9 de octubre: ¡que siga el espectáculo!

El 9 de octubre (Nou d’Octubre) es el ‘Dia de la Comunitat Valenciana’. Se eligió esa fecha porque el 9 de octubre de 1238 tuvo lugar la entrada victoriosa a la ciudad de Valencia del rey Jaime I.

Cuando el territorio del actual País Valenciano fue conquistado por el rey y sus huestes, era un reino taifa poblado por árabes, o balansiyanos mejor dicho, pues en aquellos momentos sus tierras se denominaban Balansiya, y de aquí viene el nombre de Valencia y de sus nativos, los valencianos. Más que hablar de ‘reconquista’, como se hizo durante tanto tiempo, o de ‘entrada a la ciudad’, hay que hacerlo de ‘conquista’, y más que de ‘repoblación’ de ‘ocupación’. El pueblo musulmán de al-Ándalus fue invadido por una minoría dominante mejor pertrechada –en 1272 aún poblaban el País Valenciano 200.000 musulmanes y 33.000 cristianos– que le obligaba a cambiar drásticamente su modo de vida, sus creencias y sus seculares tradiciones. Muchos fueron expulsados de sus casas y desposeídos de sus propiedades, y si no hubo una matanza generalizada, como en Mallorca, y buena parte de ellos pudo conservar sus tierras fue por las mismas características de la conquista, que no hicieron necesaria una repoblación inmediata.

La sensación de dominio, de haber sido invadidos y sometidos, que debieron experimentar aquellos hombres, mujeres y niños, no desearía vivirla: confinados a menudo en morerías, convertidos en mano de obra barata para los nuevos señores, obligados a bautizarse por la fuerza… ¿Por quién? Por otros. Simplemente eso: unos extraños, unos desconocidos.

Se ponía así fin a cinco siglos de cultura árabe que dejaron una huella imborrable. La agricultura, tras la conquista, se sirvió de su sistema de regadío. Los musulmanes aprovecharon vestigios y mejoraron anteriores acueductos y estructuras que se remontan hasta la época romana, y dieron a conocer la noria al tiempo que perfeccionaron su uso, e introdujeron el naranjo, la caña de azúcar, el albaricoquero, el algarrobo, la alcachofa, el algodón, la palmera datilera y, aunque todavía no se cultivaba a gran escala, el arroz.

La toponimia actual conserva infinidad de nombres de origen musulmán. De los 542 municipios que integran la actual Comunidad Valenciana, alrededor de un centenar empiezan por los sufijos -al y -beni, manifiestamente árabes. Pero no solo estos. Mi pueblo, por ejemplo, Muro, es de origen árabe (aunque desconozcamos el porqué del topónimo), y otros muchos de una larga lista, como Silla (pequeña llanura), Manuel (salida de un valle), Monòver (florido) o Russafa (jardín). También, en todos los órdenes, son muchos los vocablos actuales provenientes de aquella época: alambique, alforja, alguacil, barrio, café, dársena, jaqueca, jarra, jinete, mazmorra, mengano, mezquino, rambla, rehén, sandía, tahona, y un largo etcétera.

El tortuoso trazado del núcleo histórico de muchísimas localidades valencianas es de origen musulmán y reflejo de dos formas distintas de organización social: las familias de al-Ándalus eran de tipo extenso y las cristianas nuclear. En las primeras, cuando un hijo suyo se casaba construían otra estancia quitando espacio al patio en un solar adyacente. Las cristianas irán añadiendo parcelas, una al lado de otra, formando calles rectilíneas.

Con todo esto quiero decir que, tras la conquista del territorio valenciano por las huestes de Jaime I, estas se encontraron con una sociedad más avanzada que la suya, cuyos logros sirvieron para cimentarla. Así pues, ¿qué se celebra el Nou d’Octubre? ¿El nacimiento de una nación, parafraseando el título de la película de D. W. Griffith de 1915? O de un pueblo, si lo prefieren: el valenciano. Una nueva sociedad, en definitiva. Si así es, ¿cómo se alcanzó? ¿Como en Estados Unidos?, ¿con la destrucción la cultura de las tribus indias y el genocidio de comunidades enteras? ¿O como hizo la Corona de Castilla (eso que llaman incipiente Reino de España) con las culturas precolombinas)? De los 200.000 habitantes que tenía la taifa de Valencia cuando fue conquistada, unos 40.000 marcharon de sus tierras. Los que se quedaron, los moriscos, terminaron siendo expulsados en 1609, no sin antes haber sufrido el excesivo celo inquisidor para que se evangelizaran y padecer el rechazo de los cristianos, que los consideraban demasiados prolíficos, trabajadores y mezquinos. Un tercio de la población valenciana –alrededor de 120.000 personas– se vio obligada a abandonar para siempre unas tierras que habían morado ya sus antepasados y consideraban suyas.

