La vache rose

Vaqueta vaqueta (2)

Vi el otro día Les mamelles de Tirésias (Los pechos de Tiresias), una opéra bouffe en dos actos, sarcástica a más no poder, cuya absurdidad no es otra que la misma que rodea nuestra existencia y el ingenio, la creatividad, una salida. Con música de Francis Poulenc está basada en la obra homónima de Guillaume Apollinaire que escribió en 1903, pero no llegó a representarse hasta 1917. La ópera de Pulenc se estrenó en el Opéra-Comique en París el 3 de junio de 1947.

La versión que vi es la que representó la Opéra National de Lyon en 2010. Otro día publicaré una entrada sobre ella, pues hoy no es de la ópera de Pulenc de la que quiero hablar, sino de lo que me sugirió. O más concretamente, lo que me sugirió un momento de la misma. Como la obra es breve, se agregó –con muy buen criterio a mi parecer– un Foxtrot de Shostakovich y Le Bœuf sur le toit (1919) de Darius Milhaud como prólogo.

No conocía Le Bœuf sur le toit y fue todo un descubrimiento, fantástico. Se estrenó como ballet con escenario de Jean Cocteau, escenografía de Raoul Dufy y vestuario de Guy-Pierre Fauconnet en 1920. No hay una historia real de la que hablar, sino una secuencia de escenas inspiradas en Brasil, un país en el que el compositor pasó dos años durante la Primera Guerra Mundial. Los primeros actores fueron payasos del circo Medrano, los Fratellini. La coreografía fue deliberadamente muy lenta, en marcado contraste con el espíritu alegre de la música.

Fascinado, escuché de nuevo Le Bœuf sur le toit al día siguiente varias veces. Y de pronto en mi mente apareció una vaca rosa. Y ya está. Le Bœuf sur le toit…, le Bœuf sur le toit…  ¿y la vaca rosa? No hay más. Y me monté esta especie de fantasía fantasmagórica. ¿Cuál es la línea que separa realidad y onirismo? ¡Que más dará! Yo me dejé llevar por la vaca y salió este vídeo.

Últimamente –lo he dicho en otras entradas– he descubierto una nueva afición: la de confeccionar vídeos. Me lo paso bien, me siento como un niño con juguete nuevo. Cosas de la hiperactividad, digo, no sé. Unos reciben más visitas, otros menos. Este –no tengo la menor duda– va a ser de los que menos. Puede que no reciba ninguna, ninguna que llegue a verlo entero. El vídeo dura 15:39 minutos y es una sucesión de imágenes y animaciones entre las que se intercalan diversas citas de Apollinaire, Jarry, Vian o Queneau. Todas ellas en francés, como el resto del vídeo, pues la vaca rosa cuando se presentó ya me dijo que solo hablaba dicho idioma. Por eso se titula La vache rose. Algunas de estas imágenes, unas cuantas, pueden ofender la sensibilidad de quien las contemple, por lo que no está recomendado para espíritus sensibles y he restringido el acceso al vídeo a mayores de 18 años.

Aclarado como fue su parto, le dejo con La vache rose. Una sola recomendación si deciden verlo: no le busquen tres pies al gato –ni a la vaca, por supuesto–, sabido es que tiene cinco.

La complainte des filles de joie (La triste canción de las mujeres de vida alegre)

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Las llaman mujeres de vida alegre quienes frecuentan esas “guaridas de sentimientos encontrados y gélidos, almacenes de incertidumbres y recelos, infortunios y fiascos” que son los prostíbulos, quienes acuden “a las solícitas y complacientes mujeres de la calle” en busca de sexo y de consuelo que alivie su miserable existencia. Pero, como dice la canción de Brassens, no ríen. Más bien lloran. Eso sí, tras marchar el cliente después de tener relaciones sexuales con ellas en esas guaridas que mencionaba. Nunca antes. Hay que fingir, y fingir bien, para poder conseguir unos ingresos mínimamente estables.

Este es el caso –como tantos otros– de Violeta, uno de los personajes de mi novela El viaje, a la que pertenecen las frases que entrecomillo. Violeta era “una mendiga sexual forzada por las circunstancias, una actriz de la noche, que actuaba, interpretaba un papel a cambio de dinero, como en definitiva hacemos todos, y eso era lo único que se llevaba a casa, nada de recuerdos”. Ni don Cosme, otro protagonista, que se encaprichó de ella y la trataba con suma consideración, pues en ella “encontraba calor y comprensión, sin llegar a plantearse que sin dinero el calor y la comprensión que creía hallar se hubiesen vuelto mucho más gélidos”. Ni él, ni quienes jamás llegaron a plantearse la diferencia entre una muñeca sexual y una mujer de carne y hueso, trataron vez alguna con la verdadera Violeta, la persona, sino con la “puta, una mujer cuyo cuerpo era conocido por muchos hombres que habían pagado para poseerlo sexualmente, un cuerpo público, cedido temporalmente a otras manos, conocido por todo tipo de fulanos cicateros de sentimientos y codiciosos de satisfacer frustraciones y fantasías que por mucho que se empeñaran jamás llegarían a ver cumplidas”.

