Triunfo

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Triunfo fue una revista semanal ilustrada que se comenzó a publicar en Valencia el 2 de febrero de 1946. Fue su fundador Ángel Ezcurra Sánchez, quien encomendó la dirección a su hijo José Ángel Ezcurra (Orihuela, 3 de mayo de 1921 – Madrid, 1 de octubre de 2010). Condicionada por las circunstancias de la época, orientó en principio su contenido al mundo del espectáculo y las actualidades de tipo general, no políticas.

La escasez de prensa en aquella época favoreció su penetración en el mercado, ganando rápidamente lectores por el tono moderno de su presentación, la agilidad de sus textos y la abundancia de ilustración gráfica. La expansión adquirida decidió a los propietarios a trasladar la redacción a Madrid, lo que hicieron en 1948. Para obviar las dificultades que para ello imponía la reglamentación de prensa, la propiedad firmó un contrato de coedición y coexplotación económica con la Delegación Nacional de Prensa del Movimiento, valedero por cinco años, al término de los cuales quedó cancelado. Recobrada su autonomía, la propiedad prosiguió de 1952 a 1962. Aunque con alguna alternativa, la publicación de la revista siguió ahora en la línea ya tradicional de la misma, pero en dicho año 1962 inauguró una nueva etapa como semanario de información general, creándose para su explotación la empresa Prensa Periódica SA.

En 1967 alcanzó una tirada reconocida de 66.408 ejemplares. En 1969, José Ángel Ezcurra se independizó del grupo financiero que controlaba la sociedad, entrando la revista en una nueva fase en la que tuvieron mayor cabida los temas políticos y culturales. En 1971-1972 procedió a la publicación de suplementos monográficos o números extraordinarios, con el concurso de firmas de reconocido prestigio, pues entre sus colaboradores figuraron gente de la valía de Eduardo Haro Tecglen, Manuel Vázquez Montalbán (que también firmó bajo el seudónimo de Sixto Cámara), Luis Carandell, Jesús Aguirre, Víctor Márquez Reviriego, César Alonso de los Ríos, Enrique Miret Magdalena o José Luis Aranguren. Uno de estos suplementos, el dedicado al matrimonio, le acarreó la suspensión gubernativa por cuatro meses y multa de 250.000 pesetas. No sería la única vez, pues en los últimos años del franquismo y primeros tras la muerte del dictador Triunfo fue posiblemente, sin desmerecer a Cuadernos para el diálogo o Cambio 16, la publicación periódica más valiente de cuantas se editaban en España, ofreciendo una información precisa y rigurosa, crítica y comprometida. El 24 de julio de 1975 se abrió expediente a la revista por la publicación en el número 669 de una entrevista de Montserrat Roig a José Andreu Abelló, considerando que el texto vulneraba el artículo 2 de la Ley de Prensa e Imprenta. Para mayor afrenta aún, los indultos que el primer gobierno de la Monarquía (12 de diciembre de 1975) concedió a las publicaciones y periodistas sancionados por transgredir la Ley de Prensa no alcanzaron a Triunfo, que tuvo que cumplir íntegra toda su condena. El 10 de enero de 1976 reapareció Triunfo con una significativa portada: “La respuesta democrática”.

Dejó de publicarse en agosto de 1982, después de 933 números. En la última etapa, ya fallecido Franco, contrariamente a lo que cabía esperar, revistas como Triunfo ya no contaron con el favor del público, posiblemente ─aunque no es esta la única razón─ porque sus lectores la identificaban como una voz de cuestionamiento al régimen en momentos en que la prensa independiente a duras penas era tolerada. Triunfo, pues, desapareció y, con ella, muchos sueños y ambiciones que jamás llegaron a verse cumplidos. Su contenido, sin embargo, sigue vivo, mucho más que la mayoría de revistas y diarios que hoy en día se publican.

