Más sabe el diablo por viejo que por diablo

No creo en dioses ni diablos, ni que exista el más allá ni otra vida después de esta. Aunque viendo la deplorable situación actual en todos los órdenes de la vida, empiezo a replantearme esta incredulidad y a tener dudas sobre la existencia del diablo. Hay quienes dicen que todos tenemos un diablo dentro. Y, sí, al parecer es cierto. Los diablos se han apoderado de nuestros espíritus y voluntades de manera tan sutil, tan hábil, que ni nos hemos dado cuenta. El diablo es un ser sumamente inteligente. Lo ha mostrado con creces. También que conforme pasa el tiempo lo es cada vez más. De ahí el refrán “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo” es en este caso una irrebatible verdad. Al menos como nos lo dibuja el escritor Irlandés Clive Staples Lewis (1898-1963) en su novela epistolar Cartas del diablo a su sobrino (1942), que originalmente publicó por partes en el periódico Manchester Guardian (hoy The Guardian) con el nombre de The Screwtape letters (Las cartas deEscrutopo). Estas –un total de treinta y una– las escribe el maligno e insaciable Escrutopo, un anciano diablo, a su sobrino Orugario, un demonio principiante. Escrutopo reprocha al joven, que también es su discípulo, los errores que ha cometido durante su aprendizaje como malvado diablo (o buen diablo, según se mire).

Ya en la primera deja bien claro cómo hacer el mal de manera eficiente, lo que pasa por que los diablos mayores se adueñen del espíritu de las personas y, en consecuencia, de sus almas y voluntades. Así se lo decía Escrutopo a su sobrino:

“[Debes] orientar las lecturas de tu paciente [para] que vea muy a menudo a su amigo materialista. […] Si hubiese vivido hace unos siglos es posible que sí: en aquella época los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamiento. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. […] Ahora [el hombre] no piensa, ante todo, si las doctrinas son ‘ciertas’ o ‘falsas’, sino ‘académicas’ o ‘prácticas’, ‘superadas’ o ‘actuales’, ‘convencionales’ o ‘implacables’. La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado”.

¿Ven cómo es cierto que el diablo sabe más por viejo que por diablo?, ¿cómo es más listo que el hambre? Ya en 1942, por boca de Lewis, se expresaba en estos términos. Visto lo visto, razón no lo faltaba. ¿Qué cojones de atrevimiento es ese de querer ir por libre? ¿No sabes que, como escribió Thoreau, “con el pretexto del orden y el gobierno civil se nos hace honrar y alabar nuestra propia vileza”? Escrutopo tiene las cosas muy claras y aconseja a su sobrino que nunca olvide que “la gratitud mira al pasado y el amor al presente; el miedo, la avaricia, la lujuria y la ambición miran hacia delante”.

Orugario se pone mano a la obra, más como quiera que no avanza, que no lo hace bien, en la carta XIII Escrutopo le explica los errores que comete:

“En primer lugar, según tú mismo dices, permitiste que tu paciente leyera un libro del que realmente disfrutaba, no para que hiciese comentarios ingeniosos a costa de él ante sus nuevos amigos, sino porque disfrutaba de ese libro. […] el hombre que verdadera y desinteresadamente disfruta de algo por ello mismo y sin importarle un comino lo que digan los demás está protegido, por eso mismo, contra algunos de nuestros métodos de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que el paciente abandone la gente, la comida o los libros que le gustan de verdad y que los sustituya por la ‘mejor’ gente, la comida ‘adecuada’ o los libros ‘importantes’”.

¿Qué decirle ya a Escrutopo? Chapeau! Lúcido análisis. Bravo, señor diablo. La mediocridad, garantizada por los mecanismos del poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nada es lo que es, sino que lo que aparenta. ¿Qué comemos, qué leemos, si no es aquello que los ‘críticos’ y los ‘expertos’ nos recomiendan? ¿Y qué nos recomiendan? Lo que le interesa al diablo, que de finanzas sabe también un rato largo.

Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, decimos, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas, y así vivimos, en ellas. Con y para el diablo.

