Exijo mi parte

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Viñeta del colombiano Matador (Julio César González).

No quiero trabajar más de cuatro horas, cinco como mucho, al día. Quiero que por ello se me retribuya –también a todos los demás– lo suficientemente bien como para no tener que preocuparme por mi futuro ni el de mis descendientes, ni del de nadie más. Quiero disponer de tiempo para disfrutar y poder hacerlo sin impedimentos de carácter económico. Quiero tener los mejores servicios sanitarios sin tener que pagar nada por ello, ni por los medicamentos en caso de que los necesite. Quiero una vivienda digna sin tener que hipotecarme o estar pagando un alquiler que se lleve buen parte de mi salario, y que el agua y la luz sean gratuitas, y la enseñanza, y que esta sea excelente, y… Y tantas cosas que esto parece que sea la carta a los Reyes Magos. Sin embargo, nada más lejos. Ese “quiero” no es una petición, es una exigencia. Lo que quiero, lo exijo. Exijo mi parte. Ya.

¿Que no puede ser? ¿Cómo que no puede ser? Claro que sí. Hay suficiente riqueza en este mundo para todo ello y para mucho más. ¿Qué está mal repartida? Pues que se reparta adecuadamente. A mí siempre me enseñaron que lo que está mal hay que corregirlo.

Es bien conocido el poema que escribió en 1934 Bertolt Brecht cuando estaba exiliado en Dinamarca “Preguntas de un obrero ante un libro”. Aquel en el que el obrero pregunta, nos pregunta, quiénes en realidad hicieron posible los grandes logros de la historia. ¿Únicamente quienes los decidieron y ordenaron? ¿Ellos solos? ¿No necesitaron de obreros para construir sus magnas edificaciones?, ¿de soldados en sus guerras y conquistas? Pero, en los libros de historia, dice Brecht, solo figuran los nombres de los reyes y demás mandatarios.

Nada ha cambiado: en los libros, periódicos y demás medios de comunicación, siguen figurando los ‘grandes hombres’ (y mujeres) como los verdaderos hacedores de la historia. Ahora bien –y esto ningún historiador lo cuestiona–, la historia (conjunto de hechos) la hacemos entre todos con nuestro esfuerzo y trabajo y nuestro proceder cotidiano. El pasado, por tanto, no es únicamente el de los ‘grandes hombres’ y las grandes gestas, es el pasado de los seres humanos colectivamente, en tanto que organizados en sociedades. Y ese pasado no puede aislarse en el tiempo. Sus consecuencias, sus logros, sus reveses, se prolongan hasta el presente.

Somos producto del pasado y todos somos actores, aunque no desempeñemos papel de protagonista principal. Así se reconoce incluso desde determinadas instancias políticas. Por eso se erigieron en su día las diversas tumbas al soldado desconocido, desde el monumento al Landsoldaten (soldado de infantería) de 1849 en Fredericia (Dinamarca) al de Bagdad de 1982. A ello responde el nacimiento del Estado del Bienestar, a procurar una mejor redistribución de la renta y mayores prestaciones sociales para los más desfavorecidos. Responde no sin importantes matices. ¿Se hubiera desarrollado este modelo de Estado y organización social si no hubiera existido la Unión Soviética y el bloque de países del Este? Es decir, si el común de las gentes no hubiese tenido la posibilidad de abrazar un modelo alternativo y antagónico. Ya hemos visto qué ha sucedido tras caída del Muro de Berlín.

Tal vez por ello, en la actualidad “tan solo 8 personas (8 hombres en realidad) poseen ya la misma riqueza que 3.600 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad. La super concentración de riqueza sigue imparable. El crecimiento económico tan solo está beneficiando a los que más tienen. El resto, la gran mayoría de ciudadanos de todo el mundo y especialmente los sectores más pobres, se están quedando al margen de la reactivación de la economía” (Una economía para el 99%, informe de Oaxfam de enero de 2017).

¿Cómo han conseguido acumular estos ocho hombres fortunas tan inmensas? Estos y otros muchos más que conforman la élite financiera con la aquiescencia de sus títeres del mundo empresarial, político, académico y de los medios de comunicación. ¿Ellos solos? El dinero no cae del cielo. Sin el concurso de otros agentes, sean colaboradores bien remunerados o trabajadores explotados en mayor o menor grado, ¿dispondrían de ese capital? No lo creo. Sin embargo, esa riqueza no revierte en absoluto en aquellos que, por su profesión o simplemente a causa de la necesidad, han contribuido, y no poco, a que sus poseedores lleguen a ese privilegiado estatus económico y social, sobre todo en los últimos. Pagan comparativamente menos impuestos que la mayoría de los contribuyentes. Si los pagan, pues gran parte de sus capitales se desvía hacia paraísos fiscales. Cuando fallezcan, sus hijos heredarán la fortuna; los hijos de los trabajadores, en cambio, solo heredarán un futuro más precario y desigual.

