Coca y cocaína

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Hojas de coca (Erythroxylum coca)

El pasado 14 de febrero en el Distrito de Yanatile (Provincia de Calca, Perú) se celebró la treceava edición del Festival Cultural Coca Raymi. Esta festividad es una revalorización de la hoja de coca, de su historia, cultivo y uso –también de agradecimiento a Pachamama (la Madre Tierra)– que se recrean mediante diversas escenificaciones artísticas y en el que participan gente de todas las edades.

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Campesinos en la plaza Villarroel de La Paz (Bolivia).

La hoja de coca fue utilizada durante miles de años por las civilizaciones preincaica e incaica con fines religiosos y terapéuticos. Y todavía la siguen usando por sus efectos vigorizantes las culturas amazónicas y guaraníes. Los conquistadores españoles la consideraron un producto demoníaco y la prohibieron, lo que no fue óbice para que ellos mismos hicieran uso de la misma tanto para su propio placer como para que los trabajadores y esclavos aumentaran su rendimiento, hasta el punto que en 1573 dicha prohibición fue revocada y transformada en gravamen fiscal. Comenzaba así el comercio de la coca.

PastillasMentol,EucaliptoyHeroinaDoM-Cocaina_Font_diciembre_1900_2_A principios del siglo XX más de cinco mil patentes farmacéuticas occidentales tenían como ingrediente básico el extracto de coca. Y no solo la farmacopea, también se utilizaba con fines lúdicos. ”No pierda tiempo, sea feliz. Si se siente abatido, solicite cocaína”, decía la publicidad de la época. De hecho la Coca-Cola desarrolló su fórmula contando con ella como uno de los principales ingredientes.

Ahora bien, lo que Occidente se popularizó no fue la coca, sino la cocaína. De la coca se pueden extraer catorce alcaloides, la cocaína es solo uno de ellos desde que lo descubriera en 1858 Albert Niemann y se aplicara con fines anestésicos y para tratar enfermedades como la tuberculosis o el asma. En 1923 se sustituyó por la molécula sintética creada por Richard Willstatter y la coca comenzó a considerarse una droga muy adictiva y de graves consecuencias. En la década de 1930 las medidas prohibicionistas se generalizaron y el consumo de cocaína descendió drásticamente. Claro que, como señala Escohotado (El libro de los venenos, 1990), las anfetaminas, más baratas y potentes, inundaban el mercado. Cuando estas verán restringida su circulación a principios de la década de 1970, la cocaína volverá por sus fueros.

CocainaLa demonización de la cocaína y su prohibición alcanzó también el cultivo de la planta. Sin embargo, el uso que de ella hacían y siguen haciendo los pueblos indígenas, para la mayoría de los cuales es un don de Pachamama que contribuye a soportar las penalidades del trabajo y la desnutrición, nada tiene que ver con el que se hace en los países industrializados. Cien gramos de hojas de coca contienen 300 calorías, 18,5 gramos de proteínas y 42,6 de carbohidratos. ¿Quién consume las hojas de coca? Los sectores más humildes. Para estos cumple la misma función que para nosotros el café, el tabaco o la aspirina. La coca es para estos pueblos una señal de identidad, una muestra de respeto ecológico con la Madre Tierra, una forma de subsistencia, una medicina, forma parte de su vida.

La coca es a la cocaína lo mismo que la cebada a la cerveza o al whisky o la uva al vino. A nadie se le ocurriría prohibir el cultivo de estas plantas. Forman parte de nuestra cultura, aunque su mal uso pueda acarrear funestas consecuencias no solo para el consumidor. Pero, claro, es “nuestra cultura”, en la que la hoja de coca no tiene presencia alguna. En este caso, evidentemente, es mucho más fácil matar al mensajero.

Gitanos

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“Juerga gitana en Montjuic” (1963). Fotografía de Colita (Isabel Steva Hernández) ©

La cultura gitana sigue siendo la gran desconocida. Los pocos datos que maneja al respecto la opinión pública están llenos de tópicos, falsos la mayoría de las veces, y las noticias que aparecen en los medios de comunicación, cuando aparecen, nunca obedecen a nada que tenga que ver únicamente con ellos mismos sino que están motivadas por las formas de convivencia con la sociedad dominante. El gitano suele ser noticia por algo asociado a reyertas, desalojos, expulsiones, delincuencia, marginación, etc. Sin embargo, en el mundo gitano hace décadas que se produce un debate cultural de gran calado. La preocupación de los gitanos por su lengua y sus costumbres no es nueva, como tampoco lo son las cuestiones derivadas de la naturaleza del cambio social y su devenir cultural.

