Prisioneros en el campo de Miranda del Ebro

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Imagen del libro “Historia del Campo de Concentración de Miranda de Ebro (1937-1947)”, de José Ángel Fernández.

Cuarenta y ocho horas después Sam era conducido a Miranda de Ebro con otros extranjeros más. (…) Los casi seiscientos kilómetros que separan la localidad burgalesa de Barcelona les resultaron interminables. Viajaban en una camioneta sin cubrir, hacía un frío espantoso, propio del mes de diciembre. Se tapaban con unas mantas, como podían, pues solo tenían cuatro y eran siete. Se daban con los pies unos a otros para calentárselos, como si estuvieran practicando el fútbol. Los guardianes les reprendían por ello. El día era gris, pero afortunadamente no llovía. La humedad, sin embargo, penetraba en los huesos y les atería; no dejaron de tiritar durante todo el trayecto. La destartalada y vieja camioneta, afortunadamente, no podía alcanzar mucha velocidad. El viento era así menos cortante; el viaje, sin embargo, más largo. Salieron de buena mañana, antes del primer recuento, y llegaron ya de noche, sin haber comido más que un trozo de pan negro y una lata de sardinas cada uno. Se detuvieron varias veces, nunca les dijeron por qué, ni les dejaron descender ni les quitaron las esposas. Fusil en ristre, uno se quedaba vigilándolos.

Entumecidos, bajaron del vehículo. (…) Allí había gente de todas las nacionalidades, [aunque] el grueso de la población reclusa era español. (…)

La “internacionalización” cada vez mayor del campo de concentración ─en aquellos momentos Depósito de Concentración─ pretendía suavizar la mala consideración que el exterior se tenía de la España franquista. Todos se regían por los mismos preceptos, pero con los extranjeros el trato era otro. A no ser que se tratara de brigadistas internacionales, lógicos desafectos al régimen, no se les integraba en los batallones de trabajo y había cierta permisividad con ellos. Sam pudo comprobarlo la primera mañana en el campo. Se había levantado este en el solar de la fábrica Sulfatos Españoles SA, junto a la línea férrea Madrid-Bilbao. Uno de sus laterales estaba separado de la vía del tren por una alambrada. Por el espacio entre la vía y la alambrada pasaba gente que tenía algún bancal cercano.  Esa mañana, un hombre caminaba tranquilamente con su burro cuando un grupo de extranjeros ─aliados, del barracón al que Sam había destinado─ al ver el animal se miraron entre sí. Fue suficiente. Al instante levantaron el brazo haciendo el saludo fascista y empezaron a gritar ¡Franco, Franco, Franco! Ni que decir tiene que los arrestaron, pero su castigo consistió simplemente en raparles el pelo.

El campo de Miranda de Ebro ocupaba una extensión de cuarenta y dos mil metros cuadrados y se preveía una ocupación “óptima” de mil doscientos prisioneros, pero siempre superó esta cifra. En el momento del internamiento de Sam, casi el doble se hacinaba en treinta barracones ─dos hileras de quince, paralelas─, no había siquiera suficientes colchones para todos y muchos se veían obligados a dormir en el suelo.

―No he podido pegar ojo en toda la noche. Es terrible, al menos en Barcelona el suelo estaba seco, aquí te duermes un rato y te despiertas al poco. Está siempre húmedo y frío ─explicaba el holandés, compañero de viaje de Sam y de barracón.

―No te quejes ─objetaba un veterano prisionero que ostentaba el dudoso honor de haber sido uno de los primeros ocupantes del campo─. Llegué aquí en noviembre de 1937, a principios. Me capturaron el 20 de octubre, cerca de Gijón, un día antes que fuera tomada por los fascistas. Con otros muchos me llevaron a Oviedo y de allí, en tren, hasta aquí, en vagones de esos que se usan para transportar ganado. Un día entero estuvimos dentro, el tren paraba muchas veces. No nos dejaron salir para nada, ni para hacer nuestras necesidades. Nada más llegar, nos hicieron formar en dos bloques, los que teníamos manta y los que no. Entonces nos obligaron a cortar la nuestra por la mitad y dar esta a quienes no tenían. Apenas podíamos taparnos. Así que nos moríamos de frío, unos y otros.

