Otoño: cinco canciones

Como decía en la entrada anterior dedicada a la primavera, estación en la que acabamos de entrar, en el hemisferio sur ocurre lo contrario: es el otoño el que comienza. Si en la anterior veíamos cinco vídeos con canciones cuyo tema es la primavera, vamos ahora con otros cinco con canciones que hablan del otoño, cinco bellas baladas. La razón, ya explicada, es que entre quienes siguen este blog, o acceden ocasionalmente a él, hay personas de ambos hemisferios.

Comenzamos con la que, posiblemente, más asociamos a esta estación: Les feuilles mortes (Las hojas muertas). Así es como llaman los franceses a las hojas secas que, decimos nosotros, caen en otoño. Canción bella como pocas, con una música excepcional y una letra que es poesía pura, fue escrita en 1946 para la película de Marcel Carné Les portes de la nuit, si bien la melodía ya existía desde un año antes. El compositor francés de origen húngaro Joseph Kosma la había compuesto para el ballet de Roland Petit Le Rendez-vous (1945), con argumento del poeta, dramaturgo y guionista cinematográfico Jacques Prévert. Carné quiso adaptar el ballet a la gran pantalla y encargó a Prévert la letra. Así nació esta hermosa canción que en 1947 el compositor y letrista estadounidense Johnny Mercer adaptó (la letra) para su versión inglesa y tituló Autumn Leaves (Hojas de otoño). El vídeo que sigue recoge la interpretación que de la misma ofreciço Ute Lemper  durante el concierto que dio en los Proms de Praga de 2017 acompañada de la Orquesta Sinfónica Nacional Checa, dirigida por Vince Mendoza. Este es un vídeo que subí a YouTube con la letra traducida al castellano, por lo que, como siempre les digo en estos casos, si lo ven y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en mi canal.

El otoño es propicio para la nostalgia y la melancolía, al menos en gran parte del hemisferio norte, pues descienden las temperaturas, el sol se pone cada vez más pronto, vamos camino del invierno y sentimos nostalgia del verano que acaba, de una época en que el sol tarda más en ponerse y parece que todo se ha vivido con mayor intensidad. Ello hace que celebremos la llegada del llamado Veranillo de San Miguel (alrededor del 29 de septiembre) o el de San Martín (en torno al 11 de noviembre), momentos en que las temperaturas suelen –o solían– alcanzar una media superior a la propia de la época que nos retrotrae al verano. En el hemisferio sur sucede algo parecido con el denominado Veranito de San Juan (alrededor del 24 de junio). En Estados Unidos este fenómeno es conocido como Indian Summer. Y así, Indian Summer, se titula este tema que compuso en 1919 Victor Herbert y al que –como en el anterior– se le añadió la letra más tarde, en este caso en 1939, siendo su autor Al Dubin. La versión que hemos elegido pertenece al álbum de 1968 Francis A. & Edward K. Francis A es Frank Sinatra (Francis Albert Sinatra) y Edward K Duke Ellington (Edward Kennedy Ellington). Los españoles que ya tengan cierta edad la recordarán como sintonía del popular programa de radio el Consultorio de Elena Francis.

Seguimos con un famoso estándar del jazz que compuso Vernon Duke para el musical Thumbs Up!, estrenado en Broadway en 1934. Hablamos de Autumn in New York, canción que desde entonces ha sido grabada infinidad de veces. Me quedo con la versión de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong que recoge el álbum Ella and Louis Again (1957).

Septiembre es –o solía ser– uno de los meses más lluviosos del año. A este mes está dedicada September In The Rain, popular canción de Harry Warren y Al Dubin publicada en 1937 y que fue presentada por James Melton en la película Melody for Two. Otro estándar  que ha sido grabado por una larga lista de intérpretes y que escuchamos por Sarah Vaughan en un momento de la gira europea que llevó a cabo en 1959 (grabación de la televisión sueca). También este es un vídeo que subí a YouTube con la letra traducida al castellano, por lo que les digo lo mismo que antes: si lo ven y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en mi canal.

Finalizamos con una canción de Joan Manuel Serrat, Balada de otoño, incluida en el cuarto disco del cantautor, La paloma (1969), si bien el vídeo corresponde al concierto que este dio en la localidad catalana de Reus el 10 de diciembre de 1989.

Que pasen un buen día (o que lo pasen lo mejor posible).

Primavera: cinco canciones a ritmo de jazz

Desde hace unas horas, estamos en primavera. No lo parece: el tiempo es bastante más frío y desapacible que el que suele hacer en esta estación –aquí, en España– y las calles prácticamente vacías a causa del confinamiento presentan un panorama bastante descorazonador. De todos modos, la primavera ha llegado, como todos los años. Naturalmente, en el hemisferio norte. En el hemisferio sur acaba de empezar el otoño.

