El asesinato de Julius y Ethel Rosenberg

―¿Tú crees que eran culpables? ─preguntó Egon.

―Creo que no, pero ahora eso es lo de menos ─respondió Sam─. Una muerte dictada es siempre un asesinato. Sinceramente, en estos momentos me importa un bledo su culpabilidad. Asesinándolos han tratado tanto de castigar a los supuestos culpables como de dejar bien patente que no se juega con el sistema. Eso es fascismo, terrorismo de Estado. Querían matarlos. Por la seguridad de la nación, alegan. Esto nada tiene que ver con la seguridad nacional. Muy endeble debe ser esta si un matrimonio como los Rosenberg puede ponerla en entredicho. El asesinato de los Rosenberg, pues eso es, un asesinato, por mucho que se revista de legalidad solo resulta más abominable, tiene más que ver con la voluntad de destruir los movimientos políticos anteriores a la guerra que con la supuesta seguridad nacional. Eliminado Hitler, el gran enemigo es ahora el comunismo, ni siquiera la Unión Soviética. Que la gente crea que únicamente cuando no tengamos rival en el mundo, ni político, ni armamentístico, ni económico, ni ideológico, y hayamos impuesto nuestras normas y nuestro modo de concebir la existencia, conseguiremos la paz. Y para ello hay que atemorizar a la población con misterios, secretos, traiciones y la gran amenaza: otra guerra. Confía en el Gobierno, deja hacer, no pienses, ese es el mensaje que se esconde tras todo este montaje. Si no llega a ser por el Gobierno, vigilante… ¡Si eran personas normales! ¡Quién lo iba a decir! No te fíes, pues, de nadie, el enemigo puede ser quien menos lo esperes, tu vecino por ejemplo. ¿Por qué será que esta situación me recuerda otras ya vividas?

Manuel Cerdà:Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2016. Nueva edición 2019.

En mi novela, el protagonista, Sam Sutherland, en tanto que miembro del Congreso por los Derechos Civiles de Nueva York, asiste y participa en todo lo relacionado con el asesinato de Julius y Ethel Rosenberg. El texto que sigue aparece, pues, novelado en ella.

El 19 de junio de 1953 la Administración de los Estados Unidos de América llevaba a cabo uno de tantos execrables crímenes de su historia. A las ocho de la tarde de dicho día, poco después de ponerse el sol, la cámara de la muerte de la prisión de Sing Sing fue el último lugar que vieron Julius y Ethel Rosenberg. Concretamente la cámara de la muerte del penal, pues allí fueron asesinados en la silla eléctrica.

Julius y Ethel Rosenberg eran un matrimonio joven –él treinta y cinco años, ella treinta siete–, padres de dos hijos –Michael, de diez años de edad, y Robert, de seis–, acusados de espiar para la Unión Soviética revelando secretos acerca de la bomba atómica y condenados por ello a ser ejecutados en la silla eléctrica. Ese día se cumplía el catorce aniversario de su boda. Llevaban detenidos desde julio de 1950 y, tras un largo proceso plagado de irregularidades, habían sido condenados a muerte el 5 de abril del año siguiente. Él era ingeniero eléctrico, ella peleaba por ser actriz y cantante. Ambos eran neoyorquinos, del Lower East Side. Con dieciséis años, Julius Rosenberg, cuyo padre era sastre, al tiempo que estudiaba en el City College de Nueva York, ingresó en la Liga de los Jóvenes Comunistas encorajinado ante el ascenso del nazismo y cansado de contemplar diariamente las desigualdades sociales y raciales de su país, de las que el Lower East era un ejemplo manifiesto.

