La evolución del género humano explicada por Argararemon (III)

IIIc

─ Bien. Continuemos con el ejemplo. Imaginaos que Robin, con sus trapicheos y algo de suerte, dispone generalmente de una cantidad significativa de euros, aumenta su ascendencia sobre unos cuantos y forma un grupo de acuerdo con sus intereses, intereses que por diversos motivos los del grupo comparten. Él ha mostrado ser una persona decidida, resuelta, que encuentra fácilmente la solución a algún dilema, pero cuenta además con otras herramientas al haberle ido bien las cosas. Puede gratificar, incluso generosamente, a los que están con él, quienes, en consecuencia, disfrutarán de unas condiciones de vida que les aseguren una existencia más o menos desahogada. Robin, entonces, podrá imponeros su voluntad, ¿no? Cuenta con otros que no discuten sus ideas y su modo de entender el mundo, ha conseguido organizar un grupo, crear una “sociedad”. Así las cosas, eso de apartarlo o apartaros de él igual ya no es tan fácil. Ese grupo puede que no lo permita, porque piense que podéis ser útiles a sus intereses, porque no quieren que nadie cuestione su concepción de cómo han de funcionar las cosas, porque os necesita como mano de obra, por los motivos que queráis.

─ Quieto parao, ¿tú quién te crees que soy?, un mafioso de esos que han conseguido hacerse con todo ─protestó Robin.

─ Solo era un ejemplo. Ya sé que tú eres noble, legal.

─ ¡Ah!

─ Lo que trataba de deciros es que, con las sociedades sedentarias, los poblados aumentaron de tamaño y fue necesario organizar la vida en común, es decir, crear normas de conducta, reglas, leyes. Unos debían hacer unas cosas, otros otras.  Eso ya existía antes, pero como os decía, y de ahí el ejemplo, con el que no pretendía herir la susceptibilidad de ninguno de vosotros tres, entonces sí que, de algún modo, cada uno, como soléis decir, podía ir a su bola. Ahora va ser más cada vez más difícil. El que uno haga unas cosas y otro otra ya no depende de la voluntad de cada cual sino de los intereses de la colectividad, del conjunto, del grupo. Ahora bien, ¿quién determina cuáles son esos intereses?

─ Según tu ejemplo, Robin y los suyos ─dijo Tomate.

─ Eso es. ¿Por qué?

─ Porque tienen más fuerza.

─ ¿Y por qué? Porque se han organizado. ¿Y que buscan?

─ ¿Qué buscan? Vivir bien, ¿no?

─ ¿Cómo se mide eso de vivir bien?

─ ¡La puta, tío! ¿Qué quieres decir? ─exclamó Johnny, que empezaba a “perderse” otra vez.

─ Veamos. Tú y Tomate, y sigo con el ejemplo porque vosotros mismos lo habéis sacado, si habíais decidido separaros de Robin era porque trataba de imponeros su voluntad. Pero Robin, o quien sea, no importa eso, cree que tiene la “razón”, que su manera de entender las cosas es la correcta, no la vuestra. Surgirá entonces un conflicto de intereses. Vuestro concepto del bien, de lo que consideráis bueno para vosotros, no será el mismo que el suyo y de quienes le apoyan. Una vez más, el bien de unos, el mal de otros. Vuestras necesidades y las suyas no tienen por qué coincidir, es más, se contraponen. ¿Qué solución os queda? Luchar y ganar o someteros.

─ Así es la vida, ¿no? ─consideró Robin.

─ Justo eso. Así es la vida. Yo mejor diría así es vuestra vida.  Esa arrogante manera que tenéis de concebir la existencia se originó entonces, con la vida en sociedad, y a pesar de los numerosos cambios que habéis experimentado a lo largo de vuestra historia seguís respondiendo a las mismas pautas. Así, habláis de naturaleza humana, de naturaleza animal, o de naturaleza a secas cuando os referís a los fenómenos en los que no interviene el hombre directamente, o queréis creer que no interviene. Establecéis diversas categorías para, de ese modo, situar la vuestra por encima de las demás. ¿Naturaleza humana? Yo prefiero el término genética. No solo los rasgos físicos se heredan, también, con el tiempo, los síquicos, los que hacen funcionar la mente de uno u otro modo. Por eso os digo que no creo que cambiéis y dudo de que alguna vez podáis hacerlo. Lo habéis intentado muchas veces, ya veis el resultado.

