El barrio

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Sus pocas calles estaban siempre llenas de gente, sobre todo de día. Ancianos de años se sentaban en los pocos bancos que había en un descuidado y destartalado parque, o en sillas que sacaban a la calle, con otros cuya vejez ya se había acomodado en su espíritu e incluso mostraba sus señales en sus rostros independientemente de su edad. Unos y otros trataban entre charlas y chascarrillos llevar con resignación la extremaunción social que dosificadamente se les administraba a diario. De todos modos, por muchos que fueran y mucho que hablaran, aunque fuera a gritos, en el barrio solía imperar el silencio, un silencio que a veces rompía el sonido de deteriorados motores de vetustas furgonetas cargadas de chatarra. También las sirenas de los coches de la policía cada vez con mayor frecuencia. Personas de todas las edades convivían, coexistían sería más preciso, en un espacio cerrado de accesos bien definidos. A todos ellos les unía la indolencia, el abatimiento, el desaliento, la falta de ánimo para cambiar su suerte.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Puede que tuvieran casa pero desconocían el hogar

Dudley street, seven dials: 1872

Dudley Street (Londres) en 1872. Grabado de Gustave Doré.

Aquel invierno el frío competía en severidad con las condiciones de trabajo, uno y otras parecían haberse puesto de acuerdo en poner a prueba la resistencia de los habitantes de los barrios más desfavorecidos. No es que los anteriores  inviernos hubiesen dejado de ser duros, pero las bajas temperaturas no se sintieron con el rigor del de ese año. El entumecimiento que muchos sufrían en las articulaciones, los dolores neurálgicos, los sabañones en manos, pies y orejas, las infecciones respiratorias y el reuma que formaban parte de su día a día, se incrementaron. No notaban gran diferencia entre el “hogar” y la fábrica. A veces era preferible esta última, el calor que despedían las máquinas y los procesos de elaboración industrial las convertía, hasta que el cuerpo comenzaba a pesar tanto que ya nada sentía, en momentáneo abrigo, hasta que ennegrecidos por dentro y por fuera, insensibilizados, deformes o lisiados, inútiles ya para el trabajo ─que en su caso era lo mismo que decir para la vida─, quedaban arrumbados a la espera de la muerte. Algunos, como Vicent, buscaban en el alcohol consuelo y amparo. Su carácter se agriaba al mismo ritmo que las máquinas producían, cada vez más aprisa. Frío era el carácter de sus habitantes; frías eran las casas, simples alojamientos en los que la presencia espectral de una constante pesadumbre, en la que ni siquiera solían reconocerse, ahogaba cualquier resquicio de vitalidad. Turnos, relevos, horas y más horas, hoy aquí, mañana allá, ahora esto, ahora también lo otro, hoy hay trabajo, mañana no, pasado quién sabe… Un constante malestar, un permanente enojo que no sabían muy bien a qué se debía, caras cuya inexpresividad no disimulaba la tristeza, un cada vez mayor malhumor, acababan formando parte indisoluble de su carácter. Puede que tuvieran casa pero desconocían el hogar, buscaban fuera un asomo de vida al que agarrarse, en la calle los niños, en la taberna los hombres, en el lavadero público las mujeres, en el paseo los jóvenes.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2106).

 

Don Guillermo

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Don Guillermo sentía una gran afección por los cuerpos sin formas ni ideas sexuales, sin voluntad ni posibilidad de corresponder, pasivos necesariamente, azarados. Sus dedos incursionaban con frecuencia, siempre que le era posible, por debajo de las faldas de las niñas y de las perneras de nuestros cortos pantalones, sorteando con éxito la mayoría de las veces las tirillas de goma que se pegaban a las ingles. (…)

Me molestaba que don Guillermo me tocara, nadie me tocaba, ni Sara, a quien todavía creo que le no había visto el culo. No encontraba placer alguno en aquella continua y cobarde intromisión, y como quiera que el principio es siempre el inicio del fin de algo, conseguí un buen día unir la aversión con la resistencia, o sustituirla, no sé, lo que sucedió mientras jugaba en el huerto. Chuté con fuerza y el balón fue a parar unos metros más allá de donde había clavado dos palos que hacían las veces de portería, junto a unas ortigas. Yo sabía que si las tocabas, o te tocaban, producían irritación de la piel y un intenso picor y pensé en proteger mis partes con ellas, descartando la idea al instante, pues el mayor perjudicado sería yo, pero sin abandonarla por completo. Se la comenté más tarde a Pepín, quien me sugirió usar una bolsa de plástico como las que su padre fabricaba desde hacía solo unos meses. Trajo un par, por si acaso. Hizo bien, acabamos necesitando las dos, una me la puse a modo de pañal, haciendo un agujero en la parte opuesta a las asas, por debajo del pantalón y por encima del calzoncillo, pero dejaba las piernas al descubierto, por lo que cortamos la otra en tiras colocando trozos de ortigas que previamente habíamos arrancado con sumo cuidado entre las listas de plástico y la bolsa. Las tiras las sujetaban y la bolsa me protegía, y entre ambas asomaban los pelos urticantes, alrededor del pene sobre todo, y así fui esa mañana ─en que me había levantado antes con la excusa que debía recoger con Pepín unas muestras de los plásticos que fabricaba su padre pues don Florián quería explicarnos lo beneficioso de su función─ a la academia, impaciente e intranquilo al mismo tiempo, anhelante pero temeroso, esperando a que comenzase la clase de religión; era la primera de todas ese día. (…)