―Dos días estuvimos nosotros, en vagones de esos que dices, de madera. Vinimos desde Barcelona. Seríamos más de quinientos, puede que un millar. A la mayoría nos habían hecho prisioneros en la batalla del Ebro. Llegué aquí más o menos por estas fechas, pero de 1938. ¡Menudo frío pasamos! Ahora no sé si es porque tengo manta y un buen tabardo que me dio uno cuando le soltaron, o porque me he acostumbrado, pero aquellos primeros meses… ¡La hostia aquellos primeros meses!, que espanto. Hubo quien no puedo resistirlo. Más de uno.

―El invierno anterior fue aún más crudo. Y la comida… Bueno, la comida era igual de mala que ahora, pero es que no había cantina ni modo de conseguir nada más. Caían como moscas. Ahí, junto a esa alambrada, sacábamos a los muertos. Todos los días un camión venía y se los llevaba. No sé adónde.

Sam (…) había hecho buenas migas con El holandés, con quien compartía un pequeño rincón en una de las sucias e inhóspitas naves en que el franquismo almacenaba sus cautivos. Ambos sabían que pronto o tarde, pronto más bien, saldrían de allí, pero su situación era bien distinta. Sam sería expulsado de España, entregado a la legación estadounidense en Madrid, y marcharía a Nueva York. El holandés, en cambio, temía ser repatriado. Holanda era territorio ocupado y él, teniente del ejército de su país, había sido hecho prisionero por los nazis cuando la invasión. Consiguió escapar del tren que iba conducirle a un campo de concentración alemán y los nazis lo reclamaron a España por si hubiera cruzado ilegalmente la frontera. Localizado casualmente en Barcelona en una inspección rutinaria por el puerto, fue detenido y se dictó orden de expulsión sobre él que, no obstante, por el momento no se había llevado a cabo.

―A los yanquis os liberan pronto. No estarás aquí mucho tiempo ─le decía a Sam─. Te expulsarán y podrás luchar con tu país. En cambio, yo… Espero que no acaben repatriándome y me destierren a las colonias. Quiero seguir combatiendo. Estoy casado, tengo dos niños, de cuatro y dos años, una preciosidad. Por ellos, quiero hacerlo por ellos. ¿Qué mundo les espera si no conseguimos frenar el fascismo y borrar para siempre su pernicioso ideario de la sociedad?

―Ha pasado ya mucho tiempo desde que se decidió tu repatriación, ¿no? Verás cómo no llega a hacerse efectiva.

―¿Y qué hago? ¿Esperar aquí la resolución del conflicto, impotente? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que ganen unos u otros? ¿Y si finalmente es Hitler el vencedor? No soporto este apartamiento, esta especie de limbo en que me hallo. ¿Sabes? Hay unos belgas en la misma situación que yo y están planeando una fuga. Me voy a sumar a ellos.

―¿Y si te capturan?

―Sam, en la vida hay que correr riesgos, y en tiempos como estos más. ¿Conformarse con la suerte? Eso nunca. Mira esos desgraciados.

Un grupo de cuatro hombres, sentados en el suelo, se despiojaban unos a otros. Dos levantaban los brazos y los otros dos escarbaban en los sobacos. Sus cabezas rapadas denotaban que allí ya se habían alojado tan incómodos huéspedes. Los estrujaban con los dedos. Uno cantaba en voz alta el número de piojos arrancados.

―Es todo cuanto hacen. Así pasan las horas. ¿Qué será de ellos si algún día los piojos dejan de existir?

―A saber desde cuándo llevan aquí, sin conocer qué les espera, sin que nadie les diga nada sobre su situación jurídica, si es que tienen alguna. Eso puede con la entereza de cualquiera.

―Yo no quiero acabar así. Los hombres han de saber afrontar el sufrimiento ─el espíritu militar del holandés parecía salir a flote─. No me refiero a la idea cristiana de un sufrimiento redentor. El sufrimiento no redime, no puede haber dios alguno que condene a los humanos a tanta atrocidad. No aguanto a quienes se escudan en él para resignarse. ¡Qué desdichado soy, cuánto infortunio! Se quejan, se lamentan continuamente, se relamen en la desgracia hasta autoconvencerse de que un cúmulo de circunstancias ajenas a su conducta se han confabulado para arruinarles la vida. Las cosas no son así, Sam. Nada nos puede ser impuesto si no aceptamos ser dominados. Pero es más cómodo regodearse en la apatía. ¿Y yo qué puedo hacer? ¡Qué horror, qué mundo me ha tocado vivir! Pura falsedad. Aprendí un refrán español en el frente: Unos por otros y la casa sin barrer. He de salir de aquí, he de escapar, intentarlo es mi deber, es un deber de todo prisionero. Aunque no sé si esta maldita cagalera no acabará antes conmigo. No debería haber abandonado la cola, creo que voy a cagarme encima.