No fueron pocos los que afirmaron que el juicio era una farsa, lo que no impidió que este terminara con el peor veredicto posible: la condena a ser ejecutados. El juez, Irving R. Kaufman, al leer la sentencia dijo: Su crimen es peor que el asesinato. Y argumentó: Yo creo que vuestra conducta, entregando en manos de los rusos la bomba atómica años antes de que Rusia pudiera disponer de tal fórmula, ha provocado la agresión comunista en Corea, que ha costado más de cincuenta mil víctimas. ¡Quién sabe si otros millones de inocentes no pagarán el precio de vuestra traición! Con vuestra traición, vosotros, Julius y Ethel Rosenberg, sin ninguna duda habéis cambiado el curso de la historia en perjuicio de nuestro país. El hermano de Ethel se libró de la pena capital al haber acusado a esta y a su cuñado. Ya muertos, declararía que lo hizo en falso. La maquinaria coercitiva del Estado se había puesto en marcha y nadie ni nada la detendría; hasta los hijos de los Rosenberg fueron expulsados de la escuela.

En todo el mundo occidental se organizaron actos de protesta contra la condena impuesta a los Rosenberg. Empezaron las apelaciones y los retrasos en la aplicación de la pena, al tiempo que en muchas ciudades tenían lugar mítines y manifestaciones y se mandaban peticiones de clemencia a la Casa Blanca. Sartre había dicho: No os asombréis si gritamos de un extremo al otro de Europa: ¡Cuidado! ¡Norteamérica está rabiosa! Rompamos todos los lazos que nos unen a ella si no queremos ser mordidos y contagiados de hidrofobia. La desmesura era tal que hasta el papa, Pio XII, pidió indulgencia a Eisenhower.

Desde varios días antes de la fecha fijada para la ejecución las movilizaciones se sucedieron en varias ciudades estadounidenses y europeas. Diariamente, numerosas personas se manifestaban frente a la Casa Blanca. El día 15 un nutrido grupo de manifestantes con carteles pidiendo que no se les ejecutara acompañaron al hijo mayor del matrimonio, Michael, a la Casa Blanca para pedir clemencia para con sus padres. Con ellos iba su abuela, que llevaba de la mano al hijo pequeño. Michael entregó una carta para el presidente Eisenhower en la que, entre otras cosas, decía: Espero que reciba usted mi carta, porque es una carta para que no permita usted que pase nada a mi mamá y a mi papá. Nadie quiso recibir al chico.

La cámara de la muerte del penal de Sing Sing era una habitación grande, bien iluminada. En uno de sus lados, centrada, se situaba la silla eléctrica, de madera, austera, con brazos en los que atar las extremidades superiores de los condenados, llena de correas para inmovilizar completamente el cuerpo. Frente a ella cuatro bancos, también de madera, para los asistentes al macabro espectáculo. Al dar las ocho entró Julius. No sabía qué hacer, se le veía desconcertado, aturdido. Permaneció de pie, inmóvil, se apreciaba un ligero temblequeo en sus piernas. Se sentó ayudado por los guardias, que le indicaron cómo debía colocarse. Lo ataron y acto seguido le pusieron una especie de máscara que solo dejaba al aire las fosas nasales y la boca, levantaron la pernera derecha del pantalón y sujetaron a la pantorrilla una plancha de metal por la que penetraría la corriente eléctrica, complementando la que llegaba directamente a la cabeza. Julius parecía un muñeco articulado que adoptaba la postura que marcaban los titiriteros de la muerte. El director del presidio dio la señal. Se oyó el ruido de la llave eléctrica que daba paso a la corriente. Julius dio un respingo. Sus manos y pies se contrajeron. Se oyó un seco quejido. El cuerpo se sacudía con la corriente. Minuto largo después cesó el zumbido. Se acercaron los médicos. Un guardia abrió la camisa de Julius sin muchos miramientos. No la desbrochó, se limitó a desgarrarla. Los facultativos le auscultaron. Todavía respiraba. Otra descarga. Otros interminables cincuenta y siete segundos que parecieron eternos. Las convulsiones del cuerpo eran más violentas que la primera vez, pero no ya no se oyó quejido alguno. La boca comenzó a ponerse morada y una baba sanguinolenta salió de su boca. Olía a quemado. Se detuvo la descarga. Los médicos volvieron a reconocerlo. Declaro muerto a este hombre, pronunció uno de ellos. Apenas habían pasado un par de largos minutos. Dos guardias con bata blanca desataron el cuerpo y lo colocaron en una camilla de ruedas. Tenía los ojos hundidos y estaba blanco como el mármol.

