Ravachol

Ravachol / Wikimedia Commons (cortesía del Service Régional d’Identité Judiciaire de Paris)

Figura emblemática del anarquismo, Ravachol nació en Saint-Chamond; según cuenta en sus Memorias, su padre abandonó su madre, mujer y cuatro hijos, cuando el último apenas llegaba a los tres meses. Desde los ocho años le toca alimentar a la prole, alquilando su cuerpo para toda clase de labores. Encima, por si fueran pocos, un hijo del amor que trae su hermana agrava la miseria familiar.

Consigue ocupaciones que no le dan para tantas bocas. Se pone de tinturero y actúa de acordeonista en los bailes parroquiales de Saint-Étienne, sin por ello ofrecer a su parentela una existencia digna. Como lo lograra saciar el hambre de todo con las fusas y el serrucho, no ve más solución que cometer alguna ratería, tan pequeña que huno de aumentar los ingresos con el contrabando, la falsificación de moneda y, al fin, robos y atracos. Dice Louis Aragon que “era un músico mediocre, compositor de muy malas canciones sociales, en cambio, no tenía competidor con el manejo de la dinamita”.

A los dieciocho años descubre El judío errante, cuya lectura lo aleja para siempre de la religión y empieza a frecuentar reuniones colectivistas y libertarias.

Tras salir de la cárcel, un grafólogo se encarga de esbozar su retrato. Nota carencia de orgullo y vanidad, rectitud y honradez. “Los trazos de la mano indican ausencia de astucia y disimulo; la firma sin rúbrica, llaneza y falta de penetración. Es normal que siga fácilmente las ideas anarquistas y se lance como un ariete contra un baluarte”.

De lo único que le podía acusar cuando empezaron a hostigarle era de la muerte de un eremita; su abogado arguyó que Ravachol había entrado en la gruta del avaro cuando esperaba encontrarla vacía. Ante la sorpresa, lo amordazó para que no gritara y se conoce que se le fue la mano. Por lo demás, los delitos no pasaban de ser conatos lamentables engrandecidos por las autoridades para justificar la represión contra la epidemia terrorista que se abatió sobre Francia a partir de 1892. En los primeros meses estallaron varios artefactos, en particular el que destruyó el edificio del número 136 del boulevard Saint-Germain; atentado grave por los daños que causó (unos 40.000 francos) y sobre todo por su objetivo, monsieur Benoît, presidente el año anterior del proceso de los anarquistas de Clichy. “La explosión –escribió La Révolte– rehabilita la pólvora que se había echado de menos en los atentados anteriores.”

Ya habréis adivinado que el autor de este atentado fue Ravachol, y que no se contentaría con tan poca cosa: el 13 de marzo monta una expedición contra el domicilio del fiscal Bulot, quien pidiera la pena capital contra los anarquistas. El bombazo explota el día 27 y resulta mucho más devastador que el primero (120.000 francos), aunque también sin víctimas mortales.

A renglón seguido estalla otra carga en un cuartel, lo cual ya son palabras mayores e inquietantes para el gobierno. La policía solicita la colaboración de la prensa y le entrega una ficha en la que se resalta la cicatriz de Ravachol en una mano. El mismo día del atentado de Clichy, tuvo la desdichada idea de ir a cenar al restaurante Véry del boulevard Magenta, donde por la herida lo reconoce un camarero y lo denuncia.

Ravachol comparece ante el tribunal el 26 de abril. Cuando se inicia el proceso, el Palacio de Justicia parecía un fuerte de Vauvin, ni que lo fueran a asaltar los ostrogodos, tal era el número de gente que lo protegían. Y es que la víspera había saltado por los aires el restaurante Véry cuyo mesero había denunciado a Ravachol. La bomba se llevó por delante a un cliente. El periódico satírico Père Peinard consideró este acto como una verificación.

Los debates discurrieron con tranquilidad. Ravachol asumió todas las responsabilidades de los actos que le imputaban; según él, lo otros acusados eran simples comparsas. Nadie testificó en su contra; todos lo describieron como un dulce insatisfecho de la sociedad, desbordante de sentimientos humanitarios, aunque muy capaz de ejercer una venganza implacable contra los causantes de la pobreza.

No le condenaron a muerte, como se temía; a él y a su principal compinche les metieron trabajos forzados, y los tres otros acusados salieron limpios de polvo y paja.

El juicio de París no era sino un prólogo; en un segundo proceso le achacan las muertes de un rentista y su criada; de Jacques Brunet, de madame Marcon y su hija, crímenes que él niega con determinación.

