
Antes del culo de Sara, que ella misma me presentó cuando tendría yo ocho o nueve años, creía que el mundo estaba delimitado por cuatro grandes muros ─para mí lo eran, enormes─, unos muros que encerraban, incomunicaban pues, el vasto jardín de la casa donde nací y viví permanentemente hasta los dieciocho años. Ese mundo tenía, como todos los planetas, unos satélites: la escuela y la iglesia. El culo de Sara me abrió las puertas de otras realidades. Sara era una chica que trabajaba en casa como sirvienta, así se decía entonces, y de la que me acuerdo siempre que veo un culo. Tendría unos veinte años, lavaba, planchaba, hacía la compra y nos sacaba a pasear a mi hermano y a mí.
Mi pueblo está a unos cuarenta kilómetros de la playa, y durante el verano íbamos allí a pasar el día, varias veces, ya fallecido mi padre. Antes no recuerdo. Nos llevaba Joaquín, el taxista del pueblo. Nos bañábamos, jugábamos, comíamos y a última hora de la tarde Joaquín nos recogía ─no sé que hacía él mientras, con nosotros no estaba─ y volvíamos otra vez a casa. Muchos niños iban también, con sus padres, en tren. A mí me hubiera gustado ir en tren. Generalmente íbamos mi madre, una tía mía que se llamaba Hortensia, mi hermano y yo. Y supongo que alguna vez venía Sara en vez de mi tía Hortensia. Llegados a la playa, nos cambiábamos en una de las casetas de madera que, a tal efecto, se instalaban sobre la misma arena.
Cómo nos pusimos el bañador otras veces no lo sé, en aquella ocasión me tocó cambiarme con Sara. Me di la vuelta para hacerlo, como Sara me indicó, pero giré la cabeza, hacia la derecha, me acuerdo. Tal vez calculando aquella posibilidad, más que previsible, se cambió de espaldas a mí. No podía haber elegido otra opción mejor. El vello de su pubis habría sido el primero de mi vida y seguramente me habría impresionado demasiado. Sin embargo, su culo… Es como si lo estuviese contemplando, admirando más bien, todavía: blanco, redondo, enorme. Llegaba justo a la altura de mis ojos. Todo mi campo visual era culo. El culo de Sara por todo universo. Pasear por el valle que formaban sus nalgas, subir y bajar por aquellas laderas, desaparecer en él, dormir en su regata, tal vez vivir allí. No me atreví a tocarlo, pero lo deseé, y tanto que lo deseé, todavía lo deseo, el culo de Sara sigue excitándome y su imagen, al mismo tiempo, me tranquiliza.
Manuel Cerdà: El viaje (2014).
Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2014/12/07/el-culo-de-sara/



Miguel me sorprendió un día acariciándola con la misma suavidad con la que a esa edad uno desliza su mano por la pilila, y me contó, extrañado de que yo no lo supiera, lo que sucedía cuando la acercabas al oído. Aquella fue una gran revelación: todo un mundo nuevo estaba ahora a mi alcance, era suficiente con acoplar la oreja a esa especie de auricular que tiene la caracola. Miré también, pero, lástima, no funcionaba con los ojos, ni con los dos ni con uno. De todos modos, cerrando estos se veía todo. Para eso debe estar hecha esa especie de boca gigante, ¿no?, deduje, para cerrar los ojos y sentir, para imaginar.