Puede que tuvieran casa pero desconocían el hogar

Dudley street, seven dials: 1872

Dudley Street (Londres) en 1872. Grabado de Gustave Doré.

Aquel invierno el frío competía en severidad con las condiciones de trabajo, uno y otras parecían haberse puesto de acuerdo en poner a prueba la resistencia de los habitantes de los barrios más desfavorecidos. No es que los anteriores  inviernos hubiesen dejado de ser duros, pero las bajas temperaturas no se sintieron con el rigor del de ese año. El entumecimiento que muchos sufrían en las articulaciones, los dolores neurálgicos, los sabañones en manos, pies y orejas, las infecciones respiratorias y el reuma que formaban parte de su día a día, se incrementaron. No notaban gran diferencia entre el “hogar” y la fábrica. A veces era preferible esta última, el calor que despedían las máquinas y los procesos de elaboración industrial las convertía, hasta que el cuerpo comenzaba a pesar tanto que ya nada sentía, en momentáneo abrigo, hasta que ennegrecidos por dentro y por fuera, insensibilizados, deformes o lisiados, inútiles ya para el trabajo ─que en su caso era lo mismo que decir para la vida─, quedaban arrumbados a la espera de la muerte. Algunos, como Vicent, buscaban en el alcohol consuelo y amparo. Su carácter se agriaba al mismo ritmo que las máquinas producían, cada vez más aprisa. Frío era el carácter de sus habitantes; frías eran las casas, simples alojamientos en los que la presencia espectral de una constante pesadumbre, en la que ni siquiera solían reconocerse, ahogaba cualquier resquicio de vitalidad. Turnos, relevos, horas y más horas, hoy aquí, mañana allá, ahora esto, ahora también lo otro, hoy hay trabajo, mañana no, pasado quién sabe… Un constante malestar, un permanente enojo que no sabían muy bien a qué se debía, caras cuya inexpresividad no disimulaba la tristeza, un cada vez mayor malhumor, acababan formando parte indisoluble de su carácter. Puede que tuvieran casa pero desconocían el hogar, buscaban fuera un asomo de vida al que agarrarse, en la calle los niños, en la taberna los hombres, en el lavadero público las mujeres, en el paseo los jóvenes.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2106).

 

Quo Vadis, America?

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Un joven de 17 años es atacado por un perro policía en Birmingham (Alabama, Estados Unidos) por desafiar la ordenanza que prohibía las concentraciones de negros en las calles (3 de mayo de 1963).

―¿Has estado toda la noche escribiendo?

―Hasta que terminé el artículo. Empezaba a amanecer. Me quedé dormido pensando si rectificaba o no alguna cosa.

―¿Me dejas leerlo?

―¿Tú qué crees? Siempre has sido la primera persona en leer mis cosas y ya sabes cuánto valoro tu opinión. Si prácticamente eres mi editora.

Martha sonrió. Sacó el segundo folio de la máquina y se puso a leer el artículo. Se titulaba Quo Vadis, America? y era un durísimo alegato contra la pena de muerte y el sistema que la sustentaba. Entre otras cosas decía que el principal enemigo está entre nosotros y se llama intolerancia, se manifiesta diariamente en nuestra vida cotidiana y en nuestros comportamientos excluyentes y constituye el verdadero caldo de cultivo para el desarrollo de las ideologías totalitarias como el fascismo. Calificaba a Estados Unidos de país racista y lo comparaba con la Alemania nazi: en Alemania se obligaba a los judíos a llevar un distintivo amarillo que los diferenciara de los demás; a nosotros no nos hace falta con los negros, los distinguimos enseguida, y a los ‘comunistas’ los reconocemos todavía más pronto, su hedor maligno lo invade todo. Hacía igualmente un paralelismo entre los grupos perseguidos por el nazismo ─judíos, comunistas y homosexuales, principalmente─ y los colectivos objeto de persecución o marginación en su país: los que son físicamente distintos (los negros, los negros pobres sobre todo) y aquellos que no piensan como ‘se debe pensar’ (los comunistas, los supuestos comunistas y quien quiera seguir pensando por sí mismo). Las semejanzas entre el régimen nazi y la sociedad norteamericana no terminaban aquí: los nazis utilizaban la cámara de gas, nosotros también, y la silla eléctrica, afirmaba, para concluir con la siguiente frase: Hitler escribió en Mi lucha: ‘¿Quién puede negar mi derecho a exterminar a millones de eslavos, que se multiplican como insectos?’. Cámbiese ‘eslavos’ por ‘comunistas’ y la frase podría haberla pronunciado el mismo McCarthy, supongo que todavía orgulloso, como los que siguen sus ridículas y perniciosas ideas, de la inútil muerte ─asesinato─ de Julius y Ethel Rosenberg.

―¿Vas a publicarlo tal cual?

―Depende.

―¿De qué?

―De tu opinión.

―O sea, que lo vas a publicar así. Te van a llover críticas por todos lados, y no precisamente elogiosas.

―¿Qué le vamos a hacer? Ya las recibo, y otros más que yo. Haga lo que haga da lo mismo, si no es por una cosa será por otra, pero no puedo callar, querida, ni sé expresarme de otra forma.

―¿Y dónde vas publicarlo?

―Había pensado mandarlo a The Nation.

―Hazlo. Y si se le indigesta a alguien, mejor, buena señal.

Ahora el que sonrió fue Sam.

―Voy a casa de tus padres, a por los niños. ¿Me acompañas?

―Preferiría quedarme y dar los últimos retoques al artículo ahora, todavía está vivo en mi mente, no quiero distancia alguna con lo que ahora siento. Se escribe desde el sentimiento, desde el estado de ánimo, para transmitir sensaciones, no solo para ser leído.

―Nos vemos luego, pues.

Martha marchó a casa de su suegra. Sam se puso a releer el artículo. Lo hizo como un corrector, sin prestar atención a otra cosa que no fueran las faltas de ortografía o el uso inadecuado de determinadas expresiones, como si él no fuera el autor. No tachó ni modificó nada, lo metió en un sobre que cerró inmediatamente y mandó esa misma mañana del lunes a The Nation.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).