El bienestar para todos

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Nada menos que 127 años cumplen ya estas palabras de Kropotkin. 127 años ha que decía que ‘el bienestar para todos no es un sueño’, que ‘es posible, realizable’. Eso sí, siempre y cuando reconozcamos que todo el mundo tiene derecho a vivir, siempre y cuando reivindiquemos el derecho al bienestar y no el derecho al trabajo, es decir, el derecho a continuar siendo siempre un esclavo asalariado.
127 años ha y como si lloviera. Y además sin que llegara a mojar. Seguimos pidiendo, rogando, mendigando, el derecho al trabajo y no el derecho al bienestar. Y, así, hoy, muchos irán –o habrán ido ya– a votar a quienes siguen defendiendo medidas tan caducas como las que ofrecen en sus programas. Y luego me dicen a mí, que me abstengo y promuevo la abstención, que no me queje porque no he votado. Pues no. Ni mucho menos. No se queje usted que ha ido a votar. No se queje usted que anhela seguir siendo siempre un esclavo asalariado o que, más allá de sus intereses, se la trae al pairo el resto de las personas por mucho que se empeñe en decir lo contrario. No se queje, ya sabe que va a tener más de lo mismo.

El bienestar para todos no es un sueño. Es posible, realizable, después de lo que han hecho nuestros antepasados para hacer fecunda nuestra fuerza de trabajo. […]

Basta citar los miles de millones gastados por Europa en armamento, sin más fin que conquistar mercados, para imponer la ley económica a los vecinos y facilitar su explotación; los millones pagados cada año  a funcionarios de todo tipo, cuya misión es mantener el derecho de las minorías a gobernar la vida económica de cada nación; los millones gastados en jueces, cárceles, policías y todo ese embrollo que llaman justicia, cuando alcanza, como es sabido, con aligerar tan solo un poco la miseria de las grandes ciudades para que la criminalidad disminuya en proporciones considerables; en fin, los millones empleados en propagar por medio de la prensa ideas nocivas y noticias falsas, en provecho de partidos, personajes políticos y compañías explotadoras.

Pero esto no es todo. Aún se gasta más trabajo inútilmente, aquí para mantener la caballeriza, la perrera y la servidumbre doméstica del rico; allá para responder a los caprichos de las prostitutas de alto copete y al depravado gusto de los viciosos elegantes; en otra parte, para forzar al consumidor a que compre lo que no necesita o para imponerle con la publicidad un artículo de mala calidad; más allá para producir sustancias alimenticias, provechosas para el industrial y para el comerciante, pero nocivas para el que consume. […]

¿De dónde vendrá la revolución? ¿Cómo se anunciará? Nadie lo puede decir. Es una incógnita. […]

El pueblo sufre y se pregunta: ‘¿Qué hacer para salir de este punto muerto?’. […]

Reconocer y proclamar que cada uno, cualquiera que haya sido su lugar en el pasado, cualquiera que fuese su fuerza o su habilidad, sus aptitudes o su capacidad, tiene ante todo el derecho a vivir, y que la sociedad debe repartir entre todos, sin excepción, los medios de existencia de que dispone. […]

¡Muy diferente sería el resultado si los trabajadores reivindicasen el derecho al bienestar! Si proclamasen su derecho a apoderarse de toda la riqueza social; a tomar las casas e instalarse en ellas de acuerdo con las necesidades de cada familia; a tomar los víveres acumulados y consumirlos de forma tal que pudieran conocer la satisfacción tanto como conocen el hambre. Si proclamasen su derecho a todas las riquezas, y conocieran lo que son grandes placeres del arte y de la ciencia. […]

El derecho al bienestar es la posibilidad de vivir como seres humanos y de criar a los hijos de forma de hacerlos miembros iguales de una sociedad superior a la nuestra, mientras que el derecho al trabajo es el derecho a continuar siendo siempre un esclavo asalariado, un hombre de labor, gobernado y explotado por los burgueses del mañana. El derecho al bienestar es la revolución social; el derecho al trabajo es, a lo sumo, un presidio industrial.

Piotr Kropotkin: “El bienestar para todos”, La conquista del pan (París 1892).

¿Escuela o lugar de adoctrinamiento?

Pizarrón 1

Mi lámpara encendida

La escuela es una institución construida sobre el axioma de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza. Mas todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela.

