Al otro lado

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“Waiting” (2015). Fotografía de Hossein Zare ©

Al otro lado del bulevar ─oculto por los altivos y excesivos edificios asentados sobre la especulación que nos niegan hasta los rayos del sol del atardecer─, unas cuantas calles, algunas sin salida ─las que dan a la parte posterior de las arrogantes y exclusivas fortificaciones─, conforman la destartalada parte del barrio de Pescadores que permanece en pie. Demasiado cercana al cementerio y al puerto, con el viejo camino que conducía a la ciudad convertido en vía de tránsito de camiones que transportan mercancías arriba y abajo. No es este lugar para los encopetados residentes ─que no vecinos─ del otro lado. El paisaje es distinto, tan desagradable como el paisanaje.

Encallados entre baluartes y torreones, ya nadie llama al barrio ─lo que queda de él─ ni de Pescadores ni La Azraquia, como hacían, y hacen, los vecinos más mayores. Todo el mundo conoce ahora lo poco que queda de él como La Rana, pues la canalización subterránea del río alteró su topografía y desde entonces se anega fácilmente con las lluvias.

Me instalé allí, como otros tantos jóvenes, por la cercanía a lo que prometía ser el nuevo campus de la universidad. Un moderno edificio acababa de inaugurarse el mismo año que yo llegué para albergar la Facultad de Filosofía y Letras. Se suponía que otras facultades dejarían el viejo edificio que compartían, inmediato a El Centro, para trasladarse allí. No llegó a suceder. Los definidores locales determinaron que debía cambiar de ubicación. ¿Razones? ¿Son necesarias? Las nuevas facultades terminaron levantándose en el extremo opuesto, en unos terrenos hasta entonces baldíos que inesperadamente experimentaron un notable incremento de su valor catastral. Tres años después, también la Facultad de Filosofía y Letras se trasladó a la zona elegida, que curiosamente se llamaba El Olvido. Sus paredes acogieron el CEPORRO (Centro de Estudios para Retrasados, Retrógrados y Obsoletos) y, junto al mismo, los definidores locales mandaron levantar el tanatorio municipal. Ya que el cementerio estaba cerca… Así no hacía falta que saliéramos del barrio. Yo me quedé en él. No sabía su futuro, ni el mío. De todos modos da igual, cuando lo averigüé tampoco me moví.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/06/15/al-otro-lado/

Contra el desasosiego del espíritu nada pueden palabras y pensamientos

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“La noyade”. Benoit Courti ©

Conocí la oscuridad cuando el sol estaba en lo más alto, al iniciar el camino del olvido el día que decidí huir del futuro ante la imposibilidad de vivir el presente y cambiar el pasado.

La oscuridad, así, se presentó como un elemento nuevo, confuso e inaccesible, mayor con los ojos abiertos pero sin dejar de estar asociada a la noche y la muerte, un silencioso campo de batallas del que solo se puede salir perdedor. Percibí entonces que no servía de nada pelear con la oscuridad, ni con aquella que cuando somos pequeños creemos siempre que proviene del exterior ni con la que después se nos muestra enraizada en lo más íntimo de nuestro ser, un laboratorio donde experimentar con indisciplinadas angustias y culpas supuestas, un palimpsesto que conserva a pesar de cualquier argumento o raciocinio huellas de temores pasados, aparentemente vencidos, que cobran de nuevo carta de naturaleza.

Una sola opción me quedaba: aprender a vivir en la oscuridad, cual ciego que nunca ha visto y sabe que nunca verá. Cerré los ojos y no los volví a abrir. Habrá que vivir como sea, me dije. Me amoldé. Contra el desasosiego del espíritu nada pueden palabras y pensamientos. Tal vez sentir. Solo tal vez. Y, en todo caso, sin pensar.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/06/14/contra-el-desasosiego-del-espiritu-nada-pueden-palabras-y-pensamientos/

Cuando Samuel se enfrentó a Pellerot

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Una semana después de aquel nefasto día de 1862 en que Esclafit perdió los dedos en el martinete Samuel volvió a encontrarse con su amigo, del que nada sabía desde el fatal accidente. A la puerta de la fábrica, esperaba que salieran los del turno de noche.

―¿Crees que me darán trabajo? ─preguntó Esclafit.

―Claro que sí. Con la otra mano ─refiriéndose a la derecha, que conservaba intacta─ puedes seguir con los trapos, te ayudas con la mala ─de la que solamente quedaba completo el dedo pulgar.

La apreciación de Samuel, sin embargo, distó mucho de lo que finalmente sucedió. Cuando Pellerot le vio soltó un contrariado ¿Y tú qué haces aquí?, y sin siquiera detenerse entró en la fábrica, ni miró hacia atrás. A pesar de ello, Esclafit le siguió hasta traspasar el umbral de la puerta. Allí permaneció a la espera de que el encargado reparase en él. Desde el fondo del recinto Samuel seguía la situación atentamente, aunque sin descuidar un ápice la tarea que tenía encomendada. Un rato después, Pellerot bramó:

―¿Aún estás aquí? ¿Pero qué es lo que quieres? Todavía no se ha inventado máquina alguna para mancos. Toma ─le dio cinco reales─ y busca en otro sitio.

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Fotografía de Giles Edmund Newsom (1912).

Como quiera que Blas cogiera el dinero pero permaneciera en el mismo lugar vociferó ¿Te vas a largar de un vez?, y de un empujón lo echó fuera. Samuel no pudo reprimir más sus instintos, necesitaba descargar la ira que sentía, manifestar ante todos los presentes su desprecio por Pellerot ─no se requerían demasiadas luces para saber que menospreciar a alguien de nada servía si no era en público─ y dejó caer al suelo una espuerta de masa de pasta de papel recién salida de la pila holandesa.

―¡Mameluco! ¡Imbécil! Vas a recoger eso con la lengua. ¡Torpe!

Samuel agarró uno de los tarugos de madera que servían para mantener plana la plataforma del martinete y lo arrojó a los pies de Pellerot, no alcanzándole de lleno de milagro. Atusó su espeso y sucio pelo, recogió el talego con el sustento del día ─pan, un boniato asado, una sardina salada y café con aguardiente─ e hizo el gesto de marchar de allí. Pero no era Pellerot alguien que tolerase una actitud de ese tipo, tan soberbia, y menos de un chiquillo. Se puso ante él en dos zancadas y le asestó un tremendo bofetón que lo tumbó en el suelo. Sacó la correa y comenzó a azotarlo con todas su fuerzas. Samuel lloraba, le sangraba la nariz y manchas de sangre se apreciaban también en la blusa. Luego lo levantó destempladamente asiéndolo del cabello.

―¡Vete y que no te vuelva a ver! Y vosotros ─mirando al resto de operarios─ ¡a trabajar!

Con cierta dificultad ─más por la impotencia y el asco que por los golpes, que en esos momentos no sentía─ recogió de nuevo su saquito de tela. Miraba a los compañeros, todos seguían en sus puestos, en silencio, lo único que se oía eran los quejidos y sollozos de Samuel y los bramidos de Pellerot. Pocos levantaban la vista. El encargado, contrariado por la tardanza del aturdido muchacho, le propinó una patada en el trasero y a gritos le ordenó de nuevo que se alejase de allí. Antes de traspasar la puerta se volvió a mirar de nuevo a los demás trabajadores de la estancia. Cruzó la mirada con Penca, vecino suyo, que apartó inmediatamente la vista. Se sentía solo, muy solo, cada vez más a medida que iba de camino a casa. Lloraba de rabia.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/06/07/cuando-samuel-se-enfrento-a-pellerot/