25 años del fin de la URSS. Así lo percibí entonces

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Ilustración de la portada del libro de Serhii Plokhy ‘El último Imperio. Los días finales de la Unión Soviética’ (2014).

Se cumplieron ayer 25 años del fin de la Unión Soviética. El 8 de diciembre de 1991 los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaban el Tratado de Belavezha que declaraba la Unión Soviética disuelta y se establecía la Comunidad de Estados Independientes (CEI) en su lugar. Este texto –que forma parte de un artículo más amplio titulado “El mundo dividido (1945-1991) y me fue encargado para el libro Historia del mundo contemporáneo (Materials Crurriculars Batxillerat)– está escrito por esas fechas, a finales de 1991, en pleno de proceso de disolución de la URSS, si bien el libro se editó en 1993. Hoy he decidido rescatarlo y reproducirlo tal cual, añadiendo simplemente esta nota explicativa pues considero que el lector debe estar advertido de tal circunstancia.

A finales de la década de ochenta e inicios de los noventa, Europa se nos muestra muy distinta de cómo era al finalizar la Segunda Guerra Mundial. (…) La URSS ha pasado de ser una superpotencia a su desaparición como Estado; Occidente, de la ilusión de la ilusión de conseguir un Estado de bienestar generalizado a aceptar que no hay de todo para todos y que hay que distribuir lo que se tiene, aunque haya notables diferencias entre la forma de hacerlo y las prioridades a tener en cuenta. El sistema político ha experimentado notables convulsiones: los partidos socialdemócratas han visto cómo se reducía poco a poco su esfera de poder y han pasado a la oposición a pesar de –o tal vez por– la adopción de políticas moderadas y de centro, mientras que los partidos liberales y neoconservadores gobiernan en la mayor parte de Occidente y parecen cobrar auge en las antiguas democracias populares. Separar, no obstante, la política de la economía es tarea cada día más difícil cuanto mayor es el peso de las fuerzas supraestatales, que limitan la acción de los gobiernos en sus respectivos países. Por otra parte, hay un resurgir del nacionalismo, especialmente en los países del antiguo bloque oriental, en contraposición con la idea europea de poner en marcha procesos supranacionales de organización. Además, las migraciones del Este y del Sur hacia Occidente aumentan día a día, la población sigue creciendo –6.000 millones de individuos poblarán el planeta a finales de siglo–, los recursos energéticos son a todas luces insuficientes para satisfacer la demanda existente y nadie parece contar con soluciones claras para resolver estos problemas.

El presente se nos muestra tremendamente cambiante y las consecuencias de lo que hoy ocurra determinarán el futuro de la humanidad, un futuro incierto ante tan complejos y variados problemas como hoy tiene. El desenlace de dos procesos en curso –la evolución de los países del antiguo bloque oriental y la posible unión europea– van a ser claves.

La caída del comunismo como sistema de Gobierno

La perestroika de Mijaíl Gorbachov significó el intento de poner en marcha de nuevo un sistema estancado durante muchos años. Si bien sus intenciones iniciales no iban más allá de mejorar los mecanismos económicos, repercutió en todos los aspectos de la vida de la URSS y empezó un proceso cuyo desenlace, hoy por hoy, nadie alcanza a vislumbrar. El propio Gorbachov reconocía en una conferencia pronunciada en la Sorbona con motivo de su visita a París en 1989 que “la compaginación del socialismo con la democracia demostró ser mucho más difícil y contradictoria de lo que nos habíamos imaginado” y definía así “la esencia de la reforma política: restablecimiento de la plenitud del poder de los Consejos, es decir, desplazamiento del poder del monopolio ejercido por el Partido Comunista a las asambleas elegidas, elecciones auténticamente libres sobre la base de la competición, liberación de toda la vida social de dogmas y prohibiciones, glasnost, obligación real de rendir cuentas por parte de los órganos ejecutivos e independencia de los tribunales”.