Los que asistieron a su juicio concuerdan en que Ravachol mantuvo una compostura inusitada. El comisario encargado de su vigilancia lo describe “impasible en todas las sesiones a las que le sometió el presidente; solamente se le vio pestañear cuando tuvo que mentir para proteger a sus cómplices. Admitió los delitos que se achacaban sin jactancia y sin dudar. Su actitud fue siempre correcta, su lenguaje comedido, y de todos los que le rodeaban cuando se leyó la sentencia de muerte, parecía el menos afectado.”

La ejecución se lleva a cabo el 11 de julio de 1892 en Montbrison. Ravachol trata con displicencia al confesor y rechaza sus servicios. Cerca de la guillotina entona la canción del Père Duchesne. Dispone el cuello en el cadalso, sigue cantando cuando silba la hoja y corta “Viva la re…” por la mitad. Algunos pensaron que hubiera terminado por “…pública”. Otros creían que “…volución” sería más acorde con sus ideas.

Sea lo que fuere, L’Almanach du Père Peinard publicó en su honor un himno que cantaron niños y mayores:

Dansons la Ravachole, vive le son, vive le son

Dansons la Ravachole vive le son

d’l’explonsion!

[A bailar la Ravachole, viva el sonido, viva el sonido

A bailar la Ravachole, viva el sonido

¡de la explosión!]

Para el pueblo en general, el verdadero culpable fue el mesero del restaurante Véry. Los clientes dejan de serlo y le cierran las puertas de sus casas. Se evita su compañía por traidor; réprobo que inspira más desconfianza que el propio Ravachol, se le deja en el arroyo y a merced de las bombas anarquistas. Abandonado y medroso, va de puerta en puerta, como el Valjean de Victor Hugo, sin que nadie le ofrezca hospitalidad; decide, en fin, alejarse de allí, ponerse al socaire en cualquier país lejano, abandonar cuanto ama y admira, pero el gobierno no puede atenderlo con la premura necesaria; hay que formar expediente y analizar la justificación de su miedo.

Mientras tanto, Ravachol se convierte en un icono de la revuelta, cuya memoria se prolonga en numerosas canciones y textos del movimiento anarquista.

Los intelectuales no escatiman elogios. Octave Mirbeau, en su Apología de Ravachol, anota: “Me repugna el derramamiento de sangre, el sufrimiento y la muerte. Amo la vida, y toda vida es para mí sagrada. Esta es la causa por la que encuentro en el anarquismo lo que ninguna forma de gobierno puede dar: amor, belleza y paz entre los hombres. Ravachol no me mete miedo alguno. Es un fenómeno de transición, como el temor que inspira”. Élisée Reclus, declara: “Pocos hombres conozco que le ganaran en generosidad”. En el Art social, Museux profetiza un homenaje en París en 1992, primer centenario de su martirio. Según Paul Adam, Ravachol es “el renovador del Sacrificio esencial” y decreta: “El asesinato legal de Ravachol da comienzo a una era”. En fin, Victor Barrucand, en L’En Dehors, esboza una semejanza entre Cristo y el dinamitero.

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Texto extraído del libro de Ignacio Ramonet y Ramón Chao París rebelde. Guía política y turística de una ciudad (2008).

¿ESCUELA O LUGAR DE ADOCTRINAMIENTO?

La escuela es una institución construida sobre el axioma de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza. Mas todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela.

Hasta el siglo pasado [el XIX], los niños de padres de clase media se ‘fabricaban’ en casa con la ayuda de preceptores y escuelas privadas. Solo con el advenimiento de la sociedad industrial la producción en masa de la ‘niñez’ comenzó a ser factible y a ponerse al alcance de la multitud. […]

Crecer pasando por la niñez significa estar condenado a un proceso de conflicto humano entre la conciencia de sí y el papel que impone una sociedad que está pasando por su propia edad escolar. […]

La disyunción actual entre una sociedad adulta que pretende ser humanitaria y un ambiente escolar que remeda la realidad no puede seguir imponiéndose.

