonrisa más complaciente.

Terminó el vals, se incorporaron al grupo de doña Felisa, Monllor y demás, volvieron a bailar, se sentaron de nuevo. (…)

Viendo que la velada estaba a punto de finalizar se atrevió a solicitar a Anita un nuevo encuentro algo más tarde, a solas. Anita no esperaba tal osadía y se mostró desconcertada por unos instantes, si bien acabó aceptando con la condición que fuese en uno de los bancos de piedra que había junto a la fachada principal bajo la luz de un farol. Por primera vez sintió Samuel que controlaba la situación.

Cuando consiguió estar a solas con ella le espetó sin más la primera de las frases que tan cuidadosamente había seleccionado y aprendido de memoria.

―No puedo vivir sin su presencia. Sin usted me falta algo, mi imaginación es menos fecunda y menor mi fe en los negocios que emprendo.

―Samuel, antes le he dicho que era un atrevido ─dijo Anita presa del desconcierto─ pero creo que me he quedado corta. Apenas me conoce y…

―La conozco lo suficiente y sé lo que significa para mí. Si no hubiera estado tanto tiempo sin poder verla, tal vez no hubiese averiguado hasta qué punto es necesaria a mi corazón, a mi vida. Veo en usted un arcángel y me irrita el deseo de que me abrase la atmósfera de fuego que la rodea.

―Cállese, se lo ruego ─objetó Anita.

Sus palabras, no obstante, llenas de desasosiego, se parecían tanto a cómo se expresaban las protagonistas de las novelas que enardecieron aún más al joven, que continuó con las amorosas expresiones que tan bien se sabía.

―Yo no conocía este delicioso aumento de vida, de sensibilidad, de ternura, de inefable alegría que siento desde el instante que la vi, nunca había mirado unos ojos como miro los suyos. La amo con todo el amor que tengo, con todo el sentimiento de que es capaz mi alma, con toda mi esperanza. Desde que la vi no he podido olvidarla. A cada momento mi recuerdo es más tierno y más grande.

―Samuel, modere su ímpetu, se lo suplico.

―Si esto es un sueño, es un sueño embriagador y de felicidad del que no quiero despertar.

―He de marcharme.

Anita se levantó sobresaltada. Samuel era un hombre distinto a cuántos conocía o había conocido, carecía de la afectación en los modales que exhibían los caballeretes que la pretendían, no era un señorito pero mucho menos un patán, hablaba con gran aplomo y mostraba un firme carácter, casi avasallador. Una situación como la que estaba viviendo había rondado por su cabeza alguna vez, si no igual muy parecida ¿Qué joven señorita no soñó alguna vez experimentar en persona una pasión desatada como las que leía en folletines y novelitas sentimentales? Samuel cogió las manos de Anita con las suyas y presionó suavemente en dirección al suelo aproximándola a él. Sus cuerpos se juntaron, la miró a los ojos, ella entornó los suyos, luego fueron sus labios los que se unieron. Brevemente. Enseguida llegó el adiós.

―Debo irme. Yo también siento que mi corazón se inclina por usted, pero debo irme. Compréndalo.

―¿Cuándo volveré a verla? ─Samuel soltó sus manos.

―No sé, nos vamos mañana. Le escribiré.

Anita marchó presurosa a su habitación, no sin antes de entrar en el edificio girar su cabeza y mirar, entre exaltada y temerosa, a Samuel, que no cabía en sí de gozo.

No durmió mucho aquella noche, demasiada excitación, demasiadas emociones desconocidas y sentimientos a descubrir. Se levantó tal cual se había acostado, pensando en ella. Cuando bajó al vestíbulo, Anita seguía en su habitación, o al menos no la vio durante el rato que estuvo hablando con Monllor y tampoco cuando se despidió de él y de doña Luisa. Debía llegar a Alcoi antes del mediodía, el periódico tenía que salir el lunes, como todos los días. Por primera desde que conociese a Monllor sintió que trabajaba y se debía a obligaciones. ¡Maldito periódico!, pensó. ¡Maldito trabajo!

