Nou d’Octubre (Día de la Comunitat Valenciana)

No soy partidario de las conmemoraciones institucionales de sujetos y hechos históricos, sean estos de índole política, cultural o económica. La historia –en el más amplio sentido de la palabra (conjunto de los sucesos o hechos políticos, sociales, económicos, culturales, etc., de un pueblo o de una nación, RAE)– es una cosa y los políticos –que no la política– otra. El sujeto histórico –los políticos lo son– no puede dejar de ser lo que es y, por tanto, su interpretación de los hechos estará siempre condicionada a unos intereses determinados. Los partidos políticos –escribía Simone Weil– son máquinas “de fabricar pasión colectiva”, organizaciones “construida[s] de tal modo que ejerce[n] una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros”, pues “la primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite”. Según quién esté al frente de un gobierno o un estado, un mismo hecho histórico será interpretado de manera distintita, por lo que la historia –incluso involuntariamente– se nos presenta siempre parcial, distorsionada, tendenciosa, cuando no claramente manipulada o falseada.

Hoy, 9 de octubre (Nou d’Octubre) es el “Día de la Comunidad Valenciana” y se conmemora institucionalmente con toda pompa y solemnidad. Se eligió ese día porque el 9 de octubre de 1238 tuvo lugar la entrada victoriosa a la ciudad de Valencia del rey Jaime I. ¿Qué supuso este acontecimiento? Vamos con los hechos.

Cuando el territorio del actual País Valenciano fue conquistado por el rey y sus huestes, era un reino taifa poblado por árabes, o balansiyanos mejor dicho, pues en aquellos momentos sus tierras se denominaban Balansiya, y de aquí viene el nombre de Valencia y de sus nativos, los valencianos.

Más que hablar de ‘reconquista’, como se hizo durante tanto tiempo, o de ‘entrada a la ciudad’, hay que hacerlo de ‘conquista’, y más que de ‘repoblación’ –como veremos luego– de ‘ocupación’. El pueblo musulmán de al-Ándalus fue invadido por una minoría dominante mejor pertrechada –en 1272 aún poblaban el País Valenciano 200.000 musulmanes y 33.000 cristianos– que le obligaba a cambiar drásticamente su modo de vida, sus creencias y sus seculares tradiciones. Muchos fueron expulsados de sus casas y desposeídos de sus propiedades, y si no hubo una matanza generalizada, como en Mallorca, y buena parte de ellos pudo conservar sus tierras, fue por las mismas características de la conquista, que no hicieron necesaria una repoblación inmediata.

La sensación de dominio, de haber sido invadidos y sometidos, que debieron experimentar aquellos hombres, mujeres y niños, no deseo vivirla jamás: confinados a menudo en morerías, convertidos en mano de obra barata para los nuevos señores, obligados a bautizarse por la fuerza… ¿Por quién? Por otros. Simplemente eso: unos extraños, unos desconocidos.

Se ponía así fin a cinco siglos de cultura árabe que dejaron una huella imborrable. La agricultura, tras la conquista, se sirvió de su sistema de regadío. Los musulmanes mejoraron anteriores acueductos y estructuras que se remontan hasta la época romana y dieron a conocer la noria al tiempo que perfeccionaron su uso, e introdujeron el naranjo, la caña de azúcar, el albaricoquero, el algarrobo, la alcachofa, el algodón, la palmera datilera y, aunque todavía no se cultivaba a gran escala, el arroz. La toponimia actual conserva infinidad de nombres de origen musulmán. De los 542 municipios que integran la actual Comunidad Valenciana, alrededor de un centenar empiezan por los sufijos -al y -beni, manifiestamente árabes. Pero no solo estos. Mi pueblo, por ejemplo, Muro, es de origen árabe (aunque desconozcamos el porqué del topónimo), y otros muchos de una larga lista, como Silla (pequeña llanura), Manuel (salida de un valle), Monòver (florido) o Russafa, en Valencia (jardín). También, en todos los órdenes, son muchos los vocablos actuales provenientes de aquella época: alambique, alforja, alguacil, barrio, café, dársena, jaqueca, jarra, jinete, mazmorra, mengano, mezquino, rambla, rehén, sandía, tahona, y un largo etcétera. El tortuoso trazado del núcleo histórico de muchísimas localidades valencianas es de origen musulmán y reflejo de dos formas distintas de organización social: las familias de al-Ándalus eran de tipo extenso y las cristianas nuclear. En las primeras, cuando un hijo suyo se casaba construían otra estancia quitando espacio al patio en un solar adyacente. Las cristianas irán añadiendo parcelas, una al lado de otra, formando calles rectilíneas.