Hasta el siglo pasado [el XIX], los niños de padres de clase media se ‘fabricaban’ en casa con la ayuda de preceptores y escuelas privadas. Solo con el advenimiento de la sociedad industrial la producción en masa de la ‘niñez’ comenzó a ser factible y a ponerse al alcance de la multitud. […]

Crecer pasando por la niñez significa estar condenado a un proceso de conflicto humano entre la conciencia de sí y el papel que impone una sociedad que está pasando por su propia edad escolar. […]

La disyunción actual entre una sociedad adulta que pretende ser humanitaria y un ambiente escolar que remeda la realidad no puede seguir imponiéndose.

[…] La escuela es una institución construida sobre el axioma de que el aprendizaje es el resultado de la enseñanza. […] Todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de la escuela. […]

Toda persona aprende a vivir fuera de la escuela. Aprendemos a hablar, pensar, amar, sentir, jugar, blasfemar, politiquear y trabajar sin la interferencia de un profesor. […] A los padres pobres que quieren que sus hijos vayan a la escuela no les preocupa tanto lo que aprendan como el certificado y el dinero que obtendrán. Y los padres de clase media confían sus hijos a un profesor que evita que aprendan aquello que los pobres aprenden en la calle. […] los niños aprenden aquello que sus maestros quieren enseñarles no de estos, sino de sus iguales, de las tiras de cómic [y tablets ahora], de la simple observación al pasar y, sobre todo, del solo hecho de participar en el ritual de la escuela. […]

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Imagen de portada de “La sociedad desescolarizada” (edición de Seix Barral, 1972).

[…] La escuela los instruye acerca de su propia inferioridad mediante el cobrador de impuestos que les hace pagar por ella, mediante el demagogo que les suscita las esperanzas de tenerla, o bien mediante sus niños cuando estos se ven luego enviciados por ella. De modo que a los pobres se les quita su respeto a sí mismos al suscribirse a un credo que concede la salvación solo a través de la escuela. La Iglesia les da al menos la posibilidad de arrepentirse en la hora de su muerte. La escuela les deja con la esperanza (una esperanza falsificada) de que sus nietos la conseguirán. Esta esperanza es, por cierto, otro aprendizaje más que proviene de la escuela; pero no de los profesores.

Los alumnos jamás han atribuido a sus maestros lo que han aprendido. Tanto los brillantes como los lerdos han confiado siempre en la memorización, la lectura y el ingenio para pasar sus exámenes, movidos por el garrote o por la obtención de una carrera ambicionada. Los adultos tienden a crear fantasías románticas sobre su periodo de escuela. Atribuyen retrospectivamente su aprendizaje al maestro cuya paciencia aprendieron a admirar. […]

La escuela, por su naturaleza, tiende a reclamar la totalidad del tiempo y las energías de sus participantes. Esto a su vez hace del profesor un custodio, un predicador y un terapeuta. El maestro funda su autoridad sobre una pretensión diferente en cada uno de estos tres papeles. El profesor-como-custodio actúa como maestro de ceremonias que guía a sus alumnos a lo largo de un ritual dilatado y laberíntico. Es árbitro del cumplimiento de las normas y administra las intrincadas rúbricas de iniciación a la vida. […] Sin hacerse ilusiones acerca de producir ningún saber profundo, somete a sus alumnos a ciertas rutinas básicas. El profesor-como-moralista reemplaza a los padres, a Dios, al Estado. Adoctrina al alumno acerca de lo bueno y lo malo, no solo en la escuela, sino en la sociedad en general. […] El profesor-como-terapeuta se siente autorizado a inmiscuirse en la vida privada de su alumno a fin de ayudarlo a desarrollarse como persona. Cuando esta función la desempeña un custodio y predicador, significa por lo común que persuade al alumno a someterse a una visión de la verdad y de su sentido de lo justo.

[…] Todas las defensas de la libertad individual quedan anuladas en los tratos de un maestro de escuela con su alumno. Cuando el maestro funde en su persona las funciones de juez, ideólogo y médico, el estilo fundamental de la sociedad es pervertido por el proceso mismo que debería preparar para la vida. Un maestro que combine estos tres poderes contribuye mucho más a la deformación del niño que las leyes que dictan su menor edad legal o económica, o que restringen su libertad de reunión o de vivienda.

