Sobre la libertad

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“The Rape Of Lady Liberty” (2010). / Patrick Anthony Pierson ©

En este tiempo inmóvil que, paradójicamente, vivimos de manera tan acelerada, las palabras parecer ser solo son sonidos, música ambiental. Las hemos vaciado de significado a base de darles diversos sentidos según el uso que se hace de ellas, de quién las usa, desde que instancias y con qué fin. Una de las peor paradas por tanto uso y abuso es libertad. Más que de libertad hoy hablamos de libertades: libertad de expresión, libertad de mercado, libertad de prensa, libertad religiosa…, como si el ser humano no fuera uno y hubiera un ser humano económico, uno político, uno religioso… La libertad del individuo es, o ha de ser, una cuestión universal, no un concepto que pueda ir alterándose en función de las circunstancias precisas de cada momento histórico. La libertad es la libertad sin más, la no subordinación de uno a otro. Así lo creo, así lo defiendo y así lo expreso, por boca mía o de los personajes y tramas de mis novelas. Esta es una selección de frases en las que se habla de libertad que corresponden a las tres que llevo publicadas en estos tres últimos años.

Las palabras ya no sirven para expresar lo que sentimos, significan demasiadas cosas a la vez, es decir, nada. Mira, si no, el concepto de libertad en cualquier diccionario.

El viaje (2014).

El silencio de quien nada tiene que decir [es] el último refugio de su libertad.

El viaje (2014).

El que cree que su libertad depende de otro, sea hombre o sea dios, no disfrutará jamás de ella ni conocerá lo que es.

El corto tiempo de las cerezas (2015).

Puede haber libertad de imprenta, pero si los obreros no saben leer ni escribir en su inmensa mayoría ¿para qué sirve? Puede existir el sufragio universal, ¿mas para elegir a quién? ¿Y en base a qué? ¿Para qué la libertad de comercio si la mayoría no tiene con qué comerciar? ¿Pará que la libertad de pensamiento y expresión si nadie lee nada? ¿Qué van a expresar? Por supuesto para eso están las escuelas, y las hay gratuitas y nocturnas, pero ¿van a ir después de trabajar doce, catorce y hasta dieciséis horas? ¿Qué ha cambiado?

El corto tiempo de las cerezas (2015).

Libertad, justicia, trabajo… ¡Patrañas! Trabajad, trabajad y conseguiréis una sociedad próspera. ¿Próspera para quién? ¡Memeces! Toda revolución ha de tener como único móvil y único fin el placer. ¿Qué clase de revolución es aquella que solo pretende modificar las reglas del juego cuando es este el que está mal diseñado, pues siempre son los mismos los que ganan y también los que pierden? ¿No habrá que jugar a otra cosa? Al día siguiente de la revolución habrá que pensar en divertirse.

El corto tiempo de las cerezas (2015).

Su amor, por supuesto, podía no ser eterno, ningún amor tiene por qué serlo si respeta la libertad de amar del individuo.

El corto tiempo de las cerezas (2015).

Qué decepción tan grande ha supuesto comprobar que por encima de las personas, de sus derechos y libertades, sigue primando el “orden internacional”, los intereses de Estado. Nuestro Gobierno ha dejado de ayudarnos, dicen que comprometemos la política exterior de la Casa Blanca con nuestras actividades “ilícitas”, que es como ellos califican nuestro trabajo. ¿Acaso es lícito abandonar a su suerte a miles y miles de personas en aras a una supuesta estabilidad internacional ya destrozada?

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Mi trayectoria, las circunstancias, la vida, me han conducido a defender los derechos civiles desde la creencia que solo quien aprecia la libertad, quien la conoce, sabrá defenderla.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

¿Qué nos pasa? ¿Qué empuja a los seres humanos a dejarse a arrastrar por el primer ilusionista de turno que con cuatro trucos baratos asegura bálsamo de Fierabrás para todos? ¿El miedo? ¿A qué? ¿A la libertad? ¿Al futuro? ¿La inseguridad? ¿La indolencia? ¿La codicia? ¿El egoísmo? No lo sé. Me cuesta entender las razones. La humanidad es cada día más inhumana. ¿No hemos aprendido nada?