Sin embargo, la reforma de Gorbachov era una reforma desde arriba y llegaba en un momento en que el sistema había perdido ya su credibilidad y la población podía empezar a moverse porque ni siquiera el Ejército se libraba del clima general de desconcierto. Ciertamente, Gorbachov no contaba con la alianza de todas las fuerzas opositoras como le ocurrió a Jruschov, pero no por ello dejaba de tener muchos elementos en contra. Por una parte, tropezaba con el desengaño y la desilusión de amplias capas de la población que querían resultados inmediatos y no veían en los reformistas otra cosa que burócratas ilustrados del Partido que seguían controlando el Estado. Así pues, la reforma de Gorbachov carecía del apoyo popular necesario (…). Por otra parte, las dificultades para acceder a una economía con un mayor peso del mercado eran enormes dado el nivel de obsolescencia a que había llegado la industria soviética y la imposibilidad de efectuar reformas radicales en un sistema que no concebía situaciones de desempleo y que, por tanto, no sabía qué hacer con los obreros que sin duda sobrarían en las empresas si tales reformas se llevaban a cabo.

Los acontecimientos se precipitaron a raíz del intento de golpe de Estado de agosto de 1991 y la reforma se desbordó hasta el punto de acabar con la propia Unión Soviética como Estado, algo que no entraba en ningún momento en los planes de Gorbachov. El proceso que ahora se pondrá en marcha significará el final del comunismo como forma de gobierno, llegándose a la disolución de los principales órganos de poder: PCUS, KGB, Soviet Supremo… Los nacionalismos, por su parte, se beneficiaron de esta situación y la URSS acabó desmembrada tras la proclamación unilateral en muy poco tiempo de la independencia de la mayoría de las quince repúblicas de este Estado multiétnico. Borís Yeltsin, presidente de la Federación Rusa, que adquiere gran popularidad con motivo del golpe, aparece como el hombre fuerte de una nueva Unión que se constituirá ahora mediante la decisión soberana de las repúblicas que así lo deseen.

En un sistema tan dependiente de Moscú como era el de las democracias populares (…) los acontecimientos de la URSS provocaron una reacción en cadena que acabó con las relaciones de poder existentes. Además, muy pocos parecían ya interesados en defender el sistema y ni siquiera se recurrió, como en otras ocasiones, al Ejército, igualmente sumergido en una situación caótica, que se había agravado, entre otras cosas, por experiencia de la guerra de Afganistán.

Las tensiones internas afloran con rapidez en las distintas democracias populares y poco a poco van cayendo los distintos gobiernos. En Polonia se produce en 1988-1989 un resurgir del sindicalismo nacional y católico de Solidaridad y una progresiva radicalización de las bases, que quieren reformas radicales. Las elecciones que se celebran en abril de 1989 suponen un aplastante triunfo para Solidaridad y el presidente Jaruzelski encarga formar Gobierno a Mazowiecki (católico militante y consejero de Walesa) ante la sorpresa general. En Hungría son los propios comunistas los que intentan reformar el sistema con medidas económicas tendentes a la privatización y la legalización de los partidos políticos, llegando incluso hasta la autodisolución del Partido Comunista Obrero Húngaro. Un año después que en Polonia también aquí se celebrarán elecciones, de las que saldrá vencedor el recién constituido Foro Democrático Húngaro (una heterogénea mezcla de comunistas reformistas, cristianos, nacionalistas e intelectuales). En otros países, como Checoslovaquia, la más occidentalizada de las democracias populares, el cambió se producirá sin grandes sobresaltos. Es lo Václav Havel ha denominado “revolución de terciopelo”: los acuerdos del Foro Cívico con los sectores moderados y reformistas del aparato desembocan en una democracia pluralista de economía de mercado.

