Cuando Samuel decidió que no trabajaría jamás una fábrica ni a las órdenes de nadie

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Els Canalons (Alcoi) / Ángel Valero ©

Samuel subió hasta donde se ubicaba el primer molino e inició el camino de vuelta preguntando en cuantas fábricas hallaba a su paso si necesitaban a alguien. La respuesta fue siempre negativa.

No sabía muy bien qué hacer y se dirigió al Racó de Sant Bonaventura en las faldas de la sierra. Se tumbó bajo una gran chopera. Se estaba bien, lejos de todo y de todos, se respiraba un aire limpio y fresco, el olor a tierra era una grata novedad, tan distinto al del polvo o el del fango, bien conocidos. Tampoco el del rocío ─perceptible aún en la umbría─ tenía nada que ver el de la humedad de las fábricas y de su casa. Nuevos eran el olor a romero, tomillo y salvia, y las sensaciones que le acompañaban. Nunca había escuchado el silencio, al menos un silencio que no aguardara respuesta, ni el traqueteo de las ramas de los árboles, ni el ruido del agua al nacer del manantial, como los que brotaban en el cercano paraje de Els Canalons, un congosto con elevados y rocosos picachos que para Samuel fue todo un descubrimiento. Se estaba bien allí. Las aguas del río habían tallado riscos y erosionado rocas, conformando así un bello paisaje rodeado de pinos y sauces. Pequeñas lagunas, charcas, saltos, se sucedían a lo largo del cauce, cuyas paredes estaban repletas de oquedades y recovecos. Las aguas limpias nada tenían que ver con las que atravesaban la ciudad, ya contaminadas de las fábricas situadas en cotas más elevadas, a las que se vertían las aguas residuales y otras inmundicias. Pasó el día recorriendo el lugar, no paró un momento, se sentía excitado y necesitaba explorar aquel hermoso rincón. Vadeó trozos peligrosos para llegar a partes de difícil acceso que le llamaban la atención teniendo que sujetarse de las rocas, metiendo los dedos de manos y pies entre sus hendiduras.

Cuando quiso darse cuenta, empezaba a anochecer. Había sido el día más breve de su corta vida, que recordase por lo menos. Debía regresar. A medida que se acercaba a casa su olfato percibía un olor que le molestaba cada vez más. Por primera vez sentía la desagradable hediondez que advertía enseguida cualquier extraño que se adentrase en el Raval, un olor fétido, nauseabundo, el olor de la suciedad, del abandono, de la miseria, de la necesidad, el mismo olor en todas las esquinas, en todas las viviendas, en paredes y objetos. Su madre también olía. Eso le pareció al menos al llegar a casa, luego se olvidó.

A las cinco de la mañana del siguiente día Vicent despertó de nuevo a Samuel. La noche anterior había llegado demasiado bebido para reñirle como, a su juicio, merecía.

―Hoy irás al Molinar. Empiezas en los molinos de arriba y sigues hacia abajo. Apáñatelas como puedas, pero no se te ocurra volver sin faena.

Samuel se dirigió al nacimiento del río y preguntó en la primera fábrica. A continuación en los dos batanes contiguos y en la inmediata hilatura. No había puesto para él. Ni para él ni para los demás chicos que se acercaban a los establecimientos textiles con la misma intención. La industria textil había iniciado el definitivo proceso de mecanización y apenas necesitaba más brazos. La del papel estaba en auge con los librillos y, de hecho, muchas fábricas textiles se reconvertían en papeleras, mas la demanda de trabajadores era insuficiente.

Tras obtener otro no por respuesta en el siguiente molino, se detuvo junto a la higuera que había junto al mismo. Pasaban unos minutos de las siete de la mañana y ya brillaba un sol radiante, ni atisbo de nubes ni movimiento alguno del aire. El agua que caía por el espectacular salto que movía las fábricas del curso medio del río parecía más diáfana que nunca, casi como la de Els Canalons. El ruido que hacía al caer acallaba el de las máquinas, artefactos, encargados y obreros. La espuma blanca que se formaba aumentaba el atractivo del lugar, ya bello de por sí. La luz parecía haberse puesto de acuerdo en resaltar la hermosura de lo natural y dejarla muy por encima de lo humano, el día amanecía luminoso y la atmósfera daba la sensación de estar límpida, cristalina. Era una clara invitación a la vida, entendió Samuel, que observó las fábricas y las vio más monstruosas que nunca. Se fue a Els Canalons. Nunca más trabajaría en una fábrica, ni a las órdenes de nadie, decidió.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/08/cuando-samuel-decidio-que-no-trabajaria-jamas-una-fabrica-ni-a-las-ordenes-de-nadie/

Preparando el viaje

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Kyle Thompson ©

Pensé, al poco de dar por concluida la conversación con mi hermano ─lo que no significaba que ya hubiésemos colgado el teléfono─, con un pragmatismo más propio de él que de mí: igual ahora vendemos la casa, lo que quede de ella, el solar ─mi hermano era propietario de las dos terceras partes y se encargaba, en consecuencia, de su mantenimiento y de los gravámenes correspondientes─, y si la vendemos conseguiré más tiempo, un bien preciado ya, para disfrutarlo en otro lugar. Pienso, a veces pienso así, solo a veces, que tengo muchas cosas que hacer todavía antes de que la vida decida prescindir de mí, o yo de ella si su congénere, la muerte, avisa con suficiente antelación de sus pretensiones, es decir, si hay desahucio, extrema necesidad.

