La Revolución rusa: centenario

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Esta entrada inicia una serie de seis artículos, que se publicarán a partir de hoy, dedicados a la Revolución rusa, de la que este año se celebra el primer centenario. Tal día como hoy, 7 de noviembre, de 1917, la Guardia Roja tomaba sin resistencia el Palacio de Invierno en Petrogrado (actual San Petersburgo), residencia oficial de los zares. Comenzaba así la conocida como Revolución de Octubre, pues en aquellos años Rusia se regía por el calendario juliano, según el cual dicha fecha correspondía al 25 de octubre.

Para el periodista y escritor John Reed, testigo de los hechos, que describe en su famoso libro Diez días que estremecieron el mundo (1919), “el éxito de los bolcheviques tiene solo una explicación: han llevado a cabo las simples y vastas aspiraciones de esas enormes capas del pueblo que querían desmontar el mundo antiguo para llevar a cabo, en la humareda de las ruinas derruidas, la edificación de la estructura de un mundo nuevo”. Esa ilusión que movía “enormes capas del pueblo”, ese anhelo por erigir una sociedad libre e igualitaria que tantos sueños había alimentado, se plasma muy bien en esta secuencia de la película que dirigió Warren Beaty Rojos (1981), basada en la vida de Reed.

En un ambiente de confraternidad, emociones a flor de piel y entusiastas esperanzas, aquella misma noche Lenin anunciaba el comienzo de “la tarea de construir la sociedad socialista”. Esa sociedad crearía un mundo y un hombre nuevos. Solo en ella, una sociedad comunista, “cuando se haya roto ya definitivamente la resistencia de los capitalistas, cuando hayan desaparecido los capitalistas, cuando no haya clases (es decir, cuando no existan diferencias entre los miembros de la sociedad por su relación hacia los medios sociales de producción) solo entonces ‘desaparecerá el Estado y podrá hablarse de libertad’. Solo entonces será posible y se hará realidad una democracia verdaderamente completa, una democracia que no implique, en efecto, ninguna restricción. Y solo entonces comenzará a extinguirse la democracia, por la sencilla razón de que los hombres, liberados de la esclavitud capitalista, de los innumerables horrores, bestialidades, absurdos y vilezas de la explotación capitalista, se habituarán poco a poco a observar las reglas elementales de convivencia, conocidas a lo largo de los siglos y repetidas desde hace miles de años en todos los preceptos, a observarlas sin violencia, sin coacción, sin subordinación, sin ese aparato especial de coacción que se llama estado” (Lenin: El Estado y la revolución, 1917). La base económica hará posible su extinción –añade– e “implicará un desarrollo tal del comunismo que supondrá la disolución de la diferencia entre el trabajo manual y el trabajo intelectual. Será entonces cuando se pondrá en práctica la famosa regla de ‘Cada cual según su capacidad. A cada cual según su necesidad’”.

¿Que no se consiguió?, ¿que las ilusiones se esfumaron más pronto de lo que parecía?, ¿que ese mundo y ese hombre nuevos nunca llegaron a ser una realidad? No seré yo quien diga lo contrario. Desde que se implantó una “’economía de dirección centralizada’ responsable mediante los ‘planes’ de llevar a cabo [la] ofensiva industrializadora, [que] estaba más cerca de una operación militar que de una empresa económica” (Eric Hobsbawm: Historia del siglo XX, 1994), pretendiendo ser no solo un sistema alternativo al capitalismo, sino superior a él, el modelo de una sociedad libre y sin clases que se había planteado al inicio de la revolución estaba abonado al fracaso. Se sirvió de las herramientas del capitalismo y, obviamente, no llegó a crear el “hombre nuevo”.

Pero ya iremos tratando este aspecto con detalle a lo largo de estos artículos. Centrémonos primero en la relevancia de la Revolución rusa, el acontecimiento más trascendental del siglo XX, como lo calificó Eric Hobsbawm. A su juicio –así como el de un servidor y el de infinidad de historiadores no revisionistas–, “las repercusiones de la Revolución rusa fueron más profundas y generales que las de la francesa” y “las consecuencias prácticas mucho mayores y perdurables”, pues “originó el movimiento revolucionario de mayor alcance que ha conocido la historia moderna. Su expansión mundial no tiene parangón desde las conquistas del islam en su primer siglo de existencia” (Hobsbawm. Historia del siglo XX).