La medida no gustó a los nuevos señores, los verdaderos beneficiados con la Conquista. El Llibre del Repartiment registra la donación de propiedades expropiadas a los musulmanes una vez finalizada la conquista entre aquellos que habían ayudado en la campaña: órdenes militares, alto clero eclesiástico, nobles y caballeros, principalmente. Todo ello condujo a la formación de un régimen feudal especialmente duro, fuente de constantes conflictos entre los señores y los campesinos durante los tiempos medievales y hasta la época preindustrial.

Yo, la verdad, no sé qué demonios se celebra hoy. Es más, creo que no lo sé ni yo ni nadie. Entre los valencianos nunca ha habido eso que llaman ‘conciencia nacional’. No voy a entrar ahora en las causas, sigo limitándome a los hechos. Y estos me dicen que su faceta más folclórica y espectacular –versionada según los idearios de quienes en cada momento detentaba el poder– es la que ha predominado sobre cualquier otra consideración.

¿Qué no? A las pruebas me remito. ¡Con la lata que dieron los que se declaran ‘nacionalistas’ o ‘valencianistas’ cuando se aprobó el Estatuto de Autonomía de 1982! En él se pactó, entre otras cosas, que el territorio valenciano se denominaría oficialmente Comunidad (o Comunitat) Valenciana y se redactó de manera ambigua el articulado sobre la lengua de los valencianos. Los firmantes de aquel estatuto se convirtieron poco menos que en traidores. ¿Cómo que Comunitat Valenciana? ¡País Valencià! ¿Cómo que el valenciano es el idioma oficial? ¡El catalán! Algunos iban un poco más allá y reivindicaban nuestra pertenencia a los Països Catalans. Y con el himno… ¿Cómo podía ser el himno oficial el mismo de la Exposición Regional Valenciana de 1909, aquel que dice “Para ofrendar nuevas glorias a España”, aunque solo sonara la música? ¡Qué barbaridad!

Mucho ha llovido desde entonces. Aglutinados en torno a Compromís –una heterogénea mezcla en la que se juntan desde los antiguos procatalanistas a los que militaban en la derecha valencianista más rancia–, han hecho suyo el “donde dije digo, digo Diego” y, ¡hala! a ofrenar noves glòries a Espanya tots a una veu. Compromís y los demás partidos políticos, por supuesto. Todos a cumplir con su misión: continuar con el espectáculo y así seguir con el condicionamiento cultural en el ámbito del condicionamiento general.

Exijo mi parte. ¡Ya!

“Vemos una raza, confeccionadora de leyes, legislando sin saber sobre qué legisla, votando hoy una ley sobre el saneamiento de las poblaciones, sin tener la más pequeña noción de higiene; mañana reglamentando el armamento del ejército, sin conocer un fusil; haciendo leyes sobre la enseñanza o educación honrada de sus hijos; legislado sin ton ni son, pero no olvidando jamás la multa que afecta a los míseros, la cárcel y la galera que perjudicarán a hombres mil veces menos inmorales de lo que son ellos mismos, los legisladores. Vemos, en fin, en el carcelero la pérdida del sentimiento humano; al policía convertido en perro de presa; el espía, menospreciándose a sí mismo; la delación transformada en virtud, la corrupción erigida en sistema; todos los vicios, todo lo malo de la naturaleza humana favorecido, cultivado para el triunfo de la ley.

Y como nosotros vemos todo esto, es por ello que en vez de repetir tontamente la vieja fórmula ‘¡respeto a la ley!’, gritamos ‘¡despreciad a la ley y a sus atributos!’. Esta frase ruin: ‘¡Obedeced a la ley’, la reemplazamos por ‘¡Rebelaos contra todas las leyes!’

Piotr Kropotkin: La loi de l'autorité (La ley de la autoridad), artículo publicado originariamente en el periódico Le Révolté de Ginebra en 1882.

Banegas / Prensa Comunitaria Km. 169.

No quiero trabajar más de cuatro horas, cinco como mucho, al día. Quiero que por ello se me retribuya –también a todos los demás– lo suficientemente bien como para no tener que preocuparme por mi futuro ni el de mis descendientes, ni del de nadie más. Quiero disponer de tiempo para disfrutar y poder hacerlo sin impedimentos de carácter económico. Quiero tener los mejores servicios sanitarios sin tener que pagar nada por ello, ni por los medicamentos en caso de que los necesite. Quiero una vivienda digna sin tener que hipotecarme o estar pagando un alquiler que se lleve buena parte de mi salario, y que el agua y la luz sean gratuitas y… Y tantas cosas que esto parece que sea la carta a los Reyes Magos. Sin embargo, nada más lejos. Ese “quiero” no es una petición, es una exigencia. Lo que quiero, lo exijo. Exijo mi parte. Ya.