Malditos socialistas (y asimilables)

Llevaba unos días sin publicar y no pensaba hacerlo hasta mañana para hablar del asesinato de los Rosenberg (19 de junio de 1953). No me apetece. Estoy tan cabreado con todo lo que está sucediendo en el mundo, en esta mierda de mundo, que se me van las ganas de comentar absolutamente nada de eso que llaman actualidad y yo prefiero llamar, por el tratamiento que le dan, cacactualidad. Así que me dedico a escribir un relato que trato de convertir en novela breve y a confeccionar videos, que me sigue gustando.
De ese modo, en una especie de universo paralelo, sobrevivo. Pero, como dice el refrán, poco dura la alegría en casa del pobre. Esta mañana me han hecho la declaración de la renta de 2019 y me he puesto de muy mala hostia, muy mala. No tengo otros ingresos que los de mi pensión. Cobro la máxima y me aplican una retención de casi el 20%. Computados como rendimiento de trabajo, el importe íntegro de lo que he cobrado durante 2019 es de 35.877 euros, de los que me habían retenido 7.874. Vivo de alquiler, aunque tengo una casa en el pueblo cuyo valor catastral es de 28.000 euros. Y ya está. No tengo nada más. Pues bien. Me dice la persona al teléfono que este año me sale a pagar 1.080 euros. ¿Qué?, exclamo, y pregunto cómo es posible. Me dice que se debe a que el año pasado rescaté un fondo de pensiones de 3.300 euros. ¿Y de esa mierda de plan he de pagar tal cantidad? Es lo que me sale, me responde. Pues no me da la gana, que roben a otros que tienen más. Si usted no quiere no pasa nada, cierro el expediente, dice el hombre. ¿Y qué pasará? Pues que va a pasar, no hace falta que me responda, que me embargarán y, encima, me harán pagar una cuantiosa multa. Nada, pues. Adelante. Pero antes, y ya que está siendo grabada la conversación, calle un momento y déjeme decir unas cuantas cosas. Malditos, y malditas; cabrones, y cabronas; hijos de puta e hijas de puta… Y más improperios algunos con destinatario, he dejado registrados, pues me habían indicado que la conversación iba a ser grabada. También la invitación a que me multen. Ni será la primera ni la última vez que lo hagan. Y a mucha honra.
¿Cómo es posible que porcentualmente pague más yo, mucho más, que el tal Amancio Ortega y demás compinches del Ibex 35? Y más, también mucho más, que las grandes compañías multinacionales. Bueno, sí. Claro que es posible.
En su libro Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, (1988) escribía Guy Debord: “La fusión económico-estatal es la tendencia más acusada de este siglo y se ha convertido, como mínimo, en el motor más reciente del desarrollo económico. La alianza defensiva y ofensiva pactada por el poder de la economía y el Estado, les ha asegurado a ambos los mayores beneficios en todos los terrenos: puede decirse que cada uno de ellos posee al otro; es absurdo oponerlos o distinguir sus razones y despropósitos”. Instalados en los puestos de poder, simples matices separan unos de otros. Ahora en España hay un gobierno de coalición que forman el Partido Socialista Obrero Español y Unidas Podemos. Los primeros actúan como han hecho siempre, como recita Chicho Sánchez Ferlosio en su pieza del Romancero de Durruti “Malditos socialistas”: Que el mundo va a cambiar, nos dicen… […] Menudos demagogos, con sus perros de presa, / jugando como siempre / al palo y la promesa. / Malditos socialistas vendidos al patrón, / jugando con nosotros al gato y el ratón. / Nos habéis traicionado sin ninguna vergüenza […]. Los segundos les siguen el juego y deberían ser un poco más honestos y pasar a llamarse Ni Unidos ni Unidas: No Podemos. Esto no hace buenos a los de derecha. ¡Faltaría más! Solo pone de manifiesto que, como en la copla, “ni contigo ni sin ti tienen sus males remedio”.
En esta vida he conocido bastante gente del PSOE y algunos de ellos han sido buenos amigos, desde ministros a militantes de base. La mayoría, una vez entraron en política, ya nunca dejaron de vivir de ella. El mismo Ximo Puig, presidente de la Generalitat Valenciana, sin ir más lejos. Lo conocí en sus inicios, tenía su despacho en el Palau de la Generalitat, cerca del mío, el mismo al que venía a llamar por teléfono Cipriá Ciscar para preparar (confabular) los comités nacionales del PSPV-PSOE. Al fin y al cabo, era un “teléfono público”, ¿no? Podría contar muchas cosas, muchas más, algunas hasta delictivas (ya prescritas), y hablar de muchos más, pero no vale la pena.
Vergüenza me daría ser del PSOE, aunque fuese un simple militante de base. Vergüenza también pertenecer a Unidas Podemos y similares (Compromís, por ejemplo). También podría decir muchas cosas de estos. Tampoco vale la pena. En cuanto al resto de partidos del espectro político [recuerden que espectro puede significar fantasma] no hay opción posible.
Y ya. Lo dejo. No se me ha pasado la mala hostia, pero me vuelvo a mi universo paralelo, a seguir con un vídeo que estoy haciendo sobre la Belle Époque. Y a abrir una botella de un buen vino blanco. Una cosa es estar de mala hostia y otra estar disgustado. Y esto último ni por asomo. Me considero un amante de los placeres, incluyendo entre ellos el de ayudar a los demás, que también es placentero. “Buscar en mí la felicidad de los otros, mi dignidad personal en la dignidad de los que me rodean, ser libre en la libertad de los otros, tal es todo mi credo, la aspiración de toda mi vida”, escribió Bakunin.
En fin… Hasta en un Estado bélico y esclavista como los EEUU de Thoreau se podía ejercer la libertad individual mejor que ahora. Thoreau rechazó pagar durante seis años los impuestos debido a su oposición a la guerra mexicano-americana y a la esclavitud y fue encarcelado. Yo no quiero pagar. Que me encarcelen. No quiero pagar a quienes van a utilizar mi dinero para seguir manteniendo esa alianza entre la economía del capital y del Estado. Imposible. Es obligatorio tener cuenta en un banco.