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Quien no haga profesión de fe de su sentir ‘democrático’, quien no se considere un ‘demócrata’ es un intolerante, un totalitario, un enemigo de la libertad, un defensor de la violencia, de las dictaduras, un simpatizante de todo aquello sospechoso de poner en peligro la coexistencia pacífica. (…) En última instancia, lo que en verdad se pretende es dar una visión unidireccional de la historia que haga pasar única y exclusivamente por logros de la sociedad democrática las mejoras materiales o los avances en derechos civiles y, al mismo tiempo, persuadir al común de los mortales sobre la imposibilidad de otro sistema político. O económico. Es lo mismo.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

El mensaje ha calado: una cosa es la política y otra la cultura. La libertad del intelectual, la figura del intelectual libre, del artista o del escritor, desconectado de cualquier compromiso político, la parcelación del conocimiento, el uso del pasado para justificar el presente en vez de para explicarlo… Ha sido todo un éxito, un éxito que es también el triunfo de la mediocridad, del servilismo, de la inacción. ¡Viva el intelectual libre! ¡Estúpidos!

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

En nombre de la libertad (…) se recluta a nazis (…), se interviene ocultamente en otros países, se acusa de ser enemigos de la patria a quienes no comulgan con los sagrados principios de la “democracia”, se experimenta con los propios ciudadanos el poder de determinadas armas bacteriológicas, se trata de controlar el pensamiento… ¿Qué libertad es esa? ¿Qué se defiende? A ver si lo entiendo, el Estado financia a los que defienden que el Estado no debe intervenir en la esfera privada de los hombres.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

La libertad para actuar es una falacia, nadie es libre, somos lo que somos y lo que la historia nos ha hecho.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Ya empieza la cantinela. La libertad, un clamor de libertad… Ya son libres los desgraciados alemanes del este que durante tanto tiempo han tenido que sufrir la arbitrariedad y tiranía del régimen comunista. ¡Bienvenidos a la democracia, amigos! Ahora podréis votar cada tiempo y, ¿cómo decía el embajador?, determinar vuestra vida en libertad. Claro que sí, faltaría más. A disfrutar de la libertad, que ya era hora, a comer hamburguesas, a vestirse con vaqueros, a beber Coca-Cola… Llegó la democracia por fin. ¡La hostia!, no saben lo que les espera. Un mercado laboral despiadado, cada vez más competitivo y peor retribuido desde la crisis del petróleo de 1973; unas políticas neoliberales encabezadas por mamporreros del capital como Reagan o Thatcher; un capitalismo que quiere volver a los orígenes, a los mejores tiempos del laissez-faire. Reconversiones industriales brutales, privatización de industrias y empresas públicas, limitación del gasto público y de las prestaciones sociales, política monetarista, estricta observancia de la “disciplina” del mercado, menor intervención de los Gobiernos en la economía… Sí, ¡bienvenidos a la democracia! Lo que temo especialmente es que con la caída del Muro desparece cualquier referencia a otro sistema que no sea el capitalista, al menos entre los países más industrializados; el rostro más desagradable del capitalismo, el verdadero, ya no necesita caretas.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

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Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/19/sobre-la-libertad/

Ante el Comité de Actividades Antiamericanas

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Harold Himmel Velde (izquierda) interroga al actor Lionel Stander durante una de las sesiones del Comité de Actividades Antiamericanas (1948). / Jump Cut: A Review of Contemporary Media

A las diez de la mañana empezó la sesión de comparecencia de Sam ante el Comité. Fue declarada pública, como la mayoría. La publicidad era importante, para el ego de McCarthy y los miembros de la Comisión y para seguir manteniendo, e incrementando a ser posible, el miedo. Era un espectáculo, con un majestuoso y solemne decorado, un estudiado guión y una representación cuya trama prometía suspense e historias de espías y traidores. La sala solía llenarse, entre otros, por amigos y grupos de apoyo al compareciente. (…) Nunca faltaban las cámaras y los periodistas. Unas veces más, otras menos, según la popularidad del protagonista. En esta ocasión, obviamente no había tantos como cuando comparecían las estrellas de Hollywood.

