Jardín de Monet en Vetheuil (1880). Óleo de Claude Monet.
Miedo a no hacer lo correcto (entre otras cosas porque no sabía qué era lo correcto). Miedo a imaginar situaciones por si su protagonista, yo, actuaba de manera inadecuada. Miedo a no comprender, por mucha voluntad que pusiera, la manera de proceder de los adultos. Culpabilidad por lo que pudiera hacer antes de haber hecho nada. El mundo se ensanchaba, mi mundo, y con él la inseguridad, pues el otro, el de afuera, el de los mayores, se alejaba cada vez más, todo eran prohibiciones y obligaciones cuya significación nadie sabía explicar. Un miedo turbio, confuso, me hizo dudar hasta de la inviolabilidad de mi imaginación. ¿No habría alguien espiando mientras jugaba solo en el jardín? ¿Serían mis juegos observados? ¿Se podría jugar solo?
No podía entender en aquellos momentos que toda autoridad tiende a homogenizar actitudes y comportamientos, que todo poder ha de instalarse en el miedo. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por él concedidas que creemos que son nuestras, sin sobrecogerse ante las múltiples e infinitas posibilidades con que cuenta para destruirnos, sea un dios, un representante suyo, sea el dinero, o un representante suyo. Vivir con miedo es asegurarse la existencia en un mundo exageradamente timorato, asustadizo de por sí; el miedo acompaña en todas las acciones a quienes no tienen poder, a la mayoría pues; de él no se puede escapar ni en sueños, por eso todos queremos ser poderosos. ¡Qué bien se está en el jardín!
‘Café dansant, Moulin de la Galette’ (c. 1905-1906). Óleo de Isaac Israels.
―Esta misma mañana, frente a la Bolsa de Trabajo, he visto reunido un gran número de obreros y me he acercado a ver qué pasaba. Se trataba de un mitin y los discursos que se pronunciaban eran verdaderamente incendiarios. Había muchos anarquistas que decían “Basta de discusión, ¡a la calle!, ¡a la calle!”. La policía trató de impedirles el paso y empezaron los enfrentamientos. Mas ¿qué movía a los allí concentrados? ¿Qué pedían? ¡Trabajo! ¿Y qué hubiera pasado si alguien, el prefecto o el más burgués de los burgueses, hubiese prometido, y podido demostrar, por supuesto, que a partir del día siguiente, o de ese mismo día, habría trabajo, bien pagado, para todos? La concentración que se hubiese disuelto ipso facto. Libertad, justicia, trabajo… ¡Patrañas! Trabajad, trabajad y conseguiréis una sociedad próspera. ¿Próspera para quién? ¡Memeces! Toda revolución ha de tener como único móvil y único fin el placer. ¿Qué clase de revolución es aquella que solo pretende modificar las reglas del juego cuando es este el que está mal diseñado, pues siempre son los mismos los que ganan y también los que pierden? ¿No habrá que jugar a otra cosa? Al día siguiente de la revolución habrá que pensar en divertirse.
―Yo también he leído a Lafargue, Samuel, yo también. Muy propio de quien tiene la vida resuelta, como tú. Lafargue tiene una casa en Draveil con un jardín de por lo menos diez mil metros cuadrados que le costó la friolera de cuarenta mil francos hace ya unos años. Así se comprende que diga esas cosas, pero al pobre obrero que no sabe qué hacer para poder comer, él y su familia, al día siguiente, dile que el trabajo no deja de ser un dogma y se entregue al placer.
―Pues nada, a trabajar, a trabajar. Contribuyamos con nuestro esfuerzo a incrementar la riqueza nacional, alguna que otra migaja siempre sobrará. Lo que mueve al hombre es la codicia y esta sociedad premia a los codiciosos.
―No empieces a comportarte como en esas tertulias de Montmartre que tanto te gustan en que, hartos de ajenjo y otras bebidas, supongo que champán en tu caso, todo el mundo filosofa y cree estar por encima del bien y del mal. La verdad es que, a veces, no sé si eres un escéptico o simplemente un ingenuo.
