Puttin’ on the Ritz

Puttin’ On The Ritz es una popular canción del compositor estadounidense de origen ruso Irving Berlin (1888-1989), autor de canciones tan maravillosas como Cheek to Cheek. Escrita en 1929 el título hace referencia a la expresión coloquial Puttin’ on the Ritz, algo así como engalanarse para el Ritz, es decir, vestir elegantemente, a la última moda, con estilo. Esta última es la que he considerado más acertada, pues para ‘ir al Ritz’ hay que vestir de forma elegante y a la última, pero con clase, es decir, con estilo.

Puttin’ On The Ritz ha formado parte de la banda sonora de diversas películas, como Idiot’s Delight (1939) –en la que la Clark Gable canta y baila el tema en una curiosa y simpática escena–, Blue Skies (1946, Cielo azul), con Fred Astaire, o la divertida Young Frankenstein (1974, El jovencito Frankenstein), con Gene Wilder y Peter Boyle. De esta última, con libreto de Mel Brooks, director de la película, se hizo una adaptación al teatro musical con el mismo título que se estrenó en Broadway en 2007 y luego se ha repuesto varias veces. En 2017 se estrenó en el londinense West End con Shuler Hensley en el papel de Frederick Frankenstein. La representación del número Puttin’ On The Ritz durante la ceremonia de entrega de los Premios Olivier de 2018 es la que recoge el vídeo. Inconmensurable Shuler Hensley y magnífica coreografía.

Nada es imposible

[…] Sería un gran error el buscar enteramente dentro del terreno de la técnica una respuesta a todos los problemas que ella misma ha suscitado. Pues el instrumento solo en parte determina el carácter de la sinfonía o la reacción del auditorio: el compositor, los músicos y el auditorio también han de ser tenidos en cuenta.

¿Qué diremos de la música que se ha producido hasta ahora? Mirando hacia atrás a la historia de la técnica moderna, se observa que a partir del siglo X los instrumentos han estado rascando y afinándose. Uno por uno, antes de que se encendieran las luces, nuevos miembros se añadieron a la orquesta y se esforzaron por leer la partitura. Hacia el siglo XVII se había reunido los violines y los instrumentos de viento de madera, y tocaban en sus altas notas el preludio a la gran ópera de la ciencia y la invención mecánicas. En el siglo XVIII acudieron los cobres a la orquesta, predominando los metales sobre la madera. Se inició la sinfonía que sonó en todas las salas y las galerías del mundo occidental. Finalmente en el siglo XIX, la voz humana misma, hasta entonces sometida y silenciosa se oyó tímidamente a través de las disonancias sistemáticas de la partitura, en el preciso momento en que los imponentes instrumentos de percusión se introducían. ¿Hemos oído la obra completa? Ni mucho menos. Todo lo que ocurrido hasta ahora ha sido un ensayo, y al fin, reconocida la importancia de los cantantes y el coro, tendremos que tocar la música de manera diferente, sometiendo los cobres insistentes y los timbales y concediéndole más importancia a los violines y las voces. Pero si esto llega a ser así, nuestra tarea es aún más difícil, pues tendremos que volver a escribir la música en el momento de tocarla, y cambiar al director y reagrupar a la orquesta en el momento preciso en que estamos rehaciendo los trozos más importantes. ¿Imposible? No, pues por mucho que la técnica y la ciencia modernas hayan fallado en sus posibilidades inherentes, han enseñado a la humanidad por lo menos una lección: nada es imposible.

Lewis Mumford: “Resumen y perspectivas”, Técnica y civilización (1934). Versión española de Constantino Aznar de Acevedo, 1971.