─ Un cagarro de esos de elefante, una puta mierda en la que siempre ganan los mismos y de la que nunca saldremos.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017).

La evolución del género humano explicada por Argararemon (II)

Homo sapiens

─ ¿Tan importante fue ese cambio?

─ Bueno… Digamos que hasta entonces los humanos no habíais necesitado reyes, ni presidentes, ni jueces, ni bancos, ni dinero, ni policías. Todo esto comienza con la vida en sociedad.

─ ¿No había maderos, ni guripas, ni picoletos? ¿No necesitaban el dinero?

─ Nada de todo eso. Aquellos humanos vivían en comunidades pequeñas y…

─ ¿En pueblecitos?

─ Efectivamente, aldeas, pueblos muy pequeños que no pasaban de las ciento cincuenta personas. La fortuna, la suerte, tenía entonces mucha importancia en sus vidas. Dependían sobre todo de la caza para comer, de lo que encontraran en los árboles que fuera comestible y de algunas pocas plantas que sabían cultivar. Vivían, pues, de lo que cazaban y lo que recolectaban. Un día le iba bien a uno; al siguiente, en cambio, al otro. Entonces, el que no tenía pedía al que tenía. Se compartía todo, la gente era generosa entre ella. Dar las gracias, por ejemplo, no existía; hubiera sido considerado una ofensa.

─ ¿Y no había nadie que mandara?

─ Digamos que una especie de cabecillas regulaban que la existencia trascurriese de forma que se cubrieran las necesidades para poder vivir. Gente que decidía… Bueno, decidía no es la palabra adecuada, digamos mejor que organizaba, que se preocupaba de si correspondía ir de caza, pues empezaba a escasear la comida, o si había que satisfacer cualquier otra necesidad o problema que pudiera surgir, cosas de ese tipo.  Pero carecía de autoridad, en el sentido de tener poder sobre los demás, y daba ejemplo de ser el más cumplidor y el más generoso.

─ ¿No había jefes?

─ Tal como ahora concebís el concepto, no.

─ ¿Cada uno hacía lo que le salía de la polla?

─ En absoluto, cada uno hacía lo que entre todos se consideraba lo más conveniente.

─ ¿Y el cabecilla ese qué coño pintaba?

─ El cabecilla ese que dices se suponía que era… ¿Cómo os diría? El que les parecía que tenía más sentido común de entre todos. Una cosa es que nadie mande, otra que nadie guíe a la comunidad, que mediante el acuerdo de todos dirija determinadas acciones encaminadas a procurarse una mejor existencia.

─ ¿Entonces qué era, el más listo?

─ Yo, en todo caso, diría el más sabio, el más inteligente. O, si queréis, el que creían que era el más sabio o el más inteligente.

─ ¿Y si se equivocaba?

─ Otro pasaba a desempeñar esa función.

─ ¿Y el otro qué decía?

─ Nada, ¿qué iba a decir? Veamos. Vosotros ─a Johnny y Tomate─, por lo que he podido observar, tenéis muy en cuenta la opinión de Robin. ¿Por qué?

─ Porque es un buen colega del que nos podemos fiar, y porque tiene ideas para solucionar cualquier apuro. Y nos ayuda, es el único que dispone de pasta. No siempre, pero cuando la tiene no le importa gastarla, comparte con nosotros birras y petas. Eso solo lo hace un tío legal.

─ Pero tenéis muy en cuenta su parecer, sus sugerencias. ¿Qué hacemos, Robin?, le preguntáis constantemente, y Robin dice: podríamos hacer esto, o lo otro. O le preguntáis ¿y si vamos al espigón?, por ejemplo, o a cualquier otro sitio. Y lo que él dice es lo que soléis hacer.

