El viaje: reseña de Rosa Berros

El viaje es la crónica que los años imprimen en todo lo que tocan, que es, ni más ni menos, todo. Cambian las ciudades, las personas, los amigos, las clases sociales, la economía que deviene en una gran crisis. Cambian hasta los recuerdos cuando se enfrentan a la realidad y nos damos cuenta de que lo recordado es falso. Aunque bien pudiera ser que lo falso y engañoso sea la realidad y solo los recuerdos existan.


De la reseña de Rosa Berros Canuria sobre mi novela El viaje.

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Cenando en compañía de Samuel Beckett

Me decidí por una ensalada y mero a la plancha ─me aseguraron que era fresco─, para beber un vino de garnacha, con cuerpo, poco ácido y con esa ligera aspereza que mi gusto celebra encontrar. Entre plato y plato, un corto texto de Beckett, Compañía. Lo cogí de mi biblioteca al azar. Inventor de la voz y de su oyente y de sí mismo. Inventor de sí mismo para hacerse compañía. Déjalo estar. Habla de sí mismo como de otro. Dice, hablando de sí mismo: “Habla de sí mismo como de otro.” Se imagina a sí mismo para hacerse compañía. Déjalo estar. La confusión también es compañía hasta cierto punto. La esperanza diferida mejor es que nada. Hasta cierto punto. Hasta que el corazón empieza a enfermar. Un corazón enfermo mejor es que nada. Hasta que empieza a partirse. Conque, hablando de sí mismo, concluye de momento: “De momento déjalo estar”

El camarero. No me apetece postre. Un café corto y un buen whisky de malta.

Aparte de la mesa que escogí para cenar, había tres más ocupadas, todas por más de una persona. La mía era la única que no. Observaba de cuando en cuando la gente sentada en ellas. [En una que había al fondo] se sentaban un hombre y una mujer de veintipocos años, no llegarían a los treinta. Él parecía acercarse más a la treintena, ella en cambio a los veinte. Vestían elegantemente, el hombre con aire más informal, americana de dril color crudo y camiseta negra de algodón; la mujer un vestido de color marrón ocre, largo y ceñido, anudado al cuello, y un foulard de seda azul Klein, con el que cubría los hombros. Desde mi posición, la espalda de la mujer, al descubierto, destacaba en la escena. Imposible no fijarse, la luz del seto situado a su lado se escapaba por entre las ramas del jazmín y se reflejaba en ella. La piel se veía tersa y suave, bronceada, un bronceado natural, ligeramente dorado, imposible de conseguir sin la acción del sol. Destacaba aún más con el color de su vestido y la media melena rubia. El azul del foulard acentuaba y atemperaba el contraste. Terminaron el primer plato, la joven se levantó y pude así observar su cuerpo al trasluz del foco situado junto a ella, la tela era fina y permitía adivinar una figura esbelta y seductora. Por unos momentos llegué a desearla.

Me preguntaba quiénes serían. Tal vez unos recién casados, o una pareja que celebraba un aniversario de algo, puede que de su boda (eso explicaría su bronceado caribeño). Como quiera que sea, deduzco de estos nimios vestigios que ambos viven bajo el mismo techo; la actitud de él parece corroborarlo. Durante el tiempo que ella está ausente, no mucho ─debe haber ido al baño─ el camarero sirve sus segundos platos. Él come, no la espera. Vuelve la chica y se sienta. Observo su cuerpo de nuevo mientras lo hace y luego su espalda. Empieza también a comer, no hablan entre ellos. Él mira el plato; ella no lo sé, desde mi posición no puedo ver su rostro. Sus miradas no parecen encontrarse, tampoco se buscan. Ella mira el reloj un par de veces en cuestión de minutos; tendrá sueño, estará aburrida. Él dice algo, una frase corta, ignoro si hay respuesta, apenas conversan, no deben tener nada que decirse ya a pesar de su juventud. Igual empezaron su relación demasiado pronto, siendo casi unos niños, como yo con Rosaura, pero a diferencia de nosotros nada les impidió seguir adelante. Demasiado tiempo, pues. Se acabaron las primeras veces, todo se repite, se conocen sobradamente, están cansados, mañana será el mismo día, aunque cenarán en otro sitio, lo más probable en casa, y comerán otras viandas, las que ella haya comprado y preparado, lo más probable.

Eran casi las doce de la noche, faltaban siete minutos para que las manecillas del reloj se juntasen en perfecta comunión y fuera la hora en que Cenicienta debe retirarse. Fin de la apariencia, hay que volver al redil. Ella le cogió la mano, él sonrió. Se besaron, pidieron la cuenta, se volvieron a besar. Marcharon, acaramelados, rodeando con sus brazos cintura y hombros; los de ella en la cintura, los de él en los hombros.

