¿Y para qué quería yo un hijo si tenía 10 años?

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Cuando empecé a interesarme por el sexo todo el mundo coincidía que era pecado, algo tan grave y reprobable que parecía ser la causa de cualquier afección física o psíquica, tan misterioso y marrano que nadie de los mayores quería hablar de ello para explicar en qué consistía su práctica. Entonces no podía yo saber que la mejor forma de manipular a alguien es la ignorancia y la culpabilidad. Todo cuanto sabía acerca de la sexualidad, si es que sabía algo, lo aprendí en el cine, lo que me llevó a asociar seducción con sexualidad. El resto era aquello que los amigos contaban, me refiero a la sexualidad compartida, a los toqueteos previos al acto sexual y a este en particular, siendo mis fuentes de información ellos, los chicos; con las chicas nunca pasó por mi imaginación que se pudiera hablar de estas cosas, francamente limitadas, reduciéndose a alguna imagen como la del libro que Juan Luis cogió a su padre, el farmacéutico, en la que se veía el dibujo de un niño con la cabeza hacia abajo unido con una especie de cuerda a lo que parecía ser la parte superior del estómago, a las fotografías de mujeres desnudas que custodiábamos como el más preciado tesoro y a algún que otro comentario oído a los mayores del que extraíamos conclusiones sin duda precipitadas. El ansia por conocer nos llevaba a estériles discusiones sobre la función de los órganos sexuales. Estaba claro que había besos y tocamientos, y que se quedaban desnudos los dos, y que luego la pilila se introducía en el chumino (así llamábamos a aquellos). Este último aspecto, sin embargo, no estaba claro del todo y había quien, como Edu, decía que eso no podía ser. Lo que sí era evidente es que una vez producido el encuentro sexual la mujer, o la chica, empezaba a engordar y veníamos nosotros al mundo, tras pasar nueve meses en el vientre de la respectiva madre. Siempre era así, siempre lo había sido y siempre lo sería. Entonces vino el acojone: yo no quería tener un hijo y, en cambio, anhelaba el encuentro con una chica, a la que por supuesto amara, así era en las películas, así era pues, y materializar la fantasía, pasar de lo conocido a lo imprevisto, pero no quería tener un hijo, ¿qué iba a hacer con él si tenía 10 años? Menudo lío. Igual follón venía de follar, pensé.

El funámbulo del tiempo

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“El funambulista I”, acrílico sobre papel / Kiko Rodríguez.

Con el tiempo, todo se volvía más agotador. Cosas a las que antes no les prestaba atención alguna ahora adquirían un protagonismo desmesurado. Otras por las que, en cambio, había sentido verdadero interés resultan fugaces y no conseguían que su atención se centrase en ellas más que unos momentos. Otras más, simplemente seguían tan lejanas y distantes como siempre.

Recordada anécdotas, detalles, pero nada esencial. Claro que eso le había ocurrido siempre, desde que fue consciente de ello, puede que no hiciera mucho, pero decir que le ocurría desde que cobró conciencia de ello es lo mismo que decir siempre.

Desde hace un tiempo, no obstante, desde que era un funámbulo de la vida venido a menos, empezó a intrigarle el hecho de recordar especialmente este tipo de cosas, ese cúmulo de anécdotas y detalles irrelevantes que su memoria había almacenado. No es que considerara que esa cualidad fuese algo preocupante en sí. Su precaución, puede que también preocupación, devenía de la tremenda descompensación de la memoria: recordaba con suma fluidez los detalles más triviales de cualquier situación pero le resultaba harto difícil ubicarlos en un contexto concreto.

Es posible que todo se deba a algo que nunca debemos hacer: creer en el pasado, que no existe, dicho sea de paso, y buscar en él argumentos para que la caída sea lo más leve posible, para que el daño que necesariamente ha de producirse deje las menores huellas, tarea harto difícil ante la arbitrariedad y selectividad de la memoria. Así, los detalles, las anécdotas, se almacenaban en su memoria con facilidad, aunque sin orden ni correspondencia con los hechos que los generaron la mayoría de las ocasiones, no había jerarquía entre ellos ni clasificación alguna que los situase en un entorno determinado, pues en última instancia no correspondía a la memoria, caprichosa ya de por sí, seleccionar los recuerdos, influenciada además, como está, por la tendencia a magnificar lo que, creemos, ha marcado nuestra existencia. Una existencia que, como escribió Fernando Pessoa*, hay que monotonizar para que no sea monótona. Tornar anodino lo cotidiano, para que la más pequeña cosa sea una distracción” (Libro del desasosiego, edición de 1984, Seix Barral, traducción de Ángel Crespo).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/07/28/el-funambulo-del-tiempo/

Placer y culpa

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“Weird” (2013) / Fran Carneros.

Me tocaba, ya hacía tiempo que me tocaba, pero ese día, un día de verano al caer la tarde, no dejé de tocarme por aburrimiento o porque decidiera hacer otra cosa –como otras veces– sino porque de repente de mi polla empezó a salir un blanquecino líquido viscoso que yo sabía que se llamaba leche, pero no lo había visto hasta entonces. Lo sabía, sabía que salía de la pilila, me lo habían contado en la escuela –los niños, no los maestros–, como también de las tetas de las mujeres, pero desconocía qué se sentía: cierta extrañeza en los primeros momentos, cuando el ritmo se tornaba cada vez más regular y más acelerado, desconcierto a medida que iba perdiendo el control de lo que hacía, la rigidez cada vez mayor del pene, un posterior acaloramiento, la excitación –no exenta de temor– ante algo nuevo y placentero que no podía detenerse, y una especie de convulsión cuando la leche se disparó –fue eso, un disparo– a la que siguió una sensación de vacío que me resultó sumamente agradable.

Debo haberme hecho una paja, pensé. Luego vinieron las dudas, la confusión. Puede que fuera a los doce años, o no, lo de la primera paja, o el primer orgasmo, en solitario ─como el último suspiro─, o puede que fuera a los once, pues a los doce empecé a salir con una chica con la que nada sucedió –no hubo sexo, quiero decir– pero con cuya imagen en mi mente recuerdo haber repetido la experiencia.

No experimenté sensación alguna de culpa hasta que se lo comenté a Juan Luis. Tendrás que confesarte, me dijo. No lo hice y nada pasó, pero no conseguí evitar que el desasosiego se apoderase de mí e incluso sentir culpa por no sentirme culpable. Aun así, seguí masturbándome. Casi a diario. Sin comentar nada a nadie, ni siquiera a mis amigos después de lo que me dijera Juan Luis. Placer y culpa, combinación perfecta para doblegar conciencias. En aquel tiempo no supe adivinar tal extremo. Tardé años en descubrirlo, tantos como viví el placer asociado a la culpa, aunque fuera la de no sentirme culpable.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/07/21/placer-y-culpa/