Cuando Violeta se convertía en puta

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Fotografía de Wick Beavers (2015). Original en color.

Don Cosme ─me contó─ llegó a intimar con una prostituta de nombre Violeta (en realidad se llamaba Ramona). Tanto que quiso casarse con ella. Si no lo hizo fue porque ya estaba casada. Tenía unos cuarenta años, Violeta; don Cosme pasaba de los sesenta en aquellos momentos. De esto hace ya algún tiempo, no mucho. Era madre, Ramona, de un chico de once años ─creo recordar─, del que desconocía quién pudiera ser el padre. Alguien que probablemente estuviera tan solo y falto de afecto como don Cosme se enamoró de ella, puede que movido por la necesidad o la conmiseración, o por ambas cosas a la vez. ¡Qué sé yo! Se casó y dio su apellido al niño. Julián ─se llamaba Julián el esposo de Violeta─ decidió sacarla de la prostitución y de aquel mundo lóbrego y gélido incluso en los días que el sol resplandece con toda su intensidad.

Durante un tiempo ─sigo el relato que me hiciera don Cosme a lo largo de nuestros encuentros─ todo fue bien. El marido de Violeta (…)  trabajaba en una fundición dedicada a la reparación y construcción de máquinas para la industria textil y a la fabricación de maquinaria oleo-vinícola. Cerró. La revolución, la crisis. Julián se quedó, pues, sin trabajo, y lo que es peor, sin sueldo. Buscó nuevo empleo, como tantos otros que atravesaban su misma situación. Como tantos otros, pasó a engrosar las filas de hombres y mujeres que ven cómo su existencia se va disipando entre la sensación de inutilidad, el desespero y la impotencia. Lo poco que cobraba del subsidio por desempleo no era suficiente para cubrir siquiera las necesidades más apremiantes del día a día. Además, el hijo de Violeta sufría un leve retraso mental y, consecuencia de este, una dependencia continua de su madre. Cambiar ahora ─un ahora que empezó cuando Violeta se casó con Julián y pudo dedicarse a su cuidado─ cualquier rutina de su vida hubiera supuesto un trauma terrible para el joven, me explicó don Cosme.

Violeta se vio obligada a ejercer de nuevo la prostitución. Probó antes limpiando casas. De una primera fue despedida el segundo día por planchar unos pantalones con raya central cuando no debían llevarla y poner en la lavadora a 30⁰ un delicado suéter de cachemir. Poco sabía Violeta de modas y no creo que hubiese tenido jamás en sus manos prenda alguna de tan delicada lana. De la segunda la echaron al mes por haber perdido las llaves de la casa. Demasiada irresponsabilidad, pensaron los propietarios de la vivienda y de su trabajo, y ni siquiera le pagaron los días ya trabajados de la semana en la que ocurrió el desdichado y mísero incidente. Debían cambiar la cerradura de la puerta acorazada, decían ellos, de conciencia más blindada aún que la puerta.

Julián se mostró reacio a que Violeta regresase otra vez al barrio chino a vender su cuerpo. Él lo conocía muy bien, sabía el placer que le proporcionaba, el deleite que alcanzaba con sus caricias, el gozo de ser correspondido del mismo modo, conocía el cuerpo de Violeta mejor que el suyo, había pasado noches enteras durmiendo en su cama, disfrutando la dicha de dos cuerpos que se aman y se entregan, que siguen necesitándose al día siguiente de todos los días, compartiendo alegrías ─pocas─, llantos y penas. No podía soportar que nadie más fuera partícipe de esas sensaciones. Sabía que Violeta le amaba, que acostarse con otro no era más que una relación contractual, efímera, que en realidad ella no se entregaba ─eso únicamente sucedía con él─, que era una mendiga sexual forzada por las circunstancias, una actriz de la noche, que actuaba, interpretaba un papel a cambio de dinero, como en definitiva hacemos todos, y eso era lo único que se llevaba a casa, nada de recuerdos. No era Ramona entonces, era Violeta. Claro que Julián, como don Cosme, a quien habían conocido era a Violeta, no a Ramona, y de ella se habían enamorado, pero Julián no soportaba siquiera pensar en ello, la sola representación mental que descarada y provocativamente se exhibía en su cerebro sin consentimiento alguno por su parte, anulando el raciocinio y cercenando argumentos, le atormentaba. Entonces Violeta se convertía de verdad en puta, una mujer cuyo cuerpo era conocido por muchos hombres que habían pagado para poseerlo sexualmente, un cuerpo público, cedido temporalmente a otras manos, conocido por todo tipo de fulanos cicateros de sentimientos y codiciosos de satisfacer frustraciones y fantasías que por mucho que se empeñaran jamás llegarían a ver cumplidas.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/12/29/cuando-violeta-se-convertia-en-puta-2/

En el Marshall

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“Harlem, Tuesday Night at the Savoy” (1936), lienzo de Reginald Marsh.

