El ignominioso asesinato de Julius y Ethel Rosenberg

julius-y-ethel-rosenberg-durante-su-juicio-en-1951

Julius y Ethel Rosenberg durante su juicio en 1951. / AP

―¿Tú crees que eran culpables? ─preguntó Egon.

―Creo que no, pero ahora eso es lo de menos ─respondió Sam─. Una muerte dictada es siempre un asesinato. Sinceramente, en estos momentos me importa un bledo su culpabilidad. Asesinándolos han tratado tanto de castigar a los supuestos culpables como de dejar bien patente que no se juega con el sistema. Eso es fascismo, terrorismo de Estado. Querían matarlos. Por la seguridad de la nación, alegan. Esto nada tiene que ver con la seguridad nacional. Muy endeble debe ser esta si un matrimonio como los Rosenberg puede ponerla en entredicho. El asesinato de los Rosenberg, pues eso es, un asesinato, por mucho que se revista de legalidad solo resulta más abominable, tiene más que ver con la voluntad de destruir los movimientos políticos anteriores a la guerra que con la supuesta seguridad nacional. Eliminado Hitler, el gran enemigo es ahora el comunismo, ni siquiera la Unión Soviética. Que la gente crea que únicamente cuando no tengamos rival en el mundo, ni político, ni armamentístico, ni económico, ni ideológico, y hayamos impuesto nuestras normas y nuestro modo de concebir la existencia, conseguiremos la paz. Y para ello hay que atemorizar a la población con misterios, secretos, traiciones y la gran amenaza: otra guerra. Confía en el Gobierno, deja hacer, no pienses, ese es el mensaje que se esconde tras todo este montaje. Si no llega a ser por el Gobierno, vigilante… ¡Si eran personas normales! ¡Quién lo iba a decir! No te fíes, pues, de nadie, el enemigo puede ser quien menos lo esperes, tu vecino por ejemplo. ¿Por qué será que esta situación me recuerda otras ya vividas?

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Julius y Ethel Rosenberg eran un matrimonio joven –él treinta y cinco años, ella treinta siete–, padres de dos hijos –Michael, de diez años de edad, y Robert, de seis–, acusados de espiar para la Unión Soviética revelando secretos acerca de la bomba atómica y condenados por ello a ser ejecutados en la silla eléctrica. Su ejecución tuvo lugar en la prisión de Sing Sing el 19 de junio de 1953. No fueron pocos los que afirmaron que el juicio era una farsa y en todo el mundo occidental se organizaron actos de protesta contra la sentencia.

A las ocho en punto de la tarde entró Julius. Se sentó ayudado por los guardias, que le indicaron cómo debía colocarse. Lo ataron y acto seguido le pusieron una especie de máscara que solo dejaba al aire las fosas nasales y la boca, levantaron la pernera derecha del pantalón y sujetaron a la pantorrilla una plancha de metal por la que penetraría la corriente eléctrica, complementando la que llegaba directamente a la cabeza. Julius parecía un muñeco articulado que adoptaba la postura que marcaban los titiriteros de la muerte. El director del presidio dio la señal. Se oyó el ruido de la llave eléctrica que daba paso a la corriente. Julius dio un respingo. Sus manos y pies se contrajeron. Se oyó un seco quejido. El cuerpo se sacudía con la corriente. Minuto largo después cesó el zumbido. Se acercaron los médicos. Un guardia abrió la camisa de Julius, sin muchos miramientos. No la desbrochó, se limitó a desgarrarla. Los facultativos le auscultaron. Todavía respiraba. Otra descarga. Otros interminables cincuenta y siete segundos que parecieron eternos. Las convulsiones del cuerpo eran más violentas que la primera vez, pero no ya no se oyó quejido alguno. La boca comenzó a ponerse morada y una baba sanguinolenta salió de ella. Olía a quemado. Se detuvo la descarga. Los médicos volvieron a reconocerlo. Declaro muerto a este hombre, pronunció uno de ellos. Apenas habían pasado un par de largos minutos. Dos guardias con bata blanca desataron el cuerpo y lo colocaron en una camilla de ruedas. Tenía los ojos hundidos y estaba blanco como el mármol.

