Al fin, la meta

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Logan Zyllmer (2014).

No deja de ser una incongruencia: seguimos siempre por el mismo camino, deberíamos conocerlo bien y en consecuencia saber sortear los obstáculos que se presentaran con relativa facilidad. En cambio, cada vez cuesta más transitar por él y ya no advertimos ni sendas ni atajos. Tampoco sabemos si llegaremos a la meta o nos detendremos agotados y agostados. Caminar, solo caminar, sin rumbo fijo, vagar, aventurarse en el mundo, descubrir y descubrirnos, es cada día más complicado, especialmente a medida que vamos dándonos cuenta que tomemos la vía que tomemos atravesaremos los mismos lugares con decorados diferentes, encontraremos las mismas personas aunque con rostros distintos, experimentaremos las mismas cosas bien que en otros escenarios, y si la desesperanza no nos puede antes, al final llegaremos a ver la pancarta en que figura con grandes letras la palabra meta. Algunos pueden que vislumbren la meta pocos metros antes, otros centenares de metros antes, algunos kilómetros. En todo caso les servirá para cerciorarse que por fin han llegado, aunque atravesada la pancarta adviertan un paisaje del todo distinto al que creían que iban a encontrar dominado por la oscuridad. También hay quienes no consiguen ver indicador alguno de la cercanía a la meta y en el instante menos esperado se dan cuenta de que ya han llegado y de que nadie les recibe, hasta que los organizadores de la carrera perciben su presencia y les entregan la mortaja.

Vivir con miedo

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Siempre he asociado al miedo a la autoridad, o al principio de autoridad. Nada excepcional por otra parte, pues todo poder ha de instalarse en él. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por él concedidas que creemos que son nuestras, sin sobrecogerse ante las múltiples e infinitas posibilidades con que cuenta para destruirnos, sea un dios, un representante suyo, sea el dinero, o un representante suyo. Vivir con miedo es asegurarse la existencia en un mundo exageradamente timorato, asustadizo de por sí. El miedo acompaña en todas las acciones a quienes no tienen poder, a la mayoría pues. De él no se puede escapar ni en sueños, por eso todos queremos ser poderosos. “Este mundo se compone de vulgo, el cual se lleva de la apariencia, y solo atiende al éxito”, dijo Maquiavelo tiempo ha. El pensamiento individual no es más que una rémora que dificulta todo progreso cuando no está a su servicio.

Puteadores y puteados

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Dibujo de 1883 publicado en la revista humorística estadounidense “Puck”.

El progreso –o eso que llaman progreso desde una visión unidireccional de la historia– lejos de hacernos más libres, nos ha esclavizado cada vez más. Día a día aumenta la infelicidad, es el infortunio de un existir vacuo, ajeno y extraño a las voluntades, disfrazado de metáforas y alegorías, un mundo de ilusión, que no ilusionante, de imágenes perfectamente encuadradas sobre selección previa de sus distintas maneras de ser representada. No somos por nosotros mismos, no existimos más allá de la consideración de los demás. Es en el desorden y la desigualdad que sentimos reconocer otros semejantes y, lo más importante, el ánimo se reconforta al ver que la situación de muchos es peor que la nuestra. En ese momento creemos no formar parte de los más, de aquellos que saben, aunque no siempre lo quieran reconocer, que el destino reservado a todos ellos es el mismo: conformarse si no quieren ser tachados de agitadores, resignarse a lo que la suerte les ha deparado o ser excluidos, cuando no destruidos, por antisociales, locos, violentos o subversivos, pues únicamente han de tener por horizonte ser sumisos, obedientes, han de acatar –es por su bien– las decisiones de quienes hacen y deshacen, delegando sus acciones en los representantes de un pasado reinventado bajo la forma de la apariencia y el espectáculo, los especialistas en hacer real lo ficticio mediante lo que ellos llaman política, los encargados de hacer que se respete una realidad despreciable que dicen representar en instituciones cuyo prestigio viene definido por su mayor o menor servilismo hacia los definidores, los que nos dicen qué es lo permitido, pero no lo posible, los inventores de la falsa contestación, del silencio, la inacción, los que aseguran la vida organizada, fragmentada, los perpetuadores de la tradicional división del mundo entre puteadores y puteados.