El Marshall era un hotel de la calle 53, centro de lo que se conocía como bohemia negra, lugar de encuentro de músicos, escritores y artistas afroamericanos en el que los blancos, lejos de ser rechazados, eran bien recibidos, uno de los escasos espacios en Nueva York en que negros y blancos se mezclaban y se divertían juntos en completa libertad, un sitio del todo inusual pero que rebosaba alegría.

Samuel descubrió el Marshall nada más llegar a Manhattan, fue uno de los primeros lugares que William quiso mostrar a Camila y a Samuel. Allí tenía buenos amigos de la época que trabajó para la Smithsonian Institution en la recuperación de la música autóctona norteamericana, especialmente la de los negros. Con uno de ellos, Freddy King Taylor, Samuel pronto trabó amistad. Natural de Nueva Orleans, hablaba algo de francés, lo que obviamente facilitó las cosas. La vida de King Taylor, que ya rozaba los setenta años de edad, sus experiencias, le fascinó desde el primer momento. Hablaba con voz pausada, sin duda por el paso de los años, ronca al tiempo que cálida, y todo cuanto decía lo expresaba con la misma vehemencia y coherencia con que tocaba el piano. Alto y delgado, conservaba su abundante mata de pelo ensortijado aunque completamente cano y vestía como un dandi: camisa con el característico cuello americano, traje siempre negro o gris oscuro y corbata generalmente blanca o amarilla. Tenía un cierto porte aristocrático que en absoluto se correspondía con su trayectoria vital.

King Taylor era el pianista de la orquesta que actuaba en el Marshall y hacía vibrar a los habituales al son de la nueva música sincopada. El ragtime estaba de moda y no solo entre los negros. Tanto Camila como Samuel lo conocían, en París tenía sus seguidores y William contaba con varios ragtimes entre sus composiciones. Pero aquello era otra cosa. Los tradicionales instrumentos de cuerda a los que solían limitarse las orquestas, acompañados del piano, habían sido sustituidos por otros populares como la guitarra, la mandolina o el banjo, e incluso el saxofón. La música, así, se volvía rabiosamente contagiosa, viva, frenética. El ritmo sincopado permitía a sus ejecutantes cambiar a conveniencia las notas de la melodía, se notaba que se divertían al tocar y eso se transmitía al público. Se movían, además, al ritmo de la música, bailaban y era evidente que carecían del afectado respeto hacia los instrumentos que mostraban los de la orquesta del Metropolitan o de otros teatros en los que Samuel había estado, eran una prolongación suya y los golpeaban, los volteaban, hacían de todo con ellos.

Aunque William les había hablado con entusiasmo de sus amistades del Marshall y asegurado que les agradaría tanto el hotel como quienes lo frecuentaban, Camila y Samuel no llegaron a imaginar la gran sensación que les produciría su primera visita. Nunca habían visto un ambiente como aquel. La simbiosis entre los músicos y el público era absoluta, se adivinaba lógicamente quiénes eran los primeros pero era razonable dudar del papel de los segundos; desde luego no se les podía considerar espectadores, o no solamente.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

¡Feliz Navidad 2015 y próspero Año Nuevo 2016!

Abrid el champán y brindemos.

Por los cerebros atrofiados cuyas mentes eyaculan obscenas loas a la democracia del yo,

por los sentidos sincopados y los calzones que los resguardan de las inclemencias del vivir,

por la impudencia y el miedo.

Por las prisiones, las guerras, las rosas marchitas que jalonan el camino y el papel higiénico con que limpiamos la conciencia,

por el amor y la autoridad, el deseo, los cementerios, el sexo y el apocalipsis,

por los manicomios, las alucinaciones y la fe,

por la lobotomía del espíritu y la paz.

Por las puertas cerradas, los alambres y las fronteras,

por nuestras casas, nuestras familias y nuestros intestinos,

por el futuro y la nada,

por las vistas desde la ventana en noche oscura.

Abrid el champán y brindemos.

¡Por Moloch!

¡Feliz Navidad! ¡Feliz Año Nuevo!

Bon Nadal i feliç Any Nou!

Merry Christmas & Happy New Year!

Joyeux Noël et Bonne Année!

Frohe Weihnachten und ein frohes neues Jahr!

عيد ميلاد سعيد للجميع، وسنة جديدة سعيدة

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/12/22/feliz-navidad-2015-y-prospero-ano-nuevo-2016-2/