Samuel tampoco lo sabía, pero era lo que menos le importaba en aquellos momentos. Marion hablaba de su vida, de sus experiencias, con la naturalidad que solo da la confianza en lo que se dice y, sobre todo, la persona a quien se dice. Samuel intervenía pocas veces, escuchaba con atención las circunstancias y los episodios que habían conducido a Marion a abrazar el ideario anarquista, un ideario que en buena parte ambos compartían, con la diferencia ─notable─ que para Samuel esa sociedad, que también él desearía ver materializada, nunca llegaría a ser posible a causa de la misma naturaleza del ser humano, egoísta y depredadora. Admiraba la coherencia que mostraba Marion entre su manera de pensar y su forma de actuar, acorde lógicamente con la determinación de su carácter. Le recordaba a Esclafit. Era una persona firme en sus convicciones, íntegra, y, en consecuencia, llena de vida, y no podía evitar dejarse llevar por su expresividad, por el brillo de sus ojos, cuando defendía con ahínco sus ideas más enraizadas o con la aflicción que de los mismos se desprendía al revelar los acontecimientos más penosos a que había tenido que enfrentarse. Había momentos en que Marion podía expresarse con la mayor de las cóleras y él, sin embargo, seguir viendo un rostro lleno de dulzura y espontaneidad. Esto, no obstante, nunca se lo confesó ─no quería que pudiese tacharle de frívolo o superficial─, como tampoco el montante real de su fortuna, que por aquellas fechas ya había menguado considerablemente. Fueron estas dos circunstancias las únicas de las que nunca habló con ella. Entre Marion y Samuel se estableció una relación sentimental basada en la autonomía personal de ambos, sin ninguna clase de lazos sociales o morales, un amor libre que le recordaba en cierta medida su relación con Brigitte. Eran amigos, amantes, compañeros, y tanto eran dos como uno. Eso sí, el dos, aquí, siempre era la suma de uno más uno. Su amor, por supuesto, podía no ser eterno, ningún amor tiene por qué serlo si respeta la libertad de amar del individuo.
“El niño enfermo” (finales del siglo XIX). Óleo de Karl Kung.
Aquejado de raquitismo, Roque se había convertido en poco tiempo en un tullido de fábrica. Pronto, demasiado pronto ─si es que hay un momento adecuado para ello─ los huesos de sus extremidades se desviaron e hincharon, se ablandaron, carecían de calcio, apenas conocían el sol.
Durante las semanas siguientes Samuel cuidó de Roque. Su interés y esmero en la tarea eran las propias de un niño, es decir, mínimos, insuficientes. Miraba a su hermano como si de una atracción de feria se tratase. Los espasmos de sus músculos despertaban su curiosidad. Luego cesaban las contracciones y Roque caía en un profundo estado de sopor. Samuel trataba de espabilarlo con un vaso de vino, como había visto hacer a su madre. Si consideraba que estaba calmado bajaba a la calle, siempre llena de niños, todos menores de seis años, y niñas, ninguna mayor de ocho, descalzos, medio desnudos la mayoría, sentados sobre montones de porquería, a veces con un mendrugo de pan duro recubierto de sus propios mocos que pasaba tanto tiempo en el suelo como en las bocas. Brincaban y correteaban a su antojo. Los carros entraban y salían raudos, al compás de los pedidos. El chirriar de sus ruedas era un sonido habitual, los chavales lo percibían nada más entrar en la calle. Entonces se arrimaban a la pared, quien más y quien menos sabía de los riesgos que acarreaba desestimar el peligro de los carros y conocía a alguien lastimado a causa del continuo ajetreo de sus idas y venidas.
Al cabo de unos días Roque murió. Estaba dormido, o eso parecía, y Samuel bajó a la calle, a mitad mañana. Regresó al cabo de un buen rato, Roque continuaba en la misma postura que cuando le dejó, no se había movido, lo zarandeó pero no hubo respuesta. Se quedó mirándolo, no sabía muy bien qué estaba sucediendo, esperando alguna reacción. De vez en cuando volvía a sacudir el inerte cuerpecillo. Nada. Finalmente se durmió. Fue su madre quien le despertó al regresar de la fábrica y quien le explicó que su hermano pequeño había dejado de existir.
La muerte de Roque fue recibida con una mezcla de pesar y alivio. En todo caso era el final de una dolorosa situación. Ya no sufriría más el pequeño ─Dios así lo había querido─ ni tampoco sus padres. Samuel podría trabajar. A Samuel le resultaría difícil volver a encontrar un momento como aquel en que su madre lo cogió fuertemente de la mano resguardándole de la avalancha de gente que protestaba contra el impuesto de consumos. A los pocos días de fallecido su hermano comenzaría a trabajar y a sentir necesidad de protección, abrigo y seguridad para combatir el miedo y la soledad.