Pasados unos minutos de iniciada la clase ─recuerdo que ese día versaba sobre el misterio de la Santísima Trinidad─, don Guillermo puso su mano sobre mi rodilla izquierda. Primero fue un leve roce que hubiera pasado por casual de no conocer al ordenante de dicho movimiento, luego otro y enseguida noté el húmedo calor de su zarpa en mi muslo, sin presión alguna, como si hubiera ido a parar ahí por casualidad, surgiendo pronto el manoseo. Sobaba la entrepierna con fruición, con regodeo, se recreaba, ascendía, descendía, varias veces. El plato fuerte para el final. (…)

Los movimientos [eran cada vez] más rápidos y bruscos, acordes con su ansia por llegar al preciado trofeo, uno más para su colección, que debía ser copiosa, notando yo que rozaba el plástico, notando él que lo que tocaba no era la suave y tierna epidermis a que estaba habituado, deteniéndose un instante, desconcertado, supongo ─y creo que supongo bien─, pero reanudando enseguida su razia ─para él simple excursión─ hasta topar otra vez con el plástico, lo que le contrarió, conjeturo que por lo insólito de la situación. Se puso nervioso y comenzó a rebuscar con un empeño que difícilmente podía pasar inadvertido por entre la torpe maraña de tiras de plástico y ortigas que logré confeccionar con la ayuda de Pepín, apartando de pronto su caldosa mano al contacto con las ortigas. (…)

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Fotograma de la película “Del rosa al amarillo” (Manuel Summers, 1963).

Debía estar el cura aún frustrado y cabreado por lo ocurrido, pues no habrían transcurrido ni cinco minutos cuando me ordenó salir a la pizarra. Me mandó escribir los siete pecados capitales. Lujuria fue el primero que puse ─sabía que se refería a hacer cosas feas y, por lo tanto, debía ocupar ese lugar─, a continuación, debajo de lujuria, gula, que consistía en no comer en exceso y no me preocupaba ─mi madre y mi abuela se quejaban de que nunca terminaba el plato─, e ira después, algo así como enfadarse mucho, cosas de mayores, las reprimendas eran cosa suya. Tras dudar un instante y advertir la siniestra mirada de don Guillermo, me vinieron a la memoria de pronto dos más: avaricia y soberbia, que para mí significaban más o menos lo mismo: querer tener cuantas más cosas mejor aunque no fuesen de uno. Mas quedaba otro, otro fácil, sabía que era fácil, lo tenía en la punta de la lengua, pero mi memoria había extraviado esa información o guardado en un lugar inadecuado, no había manera de recordarlo, y eso que estaba tirado. Mi nerviosismo iba en aumento, al unísono con el aflojamiento de los músculos de la cara de don Guillermo, que empezaba a sentirse satisfecho. La regla que asía con fuerza su mano derecha ya se erguía amenazante, llegaba el momento de la venganza.

Permanecí en silencio unos instantes, para mí interminables, para él tan breves como un periquete, balbuceaba sílabas al azar, siempre con su correspondiente artículo: el…, la…, la pa…, el pe…, no: la co…, ¿el sa…? ¡La pereza!, ¡inútil!, gritó don Guillermo. Su rostro reflejaba el desprecio que sentía por mí, por mi desafío, y mostraba su deseo de ensañamiento, que esta vez sí era el fiel reflejo del alma.

Con voz de trueno enfurecido, más firme que nunca ─eso me pareció─, se dirigió a todos pero mirándome a mí para soltar una retahíla de improperios acerca de mi relación con la pereza, que si era evidente que no me acordase de tan importante pecado, que no le extrañaba viniendo de mí, que si era un distraído, siempre pensando en las musarañas, que un malévolo o un rencoroso, mal compañero, un egoísta que únicamente pensaba en sí mismo, expresiones ciertamente ajustadas a su visión de los hechos, visión absolutamente alejada de mi percepción, que es la que cuenta en definitiva, pues abusar de mí, abusó, aunque no haya pruebas que lo demuestren. Una vez saciada su crónica incontinencia verbal dijo secamente: ¡Las manos! En realidad se refería a las palmas de la mano, que debía poner a nivel del plexo solar paralelamente a los pies, los míos, los de él también, para así poder descargar sobre ellas su ira a través de esa prolongación de su brazo, ya natural para nosotros, que formaba la vara. Me atizó con ella veinte veces, diez en cada mano (…) con la misma intensidad, tanto el primero como último golpe, con toda su fuerza ─tal era la ira que acumulaba─, ordenando que me sentase de nuevo y añadiendo ¡Ya hablaré con tu madre!

Manuel Cerdà: El viaje (2014).