El whisky trajo algo de lucidez a mi mente. ¿Vender la casa? ¿El solar? ¿A quién? ¿Ahora? ¿Para qué? (…) Le pregunté [a mi hermano] por sus intenciones. Por supuesto que nadie va a querer comprar el solar, tal como están las cosas no vale nada, la crisis… ¿Entonces? Y me explicó que pensaba donar el terreno que ocupaba el inmueble y su amplio huerto/jardín, más de tres fanegadas, al ayuntamiento para levantar un parque que llevaría el nombre de mi abuelo, prócer local que hizo construir la casona nada más conseguir formar parte de la élite municipal gracias al negocio del vino cuando pocos años antes era un simple agricultor que nada tenía. Para honor y gloria suya, de mi hermano. Eso sí, no debía yo preocuparme, él me daría mi parte ─según estimación de su valor en el mercado─ si mis necesidades eran de índole crematístico. De acuerdo, para ti el honor ─tu honor─ y el prestigio ─tu prestigio─, me conformo con las sobras de tu orgullo. ¿Y yo qué he de hacer? Tú no te preocupes, Pedro lo tendrá todo preparado, me dijo. Pedro era el hijo de quien fuera casero durante mucho tiempo de la casa, que también se llamaba Pedro, y mi hermano le había encargado que continuara su cuidado a la muerte de su padre.

Me obligué, así, a realizar el viaje, como simple testaferro de mi hermano, por la mísera necesidad de subsistir. Me obligué, sí. Mi ánimo no abrigaba el más mínimo interés por ese viaje, por ninguno que no fuera una huida definitiva hacia donde disponga la fatalidad. No sentía siquiera curiosidad por ver la casa medio en ruinas, o en ruina total. Podía haberle dicho a mi hermano que no, que no iba, que me había salido un trabajo de repartidor de pizzas en Nueva Zelanda y debía partir urgentemente. No lo hice, me vendrían muy bien los cuartos con que mi hermano compraba la respetabilidad.

Comencé a preparar el viaje. Con detenimiento, todo debía estar calculado hasta el más mínimo detalle, sin imprevistos de ningún tipo, se trataba de ir y regresar cuanto antes. Pero nunca se sabe. (…)

Fui tan meticuloso con los preparativos que incluso tuve en cuenta la posibilidad de que no volviera, podía suceder cualquier cosa, perderme para siempre, por ejemplo, y recogí todo cuanto pude de lo que mi memoria había ido dejando esparcido por cualquier lugar, lo que me obligó a una exhaustiva y minuciosa búsqueda que, por otra parte, me sirvió para hacer limpieza, pues no había orden alguno y se podía encontrar recuerdos, pedazos de recuerdos a veces únicamente, debajo del sofá o de la cama, entre las telarañas del llamado cuarto de estar ─lleno de ellas por eso, por ser de estar─, en el bidé o incluso en la nevera, y en el techo sobre todo.

Todo lo recogí, por si no volvía, todo lo necesario, pues dejé muchas cosas que sin duda sería fácil encontrar en cualquier sitio, como los pensamientos, los proyectos o las intenciones.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/07/preparando-el-viaje/

Yo, yo, yo… ¿Y nosotros?

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Natasum Photography ©

Las penas son menores con la edad, aunque los placeres también. Envejecer es cada vez más parecido a morir en vida. Somos como muebles, trastos viejos que ya no sirven y como tales se nos arrincona en los desvanes de la memoria. Aunque eso nunca les sucederá a nuestros hijos, al menos a Hannah y Bill. Nacieron viejos, ya lo eran en 1968, ellos y la mayoría de cuantos protestaban por un mundo que tachaban de injusto, banal, vacío, pero al que, a pesar de todo, se han acomodado perfectamente. Tanta hostia para descubrir que solo se trataba de una rebelión del yo frente al nosotros. ¿No te has dado cuenta que siempre empiezan las frases con “yo”? Yo pienso, yo creo, yo opino… Yo, yo, yo. Nosotros utilizábamos el plural. Después de lo que ha pasado en este tiempo ya nada será igual, dijo Cohn-Bendit en junio de 1968. Es verdad, nada ha sido igual, el individualismo es hoy uno de los principales rasgos de nuestra sociedad, otro la fragmentación del conocimiento y, un tercero más, la división de la vida en esferas concéntricas que nunca se encontrarán.

Sam Sutherland, protagonista de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Puede adquirirla en edición en papel o electrónica.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/12/05/yo-yo-yo-y-nosotros/