Auschwitz. 70 años de su liberación

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Entrada principal de Auschwitz-Birkenau vista desde el interior. Fotografía de Nelo Cerdà (2014).

Se cumplen hoy, 27 de enero, 70 años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz –nombre alemán con el que se conoce la cuidad polonesa de Oświęcim, al sudeste de Katowice–, o mejor dicho, del complejo de campos de concentración de Auschwitz.

Este complejo de campos fue el más grande de cuantos creó el régimen nazi e incluía tres campos principales: un primer campo entró en funcionamiento en mayo de 1940 y pasó  a denominarse Auschwitz I desde principios de 1943, una vez que se amplió con Auschwitz II (comienzos de 1942), también denominado Auschwitz-Birkenau, y Auschwitz III (octubre de 1942), conocido asimismo como Auschwitz-Monowitz. En todos ellos los prisioneros eran utilizados para realizar trabajos forzados, aunque Auschwitz I y, sobre todo, Auschwitz-Birkenau funcionaron también como campo de exterminio.

Entrada al campo de Auschwitz I (2005)

Entrada al campo de Auschwitz I (2005)

Como la práctica totalidad de los campos de concentración alemanes, Auschwitz I fue construido para cumplir tres objetivos: encarcelar a los que el  régimen nazi consideraba sus enemigos –judíos, izquierdistas (comunistas especialmente), homosexuales, gitanos…–; disponer de abundante mano de obra –forzada– para las empresas de construcción de las SS u otras que trabajan para los nazis como IG Farben o la Krupp en la producción de armamento y otros elementos bélicos, y tener un lugar donde llevar a cabo la «solución final de la cuestión judía» mediante su exterminio.

Chimenea que se conserva de uno de los crematorios de Auschwitz.

Chimenea que se conserva de uno de los crematorios de Auschwitz.

Auschwitz I contaba con cámara de gas y crematorio. En un comienzo, los ingenieros de las SS construyeron una cámara de gas improvisada en el sótano del edificio de la prisión, y más tarde se edificó otra permanente, de mayor capacidad, en un edificio independiente fuera del recinto donde estaban los prisioneros. Asimismo, en el denominado “hospital de la Barraca” se hicieron investigaciones seudocientíficas en niños, mellizos y enanos y se practicaron esterilizaciones forzosas, castraciones y experimentos de hipotermia en adultos. El más conocido de los médicos que realizaron estos experimentos fue el capitán de las SS Josef Mengele. Cerca de este “hospital” se levantaba la Pared Negra, donde los guardias de las SS ejecutaron a miles de personas, en ocasiones en macabras ceremonias “amenizadas” con orquestas de prisioneros.

Auschwitz I. Fotografía de Nelo Cerdà (2014)

Auschwitz I. Fotografía de Nelo Cerdà (2014)

Pronto Auschwitz I resultó insuficiente para los siniestros propósitos nazis y se construyó Auschwitz II (Auschwitz-Birkenau), campo que tuvo la mayor población de prisioneros y que contaba con instalaciones para funcionar como centro de exterminio. Para entonces, las SS ya había experimentado con el gas Zyklon B y probado su efectividad a la hora de asesinar de manera rápida a gran número de personas. Pero fue en Birkenau donde su empleo se llevó a cabo de manera sistemática y masiva. Nada menos que cuatro grandes crematorios se levantaron entre marzo y junio de 1943, cada uno de los cuales contaba con un área para desnudarse, una gran cámara de gas y su correspondiente horno crematorio. Estuvieron en activo hasta noviembre de 1944 y se llegó a exterminar a diez mil personas diarias.

Llegada de prisioneros a Auschwitz.

Llegada de prisioneros a Auschwitz.