Puede consultarse a través de este enlace: http://www.triunfodigital.com/

La Noche de los cristales rotos

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El 7 de noviembre de 1938 era asesinado en París un consejero de la embajada alemana. Su autor fue un joven judío polaco, refugiado en la capital de Francia. Magnífico pretexto. Joseph Goebbels dio la señal para que se desatase un violento pogromo. Entre la tarde del día 9 y la tarde del 10, las sinagogas fueron asaltadas: nada menos que 1.574 –la práctica totalidad de las que había en Alemania– resultaron saqueadas e incendiadas. También las viviendas de los judíos y sus negocios –siete mil quinientos almacenes acabaron desvalijados o destruidos– se convirtieron en blanco de la irracional furia desatada contra todo lo judío.

Un centenar de judíos fueron asesinados y los heridos se contaban por centenares. A los asaltantes no pareció importarles la prohibición racial en vigor a la hora de violar a las mujeres judías. Incluso los niños judíos fueron expulsados de los orfelinatos. Cerca de treinta mil hombres terminaron siendo arrestados; a once mil de ellos los enviaron al campo de concentración de Dachau y a cerca de diez mil al de Buchenwald. Eso en Alemania. En Austria el pogromo fue todavía más feroz y despiadado.

Para “reparar los daños” se condenó a la comunidad judía a pagar una multa de mil millones de marcos (cuatrocientos millones de dólares al cambio). Esa terrible noche pasó a conocerse como “la de los cristales rotos”, denominación acuñada por los propios nazis en alusión a la gran cantidad de vidrios rotos, toneladas sin duda, en aquella orgía de odio y violencia. Fíjense en la fotografía que ilustra la entrada, en la que vemos una tienda judía tras ser asaltada durante la Noche de los cristales rotos y un joven que contempla los destrozos, pero fíjense sobre todo en los demás, que pasan ante ella como si nada, algunos con la sonrisa en la boca.

De tal atrocidad han pasado 76 años. Bien está que lo recordemos sobre todo en unos momentos en que la xenofobia y el racismo cobran cada vez mayor fuerza en Europa. “Si tuviera que resumir el siglo XX, diría que despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad y destruyó todas las ilusiones e ideales”, dijo Yehudi Menuhi (citado por E. Hobsbawm en Historia del siglo XX, 1994).

El siglo XXI marcha por el camino de la desesperanza y desde luego no parece que se vayan a recobrar las ilusiones e ideales destruidos por el anterior. ¿Se repetirán noches de cristales rotos? No sería de extrañar. El panorama no invita al optimismo. Las matanzas del Estado Islámico (ISIS) nos recuerdan casi a diario el fatídico hecho, la xenofobia impera en Israel –no es lo mismo ser judío que ser israelí–, a los refugiados nadie los quiere. Los paralelismos son alarmantes. Un ejemplo, preocupante: cuando tuvo lugar la Noche de los cristales rotos el ambiente, en Europa y Estados Unidos, era cada vez más xenófobo y judeófobo. Francia restringía el derecho de asilo, Estados Unidos no ampliaba sus cuotas de inmigración y muchos países de Europa oriental, Polonia en primer lugar, manifestaban abiertamente su deseo de librarse de los judíos. Los judíos habían pasado a convertirse en responsables de todas las desgracias y nadie los quería. Un sondeo del instituto Gallup en Estados Unidos hacía la siguiente pregunta a los ciudadanos norteamericanos: ¿Aceptaría usted que se abrieran más ampliamente las puertas de Estados Unidos a los refugiados europeos? El 87 por cien respondió que no; un 5 por cien que sí, y el 8 por cien no se pronunció.

Uno, cuando lee estas cosas, se pregunta: ¿de verdad han pasado 76 años? ¡Pero si parece que estemos hablando de hoy! Triste presente el que vivimos, tanto como aciago se presenta el futuro que nos espera. Claro que ¡ojalá me equivoque! Aunque, a fuer de ser sincero, no lo creo.