Eran las ocho y seis minutos de la tarde. Inmediatamente entró Ethel. Ethel confiaba hasta el último momento en que se paralizaría la orden. Tal vez por ello daba la impresión de estar más serena que Julius y por eso la dejaron en segundo lugar, por considerar que moralmente era más fuerte que su marido. Las autoridades carcelarias entendieron que se hallaba más entera y es costumbre dejar al más entero para el final cuando se trata de ejecuciones múltiples. Le habían cortado el pelo para que le llegase mejor la corriente, llevaba un vestido verde, los labios apretados. Su muerte fue más cruel aún, ya que hicieron falta cinco descargas. Se dijo luego que la causa radicó en que la silla estaba diseñada para un cuerpo “normal” y, supuestamente, masculino, y no para una mujer pequeña y frágil como ella. Tardó casi cinco minutos en morir. Tras la cuarta descarga, los dos médicos aplicaron sendos estetoscopios sobre su cuerpo para comprobar si había muerto. No estaban seguros. El verdugo, Joseph P. Francel, abandonó por un momento el cuadro de interruptores, situado a unos tres metros de la silla, para preguntar si era necesaria otra descarga. Los médicos asintieron con la cabeza. Volvieron a atar bien sujeta a Ethel y tras la quinta descarga uno de los médicos pudo decir por fin Declaro muerta a esta mujer.

No cruzar. Línea de policía, se indicaba en las vallas de madera tras las cuales debían colocarse en fila centenares de personas que querían rendirles un último homenaje ante sus cuerpos en la funeraria J.J. Morris, donde habían sido velados toda la noche entre otros, por la señora Sophie Rosenberg y la señora Tessie Greenglass, madres de Julius y Ethel respectivamente. Llegado el momento, poco antes de las dos de la tarde, los policías empezaron a apartar a la gente y a hacer sitio para que pudieran salir los féretros en sendos coches fúnebres. Sus familiares se colocaron detrás y la gente les siguió. Las aceras estaban igualmente llenas de personas, varias filas se situaban a ambos lados de la calzada. Había muchos policías y guardias a caballo.

El cortejo emprendió camino al cementerio de Wellwood en Pine Lawn, en Long Island, en Nueva York, a poco más de tres kilómetros de distancia. Más de dos mil personas los acompañaron hasta allí. La policía llegó a hablar de siete mil vehículos en línea, cifra que sin duda exageró para justificar las innumerables trabas que ponía a quienes querían llegar hasta el cementerio escudándose en problemas de tráfico. Llegados a Pine Lawn, bajaron los ataúdes de los vehículos. Ramos y coronas de flores fueron depositados inmediatamente junto a ellos. Sophie Rosenberg, madre de Julius, se deshacía en llantos. Emanuel Bloch, el abogado del matrimonio y tutor de sus hijos, con traje negro, la sujetaba y trataba de reconfortarla. Bloch pronunció el panegírico. Reivindicó su inocencia y calificó de asesinato lo ocurrido.

No Good Man: Bonnie and Clyde

Hablaba el pasado domingo, día 10, de John Dillinger y publicaba un vídeo sobre este bandido social. Hoy voy a hacer algo similar con la que probablemente sea la pareja de bandidos sociales más famosa de la época contemporánea, la formada por Bonnie Parker y Clyde Barrow, conocida como Bonnie y Clyde.

