Bye Bye Blackbird

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Sonó el timbre de la puerta. Todos, menos William y Camila, preguntaron y se preguntaron quién podría ser. Enseguida salieron de dudas, en cuanto William les recordó que había un convidado para cenar. Se trataba de Ben Webster, a quien Mirliton Jazz Records estaba produciendo un disco. El Rana, como era conocido este excelente músico de jazz por sus ojos saltones, formaba parte de la orquesta de Duke Ellington y anteriormente había sido un destacado componente de la de Cab Calloway, además de haber acompañado en alguna que otra una grabación a Billie Holiday, por quien William y Camila sentían auténtica devoción. En persona era como su música, tierno, cálido, cautivador, un tipo afable de burlona sonrisa que denotaba cierta socarronería de carácter.

El pequeño Egon, ajeno a la los asuntos de sus padres y abuelos y a la presencia de Webster, jugaba con una batuta de William. Era un niño bastante sosegado e independiente que se distraía con cualquier juguete u objeto que estimara que podía hacer la misma función. Dejó el entretenimiento que tan ocupado le tenía cuando Ben cogió el estuche en que guardaba su saxo. Se quedó mirando, sin decir nada, cómo este lo abría con suma delicadeza ─Webster cuidaba su saxo como otros su hacienda─ dejando a la vista el dorado instrumento entre el rojo terciopelo de que estaba forrado el estuche. Ben se percibió de la atención que su acción despertaba en Egon, maravillado con el reluciente saxofón que se disponía a tocar, y le preguntó cariñosamente si quería interpretar un tema con él. Egon se encogió de hombros.

―Me ha dicho tu abuelo que eres un excelente pianista. A ver si es verdad.

Sentó al piano al pequeño, que pasaba muchas horas con sus abuelos y, contrariamente a su padre, había mostrado un temprano interés por la música. William pasaba sus buenos ratos con él frente al piano, que a pesar de su corta edad empezaba controlar con cierta facilidad. Puso ante él la partitura de Bye Bye Blackbird y le señaló las notas que debía tocar cuando él le guiñara el ojo. Ben se arrancó con los primeros acordes. Be bop be be bop be bop, bop be pop, bop be bop, y guiñó el ojo a Egon, que siguió al piano: Tling, tling, tling, tling. Repitió Ben el Be bop be bop be be bop, bop be pop, bop be bop. Volvió a guiñar el ojo a Egon y este respondió otra vez en el momento preciso con el Tling, tling, tling, tling. Los saltones ojos de Webster sobresalían más que nunca y en el fraseo de su saxo se colaba alguna nota discordante al no poder reprimir la sonrisa. Camila y William se pusieron a cantar: Pack up all my care and woe, / Here I go, singing low, / Bye bye blackbird, / Where somebody waits for me, / Sugar’s sweet, so is she, / Bye bye Blackbird… Al final, con William al piano con su nieto, todos cantaban: No one here can love and understand me / Oh what hard luck stories they all hand me / Make my bed and light the light, / I’ll arrive late tonight / Blackbird bye bye*.

―Fantástico, chico ─dijo Webster a Egon al terminar el número─. Tu abuelo tiene un digno sucesor. Y me parece que vas a ser aún mejor que él ─y le guiñó otra vez el ojo.

―¿Por qué se despide de los mirlos?

―El mirlo es un pájaro muy curioso. Verás. Era un ave migratoria. ¿Sabes qué significa eso?

Egon negó con la cabeza.

―Que cambia su lugar de residencia en busca de lugares donde pueda vivir mejor. Va, pues, de un lugar a otro en función de las condiciones que cada uno ofrece para su supervivencia. ¿Vale?

―Vale.

―Bien. Como te decía, era un ave migratoria, pero cuando empezaron a levantarse ciudades comenzó a sentirse cómoda en ellas y se convirtió en sedentaria. Sedentario quiere decir que permanece en el mismo lugar en que ha nacido. ¿De acuerdo?

―De acuerdo.

―Los mirlos, por tanto, dejaron de ir de acá para allá y pasaron a residir en las ciudades. Así, el protagonista de la canción se despide en realidad de la ciudad, deja de ser sedentario y migra, se marcha, en busca de mejores condiciones.

―¡Ah! Ya lo entiendo.

―Todos somos mirlos, no nos movemos si no es por necesidad, somos sedentarios. ¿Sabéis? Los mirlos pueden soportar el ruido de la gente, de los coches, las personas de su entorno, pero no toleran a los extraños ─comentó William.

―¿Y aquí en Nueva York los mirlos de qué clase son?

―Aquí hay de todo tipo, hijo mío.