Sin embargo, en los Balcanes (Bulgaria, Rumanía, Yugoslavia) los problemas serán mayores. Aquí, el comunismo goza de un mayor arraigo social y no tan poca estima popular y son muchas veces los intentos por hacerse con el poder los que protagonizan el cambio. Posiblemente este es el caso de Rumanía, donde no están claros los intereses que acabaron, tras una simulación de juicio, con la vida de Ceaucescu. Por otra parte, estos países están menos cohesionados a causa de sus diferencias étnicas, por lo que el proceso que se desencadena en 1989 reabre viejas heridas y hace que renazcan los nacionalismos agresivos hasta el punto de provocar una cruenta guerra civil entre las distintas minorías (serbios, croatas, eslovenos, musulmanes) que integraban un país como Yugoslavia, formado artificialmente tras la Segunda Guerra Mundial.

En estos estados multinacionales fue el propio proceso revolucionario el que desencadenó las tensiones nacionalistas. En cambio, en otro Estado no multinacional, pero también totalmente artificial, como fue la República Democrática Alemana, el deseo de pertenecer a una nación más amplia acabó con el régimen de gobierno comunista. La RDA parecía la más sólida de las democracias populares. Desde 1953 no se habían dado estallidos violentos y la población disfrutaba de un aceptable nivel de bienestar, lo que no obviaba que esta pudiera apreciar las grandes diferencias de su nivel de vida con respecto al de la República Federal Alemana (RFA). Solo así se explica que en el verano de 1989 los turistas de la RDA de vacaciones en otras democracias populares comenzarán a refugiarse en las embajadas de Alemania Occidental en Budapest y Praga, así como en la representación permanente de la RFA en Berlín Oriental. El gran número de refugiados hizo que el gobierno de Bonn tuviera que cerrar las embajadas hasta que, por fin, en septiembre, el nuevo gobierno reformista húngaro autorizó la salida general de los ciudadanos de la RDA de su país. No deja de ser sintomático el hecho de que, de las 343.854 personas que en 1989 pasaron de la RDA a la RFA, el 86 por cien tuviera estudios medios y el 24 estudios superiores, como también lo es, por otra parte, que en Alemania Oriental un 60 por cien de la población tuviera televisión y automóvil y un 15 poseyera, además, una segunda residencia.

Las multitudinarias manifestaciones que desde este momento se produjeron provocaron la caída de Honecker (octubre de 1989) y la apertura del Muro de Berlín un mes después. El camino de la reunificación estaba abierto. El propio Kohl presentó en noviembre al Bundestag un conjunto de diez puntos para “recuperar la unidad estatal de Alemania” que, a pesar de contar con el rechazo de la oposición y de destacados intelectuales como Günter Grass y con las reticencias de Francia y Gran Bretaña, contarán con el beneplácito de Gorbachov y despertarán el entusiasmo de los ciudadanos de la RDA. En septiembre de 1990 se reunían en Moscú los ministros de Asuntos Exteriores de la RFA y de las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial (Unión Soviética, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) y el presidente de la RFA, Lothar Maizière, para firmar el Tratado sobre la regulación final respecto a Alemania, que entró en vigor el 3 de octubre de ese mismo año.

Todos estos cambios no han supuesto el fin de los problemas económicos ni una mayor estabilidad política y social. Sigue estar claro cómo efectuar el paso de una economía planificada a una economía de mercado. Ello conlleva grandes sacrificios para la mayoría de la población, que, además, no ve que estos se correspondan con una mejora sustancial de sus condiciones materiales de vida. Por otro lado, la rapidez con que se formaron algunos partidos y movimientos de oposición, así como la falta de experiencia y tradición políticas, hacen aumentar la inestabilidad y provocan serias rupturas que pueden tener graves consecuencias (caso de Solidaridad ante el estilo autoritario y populista de Walesa para conseguir la presidencia de Polonia o del conflicto entre Yeltsin y el Parlamento que vive Rusia en estos momentos). (…) Europa ya no será como era hasta 1990.