Hoy rescato una vieja entrada, que modifico parcialmente, con cinco canciones –muy buenas canciones, a mi juicio– que son grandes estándares del jazz y nos hablan de la primavera. Y, se me acaba de ocurrir, a continuación haré lo mismo con cinco canciones, cinco baladas, cuyo tema es el otoño, pues entre quienes siguen este blog, o acceden ocasionalmente a él, hay personas de ambos hemisferios.

Comenzamos con April in Paris, que compuso Vernon Duke (música y letra) para Walk a Little Faster, una revista musical con sketchs de S.J. Perelman y Robert MacGunigle que se estrenó en 1932. No fue un gran éxito –se mantuvo en cartel ciento diecinueve funciones– y la crítica tildó el musical de sensiblero, incluida la canción. La letra, ciertamente, es algo bobalicona. Nos habla de lo hermoso que es París en abril, con sus castaños en flor, con las mesas bajos los árboles, de vacaciones. Algo irrepetible, dice. “Hasta entonces desconocía el encanto de la primavera, hasta entonces no supe que es perder un cálido abrazo, hasta abril, en París”. La escuchamos por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong en la grabación incluida en el álbum de 1957 Ella and Louis. Me gusta muchísimo la versión de Billie Holiday, pero con esta estoy confeccionando un vídeo con imágenes de París desierto de estos días.

Con música de Richard Rodgers y letra de Lorenz Hart, Spring is Here se estrenó en 1938 formando parte del musical I Married an Angel. “Hubo una vez una cosa llamada primavera / cuando el mundo escribía versos / como los tuyos y los míos”, dice la primera estrofa de la canción, que nos habla de alguien que desea vivir más intensamente la estación y siente nostalgia porque, tal vez, dice, nadie le quiere. La versión que sigue es la que grabó en 1956 Ella Fitzgerald en su álbum Ella Fitzgerald Sings the Rodgers & Hart Songbook.

También con música de Rodgers –pero esta vez con letra del que fue su otra gran pareja en tantos y tantos musicales: Oscar Hammerstein II– vamos ahora con It Might as Well Be Spring, canción de la película musical de 1945 dirigida por Walter Lang State Fair. “No he visto un azafrán o un capullo de rosa, ni las alas de un petirrojo, / pero me siento tan melancólicamente alegre que bien podría ser la primavera. / Puede muy bien que sea primavera”. La escuchamos por Sarah Vaughan en la versión de su álbum Sarah Vaughan in Hi-Fi (1955), que comprende grabaciones suyas realizadas entre 1949 y 1953.

Con su cándida, sensual y fresca voz, Blossom Dearie interpreta acto seguido They Say It’s Spring. Dicen que es la primavera, pero eres tú quién me hace feliz, podría ser la frase que resumiera la letra de esta melancólica canción que compusieron Bob Haymes y Marty Clark y grabó la cantante de jazz y pianista estadounidense en 1956 para su primer álbum, con la discográfica Verve, titulado Blossom Dearie, el cual salió a la venta en abril de 1958.

Terminamos con Spring in Manhattan, canción de T. Schbetta y A. Reach que refiere las bondades de la estación en Manhattan. Con arreglos de Don Costa, fue grabada en 1963 por Tony Bennett en un sencillo cuya cara A recogía la espléndida The Good Life.

Que pasen un buen día (o que lo pasen lo mejor posible).

Mujeres desnudas

Tendría once, doce años… No sé, no me acuerdo. Soñaba con mujeres sin más vestido que el deseo. Nada me resultaba más misterioso que una mujer desnuda. Alguna había visto en un libro que había en el despacho de mi padre, pero eran pinturas, no eran mujeres de verdad. Aquellas imágenes, aún así, me excitaban. Me habían dicho que la desnudez era pecado y que había que sentir vergüenza de tal estado, pero nadie me explicó por qué. ¡Pero si hasta había en libro una reproducción de la Virgen de la Leche y se veía una teta! Debía tener bula, por algo era la madre de Dios. Ningún mayor me dio nunca respuesta alguna a la pregunta de cuáles eran los motivos por los que no podemos estar desnudos. Pues porque no, ¿de dónde sacas esas ideas?