La Revolución francesa hizo suyo el pensamiento ilustrado y, de acuerdo con sus principios, alumbró un mundo de progreso constante hacia una sociedad justa, una vez abolido el feudalismo. Este nuevo sistema social –organizado en torno al capital como relación básica de producción– fue posible gracias a una revolución –si me permiten usar este adjetivo tan de moda– transversal, es decir, protagonizada por la burguesía y las clases populares. La rusa, en cambio, fue una revolución de clase. Los intereses de unos y otros se fueron resquebrajando a medida que se consolidaba el nuevo modelo de estado burgués. La alianza se quebró y enfrentó a una y otra clase. Esta nueva clase, la clase obrera –en su más amplia acepción–, va a tener ahora, en la Revolución rusa, un referente, una alternativa de organización social que en aquellos momentos llevaba a creer que otro mundo sí era posible. Más allá de cualquier otra consideración, los coetáneos contemplaron los hechos de 1917 como una hecatombe o como una gran esperanza –según la posición social de cada uno–, pero todos se referían a ellos como una revolución. Para las clases obreras europeas y mundiales, emular el Octubre rojo se convirtió en un objetivo durante gran parte del siglo XX. Por primera vez, la clase obrera detentaba el poder y se establecía un sistema alternativo diferente de todos los conocidos hasta entonces.

Tal circunstancia era nueva en la historia y pronto, sobre todo una vez Stalin se hizo con el poder, empezó una campaña –cuyos orígenes se remontan a finales de marzo de 1949, cuando se celebró en Nueva York el Congreso Cultural y Científico por la Paz Mundial, una tapadera de la Kominform para la izquierda antiestalinista y para parte de la intelectualidad estadounidense– que equiparaba comunismo con estalinismo. Esto es, simple y llanamente, una falsedad histórica que iremos analizando en los próximos artículos.

Desde entonces, desde que el pensamiento único es el único pensamiento aceptable, lo que lo hace pasar por el único posible, se ha inculcado la idea –exitosamente visto lo visto– de que la democracia representativa (o indirecta) era la única sociedad posible en la que prevalece “la voluntad de la mayoría”, por lo que no se debe considerar al Estado un instrumento de dominación de clase ni oponerse a establecer alianzas con la burguesía progresista, socialreformista. Ahora bien, esto es otra falsedad, interesada además, que no distingue entre comunismo y estalinismo, equiparando uno y otro y, al mismo tiempo, identificándolos con el totalitarismo y comparando como dos formas del mismo comunismo y fascismo, e incluso el nazismo.

Y lo dejo por hoy. Son casi las nueve de la noche cuando redacto estas líneas –si bien tenía una especie de guion elaborado– y, lógicamente, quiero que este primer artículo salga hoy. Las correcciones de mi novela Prudencio Calamidad, que ya esperaba que estuviera a la venta, me han llevado de calle estos días. Queda mucho por decir y contar acerca de la Revolución rusa. Espero que mañana pueda publicar el siguiente artículo (y que la premura no me haya jugado en este una mala pasada). Si no, tendrá que ser el jueves. Gracias por su visita y que les vaya bien (o lo mejor posible).

Nou d’Octubre (Día de la Comunitat Valenciana)

No soy partidario de las conmemoraciones institucionales de sujetos y hechos históricos, sean estos de índole política, cultural o económica. La historia –en el más amplio sentido de la palabra (conjunto de los sucesos o hechos políticos, sociales, económicos, culturales, etc., de un pueblo o de una nación, RAE)– es una cosa y los políticos –que no la política– otra. El sujeto histórico –los políticos lo son– no puede dejar de ser lo que es y, por tanto, su interpretación de los hechos estará siempre condicionada a unos intereses determinados. Los partidos políticos –escribía Simone Weil– son máquinas “de fabricar pasión colectiva”, organizaciones “construida[s] de tal modo que ejerce[n] una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros”, pues “la primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite”. Según quién esté al frente de un gobierno o un estado, un mismo hecho histórico será interpretado de manera distintita, por lo que la historia –incluso involuntariamente– se nos presenta siempre parcial, distorsionada, tendenciosa, cuando no claramente manipulada o falseada.

