Marihuana

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Un sadhu (asceta hindú) fumando marihuana en el templo Pashupatinath (Katmandú, Nepal) / Getty Images.

Las drogas han existido siempre y todas las civilizaciones y culturas las han usado para distintos fines: en rituales, ceremonias religiosas y profanas, como medicina y, por supuesto, con objetivos meramente lúdicos. Con el auge de las religiones monoteístas se consideró que estas alteraban la mente y comenzaron a ser demonizadas. En tiempos de la Inquisición se creía que la mandrágora o la belladona –plantas que pueden llegar a tener efectos alucinógenos– eran las que hacían volar a las brujas. Y a la hoguera que iban las pobres. Hasta entonces el consumo de drogas era una cuestión moral. En el siglo XIX, de la mano del Romanticismo, se produce una liberalización de las costumbres y en la prensa de la época encontramos anuncios de todo tipo de sustancias que luego se prohibirían. Entre ellas, por supuesto, la marihuana, que es la sustancia psicoactiva de la que queremos hablar en esta entrada.

¿Por qué se prohibió? Entre otros motivos, están los intereses de la industria textil, que en la década de 1930, tras el descubrimiento de fibras sintéticas como el nailon, el cáñamo –planta de la que se obtiene (aunque la de uso industrial tiene una muy baja concentración de aceites ricos en THC, principal constituyente psicoactivo del cannabis)– el cáñamo era un firme competidor. Pero también el cáñamo industrial se consumía fumado o en infusión. No eran tantos sus efectos pero algo hacía. En mi pueblo, Muro d’Alcoi, al norte de la provincia de Alicante, donde la industria del cáñamo tuvo cierta importancia desde finales del siglo XVIII hasta principios del XX, en la memoria popular queda constancia de su presencia y de su uso como estupefaciente. Así, la expresión dur un canyamó es una frase coloquial que equivale a decir que uno va “colocado”.

La razón última de su prohibición, no obstante, estriba en que la marihuana tiene efectos liberadores y ello hace más difícil la docilidad y la sumisión. Placer y trabajo, placer y moral, siempre han estado reñidos. No es la ‘salud pública’ la que preocupa, es la del trabajador, que ha de estar en condiciones para producir. El riesgo de la marihuana no puede ser otro que el derivado del hecho de que los consumidores se sientan mejor, más felices, más propensos al placer y más reticentes a las férreas disciplinas laborales a cambio de míseros salarios y los abusos de la autoridad.

Por supuesto, el consumo de la marihuana continuó –y continúa– desde que se prohibió este en 1937 en Estados Unidos (Marihuana Tax Act) y luego fue extendiéndose al resto de países. Harry J. Anslinger, impulsor de la ley, alegaba como razones para su prohibición las siguientes (entre otras).

“Hay unos 100.000 fumadores de marihuana en los Estados Unidos y la mayoría son negros, hispanos, filipinos y artistas. Su música satánica, el jazz y swing, es resultado de su consumo de marihuana. La marihuana hace que las mujeres blancas busquen relaciones sexuales con negros, artistas y cualquier otro”.

“La razón primaria para prohibir la marihuana es su efecto en las razas degeneradas”.

“La marihuana es una droga adictiva que produce en sus usuarios locura, criminalidad y muerte”.

“La marihuana hace que los oscuros crean que son tan buenos como los blancos”.

“La marihuana lleva al pacifismo y el lavado de cerebro comunista”.

“Si fumas un porro, es probable que mates a tu hermano”.

[frases sacadas del artículo “Historia de la ilegalización del cannabis”. Se puede encontrar en internet en diversas páginas]

La prohibición, obviamente, como ya ocurriera con la del consumo de alcohol durante la ley seca, no frenó su consumo. Las razones en que se apoyaba –por mucho que se les haya querido dar después una pátina científica– con el tiempo han mostrado injustificadas e indefendibles. Además, desde el punto de vista terapéutico se ha probado que sus efectos beneficiosos para la salud son múltiples. Por ello, algunos países han comenzado a cambiar la legislación al respecto. En Holanda se permite su compra y consumo en pequeñas cantidades a través de los coffee-shops. También en los estados norteamericanos de Colorado y Washington. En Uruguay es legal su venta y cultivo. También en Corea del Norte. Otros países –como Suiza, Alemania, Bélgica, España y Portugal– han despenalizado su consumo, aunque no su tenencia. Y poco más.

