El viaje es la crónica que los años imprimen en todo lo que tocan, que es, ni más ni menos, todo. Cambian las ciudades, las personas, los amigos, las clases sociales, la economía que deviene en una gran crisis. Cambian hasta los recuerdos cuando se enfrentan a la realidad y nos damos cuenta de que lo recordado es falso. Aunque bien pudiera ser que lo falso y engañoso sea la realidad y solo los recuerdos existan.
De la reseña de Rosa Berros Canuria sobre mi novela El viaje.
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Samuel Beckett en un café de París. / John Minihan.
Me
decidí por una ensalada y mero a la plancha ─me aseguraron que era fresco─,
para beber un vino de garnacha, con cuerpo, poco ácido y con esa ligera
aspereza que mi gusto celebra encontrar. Entre plato y plato, un corto texto de
Beckett, Compañía. Lo cogí de mi biblioteca al azar. Inventor de la
voz y de su oyente y de sí mismo. Inventor de sí mismo para hacerse compañía.
Déjalo estar. Habla de sí mismo como de otro. Dice, hablando de sí mismo:
“Habla de sí mismo como de otro.” Se imagina a sí mismo para hacerse compañía.
Déjalo estar. La confusión también es compañía hasta cierto punto. La esperanza
diferida mejor es que nada. Hasta cierto punto. Hasta que el corazón empieza a
enfermar. Un corazón enfermo mejor es que nada. Hasta que empieza a partirse. Conque,
hablando de sí mismo, concluye de momento: “De momento déjalo estar”…
El
camarero. No me apetece postre. Un café corto y un buen whisky de malta.
Aparte
de la mesa que escogí para cenar, había tres más ocupadas, todas por más de una
persona. La mía era la única que no. Observaba de cuando en cuando la gente
sentada en ellas. [En una que había al fondo] se sentaban un hombre y una mujer
de veintipocos años, no llegarían a los treinta. Él parecía acercarse más a la
treintena, ella en cambio a los veinte. Vestían elegantemente, el hombre con
aire más informal, americana de dril color crudo y camiseta negra de algodón;
la mujer un vestido de color marrón ocre, largo y ceñido, anudado al cuello, y
un foulard de seda azul Klein, con el que cubría los hombros. Desde mi
posición, la espalda de la mujer, al descubierto, destacaba en la escena.
Imposible no fijarse, la luz del seto situado a su lado se escapaba por entre
las ramas del jazmín y se reflejaba en ella. La piel se veía tersa y suave,
bronceada, un bronceado natural, ligeramente dorado, imposible de conseguir sin
la acción del sol. Destacaba aún más con el color de su vestido y la media
melena rubia. El azul del foulard acentuaba y atemperaba el contraste.
Terminaron el primer plato, la joven se levantó y pude así observar su cuerpo
al trasluz del foco situado junto a ella, la tela era fina y permitía adivinar
una figura esbelta y seductora. Por unos momentos llegué a desearla.
Me
preguntaba quiénes serían. Tal vez unos recién casados, o una pareja que
celebraba un aniversario de algo, puede que de su boda (eso explicaría su
bronceado caribeño). Como quiera que sea, deduzco de estos nimios vestigios que
ambos viven bajo el mismo techo; la actitud de él parece corroborarlo. Durante
el tiempo que ella está ausente, no mucho ─debe haber ido al baño─ el camarero
sirve sus segundos platos. Él come, no la espera. Vuelve la chica y se sienta.
Observo su cuerpo de nuevo mientras lo hace y luego su espalda. Empieza también
a comer, no hablan entre ellos. Él mira el plato; ella no lo sé, desde mi
posición no puedo ver su rostro. Sus miradas no parecen encontrarse, tampoco se
buscan. Ella mira el reloj un par de veces en cuestión de minutos; tendrá
sueño, estará aburrida. Él dice algo, una frase corta, ignoro si hay respuesta,
apenas conversan, no deben tener nada que decirse ya a pesar de su juventud.
Igual empezaron su relación demasiado pronto, siendo casi unos niños, como yo
con Rosaura, pero a diferencia de nosotros nada les impidió seguir adelante.
Demasiado tiempo, pues. Se acabaron las primeras veces, todo se repite, se
conocen sobradamente, están cansados, mañana será el mismo día, aunque cenarán
en otro sitio, lo más probable en casa, y comerán otras viandas, las que ella
haya comprado y preparado, lo más probable.
Eran
casi las doce de la noche, faltaban siete minutos para que las manecillas del
reloj se juntasen en perfecta comunión y fuera la hora en que Cenicienta debe
retirarse. Fin de la apariencia, hay que volver al redil. Ella le cogió la
mano, él sonrió. Se besaron, pidieron la cuenta, se volvieron a besar.
Marcharon, acaramelados, rodeando con sus brazos cintura y hombros; los de ella
en la cintura, los de él en los hombros.