Hoy, 9 de octubre (Nou d’Octubre) es el “Día de la Comunidad Valenciana” y se conmemora institucionalmente con toda pompa y solemnidad. Se eligió ese día porque el 9 de octubre de 1238 tuvo lugar la entrada victoriosa a la ciudad de Valencia del rey Jaime I. ¿Qué supuso este acontecimiento? Vamos con los hechos.

Cuando el territorio del actual País Valenciano fue conquistado por el rey y sus huestes, era un reino taifa poblado por árabes, o balansiyanos mejor dicho, pues en aquellos momentos sus tierras se denominaban Balansiya, y de aquí viene el nombre de Valencia y de sus nativos, los valencianos.

Más que hablar de ‘reconquista’, como se hizo durante tanto tiempo, o de ‘entrada a la ciudad’, hay que hacerlo de ‘conquista’, y más que de ‘repoblación’ –como veremos luego– de ‘ocupación’. El pueblo musulmán de al-Ándalus fue invadido por una minoría dominante mejor pertrechada –en 1272 aún poblaban el País Valenciano 200.000 musulmanes y 33.000 cristianos– que le obligaba a cambiar drásticamente su modo de vida, sus creencias y sus seculares tradiciones. Muchos fueron expulsados de sus casas y desposeídos de sus propiedades, y si no hubo una matanza generalizada, como en Mallorca, y buena parte de ellos pudo conservar sus tierras, fue por las mismas características de la conquista, que no hicieron necesaria una repoblación inmediata.

La sensación de dominio, de haber sido invadidos y sometidos, que debieron experimentar aquellos hombres, mujeres y niños, no deseo vivirla jamás: confinados a menudo en morerías, convertidos en mano de obra barata para los nuevos señores, obligados a bautizarse por la fuerza… ¿Por quién? Por otros. Simplemente eso: unos extraños, unos desconocidos.

Se ponía así fin a cinco siglos de cultura árabe que dejaron una huella imborrable. La agricultura, tras la conquista, se sirvió de su sistema de regadío. Los musulmanes mejoraron anteriores acueductos y estructuras que se remontan hasta la época romana y dieron a conocer la noria al tiempo que perfeccionaron su uso, e introdujeron el naranjo, la caña de azúcar, el albaricoquero, el algarrobo, la alcachofa, el algodón, la palmera datilera y, aunque todavía no se cultivaba a gran escala, el arroz. La toponimia actual conserva infinidad de nombres de origen musulmán. De los 542 municipios que integran la actual Comunidad Valenciana, alrededor de un centenar empiezan por los sufijos -al y -beni, manifiestamente árabes. Pero no solo estos. Mi pueblo, por ejemplo, Muro, es de origen árabe (aunque desconozcamos el porqué del topónimo), y otros muchos de una larga lista, como Silla (pequeña llanura), Manuel (salida de un valle), Monòver (florido) o Russafa, en Valencia (jardín). También, en todos los órdenes, son muchos los vocablos actuales provenientes de aquella época: alambique, alforja, alguacil, barrio, café, dársena, jaqueca, jarra, jinete, mazmorra, mengano, mezquino, rambla, rehén, sandía, tahona, y un largo etcétera. El tortuoso trazado del núcleo histórico de muchísimas localidades valencianas es de origen musulmán y reflejo de dos formas distintas de organización social: las familias de al-Ándalus eran de tipo extenso y las cristianas nuclear. En las primeras, cuando un hijo suyo se casaba construían otra estancia quitando espacio al patio en un solar adyacente. Las cristianas irán añadiendo parcelas, una al lado de otra, formando calles rectilíneas.

Con todo esto quiero decir que, tras la conquista del territorio valenciano por las huestes de Jaime I, estas se encontraron con una sociedad más avanzada que la suya, cuyos logros sirvieron para cimentarla. Así pues, ¿qué se celebra el Nou d’Octubre? ¿El nacimiento de una nación, parafraseando el título de la película de D. W. Griffith de 1915? O de un pueblo, si lo prefieren, el valenciano. Una nueva sociedad, en definitiva. Sí así es, ¿cómo se alcanzó? Como en Estados Unidos, ¿con la destrucción la cultura de las tribus indias y el genocidio de comunidades enteras? ¿O como hizo la Corona de Castilla (si lo prefieren, el incipiente Reino de España) con las culturas precolombinas)? De los 200.000 habitantes que tenía la taifa de Valencia cuando fue conquistada, unos 40.000 marcharon de sus tierras. Los que se quedaron, los moriscos, terminaron siendo expulsados en 1609, no sin antes haber sufrido el excesivo celo inquisidor para que se evangelizaran y padecer el rechazo de los cristianos, que los consideraban demasiados prolíficos, trabajadores y mezquinos. Un tercio de la población valenciana –alrededor de 120.000 personas– se vio obligada a abandonar para siempre unas tierras que habían morado ya sus antepasados y consideraban suyas.