¿Que no puede ser? ¿Cómo que no puede ser? Claro que sí. Hay suficiente riqueza en este mundo para todo ello y para mucho más. ¿Qué está mal repartida? Pues que se reparta adecuadamente. A mí siempre me enseñaron que lo que está mal hay que corregirlo.

Es bien conocido el poema que escribió en 1934 Bertolt Brecht cuando estaba exiliado en Dinamarca “Preguntas de un obrero ante un libro”. Aquel en el que el obrero pregunta, nos pregunta, quiénes en realidad hicieron posible los grandes logros de la historia. ¿Únicamente quienes los decidieron y ordenaron? ¿Ellos solos? ¿No necesitaron de obreros para construir sus magnas edificaciones?, ¿de soldados en sus guerras y conquistas? Pero, en los libros de historia, dice Brecht, solo figuran los nombres de los reyes y demás mandatarios.

Nada ha cambiado: en los libros, periódicos y demás medios de comunicación, siguen figurando los ‘grandes hombres’ (y mujeres) como los verdaderos hacedores de la historia. Ahora bien –y esto ningún historiador lo cuestiona–, la historia (conjunto de hechos) la hacemos entre todos con nuestro esfuerzo y trabajo y nuestro proceder cotidiano. El pasado, por tanto, no es únicamente el de los ‘grandes hombres’ y las grandes gestas, es el pasado de los seres humanos colectivamente, en tanto que organizados en sociedades. Y ese pasado no puede aislarse en el tiempo. Sus consecuencias, sus logros, sus reveses, se prolongan hasta el presente.

Somos producto del pasado y todos somos actores, aunque no desempeñemos papel de protagonista principal. Así se reconoce incluso desde determinadas instancias políticas. Por eso se erigieron en su día las diversas tumbas al soldado desconocido, desde el monumento al Landsoldaten (soldado de infantería) de 1849 en Fredericia (Dinamarca) al de Bagdad de 1982. A ello responde el nacimiento del Estado del Bienestar, a procurar una mejor redistribución de la renta y mayores prestaciones sociales para los más desfavorecidos. Responde no sin importantes matices. ¿Se hubiera desarrollado este modelo de Estado y organización social si no hubiera existido la Unión Soviética y el bloque de países del Este? Es decir, si el común de las gentes no hubiese tenido la posibilidad de abrazar un modelo alternativo y antagónico. Ya hemos visto qué ha sucedido tras caída del Muro de Berlín.

Tal vez por ello, en la actualidad “tan solo 26 personas poseen la misma riqueza que los 3.800 millones de personas que componen la mitad más pobre de la humanidad” y “el número de milmillonarios se ha duplicado, incrementándose su riqueza en 900.000 millones de dólares tan solo en el último año, lo cual equivale a un incremento de 2.500 millones de dólares diarios. Además, entre 2017 y 2018, cada dos días surgía un nuevo milmillonario en promedio. Frente a estos datos, llama la atención la situación de la otra cara de la moneda, los pobres, cuya riqueza se ha visto reducida en un 11% perjudicando a 3.800 millones de personas.” [Informe de Oxfam Itermon de 21 de enero de 2017].

¿Cómo han conseguido acumular esos 26 fortunas tan inmensas? Esos y otros que conforman la élite financiera con la aquiescencia de sus títeres del mundo empresarial, político, académico y de los medios de comunicación. ¿Ellos solos? El dinero no cae del cielo. Sin el concurso de otros agentes, sean colaboradores bien remunerados o trabajadores explotados en mayor o menor grado, ¿dispondrían de ese capital? No lo creo. Sin embargo, esa riqueza no revierte en absoluto en aquellos que, por su profesión o simplemente a causa de la necesidad, han contribuido, y no poco, a que sus poseedores lleguen a ese privilegiado estatus económico y social, sobre todo en los últimos. Pagan comparativamente menos impuestos que la mayoría de los contribuyentes. Si los pagan, pues gran parte de sus capitales se desvía hacia paraísos fiscales. Cuando fallezcan, sus hijos heredarán la fortuna; los hijos de los trabajadores, en cambio, solo heredarán un futuro más precario y desigual.

¡Pues no! ¿Qué cojones es esto? No, no y no. Quiero mi parte. Exijo mi parte. No en metálico, en bienestar material y calidad de vida, en trabajar menos y disponer de tiempo para disfrutar, en que estén cubiertas todas mis necesidades básicas y se respeten mis derechos fundamentales –que son los de la colectividad–, en no tener que preocuparme, como decía al principio, por mi futuro ni el de mis descendientes, ni del de nadie más.