─ ¿Y qué? ¿Hay algo de malo en ello? ¿Qué quieres decir, que vamos besándole el culo porque somos unos mierdosos, unos tirahuevos? ─le recriminó Johnny, molesto por lo que consideraba una afrenta en toda regla.

─ En absoluto, hombre. No va por ahí el asunto, no te sulfures. Todo lo contrario: intento decir que sois lo suficientemente inteligentes para apreciar en él unas cualidades que os merecen respeto. Lo decías tú ahora mismo: es un buen colega, un tipo legal. Por eso le hacéis caso, no os impone las cosas, sugiere, da su opinión, pero no os obliga a hacer nada que no queráis. ¿Es así?

─ Sí.

─ Entonces lo que hacéis es respetarle, no obedecerle. No manda sobre vosotros, no tenéis por qué seguir sus designios, no puede obligaros. ¿Me explico?

─ Te explicas, pesao, persianero del bistec.

─ Ahora imaginad que, de pronto, Robin se pusiera a decir que tenéis que hacer cosas con las que no estáis de acuerdo y se empeñara en que debéis hacerlas como dice y solo como dice. Puesto que le tenéis en alta estima, él digamos que se lo cree y llega a pensar que es “superior” a vosotros, por lo que debéis obedecer todo lo que él determine. Ahora ya no son opiniones, son órdenes y tenéis que cumplirlas. ¿Qué haríais entonces?

─ Mandarlo a tomar pol culo.

─ ¿Y él, ¿qué podría hacer para evitar que lo mandarais a tomar pol culo y conseguir que le obedecierais?

─ ¿Él? Ya se las apañará, que le den, que se busque otros y que se la mamen de canto si quieren. ¡Será porque no hay comemierdas por ahí! Así ─Johnny juntó los dedos de su mano derecha al tiempo que la levantaba mirando a Prude─, así hay

─ ¡Eh, cabrones!, ¿se os va la olla o qué? Empezáis a tocarme los huevos ─a Robin, que evidentemente resultaba ser el más avispado de los tres y era consciente de ello, no le gustaba el rumbo que tomaba la disertación de Prude─. ¿Y tú a dónde quieres llegar, cometarros?

─ Pero, chicos, que susceptibles sois. Únicamente intentaba poneros un ejemplo de cómo puede uno, o unos, tener gran influencia sobre otros sin necesidad de usar la fuerza, simplemente por ser como es, o por lo que los demás consideran que es, porque ven que en él a una persona cabal y resolutiva. Tomate y Johnny te respetan por lo que eres, por cómo eres, hacen caso de tus opiniones porque consideran que normalmente son acertadas, tu “autoridad” sobre ellos es “moral”, no “física”.

─ ¡Ah! Así vale.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017).

La evolución del género humano explicada por Argararemon (I)

Tribe of homo erectus making weapons

Grupo de homo erectus. / Christian Jegou/ Public Photo Diffusion/SPL.

─ En un momento determinado, hace mucho, muchísimo tiempo, el que era físicamente superior, el más fuerte, tenía más posibilidades de vivir que otros. Cuando empezó la vida en colectividad, es decir, cuando los humanos se agruparon en poblados, se hizo necesaria cierta organización y las cosas cambiaron. Poco a poco se crearon normas para regular la vida en común. Ahí empezó todo, si hay unas reglas hay que cumplirlas. Por supuesto siempre habrá quien no esté de acuerdo y prefiera otras. En tales circunstancias, es necesario un “aparato”, un conjunto de personas que gobiernen y haga que se respeten esas reglas. Así se inició vuestro modelo de sociedad, en el que siempre unos mandan y otros deben obedecer, y seguís igual. Es más, diría que vais a peor.

─ Eso que acabas de decir sí lo he pillado. Cada día peor, cada día más puteados, más jodidos.

─ Sois –enfatizó la palabra– así. Desde el origen de vuestra vida en sociedad.

─ ¿Cuándo fue eso?

─ Durante el tiempo que denomináis prehistoria. Os sonará de la escuela, ¿no?

─ No somos tan zopencos, tío. Claro ─dijo Johnny.