Con todo esto quiero decir que, tras la conquista del territorio valenciano por las huestes de Jaime I, estas se encontraron con una sociedad más avanzada que la suya, cuyos logros sirvieron para cimentarla. Así pues, ¿qué se celebra el Nou d’Octubre? ¿El nacimiento de una nación, parafraseando el título de la película de D. W. Griffith de 1915? O de un pueblo, si lo prefieren, el valenciano. Una nueva sociedad, en definitiva. Sí así es, ¿cómo se alcanzó? Como en Estados Unidos, ¿con la destrucción la cultura de las tribus indias y el genocidio de comunidades enteras? ¿O como hizo la Corona de Castilla (si lo prefieren, el incipiente Reino de España) con las culturas precolombinas)? De los 200.000 habitantes que tenía la taifa de Valencia cuando fue conquistada, unos 40.000 marcharon de sus tierras. Los que se quedaron, los moriscos, terminaron siendo expulsados en 1609, no sin antes haber sufrido el excesivo celo inquisidor para que se evangelizaran y padecer el rechazo de los cristianos, que los consideraban demasiados prolíficos, trabajadores y mezquinos. Un tercio de la población valenciana –alrededor de 120.000 personas– se vio obligada a abandonar para siempre unas tierras que habían morado ya sus antepasados y consideraban suyas.

La medida no gustó a los nuevos señores, los verdaderos beneficiados con la Conquista. El Llibre del Repartiment registra la donación de propiedades expropiadas a los musulmanes una vez finalizada la Conquista entre aquellos que habían ayudado en la campaña: órdenes militares, alto clero eclesiástico, nobles y caballeros, principalmente. Todo ello condujo a la formación de un régimen feudal especialmente duro, fuente de constantes conflictos entre los señores y los campesinos durante los tiempos medievales y hasta la época preindustrial. Tampoco me hubiera gustado ser uno de ellos, de los más, los que formaban parte del «tercer estado» o «común».

Hasta aquí, muy resumidos, los hechos. En base a ellos, la verdad, no sé qué demonios se celebra hoy. Es más, creo que no lo sé ni yo ni nadie. Entre los valencianos nunca ha habido eso que llaman “conciencia nacional”. No voy a entrar ahora en las causas, sigo limitándome a los hechos. Y estos me dicen que su faceta más folclórica y espectacular –versionada según los idearios de quienes en cada momento detentaba el poder– es la que ha predominado sobre cualquier otra consideración.

¿Qué no? A las pruebas me remito. ¡Con la lata que dieron los que se declaran “nacionalistas” o “valencianistas” cuando se aprobó el Estatuto de Autonomía de 1982! En él se pactó, entre otras cosas, que el territorio valenciano se denominaría oficialmente Comunidad (o Comunitat) Valenciana y se redactó de manera ambigua el articulado sobre la lengua de los valencianos. Los firmantes de aquel estatuto se convirtieron poco menos que en traidores. ¿Cómo que Comunitat Valenciana? ¡País Valencià! ¿Cómo que el valenciano es el idioma oficial? ¡El catalán! Algunos iban un poco más allá y reivindicaban nuestra pertenencia a los Països Catalans. Y con el himno. ¿Cómo podía ser el himno oficial el mismo de la Exposición Regional Valenciana de 1909, aquel que dice «Para ofrendar nuevas glorias a España”, aunque solo sonara la música? ¡Qué barbaridad!

Mucho ha llovido desde entonces. Tanto que estos últimos –aunque en coalición con el PSPV-PSOE– gobiernan la Generalitat Valenciana y ostentan la alcaldía del Ayuntamiento de Valencia, además de controlar otras administraciones o parte de ellas, especialmente en el área cultural. Aglutinados en torno a Compromís –una heterogénea mezcla en la que se juntan desde los antiguos procatalanistas a los que militaban la derecha valencianista más rancia–, han hecho suyo el “donde dije digo, digo Diego” y este es el eslogan de este año de la Generalitat Valenciana: “Nou d’Octubre. Dia de la Comunitat Valenciana. Tots a una veu”. La letra del himno de la Exposición dice “Per a ofrenar noves glòries a Espanya, / tots a una veu / germans vingau”.