Presidía la sesión Harold Himmel Velde, a la vez presidente del Comité, congresista republicano por Illinois, un tipo áspero y desabrido. Con él, en la mesa, cuatro senadores más, dos republicanos y dos demócratas. También estaban Roy Cohn, jefe de los abogados del Comité ─que un año antes había interrogado a Hammett─ y otros asesores.

El senador Velde declaró abierta la sesión.

―Señor Sutherland ─preguntó Velde─ ¿jura solemnemente decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad con la ayuda de Dios?

Sam permaneció en silencio. La noche anterior había hablado con Margolis [su abogado] acerca de la necesidad de tener que jurar para comprometerse a decir la verdad. Soy ateo, adujo. Margolis insistió en que se dejara de escrúpulos. En este país todos creemos en Dios, ¿no lo sabías aún?, le dijo. Entenderían su postura como una provocación; no era la mejor manera de empezar. Margolis movía la cabeza en señal de disentimiento ante la actitud de Sam, temeroso de que cometiera una imprudencia.

―Lo juro ─pronunció instantes después.

―Siéntese. Señor Cohn, tiene la palabra.

―¿Puede identificarse, por favor? ─intervino Cohn.

―Me llamo Samuel Sutherland.

―¿A qué se dedica, señor Sutherland?

―Soy escritor.

Siguieron varias preguntas sobre su actividad profesional, el número de novelas que había escrito, sus cuentos, cómo calificaba los artículos que escribía, si como periodismo o como literatura, y otras cuestiones aparentemente menores, si no irrelevantes.

―¿Es usted miembro del Partido Comunista? ─preguntó de repente Cohn.

―No.

―¿Lo ha sido alguna vez?

―No.

―¿Simpatiza con el comunismo, o ha simpatizado con esa ideología alguna vez?

―Si se refiere a la Unión Soviética, no simpatizo con su régimen.

―Bien. Se lo preguntaré de otro modo. ¿Ha asistido alguna vez a alguna reunión en la que hubiera presencia de elementos comunistas?

―Es muy probable. Y supongo que usted también, ¿o no hay comunistas por todas partes? Lo dicen ustedes.

―Debería tomarse en serio su comparecencia ante esta comisión y no faltar al respeto a sus miembros ─interrumpió Velde.

Margolis volvía a mostrarse inquieto y hablaba con Lary en voz baja.

―No era esa mi intención. Lo único que trato de decir es que si hay tantos comunistas infiltrados como ustedes afirman es difícil no haber coincidido con al menos con uno de ellos en alguna ocasión.

―¿Alguien le pidió alguna vez que se uniera al Partido Comunista? ─prosiguió Cohn.

―No, nunca.

―Pero tiene amigos comunistas.

―Yo a mis amigos no les pido que me muestren su filiación política. Me gusta que se expresen libremente.

―¿Colaboró usted con alguno de ellos a sabiendas de que pertenecían al Partido Comunista o simpatizaban con el comunismo?

―Rehúso contestar. Podría incriminarme a mí o a otros. Me acojo a los derechos de la Quinta Enmienda.

―De acuerdo, prosigamos ─dijo Velde.

―¿Firmó usted proclamas y manifiestos a favor del derecho de voto para los negros, de apoyo a la International Workers Order, a favor de quienes se han negado a colaborar con este Comité, firmó manifiestos en los que se acusaba al Comité que presidía el congresista Martin Dies de ser demasiado tolerante con el Ku Klux Klan, a favor de los signatarios de peticiones de candidaturas para el Partido Comunista, en contra de la intervención en Corea?