Las Brigadas Internacionales

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Grupo de brigadistas internacionales (1936-1937). / Fotografía de Juan Pando. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Ante las presiones del gobierno británico, que quería evitar que el conflicto bélico iniciado en España al sublevarse parte del Ejército contra el gobierno de la Segunda República el 18 de julio de 1936 pudiera extenderse al resto de Europa, el presidente francés, el socialista Léon Blum, propuso el 25 de julio de 1936 la no-intervención de las potencias y pidió la adhesión al recién creado Comité de No Intervención a Gran Bretaña, Estados Unidos, Italia, Alemania, Unión Soviética, Bélgica, Holanda, Checoslovaquia y Polonia. Un total de veintisiete países se sumaron y a finales de agosto suscribieron el Acuerdo de No Intervención en España.

Casi al mismo tiempo –y ante la evidencia de la inutilidad de tal iniciativa (como se demostró luego, el acuerdo no consiguió evitar la ayuda italiana, alemana y portuguesa al general Franco, y la soviética a la República)– miles de personas mostraban su solidaridad con la lucha de la izquierda española, una solidaridad activa que partía del convencimiento de que la única manera de frenar el avance del fascismo en Europa era impedir la victoria de los facciosos, pues la guerra española era solo la antesala de la catástrofe que después se cerniría sobre el continente.

Nacieron así las Brigadas Internacionales, unidades militares integradas por voluntarios extranjeros que lucharon a favor de la República durante la Guerra Civil Española. Los primeros grupos se formaron en julio de 1936 con participantes de la Olimpiada Popular de Barcelona, encuadrados en las centurias Thaelmann (alemana), Gastone Sozzi y Giustizia e Libertà (italianas), Commune de París (franco-belga) y Thomas Mann (inglesa).

Brigadistas del batallón La Marsellesa en Albacete (s. f.). / Fotografía de Luis Escobar. Centro de Estudios y Documentación de las Brigadas Internacionales de Albacete.

Brigadistas del batallón La Marsellesa en Albacete (s. f.). / Fotografía de Luis Escobar. Centro de Estudios y Documentación de las Brigadas Internacionales de Albacete.

Su organización se planteó en la reunión del Komintern del 26 de julio de 1936, con el propósito de integrar a todos los voluntarios (de ideología antifascista diversa) bajo la dirección comunista. El proyecto, patrocinado por el especialista inglés en cuestiones militares Tom Wintringham, por el embajador soviético en Madrid y por Palmiro Togliatti, Maurice Thorez y Georgi Dimitrov, fue aprobado en una reunión celebrada en Madrid (22 de octubre de 1936) entre el representante del gobierno de la República española, Diego Martínez Barrio, y los delegados del Komintern, Luigi Longo (italiano), Pierre Rebière (francés) y el polaco Stephan Wisniewski.

Participaron combatientes de más de 50 países de todo el mundo, con un total de 40.000 hombres a lo largo de la guerra, organizados en 15 brigadas. Los principales contingentes fueron franceses (10.000 voluntarios), italianos (2.500), belgas, yugoslavos, ingleses, canadienses y estadounidenses. Intervinieron eficazmente en la defensa de Madrid (noviembre de 1936) y en las batallas del Jarama (febrero de 1937), Brunete (julio de 1937), Belchite (agosto-septiembre de 1937), Teruel (diciembre de 1937-enero de 1938) y, finalmente, en la del Ebro (julio-noviembre de 1938). Una tercera parte de sus combatientes murieron en España.

Desfile de despedida de los brigadistas en Barcelona (26 de octubre de 1938).

Desfile de despedida de los brigadistas en Barcelona (26 de octubre de 1938).

Finalmente, el gobierno republicano, en complimiento de la resolución de la Sociedad de Naciones de 1 de octubre de 1938, ordenó su retirada, si bien quedaron en Cataluña algunos pequeños contingentes. Tal día como hoy, 26 de octubre, de 1938, tenía lugar en Barcelona el acto formal de despedida de la Brigadas Internacionales con un desfile de los brigadistas por la avenida 14 de abril (actual avenida Diagonal). Más de 300.000 personas llenaron las calles de Barcelona para despedir a estos hombres que, sin ser españoles, se involucraron directamente en el conflicto sabedores de su trascendencia internacional.

Para todos aquellos brigadistas que lucharon por la libertad, que dieron muestra de una solidaridad impensable en estos tiempos, mi más sentido recuerdo.