En el programa de actos oficiales para hoy, 9 de octubre, figura, a las 12:00, la procesión cívica y ofrenda floral a Jaime I y, a las 17:00, Entrada de Moros y Cristianos. ¿Ven el porqué de las fotografías que ilustran este artículo? Si va la cosa va de moros y cristianos, pues ya ven, yo el primer garante de la reconquista (ahora sí) de sus tierras. Por cierto, las fotos son de las fiestas de Moros y Cristianos de mi pueblo. En fin, como dice la canción “la vida es un carnaval y es más bello vivir cantando”. Y que siga la fiesta.

Simone Weil y la supresión de los partidos políticos

simone-weil

Simone Weil.

Simone Weil (1909-1943) fue una filósofa y escritora francesa de origen judío. El interés por conocer personalmente el mundo del trabajo y sus efectos psicológicos la llevó a trabajar en la fábrica Renault durante un tiempo (1934-1935). Allí, escribiría después, “recibí para siempre la marca de la esclavitud, como la marca que los romanos imprimían con hierro candente en la frente de sus esclavos más despreciados. Desde entonces me he considerado siempre una esclava”.

Pacifista, pero fiel a sus ideales anarquistas, participó en la Guerra Civil Española en el bando republicano (en la columna de Durruti). Después de una temporada en los Estados Unidos, se estableció en Inglaterra, desde donde colaboró con la Resistencia francesa. Nacida en un ambiente judaico, su inquietud mística la acercó a un cristianismo en la línea existencialista de Kierkegaard.

simone-weil-como-soldado-durante-la-guerra-civil-espanola-en-1936

Simone Weil como soldado durante la Guerra Civil Española en 1936.

Cuando falleció a causa de una tuberculosis, a los 34 años, era casi una desconocida. Muy poco de cuanto había escrito se había publicado, siendo después de la Segunda Guerra Mundial que sus amigos comenzaron a editar sus textos. Así fueron conociéndose obras como La pesanteur et la grâce (1947), La connaissance surnaturelle (1949), La condition ouvrière (1951), Attente de Dieu (1951), Oppression et liberté (1955), además del opúsculo del que hablamos hoy Note sur la suppression générale des partis politiques (Nota sobre la supresión general de los partidos políticos), escrito en 1940, que vio la luz por primera vez en la antología de su obra que editó Gallimard en 1957 Écrits de Londres et dernières lettres (en 1960, también en Gallimard, Albert Camus lo recogió en la selección que hizo de la obra de Weil Écrits historiques et politiques).

Camus y T. S. Eliot (en 1949 prologó la edición de su obra L’Enracinement, prélude à une déclaration des devoirs envers l’être humain) fueron de los primeros intelectuales que mostraron su interés por el pensamiento de Weil. Numerosos les siguieron en los años posteriores, especialmente anarquistas y cristianos. Juan José Tamayo, teólogo español vinculado a la Teología de la Liberación, la calificó de “intelectual compasiva” (“Simone Weil, intelectual compasiva”, El País, 23 de agosto de 1999). Entre otras cosas, dice en su lúcido artículo:

“Muy pocas personas fueron capaces de comprender la profundidad de su pensamiento heterodoxo, la autenticidad de su fe religiosa aconfesional y la radicalidad de su militancia obrera no partidista. (…) fue una pensadora a contracorriente de los intelectuales de su tiempo, a quienes fustigó con severidad inusitada, ubicándolos del lado de los idólatras y los burgueses. Los trabajadores, afirma, sufren ‘una especie de vértigo interior que los intelectuales pocas veces han tenido ocasión de conocer’. Tilda de egoísta a la modernidad y tacha de idólatras a los pensadores modernos porque se sienten cautivados y poseídos de sus conquistas, que cada vez son menos universales y solo alcanzan a grupos sociales reducidos. Sitúa al mismo nivel la idolatría de la ciencia y la de la Iglesia. (…) Llama la atención asimismo sobre la ausencia de compasión en los intelectuales. (…) Por sus actitudes solidario-compasivas fue objeto de burla y desdén en ciertos ambientes culturales, donde se la etiquetaba malévolamente de ‘virgen roja de la tribu de Leví’ o ‘portadora de los evangelios moscovitas’; y se la consideraba excéntrica y alocada. (…)

