En Manhattan (un día de 1905)

turistas-en-un-e28098observation-automobile_-nueva-york-principios-del-siglo-xx

Turistas en un ‘observation automobile’. Nueva York, principios del siglo XX.

Ya en Manhattan, a Samuel le llamó la atención el desmesurado tránsito de sus calles. Las aceras estaban atestadas de gente, a simple vista se advertía que buena parte de esa muchedumbre era originaria de otros lugares. Nueva York contaba con tres millones y medio de habitantes, poco menos que Londres pero más que París o el resto de grandes ciudades europeas. Uno viajaba a estas últimas y al preguntar por el número de moradores decía incrédulo: ¿Tantos?, pero en Nueva York respondía: ¿Solo?, ¿acaso esos inmensos edificios están vacíos? El movimiento de las calles neoyorkinas denotaba el desmedido modo de vida de sus habitantes, en el que todo parecía exceder lo razonable. Los acicalados turistas que llenaban los observation automobile se asombraban no tanto de la animación que reinaba en las vías públicas o los altos edificios de ladrillo rojo oscuro, piedra y hierro como de la gran cantidad de espacio que todavía quedaba por edificar, en una desmedida competición cuya meta estaba nada menos que en el cielo. Ya había algún edificio que estaba a punto de rascarlo, como el Park Row Building, en pleno distrito financiero de Manhattan, levantado en 1899, que con sus 119 metros y treinta pisos, era el edificio más alto del mundo. El progreso no tenía límites. Eso al menos opinaba un grupo de cuatro forasteros del asiento de detrás del que ocupaban Samuel, Camila y William. La codicia tampoco, apostilló el primero a este último.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/11/10/en-manhattan-un-dia-de-1905/

 

Migrantes en la isla de Ellis

ellis-island-1892

Migrantes haciendo cola en la isla de Ellis para pasar los correspondientes exámenes médico y administrativo (1892).

El Bretaña se aproximaba a la bahía de Nueva York. Desde cubierta se veían cada vez más altos los edificios, se agrandaban por momentos. El barco se detuvo en la isla de Ellis. La cercana estatua de la Libertad parecía darles la bienvenida. Samuel creyó que ya habían llegado pero no era así, allí solo desembarcaron los pasajeros de tercera clase, migrantes que habían dejado su país y con ello, creían, también su infortunio. Estados Unidos era para millones de trabajadores de finales del siglo XIX y principios del XX la tierra de las oportunidades, la esperanza de lograr una vida digna con su esfuerzo.

De pronto, junto al barco, entre vallas de madera, vio alineados –no supo calcular el número, puede que un centenar– a hombres, mujeres y niños, compañeros suyos de viaje de los que en ningún momento advirtió su presencia. La expresión de sus rostros, no obstante, le resultaba familiar: evidenciaban esa apatía que caracteriza a los perdedores, a los ya derrotados antes de emprender batalla alguna. ¿Dónde estaba toda esta gente?, preguntó al capitán. Abajo, son los que vienen buscando mejorar su suerte, los que viajan en tercera clase, no tienen acceso a las plantas superiores, respondió este. Claro, claro, entiendo, dijo Samuel.

El barco siguió hacia la bahía alta una vez que los pasajeros de tercera hubieran abandonado el buque para pasar los correspondientes exámenes médico y administrativo. Los nativos blancos estadounidenses de las clases media y alta no querían en sus tierras a inmigrantes de los pueblos eslavos o mediterráneos, ni semitas; para ellos suponían una carga o una amenaza para la seguridad de la cada día más próspera nación que hacía del progreso seña de identidad nacional.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/11/03/en-la-isla-de-ellis/

El primer abrazo a una hija

(c) Cuming Museum; Supplied by The Public Catalogue Foundation

“Padre e hija” (1880). Karl Wilhelm Friedrich.

En la plaza de San Agustín esperaban [a Samuel] Beatriz, Camila y sus abuelos, Esclafit y Monllor y doña Luisa. Bajó del coche [de la diligencia], abrazó a todos y todos le abrazaron a él. Beatriz estaba realmente guapa, con un vestido de muselina azul celeste y un peinado alto que dejaba sus facciones al descubierto. Seguía siendo la misma joven de cutis pálido, límpida y dulce mirada, con la que se casó. De su mano, la pequeña Camila no decía nada, parecía asustada, miraba a su yaya, que le susurraba al oído unas palabras de bienvenida que habían preparado y ensayado varias veces, pero de las que, al parecer, no podía recordar ni una sola palabra en ese momento. Samuel se quedó mirándola y sonrió. La pequeña se encogió de hombros e hizo un mohín, formándose unos pequeños repliegues sobre sus pómulos salpicados de pecas que conmovió el ánimo de Samuel, quien la levantó del suelo y la estrechó entre sus brazos. Era la primera vez que abrazaba a un niño. Se acordó de su amiga Brigitte. ¿Y qué hago yo con una niña? ¿Qué le digo? ¿Cómo me comporto?, le preguntaba. Simplemente déjate llevar y quiérela mucho, contestaba ella.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/10/20/el-primer-abrazo-a-una-hija/