Acuciado por la necesidad de evacuación de su vientre, que se presentaba de repente nada más sentir el primer retortijón, con las manos sobre sus tripas, se puso rápidamente en la cola que había siempre formada frente a las letrinas. En el campo de Miranda de Ebro se hacía cola para casi todo, hasta para defecar. La colitis era una enfermedad común entre los prisioneros a consecuencia de la mala comida. La escasez de las raciones estaba en abierta contraposición con su calidad. A las patatas ni les quitaban los ojos, las habichuelas no había manera de que se deshicieran en la boca, y cuando había carne la de los gusanos predominaba sobre la que supuestamente comían. Había así quien nada más haber terminado de evacuar se ponía otra vez en la cola, pues sabía que en un rato volvería a tener ganas. Las letrinas eran una simple zanja abierta en un extremo del campo que habían cubierto con maderas con un agujero a cada metro y un par de tableros a modo de boxes entre uno y otro.

―¿Ya está otra vez el holandés en la cola? ─preguntó a Sam uno de los compañeros de barracón.

―Es la quinta vez en una hora. Ayer ya estaba igual. En la enfermería le han dado unas pastillas, le calman el dolor en el vientre, pero nada más.

―He visto morir así a más de uno. Las pastillas esas que dan no hacen nada. A saber qué demonios serán. A ellos les da igual que muramos, es más, si lo hacemos por una enfermedad como esta mejor, dicen que es muerte natural y un problema menos. ¡Pero si a uno que tenía un cáncer solo le daban aspirinas! Murió como un perro, gritando de dolor, aullando. Lo suyo eran aullidos, aún los tengo aquí dentro, en la cabeza. Aquí no cabemos tantos como abarca su odio.

―Casi tres años que terminó la guerra y siguen matando. Y ahora no me refiero a que te dejen morir como un perro sin asistencia ─comentó otro que llegaba en ese momento y se sumó a la conversación.

―¿Y tú qué haces envuelto con la manta? Hoy no hace tanto frío. No te encontrarás mal tú también.

―¿Yo? ¡Qué va! Estos hijos de puta no van a poder conmigo. La manta la llevo porque si no se va sola.

―¿Cómo que se va sola?

―No me digas que la tuya no tiene piojos.

Rieron. Pocas ocasiones tenían de hacerlo. Trataban, pues, de que durase, repitiendo la ocurrencia varias veces. Otro más se acercó.

―¿De qué os reís? ¿Eh? ¿De qué? Decidme, ¿qué os hace tanta gracia?

Buscaba la risa como otros resguardarse del frío. Con la sonrisa en la boca esperó la respuesta para soltar una reconfortante carcajada.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018)

Tiempos de cerezas y adioses reúne en un solo volumen El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), mis dos novelas de carácter histórico publicadas, respectivamente, en 2015 y 2016.

El corto tiempo de las cerezas

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird)

Habrá que seguir viajando. No queda otra

Erik Johansson

Erik Johansson

Tras el viaje que, en tiempo presente y por motivos no deseados, me vi obligado a emprender en busca de mí mismo, por no saber decir no, una odisea digna de Ulises, empezó para mí una nueva vida, o eso creía.

Continué viajando con una nueva identidad. Mas como quiera que siempre me he considerado curioso, y quienes me conocen ya consideraron que lo era antes de considerarlo yo, y como quiera también que no conozco mejores compañeros de viaje que la soledad, la imaginación, una libreta y un portaminas (o pluma en su defecto), decidí ahora que puedo –alguna ventaja ha de tener aquel que se dedica a escribir– hacerlo en otro tiempo que no fuera el presente.

Para mí –lo he dicho otras veces– escribir es como respirar. En según qué circunstancias el aire viciado te lo impide, pero hay que seguir respirando, si no te mueres. Aun así, acabamos contaminados por la atmósfera que nos rodea sin siquiera darnos cuenta y conformamos la realidad a través de nuestro ánimo adulterado. Solamente en la ficción somos capaces de soportar nuestras renuncias y asentimientos.