─ Pasó hace unos diez mil años.

─ ¿Solo? ─preguntó Johnny, socarrón.

─ Bueno, no es tanto.

─ No es tanto, dice. ¡Diez mil años! Si entonces ni siquiera sabrían limpiarse el culo, igual aún ni cagaban agachados. Como para acordarse.

Tomate y Robin rieron la ocurrencia de su amigo.

─ He ahí el problema, en parte al menos. Los humanos olvidáis pronto quiénes sois y de dónde procedéis. Si tenéis en cuenta que hace más de tres mil millones de años que se inició la vida y, por tanto, el proceso que dio lugar a la aparición del ser humano y que este ya cuenta con una existencia de dos millones y medio de años, yo diría que no es mucho tiempo.

─ La puta leche, Prude, hablas de años como los banqueros y políticos de pasta, en millones.

─ Pues ese es el tiempo. De acuerdo con vuestros cálculos ¿eh? Fue entonces cuando hicieron acto de presencia los primeros primates bípedos, de quienes procedéis los humanos actuales.

─ Los monos ─observó Tomate.

─ Los monos, sí, pero es más correcto decir simios. Los simios y los humanos procedéis de un mismo grupo de animales, un mismo orden de mamíferos, los primates. ¿De acuerdo?

─ Mejor así. Los primates. Que eso de venir de los monos… ¿Qué quieres que te diga? No me gusta mucho.

─ Entiendo tu analogía, Robin.

─ ¿Mi qué?

─ Que comprendo que no te guste eso de que descendéis de los monos. Así llamáis a los policías municipales. Es por eso, ¿verdad?

─ Hombre, ¡tú que crees! Como si a ti te dijeran que vienes de una boñiga.

─ Pero aún no nos has dicho por qué pasó.

─ Entre los primeros primates había uno que evolucionó hacia el homo erectus y…

─ Erectus. ¿Qué pasa, que siempre tenía la polla tiesa?

Rió Johnny su propia gracia. También sus amigos.

─ Erectus de ir erguido, de andar derecho, de caminar a dos patas.

─ Ya tío, ya. Te hemos pillado. Es que nuestra azotea no está acostumbrada a tanta palabra rara.

─ Comprendo. Sigo. Entre los erectus también había distintas especies y una evolucionó hacia el ser humano. De ella se originó vuestra especie. ¿Cuál fue? La que consiguió razonar. Por eso se domina a vuestros ancestros homo sapiens. Digamos que este, que tenía prácticamente el mismo aspecto que los humanos ahora, empleaba más la maña que la fuerza y el cerebro era su herramienta más importante. Su nivel de razonamiento aumentó, descubrió la agricultura y la ganadería. Empezó entonces a fabricar utensilios para cultivar la tierra o para cazar, como el arco y la flecha, que servirían también atacar y defenderse. La vida cambió con todos estos logros radicalmente, ya no era necesario ir de acá para allá, se volvieron sedentarios.

─ ¿Qué es eso de sedentarios? ─preguntó Johnny.

─ Que se apalancaron ─aclaró Tomate.

─ Mejor que pasaron a vivir en un lugar concreto, pero no permanecieron inactivos. Con la vida sedentaria se comenzó a construir viviendas permanentes, nació la idea de familia y el concepto de propiedad. La vida fue volviéndose cada vez más compleja. El humano había conquistado ciertas especies de animales, las domesticaba y dominaba a su antojo, el lobo pasó a ser perro, por ejemplo, el jabalí cerdo, o los toros salvajes bueyes. La tierra, por su parte, daba frutos no ya por ella sola sino por la acción del hombre. Los humanos ya no erais uno más entre las otras especies animales, sino el ser más poderoso de todos los seres que poblaban la tierra. La naturaleza empezaba a ser vuestra, eso creíais y eso seguís creyendo. Pensáis que, más que formar parte de ella, está a vuestro servicio, que podéis dominarla a antojo, en función de vuestras necesidades e intereses, y no es así. Este modo de vida comunitaria, la vida en sociedad, determinaría vuestra existencia para siempre.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017).