En Eldorado (Berlín, 1929)

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Hombres vestidos de mujer en Eldorado. / Herbert Hoffmann / Ullstein Bild / Getty Images.

Situado en el cruce de las calles Motz y Kalckreuth, su entrada ocupaba todo el amplio chaflán que formaba su convergencia. Sobre ella había un gran cartel con la frase Aquí es correcto en el que a cada extremo figuraban dibujados un hombre y una mujer (o eso parecía): él peinado hacia atrás, con el cabello engominado, luciendo un fino y cuidado bigote; ella con el pelo corto y suaves facciones; sonrientes ambos, aparentemente felices. Coronaba la leyenda un descomunal abanico tras el que se asomaba una mujer con el pelo muy corto, de mirada y sonrisa pícaras y enigmáticas. ¿O acaso no se trataba de una mujer? Los asiduos, desde luego, ya sabían que no. Cerraba el diseño del llamativo reclamo, ya a la altura del segundo piso, un enorme letrero de neón con el nombre del establecimiento. Tras la puerta de acceso, el vestíbulo ─decorado al igual que el interior con procaces cuadros y dibujos alusivos al alegre y ambiguo ambiente del cabaret─ y, a continuación, una enorme sala, con un espacio al fondo para la orquesta, la barra, muchas mesas alrededor del perímetro de la sala, todas con su mantel blanco, y un gran espacio central para baile y actuaciones.

Berlin, Bar

El cabaret Eldorado en 1932. / Bundesarchiv

―Aquí es donde mejor apreciaras las contradicciones de esta ciudad: honorables padres de familia de insatisfecha sexualidad, decrépitos sarasas que creen recobrar la juventud acostándose con chaperos casi adolescentes, viciosos que creen haberlo experimentado todo, pero también la mayor comprensión, la mayor tolerancia. Aquí se acepta como lógico lo que otros ven como una relación contra natura. Aunque ya casi se ha convertido en una atracción turística, Eldorado siempre será Eldorado.

En Eldorado se alternaban las sesiones de baile con los espectáculos frívolos y procaces protagonizados por travestidos cuyos números eran más celebrados cuanto más picantes resultaban. Siempre estaba lleno y gran parte de su público era heterosexual, o decía serlo; curiosos en definitiva, atraídos por aquellos hombres vestidos de mujer. Porque eran eso, hombres. ¿O no? Sam a veces se lo preguntaba, como también la legión de fisgones atraídos por la fama del establecimiento que, sin disimulo alguno, expresaban sus juicios en voz alta entre alguna que otra risotada. Lo cierto era que había travestidos a los que, si no era de cerca, se hacía difícil precisar su género. Sam, de hecho, se aproximó a alguno ─eso sí, con mucho disimulo─ para satisfacer sus dudas. Lo mismo sucedía con algunas de las parejas que bailaban. Todos iban bien vestidos. Eldorado era un lugar elegante, de moda, que contaba entre su clientela habitual a políticos, empresarios, financieros, artistas y gente del cine.

Era asimismo el lugar frecuentado regularmente por los amigos homosexuales de Helmut; algunos acudían casi a diario. Helmut invitó a Sam a sentarse con un grupo de ellos, los que habían acudido ese día, cuatro. Excepto un joven de similar edad a la de Helmut y Sam, o al ser barbilampiño eso parecía, los demás superaban de la treintena con creces. Uno de ellos iba vestido de mujer; llevaba un traje largo de noche, negro, con escote rectangular, collar de perlas de dos vueltas, los labios pintados de rojo pasión, las cejas perfectamente arregladas y el cuerpo depilado, al menos la parte de él que podía observarse: los brazos y el pecho. Una abundante capa de maquillaje disimulaba los pequeños puntos negros de una barba cuidadosamente afeitada. La abundancia de cosmético, la elegancia de su indumentaria, el refinamiento de su proceder, no enmascaraban, sin embargo, que se trataba de un travestido; todo lo contrario. Llevaba un monóculo en el ojo izquierdo, que se ponía y quitaba a discreción y que Sam ─un tanto sorprendido y algo cohibido, aunque no se le notaba─ no sabía si se trataba de un simple adorno o lo usaba por necesidad. En todo caso, en aquellos momentos el monóculo era ya cosa del pasado, un símbolo de una sociedad en franco declive.