Cuando Clyde –nacido en Telico (Texas) en 1909– conoció a Bonnie, tenía 20 años de edad y ya había sido detenido y pasado por correccionales por llevar a cabo varios hurtos a pequeña escala para poder comer –la crisis económica les tenía ahogados en deudas– y con su hermano mayor, Marvin Ivan (Buck), robar un camión lleno de pavos y otros vehículos, que este último volvía a vender. Bonnie Parker –nacida en Rowena (Texas) en 1910– era una joven de 21 años que se había casado a los 16 años con un delincuente y maltratador y divorciado poco después. Regresó con su madre y se puso a trabajar de camarera en un bar de su localidad natal. Allí conoció a través de un amigo común a Clyde el 5 de enero de 1930. El flechazo fue prácticamente inmediato y cuando unas semanas después este fue condenado a catorce años de prisión por robo de vínculos, Bonnie logró introducir una pistola en su celda y Clyde escapó. Lo detuvieron de nuevo y en 1932 se las arregló para conseguir la libertad condicional. Regresó a su casa de Dallas y se reunió con Bonnie, una apasionada de la poesía –escribió varios poemas– y el canto. Clyde decidió entonces abandonar la delincuencia y marchó a Massachusetts para trabajar en la construcción, pero no pudo aguantar más de unas pocas semanas. Los efectos recesivos de la Gran Depresión de 1929 hacían estragos entre los más humildes y Clyde y Bonnie encontraron en el robo la vía para salir de su mísera situación.

A partir de ese momento, empiezan a asaltar gasolineras y tiendas, y luego bancos. Entre febrero de 1932 y mayo de 1934 llevan a cabo numerosos atracos con una banda en la que, entre otros, estaban el hermano de Barrow, Buck, y su esposa Blanche, en los estados de Texas, Nuevo México, Oklahoma, Missouri, Luisiana, Arkansas, Kansas, Iowa e Illinois. La prensa los describe como una especie de nuevos Robin Hood.

En diciembre de 1932, el FBI se enteró de que un automóvil abandonado en Michigan había sido robado en Oklahoma. Una búsqueda en Oklahoma de un segundo automóvil robado vinculó ambos automóviles con Barrow y Parker a través de un frasco de medicamento que encontraron en su interior prescrito para la tía de Barrow. El FBI emitió una orden judicial contra la pareja por transportar de un Estado a otro el segundo automóvil, robado el 20 de mayo de 1933. Durante ese año, Barrow y Parker mantuvieron varios tiroteos con la policía.

En noviembre de 1933 de la policía de Dallas trató de capturarlos, pero escaparon tras herir a dos agentes. En enero de 1934 en Waldo (Texas) ayudaron a cinco prisioneros a fugarse, resultado muertos dos guardias. Cinco días más tarde, mataron a un agente de policía en Miami y ​​secuestraron a un jefe de policía. Algunos de los miembros de la banda fueron capturados, pero no Clyde, ni Bonnie.

El Estado de Texas y el Gobierno Federal decidieron poner al frente de la investigación al antiguo ranger Frank A. Hamer, un elemento de cuidado y pocos reparos, o ninguno. Hizo de ello causa personal. “La investigación cada vez iba cercando más a la pareja y una de las pistas los llevó al día D. El 13 de abril el FBI consiguió una importante información: el viaje que harían el 21 de mayo a Luisiana para ver los Methvin, padres de un miembro de la banda. Tras acudir a una fiesta, la pareja queda en regresar dos días después. Sin embargo, aquella nueva visita sería la perdición de Bonnie & Clyde. […] No había amanecido y un grupo de seis policías encabezados por Frank Hamer, se ocultaban tras la vegetación de la carretera secundaria de Bienville Parish. Iban bien armados, sabían de lo que eran capaces los amantes del crimen, y habían estudiado cada uno de sus movimientos. El Ford V8 con Clyde al volante se para a charlar con el padre de Methvin. Tras una breve conversación, reanudan la marcha. En el interior ,Bonnie estaba recostada en el asiento del copiloto comiendo un sándwich. Todo parecía estar tranquilo. De improviso y sin advertencia previa, los agentes comienzan adisparar contra el vehículo. Durante pocos minutos descargaron toda la munición de sus escopetas, fusiles y pistolas [en el vídeo puede verse una muy buena recreación de la misma]. 167 proyectiles (hay quienes hablan de 107, 126 o 130) impactaron contra el coche y sus ocupantes.” [Mónica G. Álvarez: “La verdadera historia de Bonnie & Clyde, los amantes del crimen”, La Vanguardia, 23 de mayo de 2015). Era el 23 de mayo de 1934. Él tenía 24 años y ella 23.