Todos somos negros

O al menos muy oscuros. En origen todos los seres humanos fuimos, si no negros, oscuros de piel. Lo explica muy bien Marvin Harris (Nuestra especie, 1991). Todo depende en buena parte de la melanina, un pigmento al que debe la coloración la piel y cuya función es proteger las capas cutáneas superficiales del sol. La radiación solar convierte las sustancias grasas de la epidermis en vitamina D, imprescindible para una correcta absorción de calcio, el cual, como es sabido, resulta fundamental para la fortaleza de los huesos. La vitamina D está en presente solo en algunos alimentos, especialmente en los aceites e hígados de los peces. Los pueblos alejados de la costa no podían obtener la cantidad necesaria de vitamina D de los peces hasta tiempos relativamente recientes, por lo que esta dependía de los rayos del sol. Por eso, los esquimales no tienen la piel clara, pues su hábitat es rico en vitamina D.

A medida que los humanos fueron desplazándose desde África a otros lugares, y según se iban trasladando más al norte, la piel tuvo que adaptarse a los distintos climas. La necesidad de que fuese oscura para protegerse de los rayos del sol disminuía, así, según la latitud. Con una piel más clara, los humanos podían producir una suficiente cantidad de vitamina D. Hasta hace tan solo 10.000 años –puede que 12.000– negros y blancos compartimos el mismo color. Hasta esa fecha no existió la que denominamos “raza blanca”, y es posible –aunque esto sea solo una hipótesis– que el homo sapiens original no fuese tampoco lo que ahora entendemos por “negro”, sino –como decíamos al principio– muy oscuro de piel.

El cambio de pigmentación entre los humanos debió empezar, según Harris, hace unos 5.000 años y alcanzaría los niveles actuales poco antes de la era cristiana. Los pobladores de la Europa septentrional tenían necesariamente que vestir abundantes ropas para protegerse de los fríos inviernos. “Solo un circulito del rostro del niño –afirma Harris– se podía dejar a la influencia del sol, a través de las gruesas ropas, por lo que favoreció la supervivencia de personas con las traslúcidas manchas sonrosadas en las mejillas”.

La selección cultural completó el proceso. Cuando los humanos comenzaron a plantearse qué niños alimentar y cuáles descuidar, los de piel clara cobraron ventaja, ya que la experiencia mostraba que se criaban más altos, más fuertes y más sanos que los de piel oscura (al poder su piel absorber la vitamina D). Los de piel oscura, en cambio, no podían crecer igual si no tenían una alimentación rica en aceites e hígados de pescado, lo cual era imposible para las poblaciones alejadas de la costa. Así, en Europa, “el blanco era hermoso porque era saludable”.

¿Y en el resto? El periodo comprendido entre el 9.000 y el 4.000 a.C. –lo que conoce como Mesolítico– fue el último de la larga era glacial y empezó hace 100.000 años. El color de la piel de los diversos pueblos que poblaban la tierra fue adaptándose a las nuevas condiciones climatológicas, más cálidas, que permitieron el aumento de los bosques y la biodiversidad (aunque también provocó la inundación de amplias zonas costeras). Y, por supuesto, a los cambios que esto conllevó en su comportamiento y en su cultura material.

La evolución de la piel negra siguió el mismo camino, pero al revés. “Con el sol gravitando directamente sobre la cabeza la mayor parte del año y al ser la ropa un obstáculo para el trabajo y la supervivencia, nunca existió carencia de vitamina D […] Los padres favorecían a los niños más oscuros porque la experiencia demostraba que, al crecer, corrían menos riesgo de contraer enfermedades mortales y deformadoras. El negro era hermoso porque el negro era saludable”.

De ese modo, los humanos comenzamos a dividirnos también en función del color de nuestra piel. Y en esas seguimos. Solo que ahora sabemos que todos provenimos del mismo tronco genético y continuamos, de forma espuria, dividiéndonos en base a lo indivisible.