―Sabe que sí, esos documentos son públicos.

―¿Estuvo usted detrás la redacción de alguno de ellos?

―Rehúso a contestar, me acojo a la Quinta Enmienda.

―¿Sabe quiénes fueron sus autores?

―Rehúso a contestar, me acojo a la Quinta Enmienda.

(…)

―¿No es cierto que cuando estuvo en Marsella colaborando con el comité de rescate que dirigía el señor Varian Fry traspasó los límites de la legalidad proporcionando pasaportes y visados falsos a individuos radicales y comunistas para que entrasen en Estados Unidos? ¿Y que para ello trabajó junto a falsificadores de documentos, contrabandistas, comunistas, anarquistas…?

―Sí, es cierto. Pero ayudamos a quienes huían del terror, del totalitarismo nacionalsocialista y sus colaboradores franceses, hombres, mujeres y niños, sin preocuparnos por las ideas, las creencias o la raza de cada uno.

(…)

―¿Reconoce, pues, haberse saltado la legalidad?

―Reconozco que hice lo que cualquier hombre de bien hubiera hecho en mi lugar: salvar el mayor número posible de vidas de los nazis, librarles de una muerte segura y atroz. Y vistas las crueldades que cometieron volvería a hacer lo mismo.

―¿Por qué que fue detenido en España a finales de 1941?

―Por cruzar ilegalmente la frontera entre Francia y España.

―¿Qué pretendía al cruzar ilegalmente la frontera?

―Quería conocer de primera mano las penalidades que debían padecer en su huida aquellos hombres, mujeres y niños cuyo único delito era ser diferentes a los nazis y su ideología, fuera por ser judíos o por pensar de otro modo. También, el sacrificio de los denominados “pasadores”, que arriesgaban su vida a cambio simplemente de salvar las de otros.

―O a cambio de dinero. Colaboró asimismo con contrabandistas, lo ha confirmado usted antes.

―Por desgracia, también. Algunos se aprovechaban de la situación. Siempre hay gente dispuesta a lucrase con las desgracias ajenas. De todos modos, en aquellos tiempos eran los menos.

―¿Y cuál era la finalidad de todo ello?

―Escribir sobre el drama que tuvo que vivir aquella pobre gente. Dar a conocer lo que estaba sucediendo, que no cayera en el olvido para que situaciones así nunca se repitieran.

Siguieron una serie de preguntas más acerca de su regreso a Estados Unidos tras ser puesto en libertad por el Gobierno español y su posterior trayectoria política hasta la creación del Congreso por los Derechos Civiles. (…)

―¿Es cierto que ha donado cuadros de famosos pintores de su colección particular para obtener fondos para esas causas que usted llama “de defensa de los derechos civiles” pero que son tapaderas de los comunistas?

―Rehúso a contestar, me acojo a la Quinta Enmienda.

―Rehúsa a contestar a muchas preguntas apoyándose en la Quinta Enmienda ─intervino Velde─. Está en su derecho. Este es un país democrático que respeta su Constitución. Pero déjeme que le diga una cosa: ¿no cree que negándose a responder se está autoincriminando, como ya hicieron otros amigos suyos?

―No, señor. Pero no voy a decir nada que pueda perjudicar a terceros.

―Luego reconoce ─prosiguió Velde─ que sabe cosas que no nos quiere contar. Se niega, pues, a colaborar.

―Si me negara a colaborar no estaría aquí.

―Es todo por hoy, señor Sutherland. Mañana reprendemos la sesión, también en audiencia pública y a la misma hora que hoy, a las diez. Puede retirarse.

****

Tan puntual como el día anterior, a las diez de la mañana Himmel Velde declaró abierta de nuevo la sesión. Los mismos rostros, el mismo ambiente. Preguntas sin trascendencia alguna, aparente al menos. Al principio, hasta entrar directamente en el tema que iba a protagonizar la segunda sesión: la obra literaria de Sam.