No existen los clientes, sino los puteros, malnacidos que se provechan de la explotación de que son objeto las ‘mujeres de vida alegre’. Les importa un bledo. No son conscientes, como canta Brassens, de que esa puta con la que se entretienen y de la que muchas veces se ríen perfectamente hubiera podido ser su madre. Y ve y diles que son unos hijos de puta, que lo son. Díselo y verás cómo se ponen.

Bueno, les dejo ya con Georges Brassens, quien describe la vida de estas ‘mujeres alegres’ mucho mejor que yo, y su canción La complainte des filles de joie (La triste canción de las mujeres de vida alegre), de su autoría (música y letra), que salió a la luz en el álbum de 1961 Le temps ne fait rien à l’affaire. He traducido el texto tras ver una por una las traducciones al español que existen en internet. Ya me hubiera gustado utilizar alguna de ellas, pero en todas encontré errores de bulto derivados de una mala traducción de palabras y expresiones propias del argot francés. Iba a decir que cuanto daño hacen los traductores automáticos, pero no es así. Creo que es más correcto decir qué mal se utilizan los traductores automáticos. No sé si mi traducción es mejor, creo que sí, pero si advierten algún error les agradecería que me lo comunicaran.

Que pasen un buen día.

Contra el calor: deja que nieve (Let is Snow)

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Suelo llevar siempre conmigo este mechero desde que las pasadas Navidades me lo regalaron unas encantadoras trillizas a las que adoro, las cuales han tenido a bien ‘adoptarme’ como una especie de ‘padrino postizo’ o ‘tío añadido’. Tenían entonces seis añitos cada una y ni siquiera sabían qué era un mechero. Lo vieron en una tienda con su madre, ella les dijo que a mí me gustaría y fue así que llegó a mis manos y me sigue acompañando y encendiendo la mayoría de cigarrillos que fumo.

DSC_0248 - copiaHace unos días, estaba en una terraza tomándome una cerveza con un amigo y saqué el paquete de cigarrillos y el mechero. Mi amigo dijo al verlo: ‘Muy adecuado para este tiempo, ya lo creo’, más o menos. Pues mira por dónde, lo es, dije yo. Y le conté la historia de cómo y cuándo fue compuesta esta canción que pasa por ser una de las mejores canciones navideñas de todos los tiempos pero que, como verán, nada tiene que ver con las Navidades.

Sucedió un día de julio de 1945, uno de los días más calurosos que se recuerdan en California desde que se tienen registros, un día, pues, tan bochornoso como los que estamos pasando ahora los españoles con la puñetera ola de calor que nos invade, nos agota y abate. No son, obviamente, estos días los más propicios para dar rienda suelta a la creatividad, pues sabido es que el calor excesivo embota los sentidos, nos aturde y dificulta pensar con claridad. Mas no a todos. ¿Verdad que los niños no dejan de jugar por mucho calor que haga? Algo parecido sucede con las personas hiperactivas, y Jule Styne –el compositor de la melodía de Let is Snow! (Deja que nieve)– lo era: a lo largo de su trayectoria profesional compuso más de dos mil canciones y –como suele ser habitual entre quienes tienen, o tenemos, tal carácter, y es un rasgo característico– hablaba en un tono muy bajo y con una vocalización muy mala, por lo que muchas veces lo que decía resultaba ininteligible.

Pues bien, a Jule Styne y a su amigo el letrista Sammy Cahn –que residían en Hollywood por motivos profesionales– les dio por imaginar que se encontraban en un frío lugar en el que estaba nevando. Los niños y los adultos hiperactivos suelen tener algo en común: la imaginación y la fantasía siempre están activas, lo que fomenta la creatividad. La imaginación, la fantasía, pueden ser una fuga de la realidad, pero en interacción con ella pueden, por esto mismo, crear cosas geniales, como la canción que nos ocupa.

Bien, esta es la letra traducida:

Hace un tiempo espantoso fuera,

pero el fuego de la chimenea es delicioso,

y puesto que no tenemos dónde ir,

deja que nieve, deja que nieve, deja que nieve.

No parece que vaya a parar

y he comprado maíz para hacer palomitas.

Las luces se van apagando.

Deja que nieve, deja que nieve, deja que nieve.

Cuando finalmente nos demos el beso de buenas noches,

¡qué horror volver salir con esa tormenta!

Mas si me abrazas fuertemente

todo el camino a casa será cálido.

El fuego se apaga lentamente

y, querida mía, aún nos estamos despidiendo,

pero mientras me ames tanto,

deja que nieve, deja que nieve, deja que nieve.

Decía antes que yo también soy hiperactivo –o eso me han dicho que soy–, pero quiero dejar claro que al afirmar esto no me estoy comparando con Jule Styne. Seguro que a él –y a Cahn– les costó menos componer la canción que a mi confeccionar el vídeo que aquí figura. Espero que les guste y les sirva para combatir la ola de calor. La imaginación lo puede todo, pues todo es cuestión de la mente, se dice. A mí me ha funcionado. Eso sí, he de confesar que tengo puesto el aire acondicionado.

Que les vaya bien (o lo mejor posible).