Cuando el pueblo gitano, al que se siempre se le ha conminado a que dejara de ser diferente, empezó a exigir respeto y derechos, esta exigencia se vio, y se sigue viendo, como una amenaza. No obstante, conviene aclarar que el pueblo gitano no demanda un mayor nivel de riqueza; los principios de convivencia y solidaridad en que se fundamenta la Liri Kali (Ley Gitana) impiden una excesiva acumulación de capital. Lo que demandan es dignidad, respeto a sus leyes, a su libertad o su participación en la vida política, económica, social y cultural.

El pueblo gitano se encuentra inmerso en una difícil problemática que afecta tanto a sus condiciones de bienestar ―precarias― y desarrollo deseable como a su identidad cultural. Paradójicamente, las posibles soluciones que han venido proponiéndose desde la Administración y que la sociedad quiere imponer afectan de forma sustancial a su cultura, y por tanto a su identificación como pueblo. La generalizada no admisión por parte de la sociedad dominante de ritos, leyes y un ‘modus vivendi’ propio y diferente han llevado a una indefensión legal para buena parte de los miembros de este pueblo.

En estos momentos, el estado de crisis coyuntural se ve agravado en este colectivo por la situación carencial a la que se ha llegado como consecuencia del proceso emprendido de forma secular por las culturas mayoritarias para arrancar a esta comunidad sus rasgos distintivos, ya que desde el momento en que entran en contacto ambas sociedades se produce una negación sistemática hacia el colectivo gitano que se manifiesta en un deseo de eliminación física ―en los momentos de mayor virulencia xenófoba― o de aculturación en aquellas épocas en las que las condiciones facilitan una actitud más tolerante hacia ellos y hacia las minorías en general. El resultado de esta relación ha desembocado en una “subcultura de la pobreza”: los mecanismos de adaptación de la cultura gitana han conducido a sus miembros a la inmersión generalizada en estratos sociales marginales.

En este estado de cosas, el pueblo gitano se halla ante una dolorosa disyuntiva. O progresa dejando de ser gitano o no progresa para continuar siendo gitano. Lo decía V. Suárez Saavedra, quien fuera secretario general de la Unión Romaní Española, que añadía: “En el mundo actual el gitano ha de ponerse la máscara de ‘gachó’, es decir, utilizar las mismas armas ante la vida que él, y para eso ha de aceptar valores y formas de comportamiento de la sociedad mayoritaria. Entonces, el gitano se va dando cuenta que va dejando de serlo”. Asimilación, pues, o desaparición. Mal dilema.

¿De verdad vivimos en democracia?

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Democracia: poder del pueblo. Eso significa etimológicamente. Y como, evidentemente, nadie puede defender en la actualidad que “el pueblo”, es decir, la mayoría de la sociedad, tenga la más mínima intervención efectiva en las decisiones que toman los gobiernos, y puesto que, dicen, la democracia directa no es más que una inalcanzable utopía, como el socialismo, dicen también, el concepto se adereza con calificativos como representativa, parlamentaria, política…, aunque normalmente estos no se utilizan. Pero una cosa es la democracia como forma política y otra la democracia como forma de sociedad. Y esta sociedad tiene muy poco de democrática.

Uno de los rasgos que caracterizan la sociedad contemporánea es la enorme capacidad que ha mostrado tener para producir riqueza. Nunca en la historia de la humanidad se había generado tanta. Ahora bien, tampoco había estado jamás tan mal repartida. El PIB (Producto Interior Bruto) mundial en 2013 se cifraba, según el Fondo Monetario Internacional en 71,89 billones de dólares. Los países del G-8 concentraban 35,4 billones, repartidos de la siguiente forma: Estados Unidos (15,6), Japón (5,9), Alemania (3,4), Reino Unido (2,4), Francia (2,6), Italia (1,9), Canadá (1,7) y Rusia (1,9). Si a éstos añadimos Japón (5,9) y China (8,3), la cifra se eleva a 49,6 billones. Es decir, diez países poseen el casi el 70 por cien del total del PIB mundial. El resto (173) ha de conformarse con el 30 por cien restante. Ello se traduce en que el 20 % de los países más ricos posee una riqueza 150 veces superior al 20 % de los países más pobres, y que el promedio de ingreso de los 20 países más ricos es 37 veces mayor que el de los 20 más pobres.