¡Pues no! ¿Qué cojones es esto? No, no y no. Quiero mi parte. Exijo mi parte. No en metálico, en bienestar material y calidad de vida, en trabajar menos y disponer de tiempo para disfrutar, en que estén cubiertas todas mis necesidades básicas y se respeten mis derechos fundamentales –que son los de la colectividad–, en no tener que preocuparme, como decía al principio, por mi futuro ni el de mis descendientes, ni del de nadie más.

Exijo mi parte y la quiero ahora. Ya está bien de componendas y de mostrarse serviles ante las élites financieras y las leyes del mercado. No somos mercancía. Tanto me da que quienes les rinden pleitesía sean la derecha de siempre, la disfrazada de moderada, la pusilánime socialdemocracia actual –o lo que queda de ella–, o esas nuevas izquierdas que con su discurso verde y de desarrollo sostenible, de medidas alcanzables, y sin una identificación clara con un nuevo sistema social –caso significativo, que no el único, es Compromís, aquí, en el País Valenciano–, terminan diluyéndose en el actual y robusteciéndolo.

Refugiados: víctimas de la indiferencia

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Refugiados sirios rescatados en el Mediterráneo por la tripulación del barco italiano Grecale, en marzo de 2014 (© ACNUR/UNHCR/Alfredo D’Amato)

¡Con lo bonito que es el color azul! El color de la serenidad, de la paz, del cielo, de los mares de aguas limpias, del espacio, del infinito, de la nostalgia, de la nobleza (de sangre y espíritu). Claro que también es el color con el que los nazis marcaban a los prisioneros migrantes, el de la División que mandó el régimen franquista en 1941 en apoyo del nazismo e incluso el preferido por muchos políticos en sus logotipos y su vestimenta. Y desde ahora es también el color de la desesperación, el infortunio y la muerte. Como si todos padeciéramos tritanopia (una disfunción visual que consiste en la carencia de sensibilidad al color azul, por lo que se denomina también dicromacia azul. Pero no, lo que padecemos es de indolencia, de indiferencia.

Este pasado domingo, 7 de mayo, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Filippo Grandi, hacía pública una declaración sobre el flujo de personas en el Mediterráneo dicho fin de semana en el que, entre otras cosas, se lee:

“Desde el viernes, hemos sido testigos de la llegada a Italia de unas 6.000 personas que han cruzado el Mediterráneo, elevando la cifra total de llegadas de este año a 43.000. Estas llegadas masivas y el hecho de que más de 1.150 personas hayan desaparecido o perdido la vida mientras intentaban alcanzar Europa en lo que va de año, ponen de manifiesto que el rescate en el mar es más importante que nunca.

La ruta del Mediterráneo central desde el norte de África a Italia es con diferencia, la que los solicitantes de asilo y los inmigrantes emplean más frecuentemente para alcanzar Europa, y ha demostrado ser particularmente mortífera. Desde principios de año, una de cada 35 personas ha fallecido en el trayecto marítimo desde Libia a Italia. Solamente en los últimos cuatro días, 75 personas han perdido la vida en ella. (…)

En 2016, las ONG rescataron a más de 46.000 personas en el Mediterráneo central, lo que representa el 26% de todas las operaciones de rescate. Esta tendencia continúa, habiendo alcanzando el 33% en lo que va de año”.

Bien mirado, nada nuevo. Por desgracia. O tal vez sí: la suerte de los refugiados es cada vez más trágica y dolorosa. Nada nuevo que no sea la progresiva dificultad de las operaciones de rescate por el empeoramiento de la calidad de las embarcaciones y el aumento de las de goma en detrimento de las de madera, embarcaciones en que los traficantes no dudan en utilizar la violencia, incluyendo el asesinato sin piedad de un joven hace unos días.

Así, tampoco es nueva la indiferencia –cuando no hostilidad– con que esta crisis humanitaria de dimensiones catastróficas es recibida por los gobiernos y los ciudadanos de los países potencialmente receptores. Los hostiles, afortunadamente, son los menos. Todavía. La cifra va en aumento. Los indiferentes, los más. Y esa indiferencia no es algo baladí. Todo lo contrario: es síntoma de que en el fondo nos importan un bledo e incluso que tememos una posible competencia material (alojamiento, empleo, etc.) y cultural (el peligro de ser “desbordados” por los extranjeros). De ese modo, la hostilidad se alimenta de nuestra apatía y se sirve de ella para, en última instancia, hacer que parezcan justificables los actos violentos y agresivos.

