Termina
septiembre como se supone que debía hacerlo, con el estiuet de sant Miquel
o veranillo de san Martín. Creo que ha sido lo único normal dentro la
anormalidad que ha caracterizado este mes marcado por las danas que dicen
ahora, las gotas frías, el granizo, los vientos y tornados… y lo peor, los
anegamientos de cosechas, las inundaciones calificadas de ‘históricas’, las enormes
pérdidas materiales y los varios muertos.
Como siempre, hasta que el problema no se muestra en toda su magnitud, hasta que se convierte en una amenaza incapaz de ser controlada, o de muy, pero que muy, difícil solución, no actuamos. ¡A buenas horas mangas verdes! Siempre lo mismo. En 1934, Lewis Mumford (Técnica y civilización) decía ya lo que muchos dicen hoy acerca de la degradación medioambiental y se quejaba de la impasibilidad general ante ella y lo altamente perjudicial que iba a ser para los humanos tal actitud, pues nada frenaría que en nombre del progreso se continuara su destrucción. “El costo de la indiferencia por el medio como recurso humano, ¿quién puede medirlo?”, escribía. Y es que el problema somos nosotros. Difícil solución, pues, si es que tiene todavía.
Tenía confeccionado este vídeo desde hace tiempo, pero me parecía una broma de mal gusto publicarla con la que estaba cayendo. September in The Rain es una canción de Harry Warren (música) y Al Dubin (letra)publicada en 1937. La interpretó por primera vez James Melton en la película Melody for Two, estrenada ese mismo año. Pronto se convirtió en un estándar que ha sido grabado por una larga lista de intérpretes. Mi memoria la asocia siempre con la voz de Dinah Washington, por lo que su versión es la que he elegido.
Cada vez que escucho un discurso
político o leo a aquellos que nos dirigen, me asusta, desde hace años, no oír
nada que produzca un sonido humano. Son siempre las mismas palabras que dicen
las mismas mentiras. Que los hombres se acomoden a ellas, que la cólera del
pueblo no haya abatido todavía los fantoches, es una prueba, a mi modo de ver,
de que los hombres no conceden ninguna importancia a sus gobiernos y que en verdad
juegan toda una parte de sus vidas y de sus llamados intereses vitales.
Agosto de 1937.
El individuo que tanto prometía
y que trabaja ahora en una oficina. No hace nada, por otra parte, vuelve a su
casa, se acuesta y espera fumando la hora de la cena, se acuesta otra vez y
duerme hasta la mañana siguiente. El domingo se levanta muy tarde y, acodado en
la ventana, contempla la lluvia o el sol, los transeúntes o el silencio. Así
todo el año. Espera. Espera morir. Para qué las promesas, ya que de todos modos…
La política y la suerte de los
hombres están labradas por hombres sin ideal ni grandeza. Los que llevan en sí
la grandeza, no hacen política. Así en todo. Pero se trata ahora de crear en sí
un nuevo hombre. Se trata de que los hombres de acción sean también hombres de
ideal y los poetas industriales. Se trata de vivir sin sueños, de llevarlos a
la acción. No hay que perderse ni renunciar a ellos.
No tenemos tiempo de ser
nosotros mismos. No tenemos tiempo más que de ser felices.
Diciembre de 1937.
Lo que tiene de sórdido y
miserable la condición de un hombre que trabaja y una civilización fundada
sobre hombres que trabajan.
Pero se trata de subsistir, de
no ceder. La reacción natural es siempre la de dispersarse fuera de las horas
de trabajo, de crear en torno a sí admiraciones fáciles, un público, un
pretexto a cobardías y comedias (la mayoría de los hogares fueron creados para
eso). Otra reacción inevitable es hacer frases. Esta última suele ir también
junto con aquella, si se agrega el abandono físico, la incultura del cuerpo y
el relajamiento de la voluntad.
En primer lugar hay que
callarse, suprimir al público y saber juzgarse; equilibrar una aplicada cultura
del cuerpo con una aplicada consciencia de vivir; abandonar toda pretensión y
consagrarse a un doble trabajo de liberación respecto al dinero y a nuestras
propias vanidades y cobardías. Vivir en regla. No están de más dos años en una
vida para reflexionar sobre un solo punto. Hay que liquidar todos los estados
anteriores y esforzarse, primeramente, en no olvidar lo aprendido, y luego en aprender
pacientemente.
A ese precio hay una oportunidad
entre diez de escapar a la más sórdida y miserable de las condiciones: el
hombre que trabaja.
Abril de 1938.
Albert Camus: Carnets
(primera edición 1962, París; primera edición en español 1963, Buenos aires).
Las reivindicaciones de este [el sindicalismo] nunca van más allá del capitalismo. El fin del sindicalismo no es sustituir el sistema capitalista por otro modo de producción, sino mejorar las condiciones de vida de los obreros en el seno del mismo capitalismo. […]
Los sindicatos crecen a medida que se desarrolla el capitalismo y la gran industria, y crecen hasta convertirse en gigantescas organizaciones que comprenden a millares de afiliados extendiéndose por todo un país y con ramificaciones en cada ciudad y en cada fábrica. El sindicato nombra funcionarios (presidentes, secretarios, tesoreros) que gestionan sus asuntos y se ocupan de sus finanzas, tanto a escala local como en el plano estatal. Estos funcionarios son los dirigentes de los sindicatos; ellos son los que mantienen negociaciones con los capitalistas, tarea esta para la que se han convertido en maestros. El presidente de un sindicato es un personaje importante que trata de igual a igual con el empresario capitalista y discute con él acerca de los intereses de los trabajadores. Los funcionarios son especialistas del trabajo sindical, mientras que los obreros sindicados, absorbidos por su trabajo en las fábricas, no pueden juzgar ni dirigir por sí mismos.
