El pollo vestido

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Desde muy pequeño, Edu solía ir con su madre a comprar al supermercado que hay al lado de su casa. Allí veía hortalizas, legumbres, carnes, pescados… que, luego, su madre cocinaba y que, en consecuencia, adquirían un aspecto muy distinto. A Edu siempre le había llamado la atención este hecho, ese cambio de apariencia que adquirían los alimentos. Y, con el tiempo, había aprendido a identificar, ya cocinados, un pollo, un conejo, una merluza…, y a saber qué otros componentes conformaban el plato que tenía delante. De todos los alimentos que su madre le preparaba, el pollo era, con gran diferencia, el que más le gustaba. Si por Edu fuera, en su casa todos los días se comería pollo.

Un buen día, Edu fue con los compañeros de colegio a una granja escuela. A su regreso, sus padres le preguntaron que tal lo había pasado. “Muy bien”, respondió Edu. Y también se interesaron por sus experiencias, qué había hecho, qué le había gustado, qué sorprendido… Edu, entonces, dijo que lo que más, lo que más de todo, ver pollos vestidos.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/01/18/el-pollo-vestido-microcuento/

Y vino la policía

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De pronto, policías por todas partes. Brotaban como chispas de un incendio incontrolado. De los furgones aparcados en las bocacalles que dan a la plaza descendían como malcarados perros de caza sedientos en busca de la presa. Bien pertrechados, con casco, escudo y porra. Sin mirar ─les bastaba el olfato─ empezaron a repartir golpes a diestro y siniestro, indiscriminadamente. ¡Asesinos!, gritaban algunos, entre porrazos, patadas y empujones. ¡Hijos de puta!, ¡Cabrones! Todo sucedió muy rápido. Una joven ─pelo corto, pantalón vaquero, camiseta con una leyenda (Stop. Piensa), no tendría ni veinte años─ sacó el móvil e intentó grabar la intervención policial. Un policía, de un manotazo, le tiró el teléfono al suelo, ella también cayó. Rompió a llorar. Su compañero, o un chico que había a su lado, se encaró con el madero, le exigió que se identificase (no llevaba placa de identificación). Por respuesta, recibió un porrazo en el estómago. Se retorcía de dolor y el policía continuaba golpeándole.

Empujé al policía, que no llegó a caerse porque le sujetaron sus compañeros de camada. Sentí de repente un golpe en la espalada, a la altura de los riñones. Yo sí me caí. Traté de levantarme y otro me dio una patada. Volví a caerme. Dos me cogieron por los hombros, me arrastraron ─no podía ponerme de pie (bueno sí, pero no me dejaban)─ y me lanzaron al interior de un furgón como el que arroja un saco de patatas. El furgón estaba casi lleno, jóvenes la mayoría. Vi gente ensangrentada. Enseguida tiraron a dos más dentro y cerraron las puertas. ¡Blam!

El conductor era un cabrón, conducía de prisa, temerariamente ─él podía; ellos pueden─, a toda hostia, daba volantazos y frenazos cuando le venía en gana. Íbamos esposados y nos golpeábamos en los laterales del furgón. Oía las risas de nuestros custodios. Una chica empezó a llorar. Mis padres Que les den, le decía uno. No llores, no pasa nada, te ficharán. O no, a lo mejor no, y a la calle, le explicaba otro que no era la primera vez que lo detenían. Ya, ¿y luego?Deja el luego para luego, añadió el mismo joven.

Llegamos a comisaría. Nos bajaron del furgón con la misma delicadeza con que nos habían subido, a empujones. Fuimos conducidos a una sala en la que había unos armarios metálicos, un par de mesas y unas pocas sillas. A medida que entrábamos nos pedían la documentación y se la quedaban. Exceptuando al joven que nos acompañaba en el furgón y tranquilizaba a la chica preocupada por lo que dirían sus padres al enterarse de su detención, ninguno de los demás había sido detenido antes. Estaban ─estábamos─ nerviosos, intranquilos, asustados. Pasaba el tiempo y nadie nos decía nada. Dos policías nos custodiaban. Hablábamos en voz baja. ¿Qué va a pasar ahora? ¡Silencio!, exclamaban los guardias. La muchacha del furgón seguía angustiada. ¿Se enterarán mis padres de esto?, preguntó a uno de los policías, que se echó a reír. Otro joven, en cambio, reclamó su derecho a efectuar una llamada telefónica. Más risas. En eso, entró un policía de paisano; debía ser inspector, o subinspector, o algo, no sé la jerarquía. Se cuadraron ante él. ¿Qué pasa?, preguntó. Le explicaron la situación sus subordinados: Estos, que quieren hacer una llamada. El tipo no rió. Muchas películas yanquis habéis visto vosotros. Estamos en España; aquí no tenéis derecho a llamar, respondió de malos modos. Como el joven siguió insistiendo y otros se sumaron a la petición, aludiendo entre otras cosas que sus familias estarían preocupadas, el oficial espetó: Panda de maricones, niñatos de mierda, os voy a meter una patada en el culo que os va a salir por la boca; primero no queréis que avisemos a vuestra mamá y a los cinco minutos sí, pero ¿qué cojones os creéis que es esto, panda de gilipollas? ¡Iros a mamarla! Y salió de la estancia tan altanero como había entrado.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en:

https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/01/08/policias-por-todas-partes/

 

Arriba y abajo

metrc3b3polis[Arriba] el barrio del Comercio ─que curiosamente no se denomina de comerciantes, o de los comerciantes─ es el más próximo al centro de la ciudad. Los bajos de las grandes casas burguesas de finales del XIX y principios del XX albergan tiendas de todo tipo con escaparates llenos de boñigos de cuidado diseño, regios bancos vigilados por cancerberos con sus correspondientes guadañas, clonados restaurantes y establecimientos de fast food, estilosos pubs y cafeterías, y mucha gente disfrazada. Junto a ellas, edificios de estética más reciente, más pretenciosa, insustancial. Un altísimo monolito de mármol negro, de más de treinta metros de altura y de forma piramidal, en cuyas cuatro caras figuran montones de saetas dispuestas arbitrariamente y apuntando todas hacia arriba, nos indica que llegamos al centro, zona de actividades diversas donde concurren negocios, transacciones, personas, apariencias, súplicas y pretensiones, lugar de partida y convergencia de intercambio de bienes e individuos.

(…)

[Abajo,] surgidos de la necesidad y la escasez, desde mediados de los cuarenta, se levantaron a ambas riberas del río varios arrabales que albergaban la numerosa mano de obra que acudía desde dispares rincones en busca de un empleo mejor, o simplemente de un trabajo, en aquellos tiempos de miseria y soledad moral en que yo también me crié sin ser consciente de ello. En estos suburbios, marginales y marginados, muchas de las casas, sobre todo las más cercanas al río, eran de autoconstrucción, pero ahora, desde hace un par de décadas como mucho, se han convertido, esos arrabales ─entonces sin nombre, después se les denominaría con apelativos como periferia, extrarradio o aledaños hasta que se integraron en la ciudad─, en zonas residenciales sumamente codiciadas por su emplazamiento, sus espléndidas vistas y espaciosas y cómodas viviendas que llaman lofts, una vez compartimentados adecuadamente los edificios fabriles y hechas las oportunas reformas en las estructuras e interiores y la limpieza del entorno (el humano también).

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/01/03/arriba-y-abajo/