―Venga. Otra vez, que todavía nos puede salir mejor. ¿Te animas, Egon? ─dijo Ben.

También Sam y Martha se sumaron. Conocían la canción, Camila Valls and The William Sutherland Orchestra la habían interpretado más de una vez. Era, por otra parte, la preferida de Sam.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Puede adquirir la novela en edición en papel o electrónica.

Bye Bye Blackbird es una canción que compusieron en 1926 Ray Henderson (música) y Mort Dixon (letra). Ese mismo año fue grabada por Sam Lanin y su Orquesta y rápidamente se convirtió en un estándar del jazz. Esta es la primera grabación, la de Lanin:

En el fragmento de la novela que reproducíamos es Ben Webster quien, en la intimidad, en casa de sus amigos Camila y William, también músicos, la interpreta con el nieto de estos, Egos, al piano. Escuchemos Bye Bye Blackbird (versión instrumental) por Webster en esta grabación de 1959 perteneciente al álbum Ben Webster Meets Oscar Peterson.

La que sigue es una interpretación en directo a cargo de Dee Dee Bridgewater, acompañada por el trío de Ray Brown y la WDR (West German Radio) Big Band durante el Jazzfest de Berlín de 1997.

Y para terminar esta sensual versión que nos ofrece Julie London en su programa de televisión Julie London Show (1964) con el contrabajista Jim Aton.

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* Empacada toda mi ansiedad y dolor, / me voy  cantando melancólico: / Adiós, adiós, mirlo. / A donde alguien me espera, / donde el azúcar es dulce; también ella. / Adiós, adiós mirlo. / Nadie aquí puede amarme ni comprenderme. / ¡Oh! Qué triste suerte, la de las historias que me han pasado, / hacerme la cama y encender la luz / al llegar tarde por la noche. / Adiós, adiós, mirlo.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/09/21/bye-bye-blackbird/

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird)

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Así se titula mi última novela, que desde hoy está a la venta. Esta es su sinopsis tal como figura en la contraportada:

Sam Sutherland, un joven escritor neoyorkino, visita en Berlín a sus padres, músicos, que actúan en uno de sus clubs nocturnos más famosos con su propia big band. Es noviembre de 1929, el nazismo está en pleno ascenso y la crisis económica comienza a hacer estragos. Allí conocerá a Helmut, joven también músico, y a Martha, hija de un artista de cabaret que hace de travestido, con la que se casará y tendrá tres hijos. Menos Helmut, todos marcharán a Nueva York, donde Sam y Martha se implicarán en el movimiento de defensa de los derechos civiles. El primero acaba ante el Comité de Actividades Antiamericanas y migran a París. Allí, las cosas tampoco serán como creían y la abandonarán tras los hechos de Mayo del 68.

Una novela que abarca desde el final de la guerra de 1914-1918 a la caída del Muro de Berlín en la que Sam y los otros protagonistas –a los que hay que añadir a Lary, alto funcionario de la Administración estadounidense, y a Greg, director internacional de la Fundación Fairfield– se verán envueltos en una trama que incluye, además un misterioso asesinato, a simpatizantes y defensores de la República española, refugiados del nazismo, pasadores que les ayudaban a cruzar la frontera de los Pirineos, prisioneros de los campos de concentración españoles y de exterminio alemanes, nazis reciclados por el Gobierno norteamericano, agentes de la CIA, dirigentes e impulsores del Congreso por la Libertad de la Cultura…

El lector advertirá en muchas situaciones algunas de las circunstancias que nos han conducido a  esta sociedad del pensamiento único.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) es una secuela de El corto tiempo de las cerezas (2015). Una y otra, sin embargo, pueden leerse de forma independiente.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/09/20/adios-mirlo-adios-bye-bye-blackbird/

Lo suyo no fue morir, fue morirse

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“Old Man in Chair” (1998). Paul Tiberio.

Creía haberlo olvidado todo, pero seguía presente en su memoria. Cuando su cuerpo empezó a ajarse y su mente a deteriorarse, algo en su interior le dijo que debía hacer un inventario ante mórtem de lo que había sido su vida. Afloraron los recuerdos y se puso a indagar en los porqués. Se dio cuenta entonces de que estaba jodido, de que solo había sido un funámbulo de la vida venido a menos. Y se sintió como Iván Illich, el personaje de Tolstói, que se conoció demasiado tarde y lo único consciente que hizo a lo largo de su vida fue abandonarla. Eso sí, sabedor de haber malgastado todo cuanto se le había dado y que eso no se podía remediar. ¿Qué queda?, se preguntó. Nada. Y como Illich lo suyo ya no fue morir, fue morirse.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/09/12/lo-suyo-no-fue-morir-fue-morirse/