Murió Fidel Castro

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Discurso de Fidel Castro en la ONU (1960) / Cubadebate.

Fidel Castro nació el 13 de agosto de 1926 en la ciudad de Mayarí (zona sudoriental de la isla de Cuba) en el seno de una familia acomodada (su padre era un emigrante gallego). Estudió en un colegio de jesuitas y en la Universidad de La Habana. Fue presidente de la Federación de Estudiantes y se doctoró en leyes en 1950. Tres años después, el 26 de julio de 1953, al frente de 165 jóvenes, intentó derrocar el régimen de Fulgencio Batista con el asalto al cuartel de Moncada, en Santiago. La operación fracasó y fue condenado a 15 años de prisión. Fue amnistiado, con los otros encarcelados, en 1955 y se exilió a México, donde fundó el Movimiento 26 de Julio.

En México conoció al Che Guevara y, asesorado por Alberto Bayo, preparó la invasión de Cuba. Con 82 hombres desembarcó en el yate Granma en la playa de las Coloradas, en la costa oriental de la isla. Era el 2 de diciembre de 1956 y la acción supuso el inicio de dos años de lucha guerrillera en la Sierra Maestra que terminaron con la derrota del Ejército de Batista y la huida del dictador en la madrugada del 1 de enero de 1959.

El 15 de febrero de ese año fue nombrado Primer Ministro por el presidente Urrutia. Castro partía de un proyecto que podríamos calificar de reformista, con medidas como la expropiación –previa indemnización– de las explotaciones agrarias mayores de 460 hectáreas y su redistribución en lotes individuales a los campesinos, o la participación de los obreros en los beneficios de las fábricas. Sin embargo, inmediatamente chocó con los intereses de las grandes compañías azucareras norteamericanas. Fue entonces cuando se llevó a cabo una radical reforma agraria (17 de mayo de 1959) por la que se expropiaron, sin indemnización, numerosos latifundios azucareros, la mayoría de ellos de capital norteamericano. Ello supuso el inicio del enfrentamiento con Estados Unidos, que se agravó cuando en marzo de 1960 decretó las primeras nacionalizaciones de refinerías de petróleo estadounidenses. El Congreso de Estados Unidos autorizó poco después al presidente Eisenhower a que estableciera y mantuviera un embargo total sobre todo el comercio entre EE UU y la isla, y en enero de 1961 el país norteamericano rompía las relaciones diplomáticas con Cuba.

Paralelamente, se nacionalizaron los colegios religiosos, se inició una campaña contra el analfabetismo y la educación y la salud pasaron a ser universales y gratuitas.

El 14 de abril de 1961 Castro dirigió las operaciones que frustraron el desembarco de elementos contrarrevolucionarios, asesorados por EE UU, en la bahía de Cochinos, una operación que tuvo como principal consecuencia el acercamiento del régimen cubano a la Unión Soviética. Pocos días después Cuba era declarada República Democrática Socialista. Las Organizaciones Revolucionarias se trasformaron en el Partido Unido de la Revolución Socialista (1962) y, finalmente, en Partido Comunista Cubano (1 de octubre de 1965). Castro, que ya lo era de las Organizaciones Revolucionarias, continuó en el cargo de secretario de general.

Las numerosas dificultades económicas derivadas del bloqueo económico reforzaron las relaciones económicas y políticas con la Unión Soviética y marcaron el nuevo rumbo de la Revolución. Con la entrada en vigor de la primera constitución socialista de Cuba (1976), Castro asumió cargos de jefe de Estado, presidente del Consejo de Estado y presidente del Consejo de Ministros. Al desintegrarse la Unión Soviética en 1991 el régimen perdió el soporte económico que hasta entonces le brindaba aquella, acentuándose así el aislamiento internacional.