[…] La escuela es una institución construida sobre el axioma de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza. […] Todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela. […]

Toda persona aprende a vivir fuera de la escuela. Aprendemos a hablar, pensar, amar, sentir, jugar, blasfemar, politiquear y trabajar sin la interferencia de un profesor. […] A los padres pobres que quieren que sus hijos vayan a la escuela no les preocupa tanto lo que aprendan como el certificado y el dinero que obtendrán. Y los padres de clase media confían sus hijos a un profesor que evita que aprendan aquello que los pobres aprenden en la calle. […] Los niños aprenden aquello que sus maestros quieren enseñarles no de estos, sino de sus iguales, de las tiras de cómic [y tablets ahora], de la simple observación al pasar y, sobre todo, del solo hecho de participar en el ritual de la escuela. […]

[…] La escuela los instruye acerca de su propia inferioridad mediante el cobrador de impuestos que les hace pagar por ella, mediante el demagogo que les suscita las esperanzas de tenerla, o bien mediante sus niños cuando estos se ven luego enviciados por ella. De modo que a los pobres se les quita su respeto a sí mismos al suscribirse a un credo que concede la salvación solo a través de la escuela. La Iglesia les da al menos la posibilidad de arrepentirse en la hora de su muerte. La escuela les deja con la esperanza (una esperanza falsificada) de que sus nietos la conseguirán. Esta esperanza es, por cierto, otro aprendizaje más que proviene de la escuela; pero no de los profesores.

Los alumnos jamás han atribuido a sus maestros lo que han aprendido. Tanto los brillantes como los lerdos han confiado siempre en la memorización, la lectura y el ingenio para pasar sus exámenes, movidos por el garrote o por la obtención de una carrera ambicionada. Los adultos tienden a crear fantasías románticas sobre su periodo de escuela. Atribuyen retrospectivamente su aprendizaje al maestro cuya paciencia aprendieron a admirar. […]

La escuela, por su naturaleza, tiende a reclamar la totalidad del tiempo y las energías de sus participantes. Esto a su vez hace del profesor un custodio, un predicador y un terapeuta. El maestro funda su autoridad sobre una pretensión diferente en cada uno de estos tres papeles. El profesor-como-custodio actúa como maestro de ceremonias que guía a sus alumnos a lo largo de un ritual dilatado y laberíntico. Es árbitro del cumplimiento de las normas y administra las intrincadas rúbricas de iniciación a la vida. […] Sin hacerse ilusiones acerca de producir ningún saber profundo, somete a sus alumnos a ciertas rutinas básicas. El profesor-como-moralista reemplaza a los padres, a Dios, al Estado. Adoctrina al alumno acerca de lo bueno y lo malo, no solo en la escuela, sino en la sociedad en general. […] El profesor-como-terapeuta se siente autorizado a inmiscuirse en la vida privada de su alumno a fin de ayudarlo a desarrollarse como persona. Cuando esta función la desempeña un custodio y predicador, significa por lo común que persuade al alumno a someterse a una visión de la verdad y de su sentido de lo justo.

[…] Todas las defensas de la libertad individual quedan anuladas en los tratos de un maestro de escuela con su alumno. Cuando el maestro funde en su persona las funciones de juez, ideólogo y médico, el estilo fundamental de la sociedad es pervertido por el proceso mismo que debería preparar para la vida. Un maestro que combine estos tres poderes contribuye mucho más a la deformación del niño que las leyes que dictan su menor edad legal o económica, o que restringen su libertad de reunión o de vivienda.

Los maestros no son en absoluto los únicos en ofrecer servicios terapéuticos. Los psiquiatras, los consejeros vocacionales y laborales, y hasta los abogados, ayudan a sus clientes a decidir, a desarrollar sus personalidades y a aprender. Pero el sentido común le dice al cliente que dichos profesionales deben abstenerse de imponer sus opiniones […]. Los maestros de escuela y los curas son los únicos profesionales que se sienten con derecho para inmiscuirse en los asuntos privados de sus clientes al mismo tiempo que predican a un público obligado. […] Para el niño, el maestro pontifica como pastor, profeta y sacerdote: es al mismo tiempo guía, maestro y administrador de un ritual sagrado. […] Bajo la mirada autoritaria del maestro, varios órdenes de valor se derrumban en uno solo. Las distinciones entre moralidad, legalidad y valor personal se difuminan y eventualmente quedan eliminadas. Se hace sentir cada transgresión como un delito múltiple. […]

La asistencia a clases saca a los niños del mundo cotidiano de la cultura occidental y los sumerge en un ambiente mucho más primitivo, mágico y mortalmente serio. […] Se suspende físicamente a los menores durante muchos años sucesivos en las normas de la realidad ordinaria […]. La norma de la asistencia posibilita que el aula sirva de útero mágico, del cual el niño es dado periódicamente a luz al terminar el día escolar y el año escolar, hasta que es lanzado finalmente a la vida adulta. […].

Ivan Illich: “Fenomenología de la escuela”, La sociedad desescolarizada (1971)

Entrada publicada anteriormente el 17 de mayo de 2019.