Sigo
leyendo a Beckett: …con la cabeza vuelta hacia arriba para siempre, te
esforzarás en vano con tu cuento. Hasta que al final oigas las palabras tocar a
su fin. Cada fútil palabra un poco más cerca de la última. Y con ellas el
cuento. El cuento de otro contigo en la oscuridad. El cuento de alguien
contando un cuento contigo en la oscuridad. Y cuánto mejor, a fin de cuentas,
las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado.
Solo.
Terminé
Compañía y el whisky. Hora de volver a la habitación.
Pensé, al poco de dar por concluida la conversación con mi hermano ─lo que no significaba que ya hubiésemos colgado el teléfono─, con un pragmatismo más propio de él que de mí: igual ahora vendemos la casa, lo que quede de ella, el solar ─mi hermano era propietario de las dos terceras partes y se encargaba, en consecuencia, de su mantenimiento y de los gravámenes correspondientes─, y si la vendemos conseguiré más tiempo, un bien preciado ya, para disfrutarlo en otro lugar. Pienso. A veces pienso así, solo a veces. Pienso que tengo muchas cosas que hacer todavía antes de que la vida decida prescindir de mí, o yo de ella si su congénere, la muerte, avisa con suficiente antelación de sus pretensiones, es decir, si hay desahucio, extrema necesidad.
El whisky
trajo algo de lucidez a mi mente. ¿Vender la casa? ¿El solar? ¿A quién? ¿Ahora?
¿Para qué? Y llamé yo, a mi hermano. Le pregunté por sus intenciones. Por
supuesto que nadie va a querer comprar el solar, tal como están las cosas no
vale nada, la crisis… ¿Entonces? Y me explicó que pensaba donar el
terreno que ocupaba el inmueble y su amplio huerto/jardín, más de tres
fanegadas, al ayuntamiento para levantar un parque que llevaría el nombre de mi
abuelo, prócer local que hizo construir la casona nada más conseguir formar
parte de la élite municipal gracias al negocio del vino, cuando pocos años
antes era un simple agricultor que nada tenía. Para honor y gloria suya, de mi
hermano. Eso sí, no debía yo preocuparme, él me daría mi parte ─según estimación de su valor en el mercado─ si mis necesidades
eran de índole crematístico. De acuerdo,
para ti el honor ─tu honor─ y el
prestigio ─tu prestigio─, me
conformo con las sobras de tu orgullo. ¿Y yo qué he de hacer? Tú no te preocupes, Pedro lo tendrá todo
preparado, me dijo. Pedro era el hijo de quien fuera casero durante mucho
tiempo de la casa, que también se llamaba Pedro, y mi hermano le había
encargado que continuara su cuidado a la muerte de su padre.
Me
obligué, así, a realizar el viaje, como simple testaferro de mi hermano, por la
mísera necesidad de subsistir. Me obligué, sí. Mi ánimo no abrigaba el más
mínimo interés por ese viaje, por ninguno que no fuera una huida definitiva
hacia donde disponga la fatalidad. No sentía siquiera curiosidad por ver la
casa medio en ruinas, o en ruina total. Podía haberle dicho a mi hermano que
no, que no iba, que me había salido un trabajo de repartidor de pizzas en Nueva
Zelanda y debía partir urgentemente. No lo hice, me vendrían muy bien los
cuartos con que mi hermano compraba la respetabilidad. […]
Comencé a
preparar el viaje. Con detenimiento, todo debía estar calculado hasta el más
mínimo detalle, sin imprevistos de ningún tipo, se trataba de ir y regresar
cuanto antes. Pero nunca se sabe. Busque en internet información sobre mi
pueblo. Los poco más de tres mil habitantes con que contaba en el momento de mi
marcha a la universidad, a los dieciocho años, eran ahora nueve mil, y habían
construido hacía poco un hotel a las afueras. Me quedaría en él. Reservé, un
par de noches. El siguiente paso fue determinar el medio de transporte: podía
ir en tren, en autobús o utilizar el coche. Opté por esto último tras comprobar
que mi viejo utilitario aún arrancaba ─no
recordaba cuánto tiempo hacía que no lo usaba─, más que nada por disponer de libertad para regresar lo
antes posible.
Fui tan meticuloso con los preparativos que incluso tuve en cuenta la
posibilidad de que no volviera, podía suceder cualquier cosa,
perderme para siempre,
por ejemplo, y recogí todo cuanto
pude de lo que mi memoria había ido dejando esparcido por cualquier lugar, lo
que me obligó a una exhaustiva y minuciosa búsqueda que, por otra parte, me
sirvió para hacer limpieza, pues no había orden alguno y se podía encontrar
recuerdos, pedazos de recuerdos a veces únicamente, debajo del sofá o de la
cama, entre las telarañas del llamado cuarto de estar ─lleno de ellas por eso, por ser de estar─, en el bidé o incluso en la nevera, y en el techo sobre todo. Todo lo recogí, por si no volvía, todo lo necesario, pues dejé muchas cosas que sin duda sería fácil encontrar en cualquier sitio, como los pensamientos, los proyectos o
las intenciones.