Castro reaccionó a la intensificación del embargo norteamericano con el endurecimiento de la represión sobre la disidencia y, en el terreno económico, en 1993 legalizó la libre circulación del dólar e introdujo algunos elementos del sistema de mercado para afrontar la grave penuria en que estaba sumido el país.

Gravemente enfermo, en julio de 2006 fue hospitalizado para ser sometido a una intervención quirúrgica y delegó los poderes en el su hermano Raúl Castro. En febrero de 2008 anunció públicamente la dimisión de la presidencia y en abril de 2011 renunció definitivamente a dirigir el Partido Comunista, dimisiones que justificó per la su precaria salud. Ambos cargos fueron asumidos por Raúl. Este ha sido quien ha comunicado en una alocución en la televisión estatal su fallecimiento, acaecido ayer, 25 de noviembre del 2016, a las 10:29 horas de la noche. Tenía 90 años.

Para unos Fidel fue el dictador que sumió a su pueblo en una despótica tiranía. Para otros el azote del imperialismo y el sinónimo de la Revolución, de la dignidad y de la lucha de los desposeídos.

Cuba nunca fue el paraíso de la clase obrera, pero tampoco el infierno. Mas es innegable que, no obstante el bloqueo económico y la dependencia del bloque Oriental, Cuba es el país de Latinoamérica donde menos diferencias sociales existen y donde hay mayores índices de asistencia hospitalaria y menos subalimentación y analfabetismo.

Fidel Castro ocupará un lugar privilegiado en la historia del siglo XX (y parte del XXI). ¿Cómo qué? Dependerá del posicionamiento ideológico de cada uno. La historia nunca podrá ser objetiva. Sí ha de serlo el historiador. Este sigue un método, y en la correcta aplicación de este es donde radica la objetividad. Por ello me gustaría acabar este artículo con algunas consideraciones sobre Cuba con la única finalidad de que reflexionemos sobre el hecho de que son muchos los matices que hay entre el blanco y el negro.

Sobre la dictadura de Fidel Castro. Se ha acusado al régimen cubano de ser una dictadura personal. Si así hubiese sido, una vez que Fidel Castro dejó de ser presidente se debería haber terminado la dictadura, como ocurrió en España a la muerte de Franco. Sin embargo, nada de eso pasó. Es más, la contestación al régimen en el interior del país dista mucho de ser la que la oposición de Miami y los Estados Unidos desearían. Y no será por falta de medios. También está aquí en España el rey como jefe de Estado permanente, y además con derecho a sucesión. Pero claro, somos una democracia.Sobre la disidencia. Se confunde intencionadamente la disidencia cubana con la emigración, haciendo ver que todo aquel que sale de la isla lo hace por la opresión y miseria a que lo somete el régimen cubano. Del embargo y la política hostil y genocida del gobierno de Estados Unidos no se dice apenas nada. Lo que para otros países se llama emigración –desplazamiento a otro lugar generalmente en busca de mejores condiciones laborales– a la hora de hablar de Cuba se convierte en disidencia.

Sobre la inmovilidad del régimen. Una cosa es que el régimen cubano no haya evolucionado tal como desearían las democracias occidentales y otra que este sufra un anquilosamiento del que nunca vaya a salir. El régimen se ha abierto a la apertura a las inversiones extranjeras, ha asumido la desregulación parcial del comercio exterior, la despenalización de la posesión de divisas extranjeras, la revitalización del turismo, y emprendido otras reformas. Aún más importante, los gobernantes han diversificado las relaciones comerciales del país y han firmado acuerdos con otros Estados. ¿El resultado? El crecimiento medio anual del PIB cubano ha sido aproximadamente del 5%, uno de los mayores de Latinoamérica.