Sobre ese “vértigo interior” al que se refería Tamayo escribe Weil en su Nota sobre la supresión general de los partidos políticos: “¡Cuántas veces, en Alemania, en 1932, un comunista y un nazi que discutían en la calle se han visto arrastrados por el vértigo mental al constatar que estaban de acuerdo en todos los puntos!”. ¿Cómo pueden llegar a coincidir un nazi y un comunista? Weil defiende que “primero hay que reconocer cuál es el criterio del bien” y que este solo “puede ser la verdad, la justicia, y, en segundo lugar, la utilidad pública”. “La democracia, el poder de los más, no son bienes –prosigue–. Son medios con vistas al bien, estimados eficaces con razón o sin ella”.

Weil recurre a Rousseau para argumentar su exposición: “Rousseau partía de dos evidencias. Una, que la razón discierne y elige la justicia y la utilidad inocente, y que todo crimen tiene como móvil la pasión. Otra, que la razón es idéntica en todos los hombres, frente a las pasiones, que, casi siempre, difieren”. En consecuencia, “la verdad es una”, como la justicia. En cambio, “los errores, las injusticias son indefinidamente variables”. Pensaba Rousseau –continúa– “que casi siempre una voluntad común de todo un pueblo era, de hecho, conforme con la justicia, por neutralización mutua y compensación de pasiones particulares. Ese era para él el único motivo de preferir la voluntad del pueblo a una voluntad particular”. Defiende Weil que “en el momento en que el pueblo toma conciencia de una de sus voluntades y la expresa, no hay ninguna especie de pasión colectiva”, mas “cuando hay pasión colectiva en un país, es probable que una voluntad particular cualquiera esté más cerca de la justicia y de la razón que la voluntad general, o más bien que lo que constituye su caricatura”.

Los partidos políticos son máquinas “de fabricar pasión colectiva”, organizaciones “construida[s] de tal modo que ejerce[n] una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que son sus miembros”, pues “la primera finalidad y, en última instancia, la única finalidad de todo partido político es su propio crecimiento, y eso sin límite”.

Para Weil, “solo el bien es un fin. Todo lo que pertenece al dominio de los hechos es del orden de los medios. Pero el pensamiento colectivo es incapaz de elevarse por encima del dominio de los hechos. Es un pensamiento animal. Posee la noción de bien solo lo suficiente como para cometer el error de tomar tal o cual medio por el bien absoluto”. Y eso es lo que sucede con los partidos: un partido es, en principio, un “instrumento para servir a una cierta concepción del bien público”. Así, “un hombre, aunque pase toda su vida escribiendo y examinando problemas de ideas, solo raramente tiene una doctrina. Una colectividad no la tiene jamás. No es una mercancía colectiva. Se puede hablar, cierto es, de doctrina cristiana, doctrina hindú, doctrina pitagórica, etc. Lo que se designa entonces con esa palabra no es ni individual, ni colectivo; es una cosa situada infinitamente por encima de este o aquel nivel. Es, pura y simplemente, la verdad”.

“La finalidad de un partido político –dice unas líneas después– es algo vago e irreal. Si fuera real, exigiría un esfuerzo muy grande de atención, pues una concepción del bien público no es algo fácil de pensar. La existencia del partido es palpable, evidente, y no exige ningún esfuerzo para ser reconocida. Así, es inevitable que de hecho sea el partido para sí mismo su propia finalidad”. Por ello, “la tendencia esencial de los partidos es totalitaria, no solo en lo que respecta a una nación, sino en lo que respecta al globo terrestre”. Estos, “hablan, cierto es, de educación de los que se les han acercado, simpatizantes, jóvenes, nuevos adherentes”, pero “es una mentira”, pues “se trata de un adiestramiento para preparar la influencia mucho más severa que el partido ejerce sobre el pensamiento de sus miembros”. La existencia de partidos políticos conlleva la imposibilidad de “intervenir eficazmente en los asuntos públicos sin entrar en un partido y jugar el Juego. Cualquiera que se interese por lo público desea interesarse eficazmente. Por lo que quienes se inclinan por la preocupación hacia el bien público, o renuncian a pensar en ello y se orientan hacia otra cosa, o pasan por el aro de los partidos. En este caso también eso les causa preocupaciones que excluyen la del bien público”.