Una organización así no es ya
una únicamente una asamblea de obreros; constituye un cuerpo organizado que
posee una política, un carácter, una mentalidad, tradiciones y funciones, que
le son propias. […]
Los funcionarios sindicales no
trabajan en la fábrica, no son explotados por los capitalistas, no se ven
amenazados por el paro, sino que se mueven en oficinas, en puestos
relativamente estables; discuten sobre problemas sindicales, toman la palabra
en las asambleas de obreros y negocian con los patronos. Cierto es que estos deben
estar al lado de los obreros puesto que su misión es defender sus intereses y
reivindicaciones contra los capitalistas. Pero esto en su papel no es muy
distinto del de un abogado de cualquier organización.
Ello no obstante, existe una
diferencia, puesto que la mayor parte de los dirigentes sindicales, salidos de
las filas de la clase obrera, han pasado también por la experiencia de la
explotación capitalista. Y, por tanto, se consideran como parte de la clase
obrera cuyo espíritu de cuerpo no va a agotarse. Pero, de todas formas, su
nueva forma de vida tiende a debilitar también en ellos esa tradición
ancestral. En el plano económico ya no pueden ser considerados como
proletarios. Se mueven alrededor de los capitalistas, negocian con ellos los
salarios y las horas de trabajo haciendo valer cada parte de sus propios
intereses, rivalizando de la misma manera que dos empresas capitalistas. Los
funcionarios sindicales aprenden así a conocer el punto de vista de los
capitalistas tan bien como el de los trabajadores; se preocupan por los
‘intereses de la industria’ y tratan de actuar como mediadores. […]
La concentración de capitales
debilita la posición de los sindicatos incluso en aquellas de la industria en
que son más poderosos. Pese a su importancia, los fondos de apoyo a los
huelguistas son ínfimos comparados con los recursos financieros del adversario.
Una o dos cerradas de empresas bastan para agotarlos por completo. El sindicato
entonces es incapaz de luchar; y lo es incluso en el caso de que el patrón decida
reducir los salarios y aumentar las horas de trabajo. El sindicato no tiene
entonces más remedio que aceptar las desfavorables proposiciones de la patronal
y su habilidad para negociar no le sirve de nada. Es en ese momento cuando
empiezan los problemas, puesto que los trabajadores quieren luchar. Estos se
niegan a rendirse sin combate y saben que tienen poco que perder si se rebelan.
Los dirigentes sindicales, por el contrario, mucho que perder: la potencia
financiera de los sindicatos y a veces incluso su misma existencia se ve
amenazada. Intentarán, pues, por todos los medios impedir que se desencadene un
combate que consideran sin salida; tratarán de convencer a los trabajadores de
que les interesa aceptar las condiciones del patrono. En última instancia,
pues, actúan como portavoces de los capitalistas. Y la situación se hace aún
más grave cuando los obreros insisten en continuar la lucha sin tener en cuenta
las órdenes de los sindicatos. En ese caso la potencia sindical se vuelve
contra los trabajadores. […]
El sindicalismo está ligado
estrechamente al capitalismo; en los períodos de prosperidad el sindicalismo
tiene más posibilidades de ver aceptadas sus reivindicaciones salariales. Pero
en los períodos de crisis económicas se ve precisado a esperar a que el
capitalismo recobre su expansión. […]
El sindicalismo constituye una
verdadera potencia; dispone de fondos considerables y de una influencia moral
cuidadosamente mantenida a través de diversas publicaciones. Esa potencia se
halla concentrada en manos de los dirigentes sindicales que la utilizan cada
vez que los intereses particulares de los sindicatos entran en conflicto con
los de los trabajadores. Aunque haya sido construido por y para los obreros, el
sindicalismo domina a los trabajadores del mismo modo que el gobierno domina al
pueblo. […]
El sindicalismo no puede acabar
con el capitalismo. Tal es la lección que hay que sacar de lo que antecede. Las
victorias que el capitalismo consigue no aportan sino soluciones a corto plazo.
[…]
La impotencia del sindicalismo
no tiene nada de sorprendente, porque si un grupo aislado de trabajadores puede
moverse en una correlación de fuerzas justa cuando se opone a un patrono
aislado, resulta impotente, en cambio, cuando tiene que hacer frente a un
empresario apoyado por el conjunto de la clase capitalista. Y esto es lo que
ocurre actualmente: el poder estatal, la potencia financiera del capitalismo, la
opinión pública burguesa, la virulencia de la prensa capitalista coinciden y
colaboran para vencer al grupo de trabajadores combativos. […]
Son los trabajadores mismos quienes tienen que cambiar. Tendrán que ampliar su concepción del mundo y mirar más allá de las paredes de la fábrica, hacia el conjunto de la sociedad. Tendrán que elevarse por encima de la mezquindad que les rodea y enfrentarse con el estado. […].
Anton Pannekoek (1936): “El sindicalismo”. Artículo publicado originalmente en 1936 en International Council Correspondence, vol. II, núm. 2, con el seudónimo de J. Harper. Extraído del libro Crítica del bolchevismo (selección de artículos de A. Pannekoek, K. Korsch y P. Mattick), 1976, Barcelona.