La medida no gustó a los nuevos señores, los verdaderos beneficiados con la Conquista. El Llibre del Repartiment registra la donación de propiedades expropiadas a los musulmanes una vez finalizada la Conquista entre aquellos que habían ayudado en la campaña: órdenes militares, alto clero eclesiástico, nobles y caballeros, principalmente. Todo ello condujo a la formación de un régimen feudal especialmente duro, fuente de constantes conflictos entre los señores y los campesinos durante los tiempos medievales y hasta la época preindustrial. Tampoco me hubiera gustado ser uno de ellos, de los más, los que formaban parte del «tercer estado» o «común».

Hasta aquí, muy resumidos, los hechos. En base a ellos, la verdad, no sé qué demonios se celebra hoy. Es más, creo que no lo sé ni yo ni nadie. Entre los valencianos nunca ha habido eso que llaman “conciencia nacional”. No voy a entrar ahora en las causas, sigo limitándome a los hechos. Y estos me dicen que su faceta más folclórica y espectacular –versionada según los idearios de quienes en cada momento detentaba el poder– es la que ha predominado sobre cualquier otra consideración.

¿Qué no? A las pruebas me remito. ¡Con la lata que dieron los que se declaran “nacionalistas” o “valencianistas” cuando se aprobó el Estatuto de Autonomía de 1982! En él se pactó, entre otras cosas, que el territorio valenciano se denominaría oficialmente Comunidad (o Comunitat) Valenciana y se redactó de manera ambigua el articulado sobre la lengua de los valencianos. Los firmantes de aquel estatuto se convirtieron poco menos que en traidores. ¿Cómo que Comunitat Valenciana? ¡País Valencià! ¿Cómo que el valenciano es el idioma oficial? ¡El catalán! Algunos iban un poco más allá y reivindicaban nuestra pertenencia a los Països Catalans. Y con el himno. ¿Cómo podía ser el himno oficial el mismo de la Exposición Regional Valenciana de 1909, aquel que dice «Para ofrendar nuevas glorias a España”, aunque solo sonara la música? ¡Qué barbaridad!

Mucho ha llovido desde entonces. Tanto que estos últimos –aunque en coalición con el PSPV-PSOE– gobiernan la Generalitat Valenciana y ostentan la alcaldía del Ayuntamiento de Valencia, además de controlar otras administraciones o parte de ellas, especialmente en el área cultural. Aglutinados en torno a Compromís –una heterogénea mezcla en la que se juntan desde los antiguos procatalanistas a los que militaban la derecha valencianista más rancia–, han hecho suyo el “donde dije digo, digo Diego” y este es el eslogan de este año de la Generalitat Valenciana: “Nou d’Octubre. Dia de la Comunitat Valenciana. Tots a una veu”. La letra del himno de la Exposición dice “Per a ofrenar noves glòries a Espanya, / tots a una veu / germans vingau”.

En el programa de actos oficiales para hoy, 9 de octubre, figura, a las 12:00, la procesión cívica y ofrenda floral a Jaime I y, a las 17:00, Entrada de Moros y Cristianos. ¿Ven el porqué de las fotografías que ilustran este artículo? Si va la cosa va de moros y cristianos, pues ya ven, yo el primer garante de la reconquista (ahora sí) de sus tierras. Por cierto, las fotos son de las fiestas de Moros y Cristianos de mi pueblo. En fin, como dice la canción “la vida es un carnaval y es más bello vivir cantando”. Y que siga la fiesta.

Simone Weil y la supresión de los partidos políticos

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Simone Weil.

Simone Weil (1909-1943) fue una filósofa y escritora francesa de origen judío. El interés por conocer personalmente el mundo del trabajo y sus efectos psicológicos la llevó a trabajar en la fábrica Renault durante un tiempo (1934-1935). Allí, escribiría después, “recibí para siempre la marca de la esclavitud, como la marca que los romanos imprimían con hierro candente en la frente de sus esclavos más despreciados. Desde entonces me he considerado siempre una esclava”.

