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La unificación cultural, el pensamiento único, la aceptación sin reservas del mezquino mundo actual, evidencia esta frase de Pessoa: “El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad”.

Pessoa la escribió entre 1913 y 1935 y está recogida en el Libro del desasosiego. Hace ya un siglo, pues, año arriba año abajo. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo cobra mayor vigor que nunca. La pasmosa abulia que caracteriza nuestro comportamiento social tiene en el sometimiento voluntario su rasgo más distintivo. Predomina una generalizada certidumbre de que nada se puede realmente transformar y que, por tanto, siempre habrá quien mande, quien domine, quién esté arriba, y quién no. Unos arriba, otros abajo, esto es lo que hay. Así es la vida, dice la gran mayoría. ¿Y ya está?

Renunciando explícitamente a buscar un lugar en el mundo y aceptando sin reservas el que se nos adjudica nada más nacer, la misma percepción de la existencia humana ha ido alterándose hasta perder la capacidad de discernir lo útil de lo inútil, lo representado de lo real, abandonando la capacidad de elegir y la razón individual de las vidas. Un espectáculo más, aberrante y sorprendente, se añade a la fantasmagoría de nuestra época.