Muchas cosas me sucedieron en este nuevo viaje que llevé a cabo en un tiempo que, iba a escribir, no era el mío, pero no es así. Mejor, más preciso, es decir que realicé ese nuevo viaje en un tiempo en el que aún no había nacido y al que llegaría poco más de cien años después. Sin embargo, cuando me di cuenta había terminado. Duró un rot de cirera*. Las cerezas… ¡Ay las cerezas! Tan sabrosas, dulces y frescas, pero tan fugaces… El corto tiempo de las cerezas… Qué breve, pero ¡cuánto se disfruta! Tanto como el tiempo que viví durante este periplo –pues eso fue– teñido de rojo, de rojo cereza, el color de la pasión, el delirio, el frenesí, el deseo desenfrenado, el sufrimiento y el padecimiento, el de la revolución y el de la sangre, la que nos hace vivir o la que otros derraman para que sigamos viviendo, y el del terciopelo de los tapizados de pomposos teatros y ostentosas mansiones también.

De todas ellas, unas dejaron mayor impronta que otras, pero todas las viví, las buenas y las malas, las gratificantes y las desilusionantes. En más de una ocasión sin saber distinguirlas. Seguí buscado un lugar en el mundo que no fuera el que se nos adjudica nada más nacer, pero no lo conseguí. Era el momento de volar, de hacer el equipaje, de empacar mi ansiedad y mi desasosiego, mis frustraciones y esperanzas, y migrar de nuevo, como los mirlos que no soportan la ciudad. Y, así, me fui canturreando Adiós, adiós, mirlo (Bye Bye Blackbird).

Otro tiempo –creí, luego observé que solo era una prolongación del mismo–, otros lugares –creí, luego me di cuenta de que ciertamente eran diferentes, pero no distintos–. No por ello dejé de volar, pero antes me despedí –en principio para siempre– de estos confusos tiempos de cerezas y adioses.

Mi nuevo viaje me llevó a explorar otras realidades alejadas de lo que socialmente se considera ‘normal’, inexplicables, pues, para los humanos, que tratamos de justificar todo mediante la lógica o la ciencia. En esta ocasión fui acompañado de un guía, un tal Argararemon, un ‘esente’  que se presentó antes de revelar su verdadera identidad como un genio de esos que aparecen en los cuentos y dijo llamarse Prudencio Calamidad. Un tipo original, curioso cuanto menos. Menudo nombrecito se le ocurrió.

Habiendo viajado por el presente, el pasado y, si no el futuro, por otras dimensiones temporales distintas, comprobé que ningún tiempo ni lugar era el mío. O con ninguno me identificaba. El desasosiego, la angustia, la zozobra, no habían desaparecido. Y creo que nunca desaparecerán. La clave del por qué me la dio una joven durante una asamblea que tuvo lugar en el Théâtre de l’Odéon, en París, tras ser ocupado por los estudiantes el 13 de mayo de 1968, entre cuyos asistentes se encontraba Sartre. Cierto es –dijo– que estructura actual del sistema social  se sostiene sobre una base que “está podrida. ¿Qué podemos hacer, pues? La base es el hombre y el hombre no cambiará”.

Tiene razón, toda, pero a mi me cuesta aceptarlo. ¿Cómo es posible? Me vienen entones a la mente las palabras que La Boétie escribió a mediados del siglo XVI: “¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? (…) Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo (…) Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece”.

Mi confusión y perplejidad se acrecientan cada vez que me preguntó por qué. Y esa pregunta está dentro de mi cabeza, repitiéndose como un disco rayado. La única conclusión a que he llegado hasta el momento –y que creo será definitiva– es que somos imbéciles. Individualmente no todos, pero cuando nos juntamos, cuando nos organizamos en eso que llamamos sociedad, nos convertimos en el ser más imbécil que habita el planeta. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Martillea mi mente la puñetera preguntita. También, ¿cómo es posible?

Necesito una respuesta, he de hallar alguna satisfacción a mis dudas, por poca que sea. Es que es verdad. No somos más imbéciles porque es imposible. Los humanos tenemos el monopolio de la imbecilidad, es un gen incrustado en nuestro ADN. De eso estoy totalmente convencido y numerosos datos empíricos así lo corroboran.

