Venezuela: el país donde ya siquiera sale sol

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El sol ya ni siquiera sale, cuando llueve las gotas son de lava incandescente y todas las plagas de Egipto juntas se quedan cortas ante la catastrófica hecatombe en que se encuentra sumida Venezuela. Esa es la impresión que uno saca –como poco– leyendo la prensa española (la que se publica en papel especialmente) o escuchando y/o viendo las cadenas generalistas de radio y televisión. Venezuela ha cobrado en los medios de comunicación españoles un protagonismo inusitado –portadas de periódicos, noticiarios que abren con referencias a ella, debates, etc.– y en buena parte de sus líderes políticos la oposición al unos de sus mejores aliados y el régimen unos de sus mayores detractores.

Para Felipe González “El Gobierno de Maduro ha llevado a Venezuela a una situación insoportable, tanto desde el punto de vista social y económico, como en materia de seguridad ciudadana, de libertades democráticas o de corrupción generalizada”. Lo escribía en artículo de opinión que publicó en El País el pasado 2 de enero. ¿Nada tendrá que ver que González, entre otras cosas, sea asesor del magnate Carlos Slim, quien tiene gran interés por entrar en Venezuela? Ahora está allí Abert Rivera, quien afirma que el país sudamericano vive una «crisis humanitaria sin precedentes».

Todo ello lo hacen en nombre de la democracia, dicen. Si tanto se interesan por la democracia, por los derechos humanos, por las libertades civiles, por las crisis humanitarias, ¿por qué no ponen el mismo énfasis en la cuestión de los refugiados? Esta sí es una verdadera crisis humanitaria. ¿Por qué no se oponen a la política migratoria de Estados Unidos en su nueva oleada de aprehensión y deportación de indocumentados centroamericanos que afecta especialmente a mujeres y niños? ¿Por qué no denuncian la absoluta falta de libertad de expresión que hay en China, la constante persecución de activistas políticos y pacifistas contrarios al régimen –este sí– de partido único? ¿Por qué no actúan del mismo modo con Arabia Saudita, país ferréamente controlado por la casa de Saud donde a las mujeres no les está permitido conducir, los periodistas son condenados a recibir latigazos y los hombres son crucificados o decapitados? ¿No será porque en todos estos países que acabamos de citar hay un mayor grado de la verdadera libertad que buscan, la de mercado? ¡Cuánto cinismo! Y encima utilizan a Venezuela para hacer política partidista de cara a las próximas elecciones del 26 de junio. Vergonzoso.

Recuerdos

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“Tales from the Hidden Attic” (2010). Michael V. Manalo.

Conservamos los recuerdos, pero el tiempo los disfraza, los transforma hasta que uno ya no tiene seguridad de nada, a veces incluso de si lo que pasó fue como lo recordamos. Los recuerdos únicamente pueden revivirse de manera consciente en el mundo de la fantasía, si no pueden volverse reales y joderte. Despiertan entonces emociones ya enterradas, remueven sentimientos olvidados. Si el recuerdo deja de ser pasado, si deja de representarse únicamente en la memoria, vuelve a ser presente.

Es preferible, pues, que permanezcan en el mundo del ensueño y la imaginación. Así, los guardas, los atesoras, los mimas desde el momento en que te das cuenta que son cosas que no volverás a hacer, momentos que no volverás a vivir. En caso contrario, quieres más. Pero la realidad te lo niega.

Al fin, la meta

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Logan Zyllmer (2014).

No deja de ser una incongruencia: seguimos siempre por el mismo camino, deberíamos conocerlo bien y en consecuencia saber sortear los obstáculos que se presentaran con relativa facilidad. En cambio, cada vez cuesta más transitar por él y ya no advertimos ni sendas ni atajos. Tampoco sabemos si llegaremos a la meta o nos detendremos agotados y agostados. Caminar, solo caminar, sin rumbo fijo, vagar, aventurarse en el mundo, descubrir y descubrirnos, es cada día más complicado, especialmente a medida que vamos dándonos cuenta que tomemos la vía que tomemos atravesaremos los mismos lugares con decorados diferentes, encontraremos las mismas personas aunque con rostros distintos, experimentaremos las mismas cosas bien que en otros escenarios, y si la desesperanza no nos puede antes, al final llegaremos a ver la pancarta en que figura con grandes letras la palabra meta. Algunos pueden que vislumbren la meta pocos metros antes, otros centenares de metros antes, algunos kilómetros. En todo caso les servirá para cerciorarse que por fin han llegado, aunque atravesada la pancarta adviertan un paisaje del todo distinto al que creían que iban a encontrar dominado por la oscuridad. También hay quienes no consiguen ver indicador alguno de la cercanía a la meta y en el instante menos esperado se dan cuenta de que ya han llegado y de que nadie les recibe, hasta que los organizadores de la carrera perciben su presencia y les entregan la mortaja.