Las voces a favor de una legislación más permisiva inciden especialmente en los beneficios de la marihuana con fines medicinales. Pero no es del uso terapéutico de lo que quiero hablar, sino de su uso lúdico. Ese es, en última instancia, el que realmente impide que se legalice la marihuana a todos los efectos. Para defender la libertad de cada uno a consumirla cuándo y cómo le venga en gana recurriré al pensador y filósofo Antonio Escohotado. Conocido por sus posiciones antiprohibicionistas, es autor –dentro de una vasta producción– de Historia general de las drogas (1983, 3 vols.) y El libro de los venenos (1990), un pequeño vademécum personal, histórico y científico de aquellas sustancias comúnmente denominadas drogas.

Escohotado afirma –no solo él, dicho sea de paso– que la toxicidad de la marihuana fumada es insignificante. “No se conoce ningún caso de persona que haya padecido intoxicación letal o siquiera aguda por vía inhalatoria, dato que cobra especial valor considerando el enorme número de usuarios cotidianos”. Y eso que alguna de la que se vende es de dudosa calidad, especialmente la transformada en hachís (la resina). Sin embargo, cuando es de calidad “cabe esperar claros cambios en la esfera sensible. Se captan lados imprevistos en las imágenes percibidas, el oído –y especialmente la sensibilidad musical– aumentan, las sensaciones corporales son más intensas, el paladar y el tacto dejan de ser rutinarios”. Ello nos desinhibe, y cuando alguien se desinhibe se libera de temores. He aquí el “peligro”. Incitar a la persona a hacer cosas que siempre quiso hacer y no se atrevió.

“Como fármaco recreativo –prosigue Escohotado–, la marihuana tiene pocos iguales. Su mínima toxicidad, el hecho de basta interrumpir uno o dos días el consumo para borrar tolerancias, la baratura del producto en comparación con otras drogas y, fundamentalmente, el cuadro de efectos subjetivos probables en reuniones de pocas o muchas personas, son factores de peso a la hora de decidirse por ella. Promociona actitudes lúdicas, a la vez que formas de ahondar la comunicación, y todo ello dentro de disposiciones desinhibitorias especiales, donde no se produce ni el derrumbamiento de la autocrítica (al estilo de la borrachera etílica) ni la sobreexcitación derivada de estimulantes muy activos, con su inevitable tendencia a la rigidez. A esos efectos, el inconveniente principal son los ‘malos rollos’ –casi siempre de tipo paranoide– que pueden hacer presa en algún contertulio. Sin embargo, esos episodios quedan reducidos al mínimo entre usuarios avezados, y se desvanecen fácilmente cuando los demás prestan a esa persona el apoyo debido”. ¿Y si se fuma en soledad? En este caso, dice Escohotado, “el lado a mi juicio más interesante es lo que W. Benjamin llamó ‘un sentimiento sordo de sospecha y congoja’, gracias al cual penetramos de lleno en zonas colmadas por lucidez depresiva. El entusiasmo inmediato, tan sano en sí, suele contener enormes dosis de insensatez y vanidad, que se dejan escudriñar bastante a fondo con ayuda de una buena marihuana. Por supuesto, muchas personas huyen de la depresividad como del mismo demonio, y considerarán disparatado buscar introspección en sustancias psicoactivas. Pero otros creen que convocar ocasionalmente la lucidez depresiva es mejor que acabar cayendo de improviso en una depresión propiamente dicha, cuando empieza a hacer aguas la frágil nave de capacidad y propia estima”.

Concluyendo: la marihuana apenas es tóxica, no nos lleva a la irrealidad (todo lo contrario), agudiza los sentidos, no dificulta la atención ni distorsiona la percepción, incrementa la sensibilidad, nos libera de ataduras, refuerza la introspección (otra cosa es que uno tema enfrentarse a sí mismo), relaja y tranquiliza, desinhibe, no aísla, y, por supuesto, no conduce a la toma de otras drogas que sí son dañinas (o más dañinas; hasta el agua puede ser dañina si toma en exceso).

Servidor de ustedes lleva años fumando habitualmente marihuana. Buena, eso sí. Durante esos años –y entre otras cosas– he escrito y publicado varios libros, he dirigido obras colectivas (entre ellas la Gran Enciclopedia de la Comunidad Valenciana, que consta de 18 volúmenes y en la que colaboraron más de doscientas personas) y una revista (Taller d´història), he pronunciado conferencias y charlas, he participado en congresos y seminarios, realizado excavaciones arqueológico-industriales, he trabajado en un museo (el de Etnología de Valencia, donde sigo) y he sido profesor universitario.