A las ocho y seis minutos de la tarde entró Ethel. Le habían cortado el pelo para que le llegase mejor la corriente, llevaba un vestido verde, los labios apretados. Su muerte fue más cruel aún, ya que hicieron falta cinco descargas. Se dijo luego que la causa radicó en que la silla estaba diseñada para un cuerpo “normal” y, supuestamente, masculino, y no para una mujer pequeña y frágil como ella. Tardó casi cinco minutos en morir. Tras la cuarta descarga, los dos médicos aplicaron sendos estetoscopios sobre su cuerpo para comprobar si había muerto. No estaban seguros. El verdugo, Joseph P. Francel, abandonó por un momento el cuadro de interruptores, situado a unos tres metros de la silla, para preguntar si era necesaria otra descarga. Los médicos asintieron con la cabeza. Volvieron a atar bien sujeta a Ethel y tras la quinta descarga uno de los médicos pudo decir por fin Declaro muerta a esta mujer.

Puede ampliar la información sobre el asesinato de los Rosenberg en el artículo publicado en este blog clicando aquí.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/14/el-ignominioso-asesinato-de-julius-y-ethel-rosenberg/

Refugiados en Marsella

refugiados-haciendo-cola-a-las-puertas-del-consulado-de-marsella-1940

Refugiados haciendo cola a las puertas del consulado de Marsella (1940) / varianfry.org

Era tarde, más de las once de la noche. Casi todos habían marchado ya. Sam y Varian se disponían a cerrar el despacho. Un hombre de mediana edad, con un traje cruzado gris marengo, camisa blanca con el cuello recién almidonado, corbata a rayas en tonos azules, bien afeitado y peinado, al que había entrevistado Sam a primera hora de la tarde y denegado por el momento el visado puesto que entendía que había casos más urgentes, permanecía sentado en una silla en el recibidor del oscuro piso en que habían establecido la oficina. Con la cabeza gacha, la mano derecha sobre la frente y el codo apoyado en la rodilla, pensaron que se había quedado dormido. En cierto modo así era, no parecía consciente cuando le avisaron de que iban a cerrar, se mostraba un tanto perplejo. Al reconocer a Sam se puso de rodillas, implorando. Por favor, tengan compasión, no puedo quedarme aquí, y mi mujer está embarazada, suplicaba entrecortadamente. Varian y Sam trataban de calmarlo sin resultado alguno. Le decían que estudiarían su caso con mayor detenimiento, que igual ─dijo Sam─ se había precipitado en sus conclusiones, que marchara tranquilo, que al día siguiente hablarían.

―Vengo escuchando la misma cantinela todos los días. En embajadas, consulados, oficinas de repatriados. De entrada ya te dicen que no es posible, y si insistes que ya veremos mañana.

El hombre estaba visiblemente alterado, fuera de sí.

―De verdad se lo digo. Mañana…

―Mañana, mañana… Mañana me dirán lo mismo. Claro, como no soy uno de esos artistas a los que protegen. Yo soy un simple comerciante de provincias, como yo hay miles. ¿Vale más su vida que la mía?

―Tranquilícese, hombre. Vamos a hablar, pasemos dentro.

Varian se disponía a abrir de nuevo la puerta del despacho cuando de pronto el hombre empezó a sudar y a respirar con dificultad. Dijo sentirse mareado, le faltaba el aire, no podía pronunciar palabra. Se agarró fuertemente el brazo izquierdo y cayó al suelo inconsciente. Varian lo cogió, estaba muerto.

―Es terrible. No dejo de pensar que podría seguir vivo si le hubiera prestado mayor atención ─confesaba Sam a Varian después del incidente─. Me siento culpable.

―No puedes pensar así. Debes blindar más tus sentimientos, no puedes ser víctima, así tu ayuda no valdrá para nada.

