
Formaron como todas las mañanas. Había unos militares, unos soldados y un oficial, o suboficial, Sam no supo adivinar la graduación. En cuanto les vieron todos sabían que estaban esperando a los que iban a fusilar en el Campo de la Bota. O casi todos, a Sam se lo tuvieron que explicar. Por algún motivo no habían podido llegar antes. Luego se enteraron de que se les había estropeado la camioneta y no tenían otra, despertando a mitad noche al mecánico para que la arreglara. El deber ante todo, eran muchos los rojos a liquidar.
Antes de pasar lista, el oficial se dirigió a los presos.
―Los que vaya nombrando que salgan de la formación y se sitúen donde están aquellos soldados.
Sacó un sobre del bolsillo. Parsimoniosamente lo abrió, desplegó la cuartilla que había en su interior, se puso las gafas, se quedó mirando los nombres que en ella figuraban, miró luego a los reclusos, todos con los ojos puestos en el papel, esperando que su nombre no figurara en la lista, pronto necrológica. Encendió un cigarrillo, dio una honda calada y se puso a leer en voz alta.
―José… ─hizo una pausa.
José es un nombre muy común y obviamente un número elevado de presos se llamaba así. Los rostros de los que no se llamaban José mudaron la expresión, los tensos músculos se relajaron. Solo unos instantes, pues no sabían cuántos nombres incluía esta vez la lista, aunque desde luego más de uno. Los que se llamaban José, en cambio, estaban rígidos, nerviosos.
―José Martínez… ─y otra pausa.
Cuatro se llamaban José Martínez. La mayoría giró la vista buscándolos. ¿Cuál de los cuatro sería? En la fila de delante de Sam un hombre no mucho más mayor que él se puso a temblequear, sus piernas parecía que no le sostendrían mucho tiempo. Era uno de ellos, de los cuatro que respondían por José Martínez. Faltaba el último apellido.
―¡La vista al frente, coño! ─gritó el oficial─. ¡Vaya panda de miedicas! No me extraña que estéis todos aquí. Sigamos ─y volvió a dar una calada al cigarrillo, lenta, recreándose con el humo, jugando con él en su boca.
―¡Será cabrón! ─dijo España, que estaba al lado de Sam.
―¡Silencio, hostias! ¡A ver! José Martínez Riutort.
Nadie se movió. El hombre que estaba delante de Sam, más petrificado todavía, empezó a decir con voz entrecortada y entre sollozos No, no, no… Era el seleccionado.
―¿Qué pasa? ¿Nadie se llama José Martínez Riutort? ─clamaba el oficial─. ¿O es que no tenéis lo que un hombre debe tener? ¡Sois todos unos maricones!
El militar se dio cuenta inmediatamente de donde estaba. Seguía temblando de miedo y repitiendo No, no, no… Lloraba.
―Vaya por Dios, ahí está. Miradlo. Como una nenaza. ¿Así defiendes tus ideas? ¿Ese es tu compromiso? ¡Sal de ahí, inmediatamente!
Se dirigió hacia él y lo sacó de la fila a empujones. Dos soldados se lo llevaron. Continuó leyendo. Tres nombres más. Cuatro reclusos menos. Se fueron y el funcionario de turno procedió al habitual recuento.
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Manuel Cerdà: Fragmento de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

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Situaciones en las que aflora lo peor y lo mejor del ser humano, sadismo, odio, pero también solidaridad o compasión. El detalle del apellido España, me ha llamado la atención, y más estando en el lado de los presos. Él también era España, aunque su forma de verla no fuera la misma que la de sus carceleros.
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«No se detuvieron, pasaron de largo, parándose de nuevo un instante después en otra celda cercana. Respiraron aliviados, Arnau sobre todo, por cuyo rostro se deslizaban un par de lagrimones. España, Ismael España, a quien todos conocían por el apellido ─motivo de escarnio por parte de los funcionarios de la Modelo. Mira que apellidarse España un separatista, le decían─, compañero también de celda, miembro de Acció Catalana Republicana, puso su brazo sobre los hombros del joven. Paradójicamente, pues Arnau tenía Català por apellido, era su mejor amigo en la cárcel».
Este es el párrafo de la novela donde aparece el hombre que se apellida España.
Gracias por el comentario.
Afectuosos saludos.
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De cómo algo tan circunstancial como el apellido se pueden inferir conceptos tan absolutos, patria, solidaridad, unión…gracias por el añadido, un cordial saludo.
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Lo triste es que esto no es un cuento. Esto fue real y ya casi nadie lo recuerda. Bufffff. Miedo me da lo que está pasando.
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En realidad, sí es «un cuento». Quiero decir: es ficción, un fragmento de mi novela «Adiós, mirlo, adiós». Ahora bien, procuré que reflejara lo más fidedignamente posible el sádico e inhumano ambiente que vivían los represaliados presos de la Modelo, con la angustia de no saber si seguirían estándolo el día siguiente.
Gracias por el comentario.
Afectuosos saludos.
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Tengo que acabar de leer tus novelas….Siempre que en una conversación se menciona novela de ajedrez de Zweig, recomiendo la tuya El Hoyo!!!
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No seré yo quien te desanime, apreciada Ana.
Te agradezco mucho que recomiendes la lectura de «El hoyo». Alguien debe hacerte caso, pues de vez en cuando sigo vendiendo algún que otro ejemplar, cosa que atribuyo a la mejor promoción que puede tener un libro: el boca a boca.
Afectuosos saludos.
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Gracias a ti……espero que sí me hagan caso, porque se lo digo a mis amigos, no a cualquiera….Un abrazo
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