Una violación más en forma de desahucio

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Antidisturbios rompen el cristal de la puerta del portal donde vivía una de las familias desalojadas. Fernando Sánchez/Eldiario.es

Ayer, como sabrán, se produjo en Madrid una violación en forma de desahucio. Violación, en derecho, es el delito cometido contra la libertad sexual de una persona, pero violar significa también infringir una ley, un precepto o una persona. Y ayer se violó a más de una persona al privarles de algo tan básico como es un techo bajo el que alojarse, ayer se violó uno de los derechos humanos fundamentales.

No voy a repetir aquí la triste historia de Pepi, Rosi, Juani y Mayra, que ayer fueron obligadas por la fuerza a abandonar sus viviendas situadas en el número 11 de la calle Argumosa de Madrid. Ya deben conocerla. Son otras las consideraciones que quiero hacer, como hablar de la respuesta de la gente, para empezar. Claro que hubo activistas y vecinos que se opusieron, a muchos de los cuales los policías tuvieron que sacar a rastras y se produjeron al menos seis detenciones. Pero no se concentró en el lugar tanta gente como probablemente hubiera sucedido si la policía hubiese acudido a detener a un violador, ni tampoco se llevaron a cabo acciones de protesta en otras ciudades. No quisiera que nadie malinterpretase estas palabras. De ningún modo cuestiono el delito de agresión sexual, ni trato de equipararlo con nada. Todo violador es un hijo de la grandísima puta. Lo que cuestiono es la enorme sensibilidad que mostramos ante unos hechos y la falta de la misma con que contemplamos otros.

Un desahucio no es como un rayo que cae del cielo. Para que se ejecute un desahucio, y el consiguiente lanzamiento, son necesarios una serie de trámites en los que intervienen muchas personas, que, como todas, tienen su nombre y sus apellidos.

En primer lugar, el dueño o arrendador –sea persona física o jurídica– ha de solicitar ante un juzgado la ‘demanda de desahucio’. ¿Quién es esa persona? ¿Un particular, una empresa inmobiliaria, un banco? ¿Quién? Tendrán todos ellos nombre y apellidos. ¿Quién firma la solicitud? Sea una empresa inmobiliaria o un banco, no aparecerá en el lugar de la firma como ‘Inmobiliaria X’ o ‘Banco X’. Firmará una o varias personas. Es obligatorio que la demanda de juicio de desahucio, tanto sea por falta de pago de la renta como por terminación del contrato, vaya firmada por un abogado y un procurador. ¿Quiénes son? ¿Cómo se llaman? ¿A quién representan?

Hecho esto, el secretario judicial (letrado de la Administración de Justicia) decide su admisión o inadmisión (esto último, altamente improbable). ¿Quién es el secretario judicial que pone en marcha el trámite? ¿Cómo se llama?

Si el inquilino no se opone, todo arreglado. A la calle y ya está. Si no acepta el requerimiento –lógicamente, lo más habitual–   se iniciará el juicio de desahucio y el juez pronunciará sentencia, casi siempre favorable al arrendatario o dueño. ¿Cómo se llama este juez?

Finalmente, se señalará una fecha para el lanzamiento y se ejecutará este. Para ello tendrá que acudir la comisión judicial –¿quiénes la componen?, ¿cómo se llaman?– acompañada del demandante o su procurador, que también tienen nombre y apellidos. Además, es necesario que acuda un cerrajero para que pueda abrir la puerta, es decir, otra persona más que tiene su propia identidad. ¿Cuál es esta?

Para evitar problemas se solicita también que acuda la policía. Irán los antidisturbios. Más personas con sus correspondientes nombres y apellidos.

Así pues, muchos son los que intervienen para que un desahucio pueda llevarse a cabo. ¿El banco, la inmobiliaria, el juzgado…? No, tras los organismos, entidades, instituciones, tras el ‘cuerpo policial’, hay personas. Y digo yo que todos ellos tendrán su domicilio, sus vecinos, irán a comprar a determinadas tiendas…, harán su vida. Pues bien, el día que a todos ellos los vecinos, los tenderos, los miren mal, como a los violadores, que hagan por lo menos como muchos franceses con los boches (los soldados alemanes), que se tapaban la nariz y giraban la cara al cruzarse con alguno de ellos, el día que sientan el rechazo social por sus acciones, empezaré a creer que el género humano tiene aún algún futuro.

Y el día que los políticos, aquellos políticos que se dicen representantes del pueblo, o de la ciudadanía, sean los últimos a quienes los antidisturbios se lleven a rastras –ayer deberían haber estado allí todos los de Madrid que se proclaman de izquierdas–, ese día igual empiezo a creer que tienen razón y no son solamente –como hasta ahora– una pieza más del actual orden social, una pieza, por otra parte, muy necesaria para que este se perpetúe con sus medidas asistenciales. No quiero caridad, quiero solidaridad. Mientras, seguiré absteniéndome en cuantas elecciones se convoquen y, en la medida de mis posibilidades, haré campaña activa a favor de la abstención.

Los Raskólnikov

Los Raskólnikov

“Occupying Main Street” (2012), óleo de Michael D’Antuono.

Raskólnikov pensaba que había dos clases de hombres: los que solo están en este mundo para reproducir la especie, para perpetuarla, y los que están llamados a hacer cosas extraordinarias, para los que no cuentan las normas.
Hoy abundan los Raskólnikov, los que se creen excepcionales y, en consecuencia, consideran que las reglas –que ellos mismos dictan– solo atañen a los demás. Hay, sin embargo, una notable diferencia entre el protagonista de Crimen y castigo y los actuales Raskólnikov. Al primero la conciencia le pudo cuando se dio cuenta de que no era ese ser extraordinario que creía y del sinsentido de su crimen, y se entregó.

El mayor espectáculo de la historia

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La unificación cultural, el pensamiento único, la aceptación sin reservas del mezquino mundo actual, evidencia esta frase de Pessoa: “El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad”.

Pessoa la escribió entre 1913 y 1935 y está recogida en el Libro del desasosiego. Hace ya un siglo, pues, año arriba año abajo. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo cobra mayor vigor que nunca. La pasmosa abulia que caracteriza nuestro comportamiento social tiene en el sometimiento voluntario su rasgo más distintivo. Predomina una generalizada certidumbre de que nada se puede realmente transformar y que, por tanto, siempre habrá quien mande, quien domine, quién esté arriba, y quién no. Unos arriba, otros abajo, esto es lo que hay. Así es la vida, dice la gran mayoría. ¿Y ya está?

Renunciando explícitamente a buscar un lugar en el mundo y aceptando sin reservas el que se nos adjudica nada más nacer, la misma percepción de la existencia humana ha ido alterándose hasta perder la capacidad de discernir lo útil de lo inútil, lo representado de lo real, abandonando la capacidad de elegir y la razón individual de las vidas. Un espectáculo más, aberrante y sorprendente, se añade a la fantasmagoría de nuestra época.