Por todo esto, “los partidos son un maravilloso mecanismo en virtud del cual, a lo largo de todo un país, ni un solo espíritu presta su atención al esfuerzo de discernir, en los asuntos públicos, el bien, la justicia, la verdad. El resultado es que  –a excepción de un pequeño número de circunstancias fortuitas– solo se deciden y se ejecutan medidas contrarias al bien público, a la justicia, a la verdad. Si se le confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría imaginar nada más ingenioso”. Por tanto, “la supresión de los partidos sería un bien casi puro. Es eminentemente legítima en principio, y en la práctica solo parece susceptible de efectos buenos”.

Se equivocará, y mucho, quién quiera ver en la propuesta de Weil de supresión de los partidos una apuesta por cualquier tipo de gobierno dictatorial o totalitario. Cuando escribió esta Nota –pues eso es el texto, un escrito breve– el nazismo estaba en pleno apogeo y ella lo sufría. Además, había participado en la guerra de España y seguro que le dolerían profundamente sucesos como los de Barcelona de mayo de 1937. Lo que Weil viene a decir es que, sin partidos, “los candidatos no dirán a los electores: ‘Tengo tal etiqueta’ –lo que, prácticamente, no dice en rigor nada al público sobre su actitud concreta respecto a los problemas concretos–, sino: ‘Pienso tal y tal y tal cosa respecto de tal y tal y tal problema’”, y “los electores se asociarán y se disociarán según el juego natural y cambiante de las afinidades”.

25 años del fin de la URSS. Así lo percibí entonces

ultimo-imperio_plokhy-1

Ilustración de la portada del libro de Serhii Plokhy ‘El último Imperio. Los días finales de la Unión Soviética’ (2014).

Se cumplieron ayer 25 años del fin de la Unión Soviética. El 8 de diciembre de 1991 los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaban el Tratado de Belavezha que declaraba la Unión Soviética disuelta y se establecía la Comunidad de Estados Independientes (CEI) en su lugar. Este texto –que forma parte de un artículo más amplio titulado “El mundo dividido (1945-1991) y me fue encargado para el libro Historia del mundo contemporáneo (Materials Crurriculars Batxillerat)– está escrito por esas fechas, a finales de 1991, en pleno de proceso de disolución de la URSS, si bien el libro se editó en 1993. Hoy he decidido rescatarlo y reproducirlo tal cual, añadiendo simplemente esta nota explicativa pues considero que el lector debe estar advertido de tal circunstancia.

A finales de la década de ochenta e inicios de los noventa, Europa se nos muestra muy distinta de cómo era al finalizar la Segunda Guerra Mundial. (…) La URSS ha pasado de ser una superpotencia a su desaparición como Estado; Occidente, de la ilusión de la ilusión de conseguir un Estado de bienestar generalizado a aceptar que no hay de todo para todos y que hay que distribuir lo que se tiene, aunque haya notables diferencias entre la forma de hacerlo y las prioridades a tener en cuenta. El sistema político ha experimentado notables convulsiones: los partidos socialdemócratas han visto cómo se reducía poco a poco su esfera de poder y han pasado a la oposición a pesar de –o tal vez por– la adopción de políticas moderadas y de centro, mientras que los partidos liberales y neoconservadores gobiernan en la mayor parte de Occidente y parecen cobrar auge en las antiguas democracias populares. Separar, no obstante, la política de la economía es tarea cada día más difícil cuanto mayor es el peso de las fuerzas supraestatales, que limitan la acción de los gobiernos en sus respectivos países. Por otra parte, hay un resurgir del nacionalismo, especialmente en los países del antiguo bloque oriental, en contraposición con la idea europea de poner en marcha procesos supranacionales de organización. Además, las migraciones del Este y del Sur hacia Occidente aumentan día a día, la población sigue creciendo –6.000 millones de individuos poblarán el planeta a finales de siglo–, los recursos energéticos son a todas luces insuficientes para satisfacer la demanda existente y nadie parece contar con soluciones claras para resolver estos problemas.

El presente se nos muestra tremendamente cambiante y las consecuencias de lo que hoy ocurra determinarán el futuro de la humanidad, un futuro incierto ante tan complejos y variados problemas como hoy tiene. El desenlace de dos procesos en curso –la evolución de los países del antiguo bloque oriental y la posible unión europea– van a ser claves.