―Temo no servir para esto. ¿Cómo decir que no a quienes carecen de otra salida, a los que han recorrido ya todos los centros de ayuda sin éxito?

―Es difícil saber quién está en peligro inminente y quién no. Pero ante la duda, no podemos hacer otra cosa creer en lo que nos dicen, que realmente están en peligro.

―Eso intento hacer, pero tengo dudas con todos.

―Ya te acostumbrarás. Por desgracia, es imposible contentar a todo el mundo. Los doscientos visados de emergencia que concedió Roosevelt prácticamente se han terminado. He solicitado más a la Secretaría de Estado.

―¿Y qué te han dicho?

―Ni siquiera me han contestado.

―¿Y en el consulado?

―Dicen que no pueden hacer nada.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Puede adquirir la novela en edición en papel o electrónica.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/12/refugiados-en-marsella/

Los blousons noirs

greasers_02-1

Bill no se apartaba de Sophie, que pasaba de él últimamente, desde que había entrado a formar parte de la pandilla otro joven de más edad que tenía motocicleta y al que nunca le faltaban unos francos en el bolsillo. Guapo, alto, delgado, de palabra fácil y muy osado, era conocido como El Lagartija. Llevaba siempre colgando del cuello una calavera de metal, aunque su mayor adorno, el más espectacular, era una cicatriz que, aseguraba, le habían hecho en la cárcel el mes y medio que estuvo recluido por alteración del orden público.

Pronto su presencia transformó las relaciones de los miembros de la cuadrilla. El hasta entonces “jefe”, que no quería perder su ascendencia, le retó a lo que consideraba una prueba de valentía que no todos podían superar: debía pinchar con una pequeña navaja el culo a cualquiera de las emperifolladas señoras que salían de la misa vespertina de la iglesia de Saint-Germain des Prés, en cuyo bulevar homónimo se hallaban sentados planeando cómo pasar la tarde. El joven recién llegado se limitó a sonreír, dejando entrever que el desafío era pan comido. Tranquilo, como si no fuera con él la cosa, se acercó a un par de mujeres de unos cuarenta años y pinchó a las dos en el trasero. Cuando alguno de ellos realizaba una prueba similar solía inmediatamente salir corriendo hacia donde estaban sus compañeros. No fue el caso, el joven se quedó de pie, mirando cómo las dos mujeres ponían la mano en el trasero y se asustaban al verla manchada de sangre, riendo, de cara a sus amigos que le decían que se diera prisa en huir, se acercaba un gendarme que había escuchado los gritos de las dos mujeres. Pero él esperó su llegada y le pinchó también en el culo. Aún tuvo el atrevimiento de coger la gorra del guardia. Solo entonces echó a correr hacia donde estaban sus compañeros. El policía le persiguió pero no pudo alcanzarle. Naturalmente, desde entonces su prestigio aumentó, hasta el punto de que nada se hacía sin su consejo o aprobación. Las chicas empezaron a mirarle con otros ojos y ninguna decía que no a dar una vuelta con él en su moto, Sophie entre ellas. Todas se rendían a su carisma, pero El Lagartija parecía sentir cierta predilección por Sophie, para contrariedad de Bill, que se la tenía jurada. Por si faltara poco, esa misma tarde había quedado en evidencia en una discusión sobre lo explotados que se sentían en el trabajo. Uno de ellos comentaba que había empezado a trabajar en una ferretería y solo le habían pagado ocho francos.

―Una buena mierda. Dicen que has de aprender, que luego ya te pagarán más. Si la entrada al Golf-Drouot ya cuesta tres francos.

―Dos buenas mierdas te pagarán luego ─soltó El Lagartija para regocijo de todos.

―Y encima nos llaman holgazanes. Holgazanes por no aceptar los trabajos de mierda que nos ofrecen en su provecho. ¡Que les den! Curros de mierda, salarios de mierda, pues mierda para ellos. Haz esto, haz lo otro, y luego, ¡toma!, mierda.