A estos, los indiferentes, nunca llegaré a entenderlos. No hay actitud más abyecta, más repugnante. Ninguna compasión siento por sus desgracias. Tampoco sienten ellos conmiseración alguna por los infortunios de los otros. Es más: posiblemente ni siquiera les consideren unos desdichados, pues ni siquiera los consideran.

Si alguna vez que creímos que progresivamente aumentaría el número de personas que disfrutarían los beneficios de un mundo que decía caminar hacia la libertad y la tolerancia, un mundo en el que ir de un país a otro era tan simple como tomar un billete y en el que no había preocupación alguna de persecuciones policiales ni se exigía pasaporte, es más que obvio que nos equivocamos. Si es que alguna vez lo creímos.

Que disfruten de un buen fin de semana. Si lo comparan con el que pasarán miles de refugiados, seguro que lo será.

Reloj no marques las horas

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Fotograma de la película “Metrópolis” (1927), de Fritz Lang.

“El reloj, no la máquina de vapor, es la máquina-clave de la moderna edad industrial. En cada fase de su desarrollo el reloj es a la vez el hecho sobresaliente y el símbolo típico de la máquina: incluso hoy ninguna máquina es tan omnipresente. (…) Se hubiera podido llegar al régimen moderno industrial sin carbón, sin hierro y sin vapor, pero resulta difícil imaginar que ello hubiera podido ocurrir sin la ayuda del reloj. (…) El tiempo abstracto se convirtió en el nuevo ámbito de la existencia. Las mismas funciones orgánicas se regularon por él: se comió no al sentir hambre, sino impulsado por el reloj. Se durmió no al sentirse cansado, sino cuando el reloj nos lo exigió.” (Lewis Munford: Técnica y civilización, 1934).

La necesidad del hombre por controlar el tiempo más allá de fraccionarlo entre día y noche llevó a inventar los relojes. Los primeros procedimientos destinados a conocer la hora del día se basaron en la determinación de la posición del sol respecto del horizonte. El reloj de sol más antiguo (hacia el 3500 a.C.) consistía en un palo clavado verticalmente sobre una superficie plana y horizontal sobre la que se proyectaba la sombra. Luego vendrían los relojes de arena y en el siglo XIV nacerían los mecánicos. Los primitivos relojes mecánicos estaban provistos de un mecanismo muy simple de paletas y un rudimentario oscilador. Durante los 300 años siguientes, los relojes apenas experimentarían cambios sustanciales. Sería en 1657 cuando Huygens construiría el primer reloj mecánico de péndulo.

Sin embargo, el gran cambio vendría, como acertadamente escribió Munford, con la industrialización. En 1840 Alexander Bain construyó un reloj eléctrico accionado por la atracción y repulsión eléctrica y a finales del siglo XIX comenzaron a fabricarse los primeros relojes de pulsera. El nuevo sistema productivo, basado en la férrea disciplina de la fábrica y la distribución de productos para consumo, contribuyó a su difusión. De este modo, lo que hasta entonces no había dejado de ser una invención al servicio público –piénsese en la gran cantidad de relojes de sol que todavía hay en ayuntamientos y campanarios– o un objeto de lujo de los más pudientes pasaba a ser algo cotidiano que, poco a poco, acabaría por tener todo el mundo.

Con el reloj de pulsera, y poco después del reloj despertador, los seres humanos pasamos de controlar el tiempo a ser esclavos de él. “En nuestros días, no solo la mayoría de trabajadores tienen un reloj y se lo quitan cuando termina la jornada laboral, sino que la medida del tiempo se aplica, no de modo menos extendido, a las actividades deportivas. De hecho, cualquier cosa, por muy necia que sea, puede considerarse deporte si puede medirse y establecer un récord. (…) En estos y otros muchos aspectos la mayoría de nosotros nos hemos sometido más y más a la tiranía del tiempo.” (G.J. Whitrow: El tiempo en la historia, 1988). Algo parecido nos ha sucedido con los teléfonos móviles y su evolución: permiten que estemos controlados en todo momento, cada vez más. ¿Progreso? No diré que no. Pero ¿al servicio de quién?, ¿y de qué?

Ya nos avisaba Rabelais en 1534: “Las horas fueron hechas para el hombre, y no el hombre para las horas” (La vie très horrifique du grand Gargantua). Así pues, y como dice –aunque en un contexto muy distinto– la letra de ese magnífico bolero de Roberto Cantoral El reloj (1950) “Reloj detén tu camino / porque mi vida se apaga”.