Sobre los derechos humanos. Acostumbrados estamos de oír que en Cuba no se respetan los derechos humanos, pero lo cierto es que ninguna organización seria ha acusado jamás a Cuba –donde, en la práctica, existe una moratoria sobre la pena de muerte desde 2001– de llevar a cabo desapariciones, ejecuciones extrajudiciales ni torturas físicas a los detenidos. No se puede decir lo mismo de Estados Unidos. No existe un solo caso de estos tres tipos de crímenes en Cuba. “Ya que hablamos de terribles violaciones de los derechos humanos, ¿por qué no empezamos por la protección que da todavía hoy Estados Unidos en Miami a dos terroristas confesos, los exiliados cubanos Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, acusados de hacer estallar un avión civil cubano el 6 de octubre de 1976 y matar a 73 personas? Un acto que aún no ha denunciado toda la gente de Miami que sigue alimentando viejos resentimientos contra Cuba y que no ha protestado contra las 3.000 víctimas cubanas asesinadas por actos terroristas financiados y dirigidos desde Estados Unidos. ¿Será que hay un doble rasero, un rechazo al mal terrorismo (Al Qaeda) y una aceptación del bueno (anticubano)? (Ignacio Ramonet: “Ver la verdad”, Foreign Policy, 2006).

¿En Cuba no se respetan los derechos humanos? ¿Y aquí sí? Los derechos básicos de las personas son el derecho al trabajo, a la vivienda, a la integración social, a la alimentación, a la no exclusión, a la vida digna, a la educación. En Cuba  todos los ciudadanos tienen derecho y acceso gratis a todos los médicos, hospitales y clínicas. La educación es para todos, y obligatoria. No hay universidades privadas y todos sus ciudadanos tienen acceso gratis a todos los centros educacionales del país. No hay analfabetismo. En el 2006 alcanzó la tasa de mortalidad infantil más baja de su historia con 5,3 por cada mil nacidos vivos. La medicina cubana es de las mejores del mundo –hay muchos estadounidenses que estudian medicina en Cuba (véase el documental de Oliver Stone Comandante)– y Cuba envía miles de médicos, enfermeros y maestros a varios países, particularmente del tercer mundo, en una inusual muestra de solidaridad en los tiempos que corren. Así, hay unos 30.000 médicos cubanos que trabajan de forma gratuita en más de treinta países, más o menos como si Estados Unidos enviara 900.000 médicos a los países pobres.

Finalmente, mira por dónde, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU retiró a Cuba de su lista negra en 2007 pese a la oposición de Washington y los votos negados en bloque por Europa.

Sobre la pobreza. Cuba es un país pobre, se nos dice. Desde luego rico no es, pero una vez más no se relaciona esto con el embargo. Aun así, ha logrado aumentar la esperanza de vida y reducir la mortalidad infantil. Decía un columnista de The New York Times que “si Estados Unidos tuviera un índice de mortalidad infantil tan bajo como el de Cuba, salvaría a 2.212 bebés más al año”.

Sobre la democracia. En Cuba no hay democracia, dicen. Puntualicemos: no hay democracia parlamentaria. Además, en base a qué argumento se afirma que la democracia parlamentaria es el régimen más perfecto de todos. ¿Perfecto para quién? ¿Para las grandes multinacionales, los especuladores y los organismos financieros internacionales? ¿Por qué es necesaria la existencia de partidos políticos? ¿Es que sin ellos las ideas y los proyectos no existen? ¿Son monopolio exclusivo de aquellos? ¿A quiénes representan en realidad los partidos políticos, quién los financia y cómo?

En Cuba también hay elecciones. Los candidatos, militen o no en el Partido Comunista, son elegidos por el pueblo mediante sufragio directo por todos los ciudadanos mayores de 16 años. El recuento de los votos es público y puede presenciarlo quien quiera, publicándose los resultados con inmediatez. Contrariamente a lo que ocurre en las democracias liberales, en las que la propaganda electoral despilfarra millones de euros o dólares y se asemeja más a una campaña de marketing para la venta de un producto que a una exposición de ideas y proyectos, en Cuba  no existen campañas por ningún candidato, solamente se coloca la biografía y una foto de cada nominado en lugares visibles y los electores votan por quien considere con más méritos y condiciones para representarlo.