La brecha sigue aumentando de manera constante. Es una tendencia siempre en dirección ascendente. En la actualidad, el 1% de las familias más poderosas acapara el 46% de la riqueza del mundo y en países como España las 20 personas más ricas poseen una fortuna similar a los ingresos del 20% de su población más pobre.

Contra el axioma que hay que generar riqueza para que luego, automáticamente, llegue esta a los sectores más humildes de la sociedad solo cabe decir una cosa: mentira cochina. ¿Es esto democracia?

Por otra parte, ¿quién toma las decisiones que afectan a nuestra vida cotidiana, decisiones de vida o muerte y de largo alcance que pueden condicionar nuestra existencia para siempre? Pues un puñado de personas que maneja los hilos importantes en el ámbito de los conflictos internacionales y su correspondiente peligro (y negocio). Eso sí, sin mancharse las manos. Las decisiones que se toman en las salas de juntas afectan al bienestar de una parte de la población mundial cada vez mayor. El poder financiero y el político se retroalimentan hasta el punto de confundirse.

Como pusiera de manifiesto en su día Michel Collon, tomemos a los 252 líderes políticos de los países soberanos y territorios de todo el planeta y sumémosle los presidentes de las 500 mayores multinacionales y organismos financieros. Nos da un total de 752 personas, elegidas democráticamente o no, que toman las decisiones.

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Estos individuos confían o están influenciados, cada uno, por un círculo cerrado de, pongamos, 5 consejeros, socios, miembros de gabinete, líderes de oposición o generales. Esto añade un total de 3.760 personas más. Quizá podamos sumar un número adicional de 100 líderes religiosos con influencia sobre un considerable grupo de personas, otros 100 líderes de instituciones internacionales, organizaciones y sindicatos, que participan en el ámbito mundial y unos 100 líderes de organizaciones criminales con una relevancia significativa. Así pues, un total de 4.812 personas dominan el proceso de toma de decisiones del mundo. Redondeemos: 5.000. 5.000 personas son menos del 0,000000077% de la población mundial. El 99.999999923% de nosotros está, en consecuencia, excluido del proceso de toma de decisiones.

Esta estimación se llevo a cabo en 2006. Es más que probable que, a raíz de la debacle económica iniciada en 2007, el porcentaje de individuos que controlan el mundo se haya reducido aún más. ¿Es esto democracia?

El derecho a la educación, a la asistencia médica, a la vivienda, a la libertad de expresión, de asociación, a la igualdad de sexos y raza, son conquistas innegables que la humanidad ha conseguido a lo largo de la historia. Pero ¿en beneficio de todos? ¿Sí? Incluso en el llamado Primer Mundo, es decir, en los países ricos, ¿es así? ¿Disfrutamos de esos derechos ‘democráticamente’ todos por igual? ¿O esos derechos vienen determinados por la posición social, y esta por la situación económica de que cada uno disfrute? ¿Es igual la educación para todos? ¿O tiene que ver con la renta, con los ingresos de cada familia? Y la asistencia médica, ¿tampoco tiene relación alguna con las posibilidades económicas de cada uno? En cuanto a la vivienda ya sabemos que a nadie le falta, y que todas son amplias, luminosas, confortables.

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Más. Curiosamente –¿curiosamente?– todo esto ha ido acompañado del auge del “pensamiento único” y de una visión unidireccional de la historia que hace que pasen por ser logros de la sociedad democrática única y exclusivamente y, al mismo tiempo, imposibles de conseguir en otro sistema político. O económico. Es lo mismo. Y, claro, nos expresamos como queremos. ¿Acaso no tenemos a nuestra disposición más medios de expresión que nunca? Sí, pero nunca concentrados en tan pocas manos. Apártate de de la visión oficial de la historia y de la definición de qué es democracia y veremos quién publica tus reflexiones.

Piensa lo que quieras mientras no cuestiones los “principios democráticos”. Y, si lo haces, que no sea públicamente. ¡Faltaría más¡ Somos libres. ¿O no? La igualdad de sexos y de raza no se discute. Al perro que tiene dinero se llama señor perro, dice un proverbio árabe. En fin, la perfección no existe. Utopías, pajas mentales. ¡Qué maravillosa es la Democracia (con mayúsculas ahora)! Hemos avanzado, sin duda. Pero ¿quién ha conseguido estas libertades?, ¿y a costa de qué?, ¿quién puede disfrutar de ellas?, ¿se insertan en el marco de una sociedad más igualitaria?, y si es así ¿en un mundo cada vez más uniforme en cuanto a la forma de organizarnos socialmente es dicha afirmación generalizable? ¿De verdad vivimos en democracia?