Pacifista, pero fiel a sus ideales anarquistas, participó en la Guerra Civil Española en el bando republicano (en la columna de Durruti). Después de una temporada en los Estados Unidos, se estableció en Inglaterra, desde donde colaboró con la Resistencia francesa. Nacida en un ambiente judaico, su inquietud mística la acercó a un cristianismo en la línea existencialista de Kierkegaard.

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Simone Weil como soldado durante la Guerra Civil Española en 1936.

Cuando falleció a causa de una tuberculosis, a los 34 años, era casi una desconocida. Muy poco de cuanto había escrito se había publicado, siendo después de la Segunda Guerra Mundial que sus amigos comenzaron a editar sus textos. Así fueron conociéndose obras como La pesanteur et la grâce (1947), La connaissance surnaturelle (1949), La condition ouvrière (1951), Attente de Dieu (1951), Oppression et liberté (1955), además del opúsculo del que hablamos hoy Note sur la suppression générale des partis politiques (Nota sobre la supresión general de los partidos políticos), escrito en 1940, que vio la luz por primera vez en la antología de su obra que editó Gallimard en 1957 Écrits de Londres et dernières lettres (en 1960, también en Gallimard, Albert Camus lo recogió en la selección que hizo de la obra de Weil Écrits historiques et politiques).

Camus y T. S. Eliot (en 1949 prologó la edición de su obra L’Enracinement, prélude à une déclaration des devoirs envers l’être humain) fueron de los primeros intelectuales que mostraron su interés por el pensamiento de Weil. Numerosos les siguieron en los años posteriores, especialmente anarquistas y cristianos. Juan José Tamayo, teólogo español vinculado a la Teología de la Liberación, la calificó de “intelectual compasiva” (“Simone Weil, intelectual compasiva”, El País, 23 de agosto de 1999). Entre otras cosas, dice en su lúcido artículo:

“Muy pocas personas fueron capaces de comprender la profundidad de su pensamiento heterodoxo, la autenticidad de su fe religiosa aconfesional y la radicalidad de su militancia obrera no partidista. (…) fue una pensadora a contracorriente de los intelectuales de su tiempo, a quienes fustigó con severidad inusitada, ubicándolos del lado de los idólatras y los burgueses. Los trabajadores, afirma, sufren ‘una especie de vértigo interior que los intelectuales pocas veces han tenido ocasión de conocer’. Tilda de egoísta a la modernidad y tacha de idólatras a los pensadores modernos porque se sienten cautivados y poseídos de sus conquistas, que cada vez son menos universales y solo alcanzan a grupos sociales reducidos. Sitúa al mismo nivel la idolatría de la ciencia y la de la Iglesia. (…) Llama la atención asimismo sobre la ausencia de compasión en los intelectuales. (…) Por sus actitudes solidario-compasivas fue objeto de burla y desdén en ciertos ambientes culturales, donde se la etiquetaba malévolamente de ‘virgen roja de la tribu de Leví’ o ‘portadora de los evangelios moscovitas’; y se la consideraba excéntrica y alocada. (…)

Sobre ese “vértigo interior” al que se refería Tamayo escribe Weil en su Nota sobre la supresión general de los partidos políticos: “¡Cuántas veces, en Alemania, en 1932, un comunista y un nazi que discutían en la calle se han visto arrastrados por el vértigo mental al constatar que estaban de acuerdo en todos los puntos!”. ¿Cómo pueden llegar a coincidir un nazi y un comunista? Weil defiende que “primero hay que reconocer cuál es el criterio del bien” y que este solo “puede ser la verdad, la justicia, y, en segundo lugar, la utilidad pública”. “La democracia, el poder de los más, no son bienes –prosigue–. Son medios con vistas al bien, estimados eficaces con razón o sin ella”.

Weil recurre a Rousseau para argumentar su exposición: “Rousseau partía de dos evidencias. Una, que la razón discierne y elige la justicia y la utilidad inocente, y que todo crimen tiene como móvil la pasión. Otra, que la razón es idéntica en todos los hombres, frente a las pasiones, que, casi siempre, difieren”. En consecuencia, “la verdad es una”, como la justicia. En cambio, “los errores, las injusticias son indefinidamente variables”. Pensaba Rousseau –continúa– “que casi siempre una voluntad común de todo un pueblo era, de hecho, conforme con la justicia, por neutralización mutua y compensación de pasiones particulares. Ese era para él el único motivo de preferir la voluntad del pueblo a una voluntad particular”. Defiende Weil que “en el momento en que el pueblo toma conciencia de una de sus voluntades y la expresa, no hay ninguna especie de pasión colectiva”, mas “cuando hay pasión colectiva en un país, es probable que una voluntad particular cualquiera esté más cerca de la justicia y de la razón que la voluntad general, o más bien que lo que constituye su caricatura”.