Fumar marihuana no me ha impedido llevar a cabo todo ello. Jamás he tenido ningún problema ni nadie ha manifestado la menor queja acerca de mi comportamiento profesional. ¿Qué a usted no le sucede esto? Pues es muy fácil: no fume. Pero que nos dejen en paz a quienes consideramos que es una fuente placer y lucidez que incluso puede llegar a enriquecernos vitalmente. Es una cuestión de responsabilidad individual. Ahora bien, si uno tiene una vida miserable la marihuana no lo solucionará. En este caso, mejor olvidarla.

Silencioso asesinato en masa

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“Un niño que muere de hambre muere asesinado”. Son palabras de Jean Ziegler, Relator Especial de ONU para el Derecho a la Alimentación entre 2000 y 2008 y, actualmente, vicepresidente del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Las dijo en una entrevista al diario El País que se publicó el 9 de mayo de 2005.

Han pasado once años y no han perdido vigencia. Todo lo contrario. El periodista y escritor argentino Martín Caparrós, en su libro El hambre (2014), se hace eco de las grandes cifras de esta vergüenza: cada cinco segundos un niño de menos de diez años muere de hambre en un planeta que sin embargo rebosa de riquezas, cada día mueren en el mundo 25.000 personas por causas relacionadas con el hambre, más de 800 millones de personas pasan hambre en el planeta Tierra, un niño de menos de cinco años que no come suficiente habrá perdido su oportunidad para formar las neuronas necesarias y nunca será lo que podría haber sido. El problema del hambre –y la paradoja– “no  no es el desarrollo, sino quién lo controla. Es un problema político”.

En ello incide también Ziegler. El aumento global del precio de los alimentos está llevando –dice– a un “silencioso asesinato en masa” en los países más pobres del mundo. “La monopolización los ricos en la tierra” es responsable directa de las hambrunas que periódicamente se dan en los países pobres. “El hambre no ha sido cosa del destino desde hace mucho tiempo. Más bien hay un asesinato detrás de cada víctima. Es un silencioso asesinato en masa”, afirma Ziegler, quien añade: “Tenemos una multitud de empresarios, especuladores y bandidos financieros que han convertido en salvaje un mundo de desigualdad y horror”.

Así las cosas, el economista, periodista y activista inglés Raj Patel –autor de un espléndido libro titulado Obesos y famélicos. El impacto de la globalización en el sistema alimentario mundial (2008)– escribe: “El sobrepeso es un síntoma y una consecuencia de la manera en que se producen los alimentos. El sistema actual de producción y el consumo alimenticio están sobre la base del capitalismo. Las empresas tienen todos los motivos del mundo para incitarnos a comer más y para ello utilizan nuestras ansias. (…) Nos cuentan que el sobrepeso es una cuestión individual. (…) no es una cuestión individual, sino social. (…) los países pobres no tienen ningún modo de controlar lo que comen (…) Los Gobiernos podrían intentar controlar los precios y aplicar políticas que nos ayuden a comer de un modo más saludable, apoyando la agricultura sostenible, por ejemplo. Pero básicamente hay que romper con los oligopolios”.

El problema no es, pues, la falta de alimentos. Producimos en cantidades suficientes para alimentar a toda la población mundial. El problema es su distribución, como todo en manos de unos pocos.

Es por esta razón que el problema hambre, como decía Martín Caparrós, no es el desarrollo, sino quién controla la distribución de los alimentos. En la actualidad, solo diez multinacionales tienen el oligopolio de los alimentos en el mundo. En consecuencia, el problema afecta también a los países desarrollados. Según un informe de Intermon Oxfam de diciembre de 2015, en España los más castigados por la pobreza y el hambre son los más vulnerables: los niños. Uno de cada cuatro vive en situación de pobreza y el 39% de la población infantil tiene carencias serias en su dieta, sobre todo de carne y pescado por su elevado precio. Casi tres millones de niños viven en riesgo de exclusión social o extrema pobreza, es decir, el 33,8% de la población infantil (en 2008 eran menos de 2 millones).

Triste, muy triste.

Arabia Saudí

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El presidente de EEUU, Barack Obama, saluda al rey Salman de Arabia Saudí al inicio de su reunión en Riad el 20 de abril de 2016. / Jim Borg (Reuters).