―¿Niega usted que sus obras reflejen posiciones comunistas? ¿O bien tratan temas sociales desde postulados que podrían suscribir los comunistas?

―Mis obras reflejan mis inquietudes, mis vivencias. Tratan temas sociales, sí, pero la literatura, el arte en general, no puede hacer abstracción de la realidad que le circunda, no son entes metafísicos que tienen sus propias reglas fuera de este mundo.

(…)

―¿Y por qué no denuncia también la aplicación de dicha pena en la Unión Soviética y las terribles coacciones que viven sus ciudadanos?

―Siempre me he mostrado contrario a cualquier totalitarismo. Repito: me opongo a la pena de muerte en todos los casos.

―¿Cree usted, pues, que los países que, de acuerdo con sus leyes, aplican la pena de muerte a contumaces asesinos o enemigos de la patria son totalitarios?

―Creo que la aplicación pena de muerte es una de las características que se dan en los regímenes totalitarios, sean capitalistas o comunistas.

―¿Cree en la democracia, señor Sutherland?

―Creo en la democracia.

―Si así es, ¿por qué ataca este país?

―Yo no ataco este país, es el mío y formo parte de él. Pero no es perfecto, entre otras cosas porque la perfección no existe. Yo solo critico las medidas que, a mi juicio, acarrean un retroceso en las libertades y derechos de sus ciudadanos. Y lo hago desde la voluntad de construir un futuro mejor y, por supuesto, sin considerarme poseedor de la verdad absoluta, dispuesto siempre a discutir con quien sea mis puntos de vista.

(…)

―Sus circunloquios me dan a entender que no quiere entrar en el fondo del asunto. Está bien. Supongo que no negará que de su pluma han salido afirmaciones como la siguiente: Creía que había dejado atrás la incomprensión y la persecución hacia quien piensa de manera diferente tras abandonar Berlín. No fue así. Aquí me esperaba más de lo mismo. Por supuesto, sin la brutalidad que caracterizó a los nazis, pero con la misma virulencia. Esto apareció hace poco en Monthly Review, una revista cuyas ideas todos sabemos que son procomunistas y antiamericanas.

―No, no lo niego. Yo escribí eso. Pero no alcanzo a entender qué tiene que ver con el comunismo.

―Y unos meses antes, con motivo de la ejecución de los Rosenberg, usted escribió otro artículo de título poco afortunado en el que calificaba esta de asesinato. ¿Llama usted asesino al presidente de este país?

―Lo que yo sostengo es que matar a un ser humano de forma premeditada se llama asesinato. Me declaro una vez más contrario a la pena de muerte, aquí y en todos los lugares en que se aplica.

―En ese mismo artículo compara nuestra nación con el régimen nazi de Hitler, habla de que aquí se trata a los negros como los nazis a los judíos y que América es intolerante y va camino del totalitarismo. ¿Es así?

―A grandes rasgos podría decirse que sí. Es una apreciación de quien cree que en este país se está cercenando la libertad de expresión.

―¿Libertad de expresión llama usted a insultar y calumniar?

―Yo no insulto ni calumnio a nadie. Me limito a escribir, como sé y en conciencia con lo que creo, que no es otra cosa que el derecho de toda persona a expresarse libremente y tratar de mejorar el mundo en que vivimos.

―Desprestigia a la nación con afirmaciones como esas, sin fundamento alguno. Eso es hacer el juego a los soviéticos. Usted ya lo sabe, no haga que me extienda innecesariamente.

―Pues no, no lo sé. Claro que si usted confunde la libertad de expresión, el derecho de todo el mundo a ser crítico con el sistema social en que vive para tratar de mejorarlo y contribuir a la consecución de una sociedad más justa, con el comunismo, es otro asunto.