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/17/el-baile/

Los guías de la libertad: pasadores durante la Segunda Guerra Mundial

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Imagen de la portada del libro ‘Las montañas de la libertad’ (2010) ©

La noche se presentó lluviosa, una lluvia tenue, una llovizna más bien que no impedía seguir avanzando pero que hacía las cosas más difíciles. La temperatura era gélida. El clima de los próximos días, no obstante, auguraba ser peor aún. Emprendieron, por tanto, el ansiado último tramo a pesar de las adversas condiciones. Faltaba poco y el grupo parecía contar con más ánimos que en los días anteriores, incluyendo el de la partida de Toulouse. El terreno era accidentado, algo más del que hasta entonces habían cruzado; también empezaba a ser más peligroso a causa del persistente sirimiri, era fácil resbalar.

―Ahora sí puedo decirles que ya prácticamente hemos llegado ─dijo el pasador en lo alto de una cima desde la que se divisaba las luces, escasas, de un núcleo habitado─. Aquello de allí es Arcavell. En cuanto descendamos estaremos en España.

El alivio que sintieron al oír las palabras del guía duró poco. Un desprendimiento de tierras a causa de la lluvia les sorprendió, un gran pedrusco golpeó al guía en una pierna.

―No sé si me la he roto, me duele mucho el tobillo y se está hinchando por momentos, no puedo seguir. Conservemos la calma. Queda poco, a mí me acercáis a esa caseta que hay nada más pasar esas rocas. Vosotros seguís el camino que os marco en este mapa. Deberéis esperar a que haya algo de luz, pues tenéis que distinguir bien los puntos que os señalo. Entonces bajáis por el camino que estoy dibujando y enseguida estaréis en Arcavell. Es un pueblo pequeño, no os vais a perder. Poco antes de entrar a él hay una casa con un pozo, esta que marco, se ve enseguida de todos modos. Fijaos bien, si sobre el pozo hay un cubo es que no hay peligro, si el cubo no está esperáis, no entréis ni os acerquéis hasta que lo veáis. Una vez seguros, preguntáis por Miquel El Ferrat, así como suena. Le explicáis lo que me ha sucedido, él se encargará de mí y os ayudará a llegar a La Seu d’Urgell. En La Seu no tenéis ya de qué preocuparos, los policías reciben cincuenta pesetas por persona por hacer la vista gorda, no tendréis problema para coger el tren para Barcelona.

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Pasadores y viticultores franceses a los pies de los Pirineos, cerca de la frontera franco-española (1941)/ United States Holocaust Memorial Museum ©

Hicieron lo que Batet les indicaba. Le dejaron en la caseta y siguieron el camino que les había señalado sobre el mapa. El frío era intenso y de pronto se puso a nevar, copiosamente. Se refugiaron en un recoveco de las montañas que les rodeaban, ateridos y asustados. No lograban en esas condiciones precisar con exactitud donde se encontraban ni entender el mapa que les había hecho Batet.

―Esto es una locura, no puede acabar bien ─lamentaba el abogado parisino.

―Locura o no, no hay vuelta atrás ─dijo Sam.

―¿Y si volvemos al hostal?

―¿Cómo? ¿Por dónde? Si ya tenemos dificultades para poder interpretar lo que este buen hombre nos ha señalizado sobre plano. ¿Usted acaso recuerda el camino de vuelta?

―No puedo más. Nunca escaparemos.

La mujer rompió a llorar. Demasiada tensión, demasiada fatiga. No podía ser. Cuando estaban tan cerca.

―Volvamos tú y yo. Por aquí acabarán cogiéndonos.