Helmut se desenvolvía en Eldorado con una espontaneidad y un desparpajo difíciles de casar con su manera de comportarse en el Haus Vaterland. Se transformaba, era otro, y se notaba que se sentía a gusto. Resultaba evidente que tenía mucha confianza con sus amigos y se desinhibía por completo. Como cuando presentó a Sam.

―Este es mi amigo Sam, el hijo de mis jefes. Así que cuidadito con lo que hacéis, que os conozco. Aunque, bien pensado, intentad lo que queráis, el resultado será el mismo: nada. Es descaradamente heterosexual. ¡Qué lástima!, ¿no?

Sam enrojeció. Naturalmente, los demás rieron la ocurrencia, pero se apresuraron a alejar su vergüenza con frases amables y sirviéndole inmediatamente una copa. En el escenario un joven de aspecto aniñado, vestido con un escueto corsé, se movía con gran sensualidad al son de Das ist Berlin, cantando a la ciudad que se levantó de los escombros cual ave fénix, la ciudad de la que no se puede prescindir, eternamente joven y llena de magia, como decía su letra. ¿De verdad no es una mujer?, se preguntaban los espectadores que lo veían por primera vez. También Sam dudaba, y como él muchos de los habituales, que se resistían a sentirse atraídos por un hombre.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/10/05/en-eldorado-berlin-1929/

En el Ódeon (París, mayo de 1968)

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Jean-Paul Sartre durante una asamblea en el Ódeon tras ser ocupado por los estudiantes (13 de mayo de 1968): Fotografía: Claude Dityvon.

―Tengo una bicicleta, pero poca pasta para cuidarla ─decía una muchacha─. Está muy vieja. Las ruedas están hechas polvo pero no puedo permitirme el lujo de cambiarlas, no tengo dinero suficiente. Voy poniéndoles parches, pero ya no aguantan. Es que ya no hay ni sitio, es parche sobre parche. Así que voy a tener que deshacerme de ella y, si puedo, cambiarla por otra. Eso mismo le pasa a este sistema. Está podrido y los parches solo conseguirán que aguante un poco más, pero no podrán evitar su descomposición. Mejor, pues, cambiarlo por otro. Para eso estamos aquí. Pero hace falta unidad. Mientras el movimiento estudiantil y el obrero vayan cada uno por su cuenta no se conseguirá nada. Más parches.

(…)

―Vale ─manifestó otro─. Nada de parches, nada de reformas. Revolución. ¿Hacia dónde? ¿Qué modelo de revolución queremos?

―¿Y para qué necesitas un modelo, ya sea del capitalismo o de la democracia popular?

―Lo que mucha gente no comprende es que vosotros no buscáis elaborar un programa, ni dar una estructura al movimiento. Os reprochan querer “destruirlo todo” sin saber, en todo caso sin decir, lo que queréis en su lugar cuando se derrumbe ─dijo Sartre.

(…)

―No necesitamos modelos. Estamos realizando reformas y cambiando los modelos. ¡Estamos inventando! ─exclamó uno.

―No inventamos nada ─discrepó una chica─. Lo siento, camaradas, no inventáis nada. Estáis remodelando una estructura capitalista. Para mí eso no es un invento, no es nada. Veo un debate. Simplemente percibo gente que se preocupa, que hay un régimen capitalista y debemos hallar modalidades, reformas y cosas por el estilo para oponernos e intentar acondicionar esta estructura. Pero no deja de ser cierto que la base está podrida. ¿Qué podemos hacer, pues? La base es el hombre y el hombre no cambiará.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/10/04/en-el-odeon-paris-mayo-de-1968/

La recompensa

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Fotograma de la película “El gran Gatsby” (original en color).