La caída del comunismo como sistema de Gobierno

La perestroika de Mijaíl Gorbachov significó el intento de poner en marcha de nuevo un sistema estancado durante muchos años. Si bien sus intenciones iniciales no iban más allá de mejorar los mecanismos económicos, repercutió en todos los aspectos de la vida de la URSS y empezó un proceso cuyo desenlace, hoy por hoy, nadie alcanza a vislumbrar. El propio Gorbachov reconocía en una conferencia pronunciada en la Sorbona con motivo de su visita a París en 1989 que “la compaginación del socialismo con la democracia demostró ser mucho más difícil y contradictoria de lo que nos habíamos imaginado” y definía así “la esencia de la reforma política: restablecimiento de la plenitud del poder de los Consejos, es decir, desplazamiento del poder del monopolio ejercido por el Partido Comunista a las asambleas elegidas, elecciones auténticamente libres sobre la base de la competición, liberación de toda la vida social de dogmas y prohibiciones, glasnost, obligación real de rendir cuentas por parte de los órganos ejecutivos e independencia de los tribunales”.

Sin embargo, la reforma de Gorbachov era una reforma desde arriba y llegaba en un momento en que el sistema había perdido ya su credibilidad y la población podía empezar a moverse porque ni siquiera el Ejército se libraba del clima general de desconcierto. Ciertamente, Gorbachov no contaba con la alianza de todas las fuerzas opositoras como le ocurrió a Jruschov, pero no por ello dejaba de tener muchos elementos en contra. Por una parte, tropezaba con el desengaño y la desilusión de amplias capas de la población que querían resultados inmediatos y no veían en los reformistas otra cosa que burócratas ilustrados del Partido que seguían controlando el Estado. Así pues, la reforma de Gorbachov carecía del apoyo popular necesario (…). Por otra parte, las dificultades para acceder a una economía con un mayor peso del mercado eran enormes dado el nivel de obsolescencia a que había llegado la industria soviética y la imposibilidad de efectuar reformas radicales en un sistema que no concebía situaciones de desempleo y que, por tanto, no sabía qué hacer con los obreros que sin duda sobrarían en las empresas si tales reformas se llevaban a cabo.

Los acontecimientos se precipitaron a raíz del intento de golpe de Estado de agosto de 1991 y la reforma se desbordó hasta el punto de acabar con la propia Unión Soviética como Estado, algo que no entraba en ningún momento en los planes de Gorbachov. El proceso que ahora se pondrá en marcha significará el final del comunismo como forma de gobierno, llegándose a la disolución de los principales órganos de poder: PCUS, KGB, Soviet Supremo… Los nacionalismos, por su parte, se beneficiaron de esta situación y la URSS acabó desmembrada tras la proclamación unilateral en muy poco tiempo de la independencia de la mayoría de las quince repúblicas de este Estado multiétnico. Borís Yeltsin, presidente de la Federación Rusa, que adquiere gran popularidad con motivo del golpe, aparece como el hombre fuerte de una nueva Unión que se constituirá ahora mediante la decisión soberana de las repúblicas que así lo deseen.

En un sistema tan dependiente de Moscú como era el de las democracias populares (…) los acontecimientos de la URSS provocaron una reacción en cadena que acabó con las relaciones de poder existentes. Además, muy pocos parecían ya interesados en defender el sistema y ni siquiera se recurrió, como en otras ocasiones, al Ejército, igualmente sumergido en una situación caótica, que se había agravado, entre otras cosas, por experiencia de la guerra de Afganistán.

Las tensiones internas afloran con rapidez en las distintas democracias populares y poco a poco van cayendo los distintos gobiernos. En Polonia se produce en 1988-1989 un resurgir del sindicalismo nacional y católico de Solidaridad y una progresiva radicalización de las bases, que quieren reformas radicales. Las elecciones que se celebran en abril de 1989 suponen un aplastante triunfo para Solidaridad y el presidente Jaruzelski encarga formar Gobierno a Mazowiecki (católico militante y consejero de Walesa) ante la sorpresa general. En Hungría son los propios comunistas los que intentan reformar el sistema con medidas económicas tendentes a la privatización y la legalización de los partidos políticos, llegando incluso hasta la autodisolución del Partido Comunista Obrero Húngaro. Un año después que en Polonia también aquí se celebrarán elecciones, de las que saldrá vencedor el recién constituido Foro Democrático Húngaro (una heterogénea mezcla de comunistas reformistas, cristianos, nacionalistas e intelectuales). En otros países, como Checoslovaquia, la más occidentalizada de las democracias populares, el cambió se producirá sin grandes sobresaltos. Es lo Václav Havel ha denominado “revolución de terciopelo”: los acuerdos del Foro Cívico con los sectores moderados y reformistas del aparato desembocan en una democracia pluralista de economía de mercado.