Sigo leyendo a Beckett: …con la cabeza vuelta hacia arriba para siempre, te esforzarás en vano con tu cuento. Hasta que al final oigas las palabras tocar a su fin. Cada fútil palabra un poco más cerca de la última. Y con ellas el cuento. El cuento de otro contigo en la oscuridad. El cuento de alguien contando un cuento contigo en la oscuridad. Y cuánto mejor, a fin de cuentas, las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado.

Solo.

Terminé Compañía y el whisky. Hora de volver a la habitación.

Manuel Cerdà: El viaje (2014, nueva edición 2019).

De viaje

Pensé, al poco de dar por concluida la conversación con mi hermano ─lo que no significaba que ya hubiésemos colgado el teléfono─, con un pragmatismo más propio de él que de mí: igual ahora vendemos la casa, lo que quede de ella, el solar ─mi hermano era propietario de las dos terceras partes y se encargaba, en consecuencia, de su mantenimiento y de los gravámenes correspondientes─, y si la vendemos conseguiré más tiempo, un bien preciado ya, para disfrutarlo en otro lugar. Pienso. A veces pienso así, solo a veces. Pienso que tengo muchas cosas que hacer todavía antes de que la vida decida prescindir de mí, o yo de ella si su congénere, la muerte, avisa con suficiente antelación de sus pretensiones, es decir, si hay desahucio, extrema necesidad.

El whisky trajo algo de lucidez a mi mente. ¿Vender la casa? ¿El solar? ¿A quién? ¿Ahora? ¿Para qué? Y llamé yo, a mi hermano. Le pregunté por sus intenciones. Por supuesto que nadie va a querer comprar el solar, tal como están las cosas no vale nada, la crisis… ¿Entonces? Y me explicó que pensaba donar el terreno que ocupaba el inmueble y su amplio huerto/jardín, más de tres fanegadas, al ayuntamiento para levantar un parque que llevaría el nombre de mi abuelo, prócer local que hizo construir la casona nada más conseguir formar parte de la élite municipal gracias al negocio del vino, cuando pocos años antes era un simple agricultor que nada tenía. Para honor y gloria suya, de mi hermano. Eso sí, no debía yo preocuparme, él me daría mi parte ─según estimación de su valor en el mercado─ si mis necesidades eran de índole crematístico.  De acuerdo, para ti el honor ─tu honor─ y el prestigio ─tu prestigio─, me conformo con las sobras de tu orgullo. ¿Y yo qué he de hacer? Tú no te preocupes, Pedro lo tendrá todo preparado, me dijo. Pedro era el hijo de quien fuera casero durante mucho tiempo de la casa, que también se llamaba Pedro, y mi hermano le había encargado que continuara su cuidado a la muerte de su padre.

Me obligué, así, a realizar el viaje, como simple testaferro de mi hermano, por la mísera necesidad de subsistir. Me obligué, sí. Mi ánimo no abrigaba el más mínimo interés por ese viaje, por ninguno que no fuera una huida definitiva hacia donde disponga la fatalidad. No sentía siquiera curiosidad por ver la casa medio en ruinas, o en ruina total. Podía haberle dicho a mi hermano que no, que no iba, que me había salido un trabajo de repartidor de pizzas en Nueva Zelanda y debía partir urgentemente. No lo hice, me vendrían muy bien los cuartos con que mi hermano compraba la respetabilidad. […]

Comencé a preparar el viaje. Con detenimiento, todo debía estar calculado hasta el más mínimo detalle, sin imprevistos de ningún tipo, se trataba de ir y regresar cuanto antes. Pero nunca se sabe. Busque en internet información sobre mi pueblo. Los poco más de tres mil habitantes con que contaba en el momento de mi marcha a la universidad, a los dieciocho años, eran ahora nueve mil, y habían construido hacía poco un hotel a las afueras. Me quedaría en él. Reservé, un par de noches. El siguiente paso fue determinar el medio de transporte: podía ir en tren, en autobús o utilizar el coche. Opté por esto último tras comprobar que mi viejo utilitario aún arrancaba ─no recordaba cuánto tiempo hacía que no lo usaba─, más que nada por disponer de libertad para regresar lo antes posible.

Fui tan meticuloso con los preparativos que incluso tuve en cuenta la posibilidad de que no volviera, podía suceder cualquier  cosa,  perderme  para  siempre,  por ejemplo, y recogí  todo cuanto pude de lo que mi memoria había ido dejando esparcido por cualquier lugar, lo que me obligó a una exhaustiva y minuciosa búsqueda que, por otra parte, me sirvió para hacer limpieza, pues no había orden alguno y se podía encontrar recuerdos, pedazos de recuerdos a veces únicamente, debajo del sofá o de la cama, entre las telarañas del llamado cuarto de estar ─lleno de ellas por eso, por ser de estar─, en el bidé o incluso en la nevera, y en el techo sobre todo. Todo lo recogí, por si no volvía, todo lo necesario, pues dejé muchas cosas que sin duda sería fácil encontrar en cualquier sitio, como los pensamientos, los proyectos o las intenciones.

Manuel Cerdà: El viaje (nueva edición, 2019).