Un hombre (…) encontró una cartera repleta de dinero, más de mil dólares, la mayoría en billetes de cien, cuando se dirigía a uno de los restaurantes más lujosos de Nueva York donde trabajaba como camarero. No había tenido nunca un billete de cien en sus manos, ni visto tanto dinero junto; eso no lo ganaba él en un año. Visiblemente nervioso, lo primero que hizo al llegar al trabajo fue contárselo a un íntimo amigo, compañero suyo, camarero también. Nuestro hombre estaba hecho un lío y no sabía si devolver o no la cartera a su propietario. En la documentación que había con el dinero figuraba su nombre y las señas; se trataba de un acaudalado hombre de negocios que vivía en un lujoso inmueble de la Quinta Avenida. Desde el primer momento, su amigo le aconsejó que se la quedara, que a un tipo como al que pertenecía la cartera le sobraba el dinero mientras que a él le arreglaba la vida una buena temporada.

Por la noche, lo habló también con su mujer, una irlandesa católica, como él; ambos eran emigrantes, profundamente religiosos y esperaban un tercer hijo. Ella dudaba, pero cuanto más lo pensaba más favorable se mostraba a quedarse con el dinero. ¿No ves cómo vivimos? Piensa en los niños. A él, sin embargo, le ocurría lo contrario. Su moral, concluyó, no le permitía hacer una cosa así.

A la mañana siguiente se presentó en la mansión del dueño de la cartera para hacerle entrega de la misma. Le recibió un criado, con librea, más elegante que él mismo cuando se ponía, los días festivos, sus mejores ropas. Le dijo que esperara un rato en el vestíbulo, suntuoso, más amplio que su casa; cualquiera de los muebles, objetos o cuadros que lo decoraban seguramente tenía más valor que todas sus posesiones juntas. Si esto es así, ¡cómo será el resto de la casa!, pensó. Salió por fin el potentado dueño de todo aquello, que se deshizo en halagos hacia el comportamiento del camarero y le gratificó con veinte dólares. ¡Veinte dólares! ¡Será miserable! Mira que solo darte veinte cochinos dólares. Ya te dije que no le devolvieras el dinero. No se lo merece, ni él ni todos esos acaparadores que ya ves cuánto nos valoran, le dijo su amigo al enterarse.

La casualidad hizo que unas semanas después debieran servir en casa del magnate un ágape para un centenar de invitados que el millonario caballero había encargado al restaurante donde trabajaban los dos amigos. Fíjate en esa figurilla ─un pájaro tallado en cristal con incrustaciones de zafiros y rubíes y adornos en plata y oro─, debe valer una fortuna, con lo pequeña que es, y el muy avaro solo te dio veinte dólares. ¡Qué asco de gente! El honrado camarero seguía creyendo que había actuado conforme su conciencia le dictaba, pero se sentía cada vez más enojado y defraudado, especialmente ante el derroche extravagante que tenía lugar ante sus ojos (…) ; también porque saludó al dueño de la casa y este no solo no se acordaba de él sino que ni siquiera le devolvió el saludo.

Cuando terminó la celebración, mientras recogían las cosas, se cercioró de que nadie le miraba y escondió la figurilla en su chaqueta. La mala suerte quiso que, ya saliendo de la casa, tropezara y la figurilla cayera al suelo. Llamaron a la policía, que obviamente le detuvo. La figurilla en cuestión estaba valorada nada menos que en cinco mil dólares. Se enfrentaba a una condena que podía llegar a varios años de prisión, según considerase el juez la gravedad del delito. De nada sirvió que su mujer consiguiera hablar con el ofendido propietario de la figurilla. No dudo de la honradez de su marido, me demostró su rectitud al devolverme el dinero. Pero todos nos extraviamos alguna vez. ¿Y qué hace usted cuando uno de sus hijos realiza una acción que pueda llevarle por el camino del descarrío y la perdición? Corregirle. ¿Cómo? Con un castigo. En lo que pueda intentaré que la pena que le impongan a su marido sea lo más leve posible, pero no retiraré la denuncia. Es lo mejor que puedo hacer por él. Finalmente, el camarero fue condenado a un año de cárcel. Lógicamente, perdió su empleo.

“La recompensa” es un relato de Sam Shuterland, el protagonista de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).