Los trenes llegaban a Birkenau abarrotados de judíos de casi todos los países de Europa ocupados por Alemania (o de los aliados a ella). Su traslado se efectuaba en condiciones tan penosas que muchos fallecían durante el trayecto. Los que sobrevivían eran  muchas veces “recibidos” con música que, obligatoriamente, interpretaban orquestas de prisioneros. Nada malo nos puede suceder, pensaban. Y confiados avanzaban hacia la cámara de gas creyendo que iban a las duchas para ser desinfectados aquellos que las SS no consideraban aptos para realizar trabajos forzados. Los efectos personales de las víctimas eran confiscados y clasificados para ser enviados a Alemania. Además de Auschwitz III, las autoridades de las SS en Auschwitz crearon 39 subcampos entre 1942 y 1944.

Supervivientes de Auschwitz tras su liberación.

Supervivientes de Auschwitz tras su liberación.

El 27 de enero de 1945 el ejército soviético entró en Auschwitz, Birkenau y Monowitz y liberó a alrededor de 7.000 prisioneros, la mayoría enfermos y moribundos. Hasta ese día, se contabiliza que fueron asesinadas un millón y medio de personas, y de hambre y de diversas enfermedades murieron unas 500.000.

Auschwitz es, ante todo, símbolo del horror, del delirio, de la barbarie. Pero simboliza también algo más: en nuestro mundo los intereses económicos priman sobre las personas. Las conexiones entre Wall Street y el nacionalsocialismo vienen de lejos y los lazos económicos de los Rockefeller, los Ford, los Bush o los Harriman con los Krupp o los Thyssen estaban bien consolidados.

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Factoría de IG Farben in Monowitz (cerca Auschwitz) en 1941.

Ya en 1941, una investigación desveló un cártel entre la Standard Oil estadounidense de John D. Rockefeller y la IG Farben (IG Farbenindustrie AG), un conglomerado alemán de compañías químicas fundado el 25 de diciembre de 1925 al fusionarse las compañías BASF, Bayer, Hoechst. IG Farben llegó a tener una filial en Auschwitz donde se producían las mayores cantidades de gasolina sintética y goma que necesitaba el ejército alemán. Sus instalaciones eran más grandes que el propio campo. Llegó a tener una mano de obra de trescientos mil “esclavos”, de los que murieron al menos treinta mil. IG Farben fue el mayor apoyo de Hitler. Nada más finalizar la guerra, las investigaciones del gobierno estadounidense determinaron que sin IG Farben no hubiera sido posible. Ya un año antes de que Hitler se hiciera con el poder, IG Farben donó nada menos que cuatrocientos mil marcos al partido nazi. Iniciada la guerra, sus responsables aseguraron a Hitler que podían fabricar gasolina artificial, solucionando así el problema de la escasez de petróleo, y todos los explosivos y toda la gasolina sintética que empleaba la Wehrmacht procedían de IG Farben. Es más, cuando se ocupaba un territorio, automáticamente IG Farben se hacía cargo de sus industrias. El poder de la Farben era, pues, enorme, y su rama farmacéutica llegó incluso a experimentar sus medicamentos en los presos. Sin embargo, su director, Otto Ambros, declarado culpable en Nuremberg de esclavización y asesinatos en serie, fue condenado solo a ocho años de prisión y acabó trabajando en la US Army Chemical Corps. No fue el único, ni mucho menos.

Decenas de miles de zapatos de las personas que murieron en el campo de concentración de Auschwitz. Fotografía Auschwitz Museum.

Decenas de miles de zapatos de las personas que murieron en el campo de concentración de Auschwitz. Fotografía Auschwitz Museum.

Cuando al final la guerra James Stewart Martin, que estaba al frente de la Sección Económica de Guerra del Departamento de Justicia para la investigación de la estructura de la industria nazi publicó un libro titulado Todos los hombres honorables (1950), escribió en él que las dificultades que encontró en Alemania para poder desarrollar su trabajo de investigación no provenían de los empresarios alemanes, sino de las empresas de Estados Unidos que se habían enriquecido gracias a la guerra.