¿Qué quieren que les diga? A mí esto me parece un asesinato con todas las de la ley, nunca mejor dicho, pues no les dieron el alto y no tuvieron posibilidad alguna de rendirse ni de defenderse. Bonnie tenía aún en la boca el sándwich que había comprado poco antes cuando Hamer se acercó al coche y la remató de dos tiros.

“La polémica se basa en ciertos aspectos del tiroteo y en cómo lo dirigió Hamer. Historiadores y escritores como E.R. Milner, Phillips y Treherne no imputan ningún asesinato contra Bonnie. ​ Los archivos del FBI contienen solo una causa contra ella, que supuestamente cometió Clyde en el robo de un coche. ​La única ocasión en la que Bonnie se supone que disparó un arma durante uno de los crímenes de la banda, fue gracias a una declaración de Blanche Barrow, en una entrevista a un periódico de Lucerne, Indiana, el 13 de mayo de 1933. Pero estas declaraciones no parecen tener consistencia. En el caso de que Bonnie hubiese disparado, habría empleado un Browning Automatic Rifle M1918 (B.A.R.), el único fusil automático que tenía la banda. Esta arma, robada por Clyde en una armería, pesaba cerca de 8,5 kg, y cargada podía llegar a los 11 kg, lo que suponía una tercera parte del peso de Bonnie, que apenas medía 1,50 y era menuda. Disparar 550 balas en un minuto parece una tarea bastante difícil, incluso para soldados entrenados. […] Después de la muerte, los hombres que fueron elegidos para vigilar los cuerpos […] permitieron a ciudadanos cortar trozos del cabello y del vestido de Bonnie, que posteriormente fueron vendidos. Hinton [ayudante del alguacil] encontró a un hombre que intentaba cortar un dedo de Clyde. El médico forense, una vez llegado a la escena, anotó lo que vio: ‘Casi todo el mundo empezó a recoger objetos de la escena del crimen, como trozos de cristal del coche, casquillos de bala o trozos de ropa ensangrentados. Uno de los hombres más jóvenes abrió su navaja e intentó cortar una de las orejas de Clyde’. ​ El forense llamó la atención a Hamer para que lo ayudara a controlar aquel ‘espectáculo circense’, y solo entonces se le ordenó a la gente abandonar la escena del crimen”. [Wikipedia: entrada “Bonnie y Clyde”].

Más de 50.000 personas acudieron a ver sus cuerpos, expuestos públicamente en Dallas y unas 25.000 asistieron a su funeral. Querían ser enterrados juntos, pero la familia Parker no lo consintió. Clyde Barrow está enterrado en el cementerio Western Heights y Bonnie Parker en el Crown Hill Memorial Park, ambos en Dallas. Y con este triste y lamentable final termina la historia de Bonnie y Clyde, aquella “buena parejita, tan linda y jovencita, pero tan malvada”, como decían algunas versiones españolas de la canción The Ballad Of Bonnie & Clyde (Georgie Fame, 1967) allá por finales de los años 60 del siglo pasado, a raíz del éxito de la película Bonnie and Clyde (1967), que dirigió Arthur Penn y protagonizaron Warren Beatty y Faye Dunaway. Mas no es esta la canción que suena en el vídeo, sino No Good Man, que compusieron Irene Higgenbotham, Dan Fisher y Sammy Gallop en 1946 y grabó ese mismo año Billie Holiday. La letra habla de una chica que se enamora de un mal hombre, que nunca la trata como debería. Ella se dice que debería odiarlo, pero lo ama tanto… Según algunos, esta podría ser la historia de la pareja: la jovencita que se enamora del hombre equivocado. Mas también, como dice la canción, de alguien cuyo amor “está hecho de fuego”.

John Dillinger: That’s Life

No conseguía encontrar trabajo y decidió aceptar la propuesta de un amigo para asaltar la tienda de un conocido comerciante de su ciudad, Indianápolis (EE UU). Hablo de John Dillinger, quien había nacido allí el 11 de mayo de 1903. Ambos fueron capturados poco después y Dillinger, que a diferencia de su amigo no podía costearse un abogado, fue condenado a nueve años de prisión.