Pienso dedicar, en consecuencia, la mayor parte de mi tiempo ‘libre’ a poner en orden las muchísimas notas, anotaciones y otra documentación que con el tiempo he ido recopilando movido por esa curiosidad de que hablaba al principio. Y confío en que de todo ello surja mi próximo libro, que, por el momento, y no creo que cambie, se titulará Tratado sobre la imbecilidad congénita al género humano.

Accederé mientras al blog con bastante menos regularidad, por lo que aprovecho para desearles a todos feliz verano (o invierno, según desde donde se me lea) y, sobre todo, muy sobre todo, un buen descanso (‘alivio en la fatiga y en las dificultades físicas o morales’, RAE). No olviden, como dijo el genial comediante y escritor italiano Eros Drusiani, que “los malos a veces descansan, los imbéciles nunca”. Así es, la imbecilidad no se toma ni un solo minuto de vacaciones.

* Rot de cirera es una expresión valenciana que se utiliza para decir que algo dura muy poco. Durar menys que un rot de cirera (literalmente ‘durar menos que un eructo de cereza´)

Una noche, en un suburbio de Viena…

typisches Vorstadtwohnhaus am Spittelberg in Wien VII.

Calle Spittelberg (Viena) por la mañana. Principios del siglo XX.

Samuel cogió una calle al azar en dirección al Danubio, deambular nunca dejó de ser una de sus actividades preferidas. Como ya barruntara madame Deschamps, al poco rato, sin saber bien cómo, se hallaba en una calle ─Spittelberg se llamaba─, no muy lejos del salón de Eugenie Schwarzwald, que se veía mucho más animada que las demás. Aunque la iluminación era un tanto difusa, inmediatamente pudo darse cuenta a qué se debía: prostitutas de todas las edades, situadas en las aceras y los portales, apoyadas la mayoría en las paredes, invitaban a los numerosos transeúntes a disfrutar un rato de sus cuerpos a cambio de unas pocas coronas.

Decidió no atravesar la calle, tal vez influido por la advertencia de madame Deschamps, aunque tampoco tenía nada que hacer allí, no deseaba compañía alguna, pero en eso se fijó en una mujer, algo mayor que Camila calculó, que no tenía aspecto de prostituta, ni vestía como ellas ni llevaba la cara pintarrajeada ni tampoco los abalorios con que se adornaban las trabajadoras sexuales, entre las que se había mezclado tratando de pasar desapercibida. Su miedo, sin embargo, la traicionaba y se evidenciaba en su rostro sudoroso a pesar del frío reinante. Llevaba un sencillo vestido negro y ninguna prenda de abrigo. A Samuel le dio la impresión de que huía de algo o de alguien, que acababa de escapar de una situación peligrosa y que quien la persiguiese debía estar cerca, pues su agitación parecía obedecer tanto a la inquietud como al hecho de tener que haber salido corriendo de algún sitio, no dejaba de mirar a todas partes.

Samuel conocía bien esa mirada sobrecogida del miedo. Él mismo la había experimentado siendo niño con aquel brutal encargado que casi lo mata de una paliza, la había visto en el rostro de su amigo Esclafit cuando el maldito mazo le cercenó los dedos de la mano, en el de los burgueses que por un momento creyeron que su mundo se hundía irremisiblemente cuando los revolucionarios internacionalistas iban a detenerlos, en los propios internacionalistas al ser ellos los detenidos tras el fracaso de la insurrección, en los que vio morir durante los sucesos de julio de 1873.

