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Cuando empecé a interesarme por el sexo todo el mundo coincidía que era pecado, algo tan grave y reprobable que parecía ser la causa de cualquier afección física o psíquica, tan misterioso y marrano que nadie de los mayores quería hablar de ello para explicar en qué consistía su práctica. Entonces no podía yo saber que la mejor forma de manipular a alguien es la ignorancia y la culpabilidad. Todo cuanto sabía acerca de la sexualidad, si es que sabía algo, lo aprendí en el cine, lo que me llevó a asociar seducción con sexualidad. El resto era aquello que los amigos contaban, me refiero a la sexualidad compartida, a los toqueteos previos al acto sexual y a este en particular, siendo mis fuentes de información ellos, los chicos; con las chicas nunca pasó por mi imaginación que se pudiera hablar de estas cosas, francamente limitadas, reduciéndose a alguna imagen como la del libro que Juan Luis cogió a su padre, el farmacéutico, en la que se veía el dibujo de un niño con la cabeza hacia abajo unido con una especie de cuerda a lo que parecía ser la parte superior del estómago, a las fotografías de mujeres desnudas que custodiábamos como el más preciado tesoro y a algún que otro comentario oído a los mayores del que extraíamos conclusiones sin duda precipitadas. El ansia por conocer nos llevaba a estériles discusiones sobre la función de los órganos sexuales. Estaba claro que había besos y tocamientos, y que se quedaban desnudos los dos, y que luego la pilila se introducía en el chumino (así llamábamos a aquellos). Este último aspecto, sin embargo, no estaba claro del todo y había quien, como Edu, decía que eso no podía ser. Lo que sí era evidente es que una vez producido el encuentro sexual la mujer, o la chica, empezaba a engordar y veníamos nosotros al mundo, tras pasar nueve meses en el vientre de la respectiva madre. Siempre era así, siempre lo había sido y siempre lo sería. Entonces vino el acojone: yo no quería tener un hijo y, en cambio, anhelaba el encuentro con una chica, a la que por supuesto amara, así era en las películas, así era pues, y materializar la fantasía, pasar de lo conocido a lo imprevisto, pero no quería tener un hijo, ¿qué iba a hacer con él si tenía 10 años? Menudo lío. Igual follón venía de follar, pensé.