Los partidos políticos son máquinas “de fabricar pasión colectiva”, organizaciones “construida[s] de tal modo que ejerce[n] una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros”, pues “la primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite”.

Para Weil, “solo el bien es un fin. Todo lo que pertenece al dominio de los hechos es del orden de los medios. Pero el pensamiento colectivo es incapaz de elevarse por encima del dominio de los hechos. Es un pensamiento animal. Posee la noción de bien solo lo suficiente como para cometer el error de tomar tal o cual medio por el bien absoluto”. Y eso es lo que sucede con los partidos: un partido es, en principio, un “instrumento para servir a una cierta concepción del bien público”. Así, “un hombre, aunque pase toda su vida escribiendo y examinando problemas de ideas, solo raramente tiene una doctrina. Una colectividad no la tiene jamás. No es una mercancía colectiva. Se puede hablar, cierto es, de doctrina cristiana, doctrina hindú, doctrina pitagórica, etc. Lo que se designa entonces con esa palabra no es ni individual, ni colectivo; es una cosa situada infinitamente por encima de este o aquel nivel. Es, pura y simplemente, la verdad”.

“La finalidad de un partido político –dice unas líneas después– es algo vago e irreal. Si fuera real, exigiría un esfuerzo muy grande de atención, pues una concepción del bien público no es algo fácil de pensar. La existencia del partido es palpable, evidente, y no exige ningún esfuerzo para ser reconocida. Así, es inevitable que de hecho sea el partido para sí mismo su propia finalidad”. Por ello, “la tendencia esencial de los partidos es totalitaria, no solo en lo que respecta a una nación, sino en lo que respecta al globo terrestre”. Estos, “hablan, cierto es, de educación de los que se les han acercado, simpatizantes, jóvenes, nuevos adherentes”, pero “es una mentira”, pues “se trata de un adiestramiento para preparar la influencia mucho más severa que el partido ejerce sobre el pensamiento de sus miembros”. La existencia de partidos políticos conlleva la imposibilidad de “intervenir eficazmente en los asuntos públicos sin entrar en un partido y jugar el Juego. Cualquiera que se interese por lo público desea interesarse eficazmente. Por lo que quienes se inclinan por la preocupación hacia el bien público, o renuncian a pensar en ello y se orientan hacia otra cosa, o pasan por el aro de los partidos. En este caso también eso les causa preocupaciones que excluyen la del bien público”.

Por todo esto, “los partidos son un maravilloso mecanismo en virtud del cual, a lo largo de todo un país, ni un solo espíritu presta su atención al esfuerzo de discernir, en los asuntos públicos, el bien, la justicia, la verdad. El resultado es que  –a excepción de un pequeño número de circunstancias fortuitas– solo se deciden y se ejecutan medidas contrarias al bien público, a la justicia, a la verdad. Si se le confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría imaginar nada más ingenioso”. Por tanto, “la supresión de los partidos sería un bien casi puro. Es eminentemente legítima en principio, y en la práctica solo parece susceptible de efectos buenos”.

Se equivocará, y mucho, quién quiera ver en la propuesta de Weil de supresión de los partidos una apuesta por cualquier tipo de gobierno dictatorial o totalitario. Cuando escribió esta Nota –pues eso es el texto, un escrito breve– el nazismo estaba en pleno apogeo y ella lo sufría. Además, había participado en la guerra de España y seguro que le dolerían profundamente sucesos como los de Barcelona de mayo de 1937. Lo que Weil viene a decir es que, sin partidos, “los candidatos no dirán a los electores: ‘Tengo tal etiqueta’ –lo que, prácticamente, no dice en rigor nada al público sobre su actitud concreta respecto a los problemas concretos–, sino: ‘Pienso tal y tal y tal cosa respecto de tal y tal y tal problema’”, y “los electores se asociarán y se disociarán según el juego natural y cambiante de las afinidades”.