Aquella mujer estaba realmente atemorizada. Inmediatamente pudo darse cuenta de los motivos. A un extremo y otro de la calle dos policías se habían posicionado en cada una de las cuatro esquinas y no dejaban salir a nadie sin que se identificara. Otros dos policías hacían lo mismo con las prostitutas. La mujer estaba cada vez más nerviosa, los guardias se encontraban ya cerca y disimuladamente intentaba alejarse de ellos corriéndose de lugar. Era obvio que acabarían dando con ella, si es que, y así parecía, era la persona que buscaban. Samuel se le aproximó. Nein, nein. Go! Out!, le gritaba en voz baja mientras con las manos hacía gestos manifiestos de que se fuera. Go! Out! Era evidente que, como él, no sabía alemán, o muy poco en todo caso. Aún quedaba un buen trecho hasta que los policías, que seguían interrogando a las mujeres una por una y haciendo que se identificaran, llegaran a donde ella estaba, pero en todo caso era cuestión de minutos. Imposible escapar de allí, con guardias apostados en ambas salidas de la calle. Samuel no sabía cómo explicarle que quería ayudarla, miraba a izquierda y derecha y luego a ella. Mientras, inclinaba ligeramente la cabeza hacia un lado y le decía Kommen, kommen, ofreciéndole su brazo. No había más solución que marchar con él o esperar a que la policía la detuviera. Fuera quien fuera el extraño aceptó. La intranquilidad, no obstante, no despareció; al contrario, parecía estar todavía más nerviosa. Discretamente enfilaron la calle hacia el extremo opuesto por el que acercaban los dos guardias, si bien les esperaban otros al final de la calle. Samuel quería tranquilizarla, pero no sabía cómo. ¡Merde!, exclamó ella.

―¡Habla francés!, menos mal.

―Soy francesa, pero he perdido la documentación y…

―Escúcheme con atención, no disponemos de tiempo. Haga todo lo que yo te diga, y como yo le diga, ¿de acuerdo? ─la mujer asintió con la cabeza─. Debe parecer que está borracha, muy borracha, tanto que no puede ni hablar ─y la cogió fuertemente por la cintura mientras con la otra mano le hacía carantoñas en la cara─. Ría, ría fuerte.

Llegaron a donde estaban los guardias que, lógicamente, les dieron el alto y les pidieron la documentación. Samuel hizo como que no les entendía. Unterlagen, unterlagen, documentation. Samuel sacó la suya mientras apretaba con más fuerza a la desconocida hacia él y la manoseaba como si nada. Un agente miró detenidamente los papeles, se los devolvió y solicitó los de ella. Samuel se encogió de hombros y al momento levantó la mano para indicar que esperaran un momento. A ver si está por aquí, dijo entre risas mientras escarbaba descaradamente entre su escote para regocijo de los dos policías. La extraña estaba rígida, Samuel no dejaba de toquetearla para que, al menos, se moviera un poco. Empezaba a asustarse él también. Hizo un guiño de complicidad a los guardias y, como pudo, les indicó que no tenían otra intención que sentarse en una mesa de un café que había justo enfrente de la bocacalle en que se encontraban. Disimuladamente les dio dos billetes de cien coronas, uno para cada uno. Los guardias se quedaron mirándoles. Samuel pensó por un instante que iban a detenerlos, después se miraron entre ellos y les dejaron pasar.

De acuerdo con las intenciones que Samuel les había manifestado tener, se sentaron en una mesa del café al que habían dicho dirigirse, junto a una cristalera, visibles a los ojos de los guardias a los que acababa de untar Samuel para que siguieran sin sospechar nada. Desde allí les hizo un saludo. Pidió champán y tafelspitz con salsa de manzana y rábano picante.

Béraud

“Au Café (la pause-cigarette)” (1883). Óleo de Jean Béraud.

―Disimule, ría, beba, nos miran.

Al poco los guardias se fueron, para alivio de ambos.

―Permítame que me presente: Samuel Valls.

―Marion Rouillard ─dijo ella todavía inquieta─. Creo que ya puedo irme. Agradezco de verdad su ayuda.

―Calma, mujer, calma. Yo, en tu caso, no lo haría todavía. Puede quedar algún policía por ahí, ni siquiera sabemos si estos ─los guardias que habían aceptado el soborno─ realmente se han marchado, de momento solo han desaparecido de nuestra vista. Ande, coma ─se notaba que tenía hambre─ y trate de relajarte.

―¿Qué quiere de mí?

Marion se mostraba desconfiada, no creía en los milagros y recelaba de tanta amabilidad. ¿Por qué se comportaba así con ella aquel hombre al que nunca antes había visto?

―Nada, no quiero nada. Me pareció que estaba en apuros, que trataba de pasar desapercibida a la policía, y todo el que huya de la policía necesita, en principio, ser ayudado.

―Curioso razonamiento.  ¿Va usted por ahí ayudando a todos los hostigados por la autoridad? ¿Qué es, el buen samaritano de los acosados?

―¿Tan difícil le resulta aceptar que haya personas que ayuden a otras?

