
“Granero con tejado” (1881), dibujo de Vincent van Gogh.
Vicent y María, en Muro, su pueblo, a doce kilómetros de Alcoi, cultivaban una huerta de poco más de una fanegada sin otra pretensión que poder subsistir, que tener cada día algo comestible que llevarse a la boca. Era una huerta pequeña a la que se accedía por una senda que se abría junto al camino de Cocentaina, en la partida de La Gàbia, un apelativo que evidenciaba otras maneras de otros tiempos. La Gàbia se llamaba así porque, según se contaba, el señor del lugar castigaba a los que cometían algún delito grave a morir en la horca y ser a continuación descuartizados, exponiéndose sus miembros en una jaula que había sobre una picota para que sirviese de escarmiento público. Pero Vicent nunca se había metido en líos, ni él ni nadie de su familia, y cumplía siempre sus obligaciones con el señor de aquel terruño. Todo era por mitad: los impuestos y el reparto de los frutos, pero desde unos tres o cuatro años atrás a Vicent le resultaba cada vez más arduo cumplir con la parte monetaria. El año anterior no consiguió satisfacer al amo la totalidad de su mitad correspondiente. Este, para quien el pequeño trozo de tierra de Vicent representaba una muy ínfima parte de sus propiedades, prácticamente irrisoria, le concedió la posibilidad de aplazar la deuda hasta el siguiente año. Mas cuando el momento llegó, su situación no había mejorado. Vicent aprovechaba al máximo el poco terreno de que disponía, pero cada día era más difícil salir adelante. Como antes sus padres y sus abuelos, y posiblemente los padres de sus abuelos y otras generaciones anteriores, había trabajado siempre el mismo terruño, servido a su señor, al amo de las tierras, y pagado, en especie o con dinero, por ello. Nunca habían sido suyas, las tierras, y nunca lo serían. Ni por asomo pensó vez alguna en tal posibilidad. Ahora, las nuevas leyes establecían su estatus como arrendatario, pero a sus ojos todo seguía igual, o peor. Eran pobres, siempre habían sido pobres y lo seguirían siendo el resto de su existencia.
―No sé qué hacer ─comentaba Vicent a su padre, que vivía con él, su esposa y sus tres hijos─, este año tampoco podré pagar al señor. Vamos a tener que irnos a Alcoi.
―¿A Alcoi? ¿A trabajar en las máquinas como tu hermano Salvador? Estás loco.
―¿Y, si no, qué hago? Salvador y otros muchos hace tiempo que lo hicieron, y de este pueblo, gracias al cáñamo todavía han sido pocos. Hasta ahora. El cáñamo ya no da para más y he oído que hay también máquinas para agramarlo. No hay otra solución.
―Primero las calderas de Pedro Botero que ese sucio pueblo de Alcoi. Tú has estado allí ¿no?, ¿y qué has visto? Cuartuchos llenos de roña, apestosos, por vivienda. ¿No te acuerdas de la habitación de la casa en que vivía tu hermano? Un ventanuco por el que apenas entraba el sol. ¡Pero si apenas cabían! ¿No viste cómo estaban los niños? Blancos como los muertos. Y la escalera aquella, con más mierda que el palo de un gallinero, y el escusado de la entrada en el que todos hacían sus necesidades, ¡cómo olía! Que no. Yo no voy. Quiero seguir cagando en el campo, al aire libre.
―Tampoco tenemos gran cosa aquí. Al menos en Alcoi podremos encontrar trabajo.
La pequeña casa de adobe en que Vicent y su familia vivían en la huerta de La Gàbia no tendría más de cuarenta metros cuadrados, divididos en dos estancias, sin otra separación entre ellas que un viejo paño de cáñamo; ni siquiera era suya, sino del amo de las tierras. Una mesa de madera de pino, abombada y agrietada por el paso del tiempo, tres sillas y cuatro taburetes, además de unos pocos enseres de cocina y cuatro jergones hechos con la paja del maíz, era todo su mobiliario.
―Prefiero no comer a estar, como tu hermano y sus hijos, doce o catorce horas, qué sé yo, en aquellos oscuros locales llenos de polvo. Ni muerto marcharé con vosotros.
Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).


determinación de no volver a trabajar jamás en una fábrica ni a las órdenes de nadie. Tenía entonces entones trece años y vivía en la industriosa ciudad de Alcoi desde pocas semanas después de venir al mundo en 1849, al tener sus padres que abandonar el pequeño pueblo de Muro en busca de trabajo. No podía imaginar entonces que su decisión le llevaría a verse involucrado en los turbulentos conflictos políticos y sociales que desembocaron en la proclamación de la Primera República Española; a vivir la Revolución del Petróleo que tuvo lugar en Alcoi en julio de 1873; a sacar provecho de los negocios financiero-especulativos en la Barcelona del Ensanche mediante toda clase de estratagemas; a conocer los ambientes de las principales ciudades occidentales –Barcelona, París, Londres, Viena, Nueva York–, sus lujos y miserias, sus cafés y teatros; a montar su propio cabaret; a establecerse en el bohemio Montmartre; a entregarse en cuerpo y alma a la carrera artística de su hija, soprano; a timar a un príncipe ruso con la complicidad de su gran amiga La China; a enamorarse de una anarquista y de una grisette; a vivir, en definitiva, innumerables experiencias y vicisitudes en un mundo que se creía indemne a todo y parecía seguir la máxima que un día le dijo a Samuel el dueño de aquel cerezo bajo el cual tan a gusto se sentía: “aprovecha, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto”.