La fotografía que encabeza este artículo es menos efectista que otras muchas que hubiéramos podido colocar en su lugar sobre Arabia Saudí, como las que recogen castigos físicos en público (desde latigazos a decapitaciones e incluso crucifixiones) o las constantes vejaciones a que son sometidas sus mujeres. Sin embargo, a mi juicio, refleja mucho mejor la represiva situación del país saudita, o más bien las causas últimas que explican su persistente inobservancia los derechos humanos.

Estos –como denunciaba Amnistía Internacional a principios del año en curso– son objeto de toda clase de violaciones: aplicación de pena de muerte y de penas crueles e inhumanas, persecución a activistas de derechos humanos, prohibición absoluta de concentraciones públicas, discriminación sistemática contra la mujer, torturas a los detenidos, deportaciones masivas de trabajadores inmigrantes… Todo un rosario de flagrantes quebrantamientos de los derechos humanos tan sobradamente conocidos como tolerados.

¿Cómo es posible que la presión internacional por parte de los países regionales y las potencias internacionales sea prácticamente nula? O nula del todo. Declaraba hace poco Noam Chomsky que “Arabia Saudí tiene uno de los historiales más grotescos del mundo en lo que a derechos humanos se refiere. (…) creo que Arabia Saudí es el único país del mundo donde se practican decapitaciones de forma regular. Eso no es todo. Las mujeres no pueden conducir, entre muchas otras cosas. Y Arabia Saudí está fuertemente respaldada por Estados Unidos y sus aliados, Gran Bretaña y Francia. ¿Cuál es la razón de esto? Tiene mucho petróleo. Tiene mucho dinero. Se les puede vender una gran cantidad de armas, creo que miles de millones de dólares en armas. Y las acciones que están llevando a cabo, por ejemplo, en Yemen (…) están provocando una inmensa catástrofe humanitaria en un país muy pobre, y también está estimulando el terrorismo yihadista a nivel global, naturalmente, con armas estadounidenses y británicas. Francia también está tratando de formar parte de esto. Esta es una historia muy desagradable. (…) Ha sido una fuente de graves problemas globales, una sociedad horrible en sí misma, en muchos sentidos… y EEUU y sus aliados, así como Gran Bretaña antes que ellos, han estimulado el desarrollo de estos islamistas radicales a lo largo de todo el mundo islámico durante mucho tiempo”. (Traducido por Linda Artola y editado por Democracy Now! en español: democracynow.org/es, 5 de agosto de 2016).

También España mantiene excelentes relaciones diplomáticas –un tanto enfriadas ahora, pero solo de cara a la galería– con el régimen saudita. Así, en enero el rey de España, Felipe VI, acompañado por el ministro de Defensa, viajó a Riad para  expresar personalmente sus condolencias por la muerte del rey Abdalá. Y es que la monarquía española ha mantenido muy buenas relaciones con la dictadura saudí, especialmente el rey emérito Juan Carlos de Borbón.

¿Por qué todo esto? Lo explicaba Chomsky con su habitual lucidez. Pero es que, por si fuera poco, es más que obvio que hay una financiación encubierta de Daesh por parte de importantes familias cercanas a los gobiernos de Arabia Saudí, Qatar o Kuwait, que estos hacen la vista la gorda y que no son pocos los gobiernos y empresas occidentales los que realizan negocios con ellos. Sin embargo, los gobiernos de Estados Unidos, Reino Unido y Francia firmaron acuerdos de suministro de armas a Arabia Saudí por valor de miles de millones de dólares, pese a los indicios crecientes de que la coalición dirigida por el país había utilizado armas de naturaleza similar para cometer en Yemen crímenes de guerra y otras violaciones graves del derecho internacional. También España. Una noticia publicada en el diario El País el pasado 31 de julio señalaba que “la monarquía saudí sigue siendo el mejor cliente fuera de Europa de la industria española de Defensa. Ya lo era en 2014, pero el año pasado creció en términos absolutos (250 millones más) y porcentuales (pasa del 9,1 a casi el 15% del total). Si se suman los demás reinos del Golfo (Omán, Bahrein, Emiratos, Catar y Kuwait) las compras de armas españolas llegaron a 715 millones”.

¿Y la opinión pública? No sabe, no contesta. Entre los diez problemas que más preocupan a los españoles según una reciente encuesta del CIS desde luego no aparece. Preocupa mucho más la posible independencia de Catalunya por ejemplo (a un 0,2% de los encuestados).