―No voy a entrar en su provocación. Olvidaré su impertinente proceder y le agradeceré que sus respuestas se ciñan más a lo que se le ha preguntado.

―De acuerdo.

―Habrá ganado dinero con sus libros y relatos ¿no?

―Vivo de eso.

―¿Y de esos beneficios que usted obtiene ha dedicado parte de ellos a financiar actividades que esta comisión pudiera calificar de subversivas?

―Me acojo de nuevo a los derechos la Quinta Enmienda.

―¿Conoce a la señora Elizabeth Gurley Flynn?

―Sí.

―¿Qué relación mantiene con ella?

―De amistad. Los dos somos miembros del Congreso por los Derechos Civiles de Nueva York.

―¿Por eso quiso visitarla en la cárcel?

―Sí.

―¿No por cuestiones políticas?

―No.

―Imagino que no sabrá si es o no comunista.

―Me acojo una vez más a los derechos de la Quinta Enmienda.

―Ella también se negó a contestar, a pesar de las innumerables pruebas que demostraban su filiación comunista.

―Ya le he dicho que mi propósito de visitarla era absolutamente de índole personal. De todos modos, ustedes me permitieron que lo hiciera durante la condena de dos años a que hubo de enfrentarse.

―¡Por colaborar con los enemigos de este país! ¿De verdad que no sabe que forma parte del comité nacional del Partido Comunista? Pues si no lo sabe, ya se lo digo yo.

―Ya le he dicho que no pregunto a mis amigos su filiación política.

―Sí, ya nos lo ha dicho.

En ese momento Velde dio por finalizada la comparecencia. Agradeció a Sam que se hubiera presentado ante la Comisión y cerró la sesión.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Puede adquirir la novela en edición en papel o electrónica.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/18/ante-el-comite-de-actividades-antiamericanas/

El baile

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‘Baile en la ciudad’ (1883), óleo de Pierre-Auguste Renoir.

Transcurrió la cena entre chácharas, risas y bromas. El ambiente era jovial, como correspondía a un grupo de gente que disfrutaba del recreo sin preocupaciones aparentes. El vino y los músicos contribuían en gran medida al desahogo de los presentes, de quienes Samuel pensaba en esos momentos que poseían un insaciable apetito. Parecía que nunca acabarían de comer. Y es que no veía que llegase el momento de los bailables. Todos seguían de cara a la mesa, comiendo a dos carrillos y bebiendo como si fuesen camellos a punto de deshidratarse. Entretanto, ponía cara de seguir con atención cualquier cosa que dijese Anita o cualquier conversación en la que participara, aunque desde su asiento no alcanzaba a escuchar con claridad los comentarios. Seguían intercambiándose miradas y Samuel se ahogaba en un mar de ilusiones y miedos. Por fin un vals. Se levantó y se acercó a Anita.

―Sería una gran satisfacción disfrutar con usted el baile que antes me prometió.

La joven (…) hizo un gesto de agrado moviendo la cabeza hacia un entarimado levantado sobre el suelo en el que danzaban varias parejas y se dirigió al centro del mismo seguida de Samuel.

―No recuerdo haberle prometido baile alguno.

―Disculpe el atrevimiento, pero pensé que si decía eso delante de los demás no me rechazaría.

―Sí, ha sido un atrevimiento, pero le disculpo ─dijo Anita al tiempo que le cogía de la mano.

A Samuel no se le daba demasiado bien el baile y no sabía qué decir, había preparado meticulosamente el encuentro con ella pero olvidado los preliminares, y no era cuestión, evidentemente, de adentrarse tan pronto en el complejo mundo de los sentimientos. Afortunadamente para él, Anita llevaba el peso de la conversación, hablaba de cosas intrascendentes de las que, cada vez más aturullado, apenas se enteraba, limitándose prácticamente a asentir en todo con la sonrisa más complaciente.