―Y encima aguanta a los viejos. Mi padre me pide que le entregue lo que he ganado todos los sábados.

―¿Y se lo das?

―Los cojones le voy a dar. Se lo bebe. Le doy unos francos. ¿No tienes más? No, le digo, no tengo más. Él insiste. ¿No me mientes?

―Eso te pasa por capullo ─sentenció El Lagartija─. Yo nunca miento a mis padres. Simplemente no hablamos. Un día mi madre me dijo: o trabajas o te vas, nosotros no podemos mantenerte. Me fui de casa.

―¿Y dónde vives?

―Aquí y allá. Ahora ocupo con otros, en Ivry-sur-Seine, una caseta abandonada de la fábrica de cervezas que cerraron el año pasado. Trabajo cuando necesito pasta. Si es poca cosa lo que me hace falta trabajo en cualquier sitio. Si necesito una cantidad mayor busco que me contraten un mes o dos en mi oficio, soy fontanero. Pero un trabajo fijo, a la orden de un cabrón que me controle, ni de coña pienso tenerlo.

Las opiniones y ocurrencias de El Lagartija eran seguidas por los miembros de la pandilla con veneración y, por supuesto, celebradas por todos. El joven proseguía con sus “proezas” y “máximas” entre la complaciente complicidad de la docena de amigos y amigas y el mosqueo de Bill.

―Pues la moto te habrá costado una buena pasta. Para trabajar tan poco tienes muchas cosas. No seas fantasma, habrás tenido que tragar más mierda de la que dices ─largó Bill, harto de lo que consideraba simples fanfarronadas del nuevo adalid de la pandilla, al que no soportaba.

―Mira quién fue a hablar. El estudiante que vive de los papás ─entonces sí se escucharon algunas risas─. Tú eres bobo, chaval. Mira ─y le mostró una navaja que llevaba en la cazadora al tiempo que se quitaba el cinturón y lo blandía como una cadena─. ¿Ves? Con esto también se consiguen cosas. Llevar algo así encima, aunque no lo uses, te hace sentir más fuerte. ¿A que tú no llevas nada?

―Ni falta que me hace ─fue todo cuanto Bill alcanzó a decir tras un breve instante de silencio en que se sintió que la vergüenza le bloqueaba y sellaba su garganta.

―Di que sí, milhombres ─contraatacó su rival haciendo uso de unos reflejos que él no había mostrado tener.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Puede adquirir la novela en edición en papel o electrónica.

La pandilla de la que, desde hacía poco, formaba parte Bill –hijo Sam Sutherland, el protagonista principal de la novela– era una de tantas que integraban el movimiento juvenil de los blousons noirs. Estos jóvenes empezaron a ser conocidos con dicho apelativo desde que, el 27 de julio de 1959, fueron denominados así en un artículo aparecido en France Soir que daba noticia de un grave enfrentamiento juvenil acaecido en la plaza Saint-Lambert. Desde entonces el término pasó a usarse como sinónimo de gamberros, delincuentes, vándalos…

Los blousons noirs –a los que hoy calificaríamos de banda urbana– alcanzaron gran protagonismo en Francia –en París sobre todo– a finales década 1950 y principios de la de 1960, al tiempo que surgían otros movimientos como los mods y los rockers en Gran Bretaña y Estados Unidos. La afirmación de una identidad y cultura propias se reflejaba en su provocadora y agresiva conducta hacia un mundo del que se sentían excluidos y un código de vestimenta con el que diferenciarse estéticamente: ajustados pantalones vaqueros, camisas a lunares o cuadros, camisetas tipo marinero de algodón y cuello redondo, peinado hacia atrás engominado y con un ligero tupé como el que lucían Vince Taylor o Johnny Hallyday… Dos distintivos más definitorios de los blousons eran la cazadora y la motocicleta, como James Dean o Marlon Brando en El salvaje. Su música, obviamente, era el rock and roll.