Está jodida la cosa

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“Camino en el jardín de Monet en Giverny” (1901-1902). Claude Monet.

Quedaba poco, acababa de ver la señal indicando que faltaban cincuenta kilómetros. Una sensación de tristeza, conocida por perseverante y obstinada, me invadía y me aislaba. Volvían al recuerdo imágenes del jardín, de la niñez, puede que de la ingenuidad, o de la inconsciencia. No es añoranza. No creo en el pasado, falsificado siempre por los hagiógrafos del progreso inmutable y el pensamiento único; me disgusta el presente, dominado por la codicia de unos y la abulia de otros, y nada espero del futuro, hace tiempo que dejé confiar en la solidaridad del ser humano con sus semejantes. Está jodida la cosa.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/22/esta-jodida-la-cosa/

Primeros besos

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“Beso en la cama”, óleo de Toulouse-Lautrec (1892).

Hay quien ve los besos como una fase del proceso de enamoramiento, cuando en realidad es el inicio de su fin. Luego comienza un proceso distinto cuyo final suele ser bien diferente. Pueden haber muchos primeros besos, pues no hay dos besos iguales, incluso con la misma persona pueden haber primeros besos largo tiempo. Muchos, no obstante, se confunden. No alcanzan a ver la diferencia. Creen que todo será a partir de entonces como los primeros besos, pero lo único que puede ser igual a los primeros besos son los propios primeros besos, aunque sean con la misma persona. Lo creen, creen tener la certeza de que así será, cuando los hechos demuestran de forma empírica que la verdadera certeza es que a partir de ese momento se inicia otro indisoluble, duradero y estable, cuando no imperecedero, que casi siempre tiene el mismo destino: el hastío.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/15/primeros-besos/

Amantes

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“Amantes” (1933). Konstantin Somov.

Samuel era bastante torpe en el arte amatorio. Sus encuentros sexuales habían sido escasos y del que prometía ser el más pasional de todos, con Anita, solo obtuvo una tremenda frustración. Se podrían considerar el par de veces que había ido de putas en Alcoi, donde unas sucias meretrices se limitaban a tumbarse en un mugriento jergón, levantarse la falda y decir Venga, empieza ya. Y luego Beatriz, con quien creía haber hecho el amor, pero a la que ni siquiera había llegado a ver desnuda. Con Brigitte, en cambio, se sintió trasportado a un universo de sensaciones desconocidas que llenaban todos sus sentidos. Olía a tomillo, con los ojos cerrados era como si estuviese en su querido rincón de Farinetes, la misma paz.

La China se dio cuenta enseguida de la inexperiencia de Samuel. Relájate, anda, déjate llevar, le dijo con dulzura, la misma con que a continuación se desnudó y le desnudó. Las yemas de los dedos de sus manos empezaron a recorrer suavemente la epidermis de su compañero que, con los ojos cerrados, respiraba agitadamente. Su corazón latía con fuerza, acelerado por el deseo; puede también que por la timidez, tal vez por el miedo. Trató de decir algo, pero solo un inaudible balbuceo salió de su boca. Calla, relájate, respira hondo, insistió Brigitte, cuyas manos continuaban deslizándose por el cuerpo de Samuel con la levedad de una pluma y la delicadeza de la seda más fina. Samuel empezó a respirar hondo y a entrar en un universo de placer por explorar, en un océano exento de prohibiciones y limitaciones en el que no le costó demasiado sumergirse sin importarle el peligro de naufragio. Desconocía el estado en que se hallaba, era nuevo para él, a veces la inseguridad le cohibía y se quedaba paralizado, de nuevo una desacompasada respiración traslucía la intranquilidad de su ánimo; en otros momentos, en cambio, cada vez más frecuentes, se sentía tan a gusto… Ningún comedimiento, ninguna moderación, tenían cabida en su interior.

La pasión pudo por fin desbocarse y proceder de acuerdo con sus reglas, contrarias por completo a la razón. Sus cuerpos desnudos, libres, se revolvían, sudaban, jadeaban, cada vez más excitados, más parejos. Samuel no olvidaría nunca aquella “primera” vez. Para Brigitte también significó algo más, aunque algo un tanto peligroso, pensó después. Por ello se encargó de dejar bien a las claras los límites de su relación: nada de enamoramientos, de sentimientos dependientes, cada uno debía seguir con su vida y sus ambiciones, la práctica del sexo no debía perjudicar el principal motivo, y al principio único, de su estrecha colaboración: aprovecharse de quien quería utilizarlos y conseguir el suficiente dinero para nunca más tener que estar subordinado a nadie. Los dos, a su manera, habían vivido de los sobrantes de la vida, de los excesos de los demás. ¿Por qué contentarse con migajas cuando tenían la posibilidad de hacerse con todo el pastel? Jamás debemos olvidar esto, le dijo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/14/amantes/