Terminó el vals, se incorporaron al grupo de doña Felisa, Monllor y demás, volvieron a bailar, se sentaron de nuevo. (…)

Viendo que la velada estaba a punto de finalizar se atrevió a solicitar a Anita un nuevo encuentro algo más tarde, a solas. Anita no esperaba tal osadía y se mostró desconcertada por unos instantes, si bien acabó aceptando con la condición que fuese en uno de los bancos de piedra que había junto a la fachada principal bajo la luz de un farol. Por primera vez sintió Samuel que controlaba la situación.

Cuando consiguió estar a solas con ella le espetó sin más la primera de las frases que tan cuidadosamente había seleccionado y aprendido de memoria.

―No puedo vivir sin su presencia. Sin usted me falta algo, mi imaginación es menos fecunda y menor mi fe en los negocios que emprendo.

―Samuel, antes le he dicho que era un atrevido ─dijo Anita presa del desconcierto─ pero creo que me he quedado corta. Apenas me conoce y…

―La conozco lo suficiente y sé lo que significa para mí. Si no hubiera estado tanto tiempo sin poder verla, tal vez no hubiese averiguado hasta qué punto es necesaria a mi corazón, a mi vida. Veo en usted un arcángel y me irrita el deseo de que me abrase la atmósfera de fuego que la rodea.

―Cállese, se lo ruego ─objetó Anita.

Sus palabras, no obstante, llenas de desasosiego, se parecían tanto a cómo se expresaban las protagonistas de las novelas que enardecieron aún más al joven, que continuó con las amorosas expresiones que tan bien se sabía.

―Yo no conocía este delicioso aumento de vida, de sensibilidad, de ternura, de inefable alegría que siento desde el instante que la vi, nunca había mirado unos ojos como miro los suyos. La amo con todo el amor que tengo, con todo el sentimiento de que es capaz mi alma, con toda mi esperanza. Desde que la vi no he podido olvidarla. A cada momento mi recuerdo es más tierno y más grande.

―Samuel, modere su ímpetu, se lo suplico.

―Si esto es un sueño, es un sueño embriagador y de felicidad del que no quiero despertar.

―He de marcharme.

Anita se levantó sobresaltada. Samuel era un hombre distinto a cuántos conocía o había conocido, carecía de la afectación en los modales que exhibían los caballeretes que la pretendían, no era un señorito pero mucho menos un patán, hablaba con gran aplomo y mostraba un firme carácter, casi avasallador. Una situación como la que estaba viviendo había rondado por su cabeza alguna vez, si no igual muy parecida ¿Qué joven señorita no soñó alguna vez experimentar en persona una pasión desatada como las que leía en folletines y novelitas sentimentales? Samuel cogió las manos de Anita con las suyas y presionó suavemente en dirección al suelo aproximándola a él. Sus cuerpos se juntaron, la miró a los ojos, ella entornó los suyos, luego fueron sus labios los que se unieron. Brevemente. Enseguida llegó el adiós.

―Debo irme. Yo también siento que mi corazón se inclina por usted, pero debo irme. Compréndalo.

―¿Cuándo volveré a verla? ─Samuel soltó sus manos.

―No sé, nos vamos mañana. Le escribiré.

Anita marchó presurosa a su habitación, no sin antes de entrar en el edificio girar su cabeza y mirar, entre exaltada y temerosa, a Samuel, que no cabía en sí de gozo.

No durmió mucho aquella noche, demasiada excitación, demasiadas emociones desconocidas y sentimientos a descubrir. Se levantó tal cual se había acostado, pensando en ella. Cuando bajó al vestíbulo, Anita seguía en su habitación, o al menos no la vio durante el rato que estuvo hablando con Monllor y tampoco cuando se despidió de él y de doña Luisa. Debía llegar a Alcoi antes del mediodía, el periódico tenía que salir el lunes, como todos los días. Por primera desde que conociese a Monllor sintió que trabajaba y se debía a obligaciones. ¡Maldito periódico!, pensó. ¡Maldito trabajo!

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/17/el-baile/