Sin embargo, en los Balcanes (Bulgaria, Rumanía, Yugoslavia) los problemas serán mayores. Aquí, el comunismo goza de un mayor arraigo social y no tan poca estima popular y son muchas veces los intentos por hacerse con el poder los que protagonizan el cambio. Posiblemente este es el caso de Rumanía, donde no están claros los intereses que acabaron, tras una simulación de juicio, con la vida de Ceaucescu. Por otra parte, estos países están menos cohesionados a causa de sus diferencias étnicas, por lo que el proceso que se desencadena en 1989 reabre viejas heridas y hace que renazcan los nacionalismos agresivos hasta el punto de provocar una cruenta guerra civil entre las distintas minorías (serbios, croatas, eslovenos, musulmanes) que integraban un país como Yugoslavia, formado artificialmente tras la Segunda Guerra Mundial.

En estos estados multinacionales fue el propio proceso revolucionario el que desencadenó las tensiones nacionalistas. En cambio, en otro Estado no multinacional, pero también totalmente artificial, como fue la República Democrática Alemana, el deseo de pertenecer a una nación más amplia acabó con el régimen de gobierno comunista. La RDA parecía la más sólida de las democracias populares. Desde 1953 no se habían dado estallidos violentos y la población disfrutaba de un aceptable nivel de bienestar, lo que no obviaba que esta pudiera apreciar las grandes diferencias de su nivel de vida con respecto al de la República Federal Alemana (RFA). Solo así se explica que en el verano de 1989 los turistas de la RDA de vacaciones en otras democracias populares comenzarán a refugiarse en las embajadas de Alemania Occidental en Budapest y Praga, así como en la representación permanente de la RFA en Berlín Oriental. El gran número de refugiados hizo que el gobierno de Bonn tuviera que cerrar las embajadas hasta que, por fin, en septiembre, el nuevo gobierno reformista húngaro autorizó la salida general de los ciudadanos de la RDA de su país. No deja de ser sintomático el hecho de que, de las 343.854 personas que en 1989 pasaron de la RDA a la RFA, el 86 por cien tuviera estudios medios y el 24 estudios superiores, como también lo es, por otra parte, que en Alemania Oriental un 60 por cien de la población tuviera televisión y automóvil y un 15 poseyera, además, una segunda residencia.

Las multitudinarias manifestaciones que desde este momento se produjeron provocaron la caída de Honecker (octubre de 1989) y la apertura del Muro de Berlín un mes después. El camino de la reunificación estaba abierto. El propio Kohl presentó en noviembre al Bundestag un conjunto de diez puntos para “recuperar la unidad estatal de Alemania” que, a pesar de contar con el rechazo de la oposición y de destacados intelectuales como Günter Grass y con las reticencias de Francia y Gran Bretaña, contarán con el beneplácito de Gorbachov y despertarán el entusiasmo de los ciudadanos de la RDA. En septiembre de 1990 se reunían en Moscú los ministros de Asuntos Exteriores de la RFA y de las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial (Unión Soviética, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) y el presidente de la RFA, Lothar Maizière, para firmar el Tratado sobre la regulación final respecto a Alemania, que entró en vigor el 3 de octubre de ese mismo año.

Todos estos cambios no han supuesto el fin de los problemas económicos ni una mayor estabilidad política y social. Sigue estar claro cómo efectuar el paso de una economía planificada a una economía de mercado. Ello conlleva grandes sacrificios para la mayoría de la población, que, además, no ve que estos se correspondan con una mejora sustancial de sus condiciones materiales de vida. Por otro lado, la rapidez con que se formaron algunos partidos y movimientos de oposición, así como la falta de experiencia y tradición políticas, hacen aumentar la inestabilidad y provocan serias rupturas que pueden tener graves consecuencias (caso de Solidaridad ante el estilo autoritario y populista de Walesa para conseguir la presidencia de Polonia o del conflicto entre Yeltsin y el Parlamento que vive Rusia en estos momentos). (…) Europa ya no será como era hasta 1990.