Había cerca de mi pueblo una base militar estadounidense de esas que se establecieron en diversos puntos del país a principios de la década de 1950. Para nosotros, los niños, la presencia de los americanos, así los llamaban todos, era cuanto menos algo exótico, si bien apenas se dejaban ver por el pueblo, lo que acrecentaba nuestra curiosidad hacia aquellos hombres que en las películas habíamos visto protagonizar numerosas e increíbles hazañas. Se fueron en 1964 y quedaron prácticamente abandonadas Las Casitas, así llamábamos al conjunto de los chaletitos, no más de una docena, donde residían. Nuestra curiosidad aumentó y comenzamos a indagar con mayor ahínco por los alrededores, buscando alguna cosa que hubiesen dejado. Nos intrigaba saber qué hacían, cómo vivían… Sabíamos que eran distintos a nosotros.

En las abandonadas Casitas de los Americanos Álvaro encontró un día una revista con chicas desnudas, un ejemplar de Play Boy. ¡Mujeres desnudas! ¡Por fin! La dicha se apoderó de nuestros ojos felinos que reflejaban el anhelo por verificar si lo representado en nuestra imaginación se ajustaba a lo real. También la ansiedad. Nuestros ánimos se calmaron, pero la curiosidad seguía intacta y el deseo de disfrutar contemplando las imágenes de aquellas mujeres desnudas era mayor que nunca. Jamás antes habíamos gozado de una oportunidad así, estábamos fascinados y todos queríamos estar a solas con la revista. Mas como no hubiera acuerdo por quién sería el primero en disponer de tal privilegio después de Álvaro, él la había encontrado, decidimos repartir su posesión, tres días cada uno, mediante sorteo.

A mí me tocó el último. Hube de esperar casi un mes, los plazos no se cumplían con demasiada meticulosidad, pero al fin fue mía, un martes. Como si del bien más preciado se tratase –en realidad en aquellos momentos era lo más valioso que poseía– la escondí bajo el jersey, con parte de ella metida en el pantalón para que no se cayese de camino a casa. Andaba despacio, tenía miedo a que se notase que debajo del suéter llevaba la revista, cuando me cruzaba con alguien ralentizaba todavía más el paso, azorado y temeroso de que me descubrieran, agachaba la mirada para pasar más desapercibido. Pero nadie se fijó, nadie dijo nada, ni siquiera la pareja de guardias civiles que también se cruzaron en mi camino. Y así llegué a casa.

Subí rápidamente a mi habitación, miré las mujeres desnudas detenidamente con el sosiego que solo la soledad proporciona. Me sentía excitado, algo desconcertado, y pasaba las páginas una y otra vez. Recuerdo especialmente la imagen de una mujer junto a una piscina, de espaldas, girando la cabeza a la cámara y sonriendo, el culo al aire.

Me llamaron para comer y escondí la revista en una hornacina en la que había una imagen de santa Rita, patrona de los imposibles, por quien mi abuela sentía gran devoción y creyó oportuno que en mi habitación hubiese una representación suya. Pero santa Rita no demostró sus facultades conmigo. Al día siguiente, al regresar del colegio, me dirigí de inmediato a la hornacina y la revista no estaba allí. La tenía mi madre, quien en el mismo instante en que yo levantaba una y otra vez a santa Rita para cerciorarme de que la revista había desaparecido, entró en la habitación, blandiéndola en su mano derecha. La prueba del delito, del pecado, era culpable, no tenía excusa posible. ¿Qué es esto? Desconozco la razón, pero todas las reprimendas empezaban siempre igual, con preguntas así de obvias, tal vez para buscar en mi respuesta el nivel de conocimiento acerca del hecho que se juzgase y determinar en consecuencia el grado de responsabilidad. Rompió la revista en pedazos y la tiró al suelo. Inmediatamente recogió los trozos y se desvaneció mi esperanza de que dejara allí y poder seguir recreándome en la contemplación de tetas y culos. Pero no, se los llevó.

Nunca más supe de la revista, de lo que quedaba de ella, supongo que aquellas mujeres desnudas acabarían en lugar que les correspondía: en la basura, al fin y al cabo eran mujeres despreciables, impúdicas, decían los mayores. Mis amigos mostraron cierta incredulidad en el momento de contarles lo sucedido, creían que quería quedarme la revista para mí solo. Recriminaron mi negligencia. Insistía yo en que las cosas habían sucedido tal cual las contaba y poco a poco su resistencia fue aminorando, especialmente al preguntarme sobre lo que más les preocupaba: qué le había dicho a mi madre sobre cómo había conseguido la revista. Entonces los ánimos se calmaron, les pareció una prueba de valentía que me hubiese presentado como el único responsable. Y volvimos a Las Casitas. Pero la búsqueda resultó infructuosa. Tendría que pasar mucho tiempo hasta poder ver otra vez mujeres desnudas.

Publicado originalmente en mi blog Música  de Comedia y Cabaret el 15 de marzo de 2015.