¿Que a la hora de la verdad la Asamblea Nacional, así como las locales y provinciales, están supeditados a las decisiones del poder político? ¿Que una cosa es la teoría y otra la práctica? Por supuesto. Pero no es menos cierto que entre nosotros se da esa misma subordinación respecto al poder económico.

El Partido Comunista Obrero Alemán (1920-1929). La breve historia del KAPD

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Así se titula el primer artículo que publiqué en mi vida. Casi lo tenía olvidado cuando, buscando otras cosas, he topado con él. Me ha hecho ilusión y he decidido compartirlo en el blog por dos razones: por ser el primero y por haber sido publicado en una revista que dirigía alguien a quien he admirado toda mi vida: Eduardo Haro Tecglen. La revista, de periodicidad mensual, se titulaba Tiempo de Historia y se publicó entre 1974 y 1982. Mi artículo apareció en el número 38, correspondiente enero de 1978. Tenía yo 23 años.

El KAPD (Kommunistischen Arbeiter-Partei Deutschlands: Partido Comunista Obrero Alemán) nació de una escisión política en el seno del KPD (movimiento obrero,) en abril de 1920 por parte de sus miembros más izquierdistas. Tras el asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo en enero de 1919 la dirección del partido pasó a manos del reformista Paul Levi y se orientó cada vez más –siguiendo así las consignas del ejecutivo de la III Internacional– hacia la táctica parlamentaria, queriendo de este modo reparar el error de la fracasada revolución de 1919 (el llamado Levantamiento Espartaquista) en Alemania, que para Lenin había consistido en considerar que “el parlamentarismo estaba pasado de moda” y no haber participado en las elecciones [Lenin (1920): El extremismo: enfermedad infantil del comunismo]. Levi, además, rechazaba por completo la acción directa, que espantaba a sus posibles electores.

La mayoría del partido, no obstante, rechazaba el parlamentarismo y propugnaba la lucha mediante los consejos obreros en la línea de algunos pensadores marxistas europeos como Anton Pannekoek, que consideraban que la Revolución rusa no había llegado más allá de la implantación de una nueva forma de capitalismo: el capitalismo de Estado, pues como decía Paul Mattick [Anton Pannekoek, 1960] se dejaban intactas las relaciones capital-trabajo al existir la misma separación entre los medios de producción y los trabajadores que en el mundo occidental.

Levi y los suyos resolvieron excluir a los disidentes y, de este modo, el 3 de abril de 1920 nacía el KAPD, al que se sumaron las cuatro quintas partes de la militancia. Se presentaba este como un partido diferente a los entonces existentes: “El Partido Comunista Obrero Alemán no es un partido en el sentido tradicional del término. No es un partido de jefes. Su tarea principal consiste en sostener en la medida de sus fuerzas al proletariado alemán sobre el camino que le conduzca a liberarse de toda dominación de jefes”.

El KAPD participó activamente en la insurrección de Rhur de abril de 1920 –tras el intento de golpe de Estado para instaurar un gobierno derechista fuerte que acabara con los desórdenes sociales– con la creación del Ejército Rojo del Ruhr. La insurrección fue sofocada por las tropas gubernamentales, muriendo en la lucha miles de obreros. Ello, y la posición minoritaria de sus tesis en la III Internacional, terminó por pasarle factura. Trató entonces de fundar una IV Internacional, lo que ocasionó la fractura en su seno. Tras escindirse de él la AAUD (Asociación Libre de Sindicatos Alemanes) en 1929 llegó su final, y con él el del movimiento revolucionario alemán.

Hecha esta síntesis del artículo, les dejo con él tal como aparece en la edición digital de la revista Tiempo de Historia. Si no lo leen correctamente, pueden acceder al mismo clicando aquí.

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