“La memoria intenta preservar el pasado solo para que le sea útil al presente y a los tiempos venideros. Procuremos que la memoria colectiva sirva para la liberación de los hombres y no para su sometimiento”, escribió Jacques Le Goff (1988, Histoire et mémoire). Pues para que sirva a la liberación recordemos Auschwitz y conozcamos su historia, y esta no es, ni mucho menos, la de unos cuantos dementes que en su locura arrastraron al mundo al peor de los escenarios del siglo XX. Es –por desgracia– algo más compleja.

El vídeo con que finalizamos la entrada –que hicimos en su día para este blog– recoge imágenes del ascenso del nazismo y la persecución a los judíos. El tema que suena es An allem sind die Juden schuld (Los judíos tienen la culpa de todo), canción que compuso Friedrich Hollaender en 1931 tomando la melodía de la popular habanera de la ópera de Bizet Carmen. “De todo tienen la culpa los judíos. / Los judíos tienen la culpa de todo”. La versión es de la cantante alemana de cabaret y actriz Annemarie Hase (1900-1971).

La masacre de Fort Robinson (1879): la historia como instrumento de resistencia

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Little Wolf y Dull Knife en 1873.

Los cheyenes del norte protagonizaron una tenaz resistencia a la colonización blanca del siglo XIX, hasta que en 1867 se firmó el tratado de Medicine Lodge entre los blancos y los jefes de distintas tribus indias que, en teoría, ponía fin a las hostilidades. Pero los problemas no acabaron aquí. Los cheyenes pronto se sintieron engañados, no habían podido entender el contenido de algunas de las cláusulas de lo que firmaban, como que debían trasladarse al sur, a una reserva en la actual Oklahoma. Su deseo era permanecer en el norte, incluso una delegación suya fue a Washington, en 1872, para expresarle personalmente dicho deseo al presidente Grant. Se les permitió seguir en sus tierras, pero temporalmente.

Al morir el general Custer en la batalla de Little Big Horn, en 1876, los propios cheyenes se dieron cuenta enseguida que el hecho les pasaría factura, aunque ellos nada tuvieron que ver. La represión sobre los indios en general les alcanzaría también a ellos; ya lo sabían de otras veces. Buscaron refugio en las montañas, pero los soldados les descubrieron, les persiguieron, destruyeron sus víveres y provisiones y mataron a la mayoría de sus caballos. Acabaron por rendirse en abril de 1877 y se les trasladó a Fort Robinson. El gobierno, no obstante, quería agrupar a los cheyenes del norte con los del sur y, finalmente, los del norte aceptaron trasladarse al sur. Fueron setenta días de dura marcha, hasta llegar en agosto de 1877 a Darlington Agency (Fort Reno), cerca de la actual Oklahoma City. Su existencia, ya difícil de por sí, pasó a ser insoportable. Los cheyenes del sur ─por muy cheyenes que fueran─ no dejaban de ser unos desconocidos para ellos, sus fuerzas físicas ─tras las penalidades sufridas─ estaban al límite de la extenuación, faltaban comida y ropas, el clima les era extraño. Solo había destinado un médico y apenas había medicinas. Así las cosas, las enfermedades pronto hicieron mella entre los cheyenes del norte y muchos fallecieron; dos tercios enfermaron y cuarenta y uno murieron durante aquel invierno.

“Danza del sol” (cheyenes del norte). Fotografía de Edward Curtis (1908)

“Danza del sol” (cheyenes del norte). Fotografía de Edward Curtis (1908)

Había que huir de allí, de “la tierra de la enfermedad”, hacia el norte de nuevo, a sus tierras, a su hábitat natural. Trescientos cincuenta y tres cheyenes, liderados por Dull Knife y Little Wolf, se fueron y se enfrentaron a los soldados, a los que eludían constantemente, pues sabían moverse mejor que ellos por aquellos escarpados terrenos. Se dividieron en dos grupos. Los de Dull Knife fueron localizados y, no sin algún que otro conato de resistencia, acabaron por rendirse, siendo trasladados de nuevo a Fort Robinson.