Los maestros no son en absoluto los únicos en ofrecer servicios terapéuticos. Los psiquiatras, los consejeros vocacionales y laborales, y hasta los abogados, ayudan a sus clientes a decidir, a desarrollar sus personalidades y a aprender. Pero el sentido común le dice al cliente que dichos profesionales deben abstenerse de imponer sus opiniones […]. Los maestros de escuela y los curas son los únicos profesionales que se sienten con derecho para inmiscuirse en los asuntos privados de sus clientes al mismo tiempo que predican a un público obligado. […] Para el niño, el maestro pontifica como pastor, profeta y sacerdote: es al mismo tiempo guía, maestro y administrador de un ritual sagrado. […] Bajo la mirada autoritaria del maestro, varios órdenes de valor se derrumban en uno solo. Las distinciones entre moralidad, legalidad y valor personal se difuminan y eventualmente quedan eliminadas. Se hace sentir cada transgresión como un delito múltiple. […]

La asistencia a clases saca a los niños del mundo cotidiano de la cultura occidental y los sumerge en un ambiente mucho más primitivo, mágico y mortalmente serio. […] se suspende físicamente a los menores durante muchos años sucesivos en las normas de la realidad ordinaria […]. La norma de la asistencia posibilita que el aula sirva de útero mágico, del cual el niño es dado periódicamente a luz al terminar el día escolar y el año escolar, hasta que es lanzado finalmente a la vida adulta. […].

Ivan Illich: “Fenomenología de la escuela”, La sociedad desescolarizada (1971).

El orden

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‘The Keyboard of Isolation’ (2011). Instalación de Jody Xiong.

Lo que hoy se entiende por orden, según los partidarios de lo existente, es la monstruosidad de que hayan de trabajar nueve décimas partes de la humanidad para procurar lujo, felicidades y satisfacción de todas sus pasiones, hasta las más execrables, a un puñado de holgazanes.

Entendámonos antes de entrar en materia. ¿De qué orden se trata? ¿Es el orden de la armonía que nosotros anhelamos; de la que se establecerá en las relaciones humanas cuando nuestra especie acabe de estar dividida en dos clases y de ser devorada una por otra? […] Los que reprochan a la anarquía ser la negación del orden, no hablan de la armonía del porvenir; se refieren al orden tal como se define en la organización social actual. Veamos, pues, qué orden es este que la anarquía quiere destruir.

Lo que hoy se entiende por orden, según los partidarios de lo existente, es la monstruosidad de que hayan de trabajar nueve décimas partes de la humanidad para procurar lujo, felicidades y satisfacción de todas sus pasiones, hasta las más execrables, a un puñado de holgazanes. El orden es […] reducir a nueve décimas partes de la humanidad al estado de bestias de carga, viviendo apenas al día, sin derecho ni siquiera a pensar en los goces que al hombre procura el estudio de la ciencia, la creación del arte…

El orden es la miseria y el hambre convertidos en estado normal de la sociedad […]. El orden es una minoría insignificante, educada en las cátedras gubernamentales […] que educa a sus hijos para ocupar más tarde las mismas funciones con objeto de mantener los mismos privilegios, por la astucia, la corrupción, la fuerza y el crimen; es la guerra continua de hombre a hombre, de oficio a oficio, de clase a clase, de nación a nación; […] es la servidumbre, el embrutecimiento de la inteligencia, es el envilecimiento de la raza humana mantenido por el hierro, por el látigo y el fuego […].

Veamos ahora el desorden, lo que las gentes sensatas llaman desorden.

Es la rotesta del pueblo contra el innoble orden presente, la protesta para romper las cadenas, […] el timbre más glorioso que la humanidad tiene en su historia.

Es el despertar del pensamiento, la víspera misma de las revoluciones; la negación de las hipótesis sancionadas por la inmovilidad de los siglos precedentes; el germen de un raudal de ideas nuevas; […] la abolición de la esclavitud antigua, la insurrección de los pueblos, la supresión de la servidumbre […], las tentativas de abolición de la esclavitud económica; es la rebeldía [del pueblo indignado] contra el clero y los señores, incendiando los palacios para engrandecer su choza, saliendo de lúgubres tugurios para disfrutar del sol y el aire […].

El desorden es el germen de las más hermosas pasiones, de los más grandes heroísmos, es la epopeya del supremo amor a la humanidad.

Piotr Kropotkin: Palabras de un rebelde (París 1885).