Exijo mi parte y la quiero ahora. Ya está bien de componendas y de mostrarse serviles ante las élites financieras y las leyes del mercado. No somos mercancía. Tanto me da que quienes les rinden pleitesía sean la derecha de siempre, la disfrazada de moderada, la pusilánime socialdemocracia actual –o lo que queda de ella–, o esas nuevas izquierdas que con su discurso verde y de desarrollo sostenible, de medidas alcanzables, y sin una identificación clara con un nuevo sistema social, terminan diluyéndose en el actual y robusteciéndolo.

Versión ampliada de la entrada publicada el 2 de febrero de 2018.

NADIE, NI NADA, ES LO QUE ES, SINO LO QUE APARENTA

nadie ni nada

Despreciamos los extremos cuando sin ellos nada seríamos. Hemos creído en el poder del ser humano sobre la naturaleza, como si no formáramos parte de ella y nos perteneciera. La primavera, como el otoño, son lo mismo: el tránsito del frío al calor en el primer caso y del calor al frío en el segundo. ¿Por qué, pues, preferimos la primavera al otoño? Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas. Y así vivimos, en ellas.

No elegimos, hemos perdido esa capacidad y la conciencia de ser, aceptamos el justo medio no como mal menor, ni siquiera necesario, sino como la materialización misma de la realidad, convirtiendo la apariencia en experiencia. Hay lugares en los que siempre hace frío a pesar de que el termómetro marque 38° y otros verdaderamente cálidos aunque nunca sobrepasen los 0°, pongamos por caso. Los primeros nos parecen excesivamente bochornosos, los segundos demasiado gélidos, y nos refugiamos en nuestras madrigueras y ponemos el aire acondicionado. Y ahí, en ese espacio que consideramos nuestro, creemos encontrar el equilibrio, aislados, indiferentes a cuanto suceda más allá de nuestras fronteras, hasta que los definidores, por medio de sus representantes, indican, desde refugios más seguros en los que están entre otras cosas los termómetros, que hemos de ayudar a construir el equilibrio, que hemos de laborar con empeño para asegurar el orden de las cosas, nuestro orden, el que se sustenta en el justo medio, en el rechazo de los extremos, aunque quienes nos certifican esto lo hagan desde uno de ellos.

Pero eso no importa, alguien tiene que velar por el bien general, alguien ha de tener la suficiente amplitud de miras, y eso solamente puede hacerse desde lo alto, donde la perspectiva es siempre mejor. Los más, los demás, miran alguna vez hacia arriba y se dan cuenta de que algunos tienen su mismo origen y han llegado a situarse bastante más por encima de lo que jamás imaginaran. Después miran hacia abajo, las más de las veces, donde ya están, y advierten la presencia de los competidores, y aunque saben que hay miseria suficiente para todos bregan por conseguir una buena porción. Arriba y abajo, si bien prescinden de mirar hacia lo más elevado; saben que ahí nunca llegarán. Por eso buscan la relatividad de las cosas en el mundo de lo absoluto. Creen que hay listos, inteligentes, letrados, en contraposición a los torpes, los ignorantes o los analfabetos, y ricos, pudientes y poderosos que confrontan a los pobres, los menesterosos o los desgraciados. También creen, nos lo dicen en la escuela, que con esfuerzo, con sacrificio, sin aversión ni violencia, conseguirán ser no el más listo pero tampoco el más tonto, y sus bienes y propiedades no serán cuantiosos, pero siempre habrá quien tenga menos, pues no carecen de referentes.

La mediocridad, garantizada por los mecanismos del poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nadie, ni nada, es lo que es, sino que lo que aparenta. Las cosas son lo que representan, lo que significan. Una piedra es una piedra y un perro es un perro. Sin embargo, una piedra de cincuenta mil años de antigüedad es más preciada que otra más reciente, e independientemente de ello, la piedra reciente, o la de cincuenta mil años, es asimismo más estimada según el lugar que ocupe, según el edificio de que forme parte. O un cuadro. Prescindiendo de sus cualidades artísticas, o estéticas, que al fin al cabo son las que los expertos han creído ver en él, no es otra cosa que una tela manchada de colores. Naturalmente, no todos emborronan igual las superficies ni manejan con la misma destreza los pigmentos, ni tienen la misma habilidad con el dibujo, ni captan del mismo modo ambientes o rostros. No todos los cuadros son iguales, tampoco las personas. Pero he aquí que no es eso lo importante, pues un cuadro que se atribuía a un determinado autor y se consideraba una obra maestra, digna de un genio, pierde valor y estimación cuando se descubre que no pertenecía a dicho pintor sino a otro de menos relevancia. El cuadro, no obstante, sigue siendo el mismo, pero lo que parecía ser ya no es. Al perro que tiene dinero le llaman señor perro, dice un proverbio árabe. Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia.

Publicado anteriormente el 2 de febrero de 2018.