―Todo lo contrario, creo en la fraternidad de los desheredados, pero usted no parece ser uno de ellos, ni mucho menos.

El aspecto de Samuel ─vestía un traje “a la inglesa” que había comprado ese mismo día en la tienda de ropa masculina Goldman & Salatsch para acudir a la recepción de la Schwarzwald─ era el de un burgués adinerado, su espíritu el de un burgués decadente. Así se lo dijo Marion.

―Gracias a ello hemos salido bien parados.

―¿Puedo irme ya? ─las suspicacias de Marion no habían experimentado cambio alguno.

―Puede hacer lo que quiera, pero ¿tiene adónde ir?, ¿tiene sitio donde pasar la noche?

―¡Ah!, ya entiendo. Usted quiere cobrarse el favor.

―¿Qué le hace suponer eso?

―No ha preguntado por qué me buscaban.

―¿Quién soy yo para juzgar a nadie?

―¿Ni siquiera siente curiosidad?

―¿Quiere contármelo?

―No.

―Entonces…

―¿O ya lo sabe?

―¿Qué?

―Por qué me buscaba la policía.

―Lo imagino. ¿Adivina por qué? Por su aspecto.

―¿Qué ve en mi aspecto?

―Pelo corto, vestido recto, negro, sin maquillar… No tiene pinta de ladrona; su mirada es retadora, desafiante, pero no es la de una asesina; se la ve despierta, se expresa bien; yo diría que la buscaban por tus ideas, mejor dicho, por alguna cosa relacionada con ellas, y esas ideas supongo que contemplarán la lucha por todos los medios posibles para acabar con la opresión y crear una sociedad nueva sin gobiernos ni amos. ¿Me equivoco? ─Marion miró a Samuel fijamente, entre inquisitiva y perpleja─. Ya veo, cree que soy uno de ellos, que comportándome de este modo conseguiré sacar más información, que todo es un montaje, ¿no?

―La verdad es que da que sospechar.

Samuel le explicó quién era.

―Lo que le decía antes, uno de esos burgueses que tratan de purgar su mala conciencia en el desordenado Montmartre.

―Puede que sea eso, pero este burgués decadente parece ser en estos momentos su única ayuda posible. ¿Me equivoco?

―No, no se equivoca.

Forzada por la necesidad, Marion parecía abandonar todo recelo. Tras una serie de preguntas acerca de su vida en París, como si Samuel fuese el sospechoso y tuviera que demostrar su inocencia, tomó la determinación de confiar en él, tampoco tenía otro remedio, ni sabía adónde ir ni contaba con medios para afrontar el difícil lance que atravesaba.

―¿Y ahora qué?

―De momento terminaremos el champán, aunque también podemos beber otra cosa menos aburguesada.

Samuel levantó su copa; Marion dudó, pero al final hizo lo mismo.

―Porque acabe bien este asunto ─y brindaron─. Ahora debo hacer una llamada telefónica, puede venir conmigo y escuchar lo que diga si persiste su desconfianza; si no espere aquí, no tardaré. He de hablar con una persona que puede ayudarnos, que nos ayudará, seguro.

Marion permaneció en su silla, todavía confundida aunque menos recelosa. Desde donde estaba veía a Samuel hablar por teléfono. No podía escuchar lo que hablaba, pero no le perdía de vista. Parecía no acabar nunca, Marion empezaba a ponerse nerviosa de nuevo, a dudar de todo cuanto él había dicho, a sospechar acerca de su identidad. A punto estuvo de largarse, pero ¿a dónde? Samuel gesticulaba mucho y, de vez en cuando, reía. ¿Con quién estaría hablando? Todo aquello le resultaba muy extraño.

―Podemos irnos ─dijo Samuel al regresar─, he pedido un coche. Iremos a casa de una amiga, se podrá quedar con ella esta noche y le prestará un par vestidos.

―¿Qué le pasa a este que llevo?

Era indudable que estaba ante una mujer de carácter, pensaba Samuel; incluso en momentos tan complicados no renunciaba a su orgullo; eso le gustaba.

―Nada, no le pasa nada, pero debe mostrar otra apariencia. Estamos de acuerdo en que el aspecto dice mucho de las personas, ¿no? Pues para mañana debe parecer una elegante dama codiciosa que no le hace ascos al dinero ni al lujo.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018).