Cazadores de experiencias

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Hay quienes se consideran tan buenos conocedores de experiencias que se creen en la obligación de transmitir su pericia a los demás y que, así, no carezcamos de referentes en quién mirarnos de manera fácil, sin que ni siquiera hagan faltan los sentidos para ello. Hay quien escribe su experiencia, aunque fantasea sobre ella, haciendo que de ese modo pueda él creerse también las grandes mentiras que ha vivido. Escriben novelas, o poesías; ensayos también. Algunos, más pretenciosos, en cambio, convierten todo lo que pasó en historia. Investigan, saben, conocen lo que sucedió, o eso sostienen. Vanidad y jactancia. Solo los comprenden los ya avezados. Se escribe para los que saben escribir, para los que saben descifrar. Los únicos que les entienden son los ya entendidos, los vencedores. Los derrotados nunca se enteran y siguen siendo derrotados, aunque imiten, aunque mimeticen. Sus vidas son contadas a los vencedores. Con total impunidad. A los dueños de la experiencia. Bendiciones mil de las instancias oficiales y académicas. Una forma como otra de lavar conciencias, advertencias de lo que pudo suceder para que no ocurra de nuevo, sentimientos ajenos de los que nos apropiamos y diluimos en nuestra miseria, sabedores de que siempre seremos menos miserables que los miserables de los que se cuentan sus historias. Al fin y al cabo ellos nunca lo leerán.

Reflexiones / 25

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Policías macedonios cargan contra los refugiados en el campo de Idomeni, en la frontera entre Grecia y Macedonia / AFP.

Si alguna vez que creímos que progresivamente aumentaría el número de personas que disfrutarían los beneficios de un mundo que decía caminar hacia la libertad y la tolerancia, un mundo en el que ir de un país a otro era tan simple como tomar un billete y en el que no había preocupación alguna de persecuciones policiales ni se exigía pasaporte, es más que obvio que nos equivocamos. Si es que alguna vez lo creímos.

Wrapped (Naturaleza y civilización)

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Fotograma de “Wrapped”.

Wrapped es un cortometraje ideado y realizado este mismo año (2016) por Roman Kaelin, Falko Paeper y Florian Wittmann como trabajo de graduación en la Academia de Cine de Baden-Wuerttemberg (Alemania) que ahonda en el choque entre civilización y naturaleza. En él –explican los creadores en la página dedicada a Wrapped– “se exploran los efectos del tiempo y del cambio centrándose en los ciclos de un mundo aparentemente sin fin. El deterioro de una cosa constituye el nacimiento de otra. Este hecho cobra nuevas dimensiones cuando inesperadas fuerzas de la naturaleza chocan con las estructuras de nuestra civilización”.

Aunque dura solo cuatro minutos, son suficientes para que –de la mano de unos fantásticos efectos especiales– a través de la retina en nuestra mente se aloje una desasosegante reflexión: ¿llegará el día en que la naturaleza ‘se rebele’ y, como sucede en el corto, ‘se apodere’ del mundo? ¿Es este un mundo que se destruye a sí mismo?

Ya en 1934 preguntaba, y se preguntaba, Lewis Mumford en su obra Técnica y civilización: “¿De qué sirve conquistar la naturaleza si nos convertimos en presa suya bajo la forma de hombres sin freno?”. De nada evidentemente, como podemos comprobar día a día. Hemos olvidado –conscientemente– que formamos parte de ella. Creemos que nos pertenece, como si existiera un medio ambiente natural independiente del ser humano. Puede que el fin de la humanidad tarde mucho en llegar, pero el de la civilización tal como la conocemos –tal como la hemos construido– es posible que no tanto. Y mientras aquí seguimos, aceptando como la única posible una sociedad somnolienta, sugestionada e hipnotizada, mutante, dispuesta adaptarse a toda situación y circunstancia, supeditada voluntariamente a intenciones ajenas con las que identificarse al haberse quedado sin identidad alguna, sin su propia naturaleza.