Las condiciones de vida no mejoraron y al anochecer del 9 de enero de 1879 Dull Knife y los suyos escaparon. Solo tenían cinco rifles y unas pocas pistolas viejas, pero con tan pobre armamento consiguieron hacer frente al ejército, si bien la mitad murió por el camino, la mayoría en enfrentamientos con los soldados. Para sorpresa de los mandos militares, que no acababan de entender cómo se les escurrían cada dos por tres, cruzaron el río White, prosiguiendo la marcha por un desfiladero. El ejército les seguía los pasos. Los que llegaron a superar la cumbre fueron perseguidos durante once días. El día once los soldados consiguieron rodearlos en un revolcadero de búfalos en Antelope Creek, a unos cuarenta kilómetros de Fort Robinson. Casi todos fueron asesinados. Sesenta y seis cayeron por las balas. La rebelión de los cheyenes del norte había terminado.

After the final battle at The Pit. Painting by Frederic Remington, 1897

Tras la batalla de Fort Robinson. Pintura de Frederic Remington (1897)

En 1987 un grupo de cuatro miembros del Laboratorio de Arqueología de la Universidad de Dakota del Sur y tres representantes del Dull Knife Memorial College y del Northern Cheyenne Cultural Committee llevaron a cabo una actuación arqueológica con la finalidad de esclarecer la verdad sobre lo acaecido durante la huida de los cheyenes durante su rebelión de Fort Robinson*.

La controversia no era banal en absoluto, pues la versión oficial, u oficiosa, establecía una ruta para la huida, mientras que la tradición oral cheyene sostenía que había sido otra. Según la primera, los cheyenes habrían protagonizado una huida vergonzosa al escapar por la sierra en una noche de luna llena. De ser así, significaba que actuaron con la mayor de las torpezas, y Dull Knife y los suyos eran mucho más listos. ¿Cómo iban a seguir la ruta que señalaban los blancos, a llanura abierta? Eso los convertía en objetivos fáciles, ya que había luna llena. Era, por tanto, una cuestión trascendental, se trataba del orgullo de un pueblo.

Fotograma de “Cheyenne Autumn”.

Fotograma de “Cheyenne Autumn”.

La tradición oral de los cheyenes difería notablemente respecto a la historia académica y el discurso ofrecido desde el poder y otras instancias. Así, por ejemplo, John Ford trató el suceso en El gran combate (Cheyenne Autumn) lógicamente desde la perspectiva blanca. Fue de este modo que –cuando el Dull Knife Memorial College, una escuela pública de los cheyenes del norte, inició el proceso de adquisición de 365 acres de tierra cerca de Fort Robinson y se propuso acondicionar un sendero conmemorativo para explicar su historia– se inició la intervención antes mencionada. El trabajo de campo consistió en la inspección visual y en diversas excavaciones tras dividir el área en tres secciones, técnicas que se complementaron con tres detectores de metales para hallar restos de la munición usada. En la que la historiografía señalaba como ruta de huida no se hallaron artefactos de ninguna clase, lo que no ocurrió en el trazado defendido por los cheyenes. El peso de la evidencia, como señalaban los autores, se inclinaba por tanto a favor de la tradición oral cheyene, y concluían diciendo que “cuando la historia y la arqueología son usadas por los grupos dominados, se pueden convertir en instrumentos capaces de de permitirles liberarse de la participación en la ideología dominante”.

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* MCDONALD, J.DOUGLAS; ZIMMERMAN, LARRY J.; MCDONALD, A.L.; TALL BULL, WILLIAM; RISING SUN, TED (1993): “La rebelión de los cheyenes del Norte (1879): el uso de la historia oral y la arqueología como instrumentos de resistencia”, Taller d’història, núm. 1, 1993, 37-44. Publicado originariamente en The Archaoelogy of Inequality (1991), Blackwell, Cambridge (Massachussets).

¿Qué es la historia? (O qué entiendo yo por historia)

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¿De qué hablamos cuando hablamos de historia?