―¡De aquí no se mueve nadie! Nos pondrían en peligro a todos. Después de lo que hemos pasado no pueden venirse abajo ahora. ¿No ven que tenemos a tiro de piedra nuestro objetivo? No sé las circunstancias que les han traído hasta aquí, pero estoy seguro que han sido muy poco agradables. Los que huimos de los nazis o sus colaboracionistas franceses hemos sufrido mucho. No creo que ustedes sean la excepción. ¿Van, pues, a echarlo todo a perder? ¿Ahora les va a poder el miedo? Si dan media vuelta se perderán. Entonces sí es fácil que les detengan y, luego, a los demás. Tranquilícense. Miren, está a punto de amanecer, ya casi no nieva. Hay que seguir.

Las palabras del hombre que habían recogido en el hotel París de Toulouse y que había permanecido callado prácticamente desde que iniciaran el camino causaron un efecto balsámico, tal vez por inesperadas. Nadie dijo nada más. La pareja se limitó a permanecer abrazada. Las primeras luces del alba iluminaron un paisaje completamente blanco y también los ánimos. Recuperada la confianza, que no la seguridad, desde lo alto de un peñasco, mapa en mano, trataban de reconocer sobre el terreno el itinerario marcado por Batet. La nieve dificultaba la observación.

―Este, este es el camino, por aquí, miren ─dijo jubiloso el hombre que había conseguido calmar la situación.

―¿A ver? Sí, este es, no hay duda ─confirmó el abogado.

―Vamos, antes que se haga completamente de día.

Todo parecía indicar que estaban en lo cierto: unos metros en línea recta, una curva, una subida, una bajada, todo cuanto divisaban se correspondía con las indicaciones marcadas en el mapa por Batet. Hasta que llegaron a una bifurcación.

―No estoy seguro de si es por aquí. Mirad, hay dibujado un sendero y ante nosotros hay dos.

Se detuvieron a analizar el mapa.

―Es este. ¿Ven? Aquí, esta línea, ese es el otro sendero ─señalo Sam al poco.

―Es verdad, ese es. Vaya mierda de mapa, apenas se distingue la línea.

―Lo hemos manoseado demasiado.

―Shh… Cállense. ─dijo de repente el abogado─. ¿Oyen?

Por el sendero que casi les confunde, se acercaba alguien. Inmóviles, guardaron un absoluto mutismo. Eran más de uno, pues escucharon voces. Sam y el otro hombre subieron al ribazo que separaba ambas sendas hasta su punto de convergencia, donde se hallaban. Se trataba de una pareja de guardias civiles, que al parecer también había advertido su presencia. Cargaban sus fusiles, hablaban en voz baja y miraban a uno y otro lado. Ya más cerca les escucharon decir: Quien sea debe estar por ahí, en el camino de al lado.

―Escóndanse tras esos arbustos y guarden silencio, ni respiren. Es la Guardia Civil, en un par de minutos estará aquí, saben que hay alguien, han oído algo ─indicó Sam a sus compañeros de viaje.

―¿Y usted?

―No se preocupen. A mí poco pueden hacerme. O me cogen a mí o nos cogen a todos. Yo, en realidad, no huyo de los nazis. Soy escritor. Pero ahora no hay tiempo para explicaciones. Venga, rápido, que no tardarán. Ya estamos seguros de cuál es el camino. Y de que ya estamos en España. Márchense cuando nos hayamos alejado. ¡Vamos! Háganme caso. Ustedes se juegan la vida, yo no.

Con mucha precaución hicieron lo que Sam decía.  La mujer le dio un beso en la mejilla.

Sam, como si no se hubiera dado cuenta de nada, se puso a caminar sendero arriba. No quería que sospecharan que no estaba solo y que los ruidos que los guardias habían escuchado creyeran que se debían a la típica ligereza de quien, sintiéndose seguro, cree que nada le va suceder.

¡Alto a la Guardia Civil!, se oyó de pronto. Sam se limitó a levantar los brazos.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Puede adquirir la novela en edición en papel o electrónica.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/15/los-guias-de-la-libertad-pasadores-durante-la-segunda-guerra-mundial/