En la cárcel, y puesto que era una persona hábil e inteligente, no perdió el tiempo y, además de jugar a béisbol, aprendió de sus compañeros los trucos y recursos para poder atracar bancos. Cuando salió en libertad formó su propia banda, que comenzó a actuar en mayo de 1933.

Eran tiempos muy difíciles para la gran mayoría de la población a causa de los efectos recesivos de la Gran Depresión de 1929. Cómo no, los bancos eran vistos, con razón, como causantes del infortunio económico de millones de trabajadores. Nada menos que 14.500.000 estaban en paro en 1933 y 23.000 personas se suicidaron ese año al no poder soportar más su mísera situación.

En tal estado de cosas, Dillinger pronto fue considerado por esta gran mayoría como un bandido tipo Robin Hood, una especie de bandido social. “Casi todo el que tome la contra a los opresores y al Estado será con toda probabilidad considerado una víctima, un héroe, o ambas cosas” (E.J. Hobsbawm: Rebeldes primitivos, 1959). Y así fue visto Dillinger, además, era guapo y educado y no tardó en convertirse en un ídolo de masas. Si es cierto lo que se cuenta en la película Enemigos públicos sobre Dillinger –presume de ser veraz; no lo es del todo–, durante un asalto a una sucursal bancaria un hombre que iba a depositar el dinero en ella fue a entregárselo y Dillinger le dijo que se lo quedase, que él solo robaba a los bancos, no a la gente.

A partir de aquí, se suceden los asaltos a los bancos y las detenciones. Dillinger fue capturado dos veces, pero las dos consiguió escapar. “Una cárcel es como una nuez con un gusano dentro. El gusano siempre puede salir”, dijo, o dicen que dijo. John Edgar Hoover –un pájaro de mucho cuidado (lideró más tarde la caza de brujas emprendida por el senador McCarthy), que por entonces estaba empeñado en ‘modernizar’ la Oficina de Investigación (BOI, Bureau of Investigations), predecesora del FBI, y crear leyes interestatales que impidiesen que un fugitivo de la ley no pudiera ser detenido en un Estado que no fuese aquel en el que había cometido un ‘delito’– lo declaró “enemigo público número uno” y puso precio a su cabeza: “diez mil dólares para quien lo entregue, vivo o muerto, y cinco mil para quien facilite una pista que permita su captura”. La captura de Dillinger se convirtió en su principal objetivo, en su obsesión. Vio en ello su trampolín para ascender en su carrera profesional y lo cierto es que lo aprovechó. Usó todas las artimañas posibles y finalmente consiguió que una de sus amigas, Anna Sage, madame de un prostíbulo local, le confesara su paradero si no quería ser inmediatamente deportada a su país natal, Rumanía.

El 22 de julio de 1934, cuando Dillinger salía del Biograph Theater (Chicago) tras ver la película Manhattan Melodrama (El enemigo público número 1), fue acribillado a balazos. Se le atribuyeron 26 asesinatos cometidos, mas lo cierto es que Dillinger, según algunos historiadores, no mató a nadie. Sí sus compañeros. La cifra, por otra parte, es exagerada y, ¿qué quieren que les diga?, los muertos fueron agentes de ‘la ley’ que trataban de detener a él y a sus colegas. Si uno se declara conscientemente un ‘fuera de la ley’ lo que hace en esta situación es defenderse. Ni más ni menos. Es cuestión de la posición en que cada uno se sitúe. Para mí fue un gran tipo. De lo contrario no hubiera confeccionando este vídeo, o lo hubiese hecho de otro modo. Por eso lo termino con esta cita del Marqués de Sade, de su libro Los crímenes del amor (1800), con la que abría mi novela Prudencio Calamidad:

¿Creéis que hay gran diferencia entre un banquero de una mesa de juego robándoos en el Palais-Royal o Matasiete pidiéndoos la bolsa en el bosque de Bolonia? Es lo mismo, señora; y la única distancia real que puede establecerse entre uno y otro es que el banquero os roba como cobarde, y el otro como hombre valiente.