Cuando hablamos de historia podemos referirnos a dos cosas: a la narración ordenada y verídica sobre el conjunto de hechos que consideramos memorables del pasado humano, por un lado, o a la ciencia que se ocupa del estudio de estos como conjunto de las actuaciones de los hombres en el pasado y de la narración de estas actuaciones.

La historia (ciencia) no deja de ser una invención nuestra –de la época contemporánea–, pues el conocimiento de ‘todo’ lo que ha sucedido con anterioridad a nosotros es imposible. En consecuencia, cada sociedad hace la historia de acuerdo con los temas que interesan en su momento, los cuales, por otra parte, son distintos según el posicionamiento de cada uno frente al mundo en que vive.

¿Quién hace la historia?

Todos. La historia (conjunto de hechos) la hacemos entre todos con nuestro proceder cotidiano: renunciando explícitamente a buscar un lugar en el mundo y aceptando sin reservas el que se nos adjudica nada más nacer o bien oponiéndonos a él porque creemos que podemos construir uno mejor.

“Discutiendo la Divina Comedia con Dante” (2006), óleo de Dai Dudu, Li Tiezi y Zhang An.

“Discutiendo la Divina Comedia con Dante” (2006), óleo de Dai Dudu, Li Tiezi y Zhang An.

Así pues, el pasado no es únicamente el de los ‘grandes hombres’ y las grandes gestas, es el pasado de los seres humanos colectivamente, en tanto que organizados en sociedades. Y ese pasado no puede aislarse en el tiempo. Sus consecuencias, sus logros, sus reveses, se prolongan hasta el presente. Toda historia, como dijo Geoffrey Barraclough, es contemporánea.

¿Cuál es papel del historiador?

Investigar y divulgar el resultado de sus investigaciones. La divulgación de los resultados es la que justifica en última instancia el sentido de la historia en tanto que ciencia. La investigación con fines exclusivamente curriculares, la que –a pesar de que se publique– no traspasa los estrechos límites de las instancias universitarias –a veces ni siquiera llega a las aulas– sirve de bien poco, por no decir de nada. Toda ciencia tiene su función social, y la de la historia es dotar a las personas de herramientas cognitivas que permitan explicar (explicarse) desde el pasado la comprensión del presente. La historia es investigación, pero carece de utilidad si no llega a su destinatario: el ser humano.

¿Puede el historiador ser objetivo?

Si por objetivo entendemos la independencia de la propia manera de pensar o de sentir, ni por asomo. El historiador es también un producto de la historia y su obra tiene mucho que ver con la actitud desde la que la aborde, con su manera de pensar o de sentir.

Todos vivimos en sociedad y, queramos o no, estamos influidos –en mayor o menor medida, pero influidos– por las actitudes y respuestas ante las situaciones del mundo presente. El historiador también. La historia, pues, nunca podrá ser objetiva. Ni tiene por qué serlo. Pero esta aseveración no debe conducirnos al error de creer que la interpretación que se haga del pasado sea arbitraria. El historiador sigue un método, y en la correcta aplicación de este es donde radica su objetividad.

¿Para qué sirve la historia?

«El historiador ha de ser traductor, ha de trasladar a nuestro lenguaje los valores de otras civilizaciones. Es siempre consciente de los valores individuales que traslada y está convencido que, a pesar de todo, tal traducción es posible. El historiador la ofrece a la sociedad consciente de su propia originalidad, haciéndola comprensible a los otros. Comprender a los otros, he aquí la tarea del historiador. Hay pocas más difíciles. Pero difícilmente se encontrará una más bella», dijo Witold Kula en 1976.

Es esta capacidad de análisis e interpretación lo que define a la historia como ciencia. Y esta ‘traducción’ que la hace comprensible lo que le da razón de ser. La memoria es, posiblemente, la herramienta más importante con que contamos. Sin memoria no habría evolución ni progreso. La historia es, por tanto, un instrumento que se sirve del pasado para comprender mejor nuestro mundo de hoy. ¿Para qué? En mi opinión, para mejorarlo. La historia es una herramienta –útil como pocas– para la transformación social.